La agonía del catolicismo
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

¿Se puede ser católico en el siglo XXI sin desafiar a la razón y agraviar a los que aún hoy sufren los prejuicios de la iglesia, particularmente los hombres y mujeres que reivindican su legítima autonomía para vivir libremente su sexualidad o afrontar experiencias tan decisivas como la paternidad o la muerte? Las reformas del papa Francisco no se han caracterizado por su radicalismo, pero incluso los más tímidos cambios han suscitado el rechazo de los obispos que añoran la santa intransigencia de otras épocas, cuando el altar y el trono mantenían una estrecha alianza para disfrutar de un poder absoluto. El espíritu regresivo de ciertos prelados y de algunos movimientos eclesiales está provocando que el catolicismo –particularmente en España− se reduzca a una numantina oposición al aborto, la eutanasia, la homosexualidad y el preservativo. 
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Grupo salvaje: Sam Peckinpah y la ética de la violencia
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Los cambios históricos suelen arrojar a los márgenes a aquellos individuos mejor compenetrados con su época, ya sea porque se identifican con sus valores o porque se han acostumbrado a violarlos con cierto éxito. La historia de siete forajidos sostiene la trama de Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1969), un western impregnado de melancolía y nihilismo que se inscribe en el largo ocaso de un género, donde lo crepuscular no es una distinción temporal, sino un rango de estilo. Es cierto que el western conoció una época dorada y un período de decadencia que se inició a principio de los años sesenta, produciendo frutos tan notables como Los valientes andan solos (David Miller, 1962), Los profesionales (Richard Brooks, 1966) y La venganza de Ulzana (Robert Aldrich, 1972), por mencionar tres ejemplos de una lista que podría prolongarse hasta nuestros días, cuando la nostalgia se disfraza de remake, casi siempre con mediocres resultados. Sin embargo, lo crepuscular no es en este caso un adjetivo ocasional que refleja una transformación social, sino una seña de identidad asociada a una persistente reflexión sobre la violencia. 
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Querida Audrey Hepburn
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

