El fracaso de la violencia

por Rafael Narbona

Carmen Guisasola Solozábal, alias «Lourdes», nació en 1959 en Marquina (Vizcaya). Entre 1981 y 1983 perteneció al comando Gorrotxategi. Durante ese período, participó en el intento de asesinato de un teniente coronel de la Guardia Civil, con un artefacto explosivo que no hizo blanco en la víctima seleccionada, sino en un transeúnte que circulaba con su automóvil por el escenario del atentado. En 1984, Guisasola se integró en el comando Vizcaya, participando en el asesinato de un policía municipal, un marinero y un sargento de la Guardia Civil. Además, se considera probado que intervino en el envío de un paquete bomba al Cuerpo Nacional de Policía de Basauri, el lanzamiento de granadas contra el cuartel de la Guardia Civil de Algorta y la detonación de un coche bomba que hirió gravemente a dos policías y un civil. Ascendida a responsable de los «comandos liberados o ilegales», fue detenida en noviembre de 1990 en Francia y condenada a diez años de prisión por pertenencia a una asociación de malhechores con fines terroristas. En 1998, firmó el manifiesto «Nos ilusiona lo de Irlanda», distanciándose de la estrategia de ETA. Impulsado por José Luis Álvarez Santacristina, «Txelis», que había pertenecido a la cúpula de la organización terrorista hasta su detención en Bidart en 1992, el documento cuestionaba el uso de la violencia tras el asesinato del concejal popular Miguel Ángel Blanco. Activistas muy significados como Kepa Pikabea o José Luis Urrusolo Sistiaga, con un historial particularmente sangriento, se sumaron a la iniciativa. ETA respondió expulsándoles de la organización. Guisasola fue entregada a la justicia española en 2001 y en noviembre de 2014 quedó en libertad gracias la derogación de la «doctrina Parot» por el Tribunal de Estrasburgo. Acogida a la vía Nanclares, condenó la violencia de ETA y pidió perdón por sus crímenes. En total, cumplió veinticuatro años de prisión.

Desde su excarcelación, Guisasola ha concedido varias entrevistas. El pasado 2 de noviembre respondió a varias preguntas del diario El País, explicando su trayectoria: «En mi juventud, en el ambiente en que yo vivía era bastante normal meterse en ETA. […] ETA era la nueva resistencia y un reclamo para la juventud. Se nos decía que íbamos a alcanzar la independencia y el socialismo. Nos movíamos en un esquema simple, pensando que la revolución estaba a nuestro alcance». Cuando el periodista le señala que hay un enorme trecho entre las ideas y el asesinato, Guisasola responde que en la década de los setenta la violencia aún parecía un método aceptable para conseguir fines políticos: «A escala mundial había un movimiento revolucionario, guerrillero. Funcionaba el lema “el pueblo armado, jamás será aplastado”. No estaba mal vista la lucha armada para la liberación de los pueblos». Admite que el atentado que mutiló a Irene Villa le afectó especialmente: «Lamento no poder volver atrás para que no hubiera sucedido. Siento no poder reparar lo irreparable». Guisasola se disculpa, sin justificar sus actos: «No éramos monstruos, sino gente normal» convencida de que «la revolución dependía de nosotros». Se trató de un error trágico y verdaderamente irreparable, pues los muertos no vuelven y las familias que perdieron a un ser querido nunca podrán olvidar lo sucedido. Por eso, reconocer el daño causado no es suficiente: «Tenemos que admitir que fue injusto. […] La izquierda abertzale debe asumir responsabilidades políticas. No todo acaba con los autores materiales. Hubo gente que teorizó sobre la lucha armada, pero escudándose en no practicarla, hoy está sentada en puestos relevantes». Guisasola piensa que hoy en día «la juventud rechaza totalmente el uso de la violencia para alcanzar fines políticos. Es un fenómeno mundial. Existe mayor sensibilidad hacia los derechos humanos».