¿Es posible enamorarse de un muerto? En Jennie (William Dieterle, 1948), Eben Adams, un pintor que lucha infructuosamente con la inspiración, incapaz de hallar su estilo y plasmar una obra a la altura de su ambición, se enamora de Jennie, una misteriosa mujer (Jennifer Jones) que se le aparece en Central Park, primero como una niña y, más tarde, como una bellísima mujer. Ignora que murió hace años, pero cuando lo descubre, lejos de resignarse, se enfrenta con el tiempo, intentando arrebatarle a la mujer que ama. La dolorosa e insalvable separación constituirá el tributo exigido por el arte para dispensar su gracia. En Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), John «Scottie» Ferguson (James Stewart), un policía con acrofobia, experimenta una pasión incontrolable por Madeleine (Kim Novak), una melancólica y seductora mujer que aparentemente se suicida, arrojándose desde lo alto de un campanario. 
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Querido Gregory Peck
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No pocas veces resulta decepcionante conocer al ser humano que encarna a un héroe en el cine. No es el caso de Gregory Peck, un hombre íntegro y comprometido, al que no se le conocen otros vicios que los cigarrillos Chesterfield y la cerveza Guinness. Siempre estuvo en el lado correcto de la historia. En los años cincuenta participó en las protestas contra el macarthismo. En los sesenta apoyó la lucha por los derechos civiles y el fin de la intervención norteamericana en Vietnam. Presidente de la Academia de Hollywood cuando fue asesinado Martin Luther King, retrasó la gala de los Oscar para manifestar su repulsa y enviar un mensaje de solidaridad a la comunidad afroamericana. En los ochenta, ofreció gratuitamente sus servicios como promotor comercial de Chrysler para intentar salvar seiscientos mil empleos amenazados por la crisis del mercado automovilístico. También se sumó a las campañas que combatían los prejuicios contra las víctimas del sida.
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C. S. Lewis en tierras de penumbra
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La inspiración –o la gracia− suele brotar en los rincones más inesperados. La filmografía de Richard Attenborough no es particularmente brillante, pero Tierras de penumbra (Shadowlands, 1993) constituye un pequeño milagro, con el poder de conmover y abordar los grandes temas −Dios, el amor, la muerte−, sorteando esos lugares comunes que malogran los mejores empeños. La historia de amor del polifacético Clive Staples Lewis –medievalista, profesor, académico, ensayista, crítico literario, locutor radiofónico, apologista cristiano y afamado autor de literatura infantil y juvenil− y la poetisa norteamericana Joy Gresham, diecisiete años más joven, proporcionaba un material de primer orden para recrearlo en la pantalla, pero exigía sensibilidad, inteligencia y sobriedad, pues los afectos truncados por la muerte se prestan al sentimentalismo y a la retórica. Tierras de penumbra empieza con solemnidad. Un coro infantil interpreta Veni Sancte Spiritus en la semioscuridad de la iglesia del Magdalen College de Oxford.
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Pensar y no caer: la escritura apátrida de Ramón Andrés
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El pensamiento precede a la caída del hombre en el mítico jardín del Edén. El anhelo de conocimiento, que alberga la fantasía de ser como dioses, precipita el inicio de la historia, destruyendo la ensoñación del paraíso. La expulsión de Adán y Eva marca el principio de un devenir intelectual caracterizado por la desdicha y la culpabilidad. Durante mucho tiempo, pensar significaba caer en la necesidad de expiación. Sólo la conciencia de pecado y la penitencia podían restaurar una naturaleza herida y abocada al caos. El poeta, ensayista y musicólogo Ramón Andrés (Pamplona, 1955) afirma que el pensamiento no es una caída, sino un ejercicio de libertad que nos pone en movimiento. Su propuesta es no sucumbir a la servidumbre del miedo, impuesta por el terror a la muerte: «Pensar y no caer significa pensar y no cejar, perseverar en la pregunta, no consolidarse, no quedarse ahí, no abonar lo estático, no poner el oído a la totalidad de la complacencia, no darse por concluido, porque nunca se llega a ser».
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Calabuch: utopía en el istmo
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Las únicas utopías que no resultan dañinas acontecen en el arte. Si alguien intentara trasladarlas a la realidad, fracasaría estrepitosamente, pues jamás pretendieron trascender lo imaginario. Muchas de esas utopías son ficciones cinematográficas, como es el caso de Calabuch, la entrañable película de Luis García Berlanga rodada en 1956. Calabuch es el nombre ficticio de Peñíscola (Castellón), una localidad de unos ocho mil habitantes que compone una península rocosa comunicada con el interior por un estrecho istmo de arena. En esas fechas, el turismo aún no había transformado la costa mediterránea y los pueblos vivían en una quietud reacia a cualquier forma de cambio. Calabuch es una especie de Arcadia donde «cada persona puede ser ella misma», según el físico nuclear Jorge Serra Hamilton, un adorable Edmund Gwenn que interpreta con solvencia un papel que siempre me ha recordado al Clarence Odbody (Henry Travers) de ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946), pues revela a los habitantes del pueblo el carácter edénico de su aparentemente monótono estilo de vida. 
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Un día en la Transición, según Pablo Martín Sánchez
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

A veces compro un libro por la portada. Es una vieja costumbre que procede de mi adolescencia, cuando me gastaba mi escasa paga semanal en adquirir un vinilo o un libro. Esa forma de actuar me costó más de un disgusto, pues en ocasiones descubría que había dilapidado mis recursos, adquiriendo un tostón monumental. Cuando hace unas semanas descubrí la portada de Tuyo es el mañana sobre el expositor de una librería, experimenté un flechazo. La imagen en blanco y negro de un galgo corriendo sobre la pista de un canódromo me hizo sonreír con melancolía, pues conviví durante diez años con un galgo presuntamente abandonado al acabar la temporada de caza. Siempre pensé que lo habían maltratado, pues temblaba de miedo ante los desconocidos, pero cuando paseábamos por el campo parecía feliz, especialmente si surgía una liebre y podía perseguirla durante un trecho. 
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Muerte de un ciclista, o las cunetas del franquismo
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La España de 1955 mantenía abiertas las heridas de la Guerra Civil, explotando la retórica de la victoria, que condenaba a los perdedores de la contienda a vivir entre el miedo, la humillación y la precariedad. Muerte de un ciclista, estrenada ese año, sorteó los obstáculos de la censura mediante un relato plagado de alusiones, elipsis y sobreentendidos, que no escondían tanto una alternativa ideológica como una visión trágica de las relaciones humanas, marcadas por el desigual reparto del poder, el atractivo sexual y la riqueza. Es indiscutible que la película era un alegato encubierto contra el régimen, pero un fuerte pesimismo existencial cuestionaba la posibilidad de una sociedad sin oprimidos, satisfechos y humillados. Juan Antonio Bardem trabajó estrechamente con Alfredo Fraile (fotografía), Luis Fernando de Igoa (guión) y Margaría de Ochoa (montaje) para alumbrar una película en la que se aprecia la influencia del neorrealismo y se anticipan algunos aspectos de la nouvelle vague.
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