El caso de Guisasola refleja perfectamente la mentalidad de una época que sólo ha necesitado el drama de la crisis económica para despuntar de nuevo. En 2007 yo era profesor de Filosofía en un instituto de la Comunidad de Madrid. La política sólo producía indiferencia y hastío. Cuando explicaba las teorías políticas de Platón, Stuart Mill o Marx, los alumnos tomaban apuntes con cara de resignación. Sin embargo, cuando se planteaban cuestiones teológicas o éticas se alzaban las manos, pidiendo turno para intervenir. El sentido de la vida o el fundamento de la moral despertaban apasionadas polémicas, que yo intentaba encauzar con mayor o menor éxito. Pocos años después, el panorama había cambiado por completo. De repente, jóvenes de diecisiete años manifestaban su admiración por Stalin y Corea del Norte. Cuando llegaba a Marx, no faltaban voces aclamando el regreso de la lucha armada. Algunos me hablaban con admiración de raperos que exaltaban el coche bomba y el tiro en la nuca. Por desgracia, casi todos los años he tenido alumnos de ideología neonazi, pero con la crisis su número no se incrementó. Quizá porque simbolizan un anacronismo sin demasiadas perspectivas de futuro. Aunque la ultraderecha ha mejorado sus resultados electorales en distintos países europeos, ha renovado su discurso, desembarazándose de reminiscencias que dañaban su imagen. Por el contrario, la izquierda radical ha rescatado del armario a Ulrike Meinhof, Carlos Marighella y el Che. El guerrillero argentino nunca ha dejado de estar de moda, pese a ser el autor de frases que expresan la esencia del pensamiento totalitario: «Los jóvenes deben aprender a pensar y actuar como masa. Es criminal pensar como individuos»; «Hay que acabar con todos los periódicos. Una revolución no se puede lograr con libertad de prensa»; «Un revolucionario debe convertirse en una fría máquina de matar». Parece ser que la furia revolucionaria se ha aplacado, pues hasta las fuerzas políticas que reivindican el chavismo y el castrismo han adoptado un perfil socialdemócrata, conscientes de que la sociedad apunta hacia el centro y no hacia el estridente e infantil radicalismo.

Las reflexiones de Guisasola deberían servir para recordar que las revoluciones no son alegres verbenas, sino cruentas guerras que provocan un sufrimiento irreparable. Los terroristas no suelen ser psicópatas, pero aprenden a actuar como psicópatas, inhibiendo cualquier sentimiento de compasión o empatía. La democracia española puede ser imperfecta, pero existen vías pacíficas de cambio y reforma. La lucha armada no es hermosa, sino obscena y repulsiva. Si algunos lo cuestionan, les remito a los niños que murieron en Hipercor, Vic o Zaragoza. Auschwitz, Nagasaki e Hiroshima no me producen menos espanto. El siglo XX será recordado por los hornos crematorios y los hongos nucleares. El XXI aún no ha sufrido calamidades semejantes, pero el terrorismo sigue golpeando a las sociedades libres y plurales. El sufrimiento de los inocentes siempre es injusto e intolerable. Guisasola apretó el gatillo, pero no lo hubiera hecho sin un discurso previo que justificó la inmolación de vidas humanas para construir una Euskal Herria socialista e independiente. Miles de personas apoyaron este delirio, votando a las distintas siglas de la izquierda abertzale. Los crímenes del franquismo no sirven de exculpación, pues la represión afectó por igual a todas las regiones de España. De hecho, Andalucía y Extremadura soportaron las atrocidades de la columna del general Yagüe, que exterminó sin piedad a sus adversarios ideológicos. En los años sesenta, la sociedad española ya demandaba masivamente un cambio, asumiendo que la convivencia pacífica era la única alternativa ética y humana. Me parece inaceptable el revisionismo que minimiza los delitos de lesa humanidad del régimen franquista, pero no es menos escandaloso blanquear el régimen de terror implantado por ETA. Sus crímenes son crímenes de lesa humanidad, pues –al igual que el franquismo– mató por motivos políticos, liquidando incluso a los correligionarios que quisieron abandonar sus filas, como Pertur, Yoyes o Mikel Solaun.

Contemplo con cierta perplejidad las inminentes elecciones, incapaz de anticipar qué combinación de fuerzas gobernará durante los próximos cuatro años, pero me gustaría que –con independencia del resultado– se consolidara una cultura de la paz que liquide definitivamente cualquier forma de indulgencia con la violencia. La violencia siempre es un fracaso, una vía hacia ninguna parte. Pienso que Guisasola empezó a alejarse de la violencia cuando dejó de pensar como masa y experimentó el dolor ajeno como insoportablemente real. No puede cambiarse el pasado, pero en ningún caso debemos permitir que una interpretación falseada de los hechos escriba el futuro. La última palabra debe corresponder a las víctimas. Su dolor palpita con la fuerza inequívoca de la verdad.

06/11/2015

 
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