Recuerdo de Trujillo
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No he olvidado su aspecto ni su voz, pero no recuerdo sus nombres. Él era alto, con los ojos azules y una calvicie aliviada por una hilera de pelo blanco que corría por su nuca. Su voz era grave y solemne, casi de barítono. A medio camino entre los cuarenta y los cincuenta, su altura descomunal le obligaba a inclinarse para mantener una conversación, acentuando su aspecto de gigante tranquilo. Más tarde averigüé que participaba en las procesiones de Semana Santa con hábito de nazareno, rompiendo la simetría de su cofradía con un capuchón puntiagudo que sobresalía como un viejo ciprés plantado tras la pequeña tapia de un cementerio. Desde lejos, el cirio que portaba casi parecía un faro en mitad de un mar cárdeno, rojo y blanco. Ella era morena, con los ojos castaños y con una estatura mediana que se encogía cuando caminaba al paso de su marido, lento y ceremonioso. 
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Maestro Cañizares, sanador de libros
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Algunos pueblos de Toledo parecen enemistados con el tiempo. Aún es posible pasear por sus plazas y cruzarse con un grupo de mujeres enlutadas, charlando a la entrada de sus casas, mientras cosen el bajo de un pantalón o fabrican jabón en un barreño. De vez en cuando, aparece un vecino con la piel tostada, la mirada huraña, una gorra de visera y tres o cuatro galgos agrupados por una traílla. El pueblo donde vive el maestro Cañizares es uno de sus pueblos. En su pequeña plaza, una iglesia de estilo mudéjar ofrece su sombra a los parroquianos, que ocupan sus bancos con la tranquilidad de quien vive lejos del bullicio y la confusión de las grandes aglomeraciones urbanas. A veces, una pareja de la Guardia Civil charla con el párroco, un viejecito diminuto con alzacuellos y una chaqueta de lana. La estampa evoca algo arcaico, un tiempo de arraigo, resignación y quietud. 
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El western, mitología de una nación
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La historia de los pueblos es la historia de sus libros. A veces, de un solo libro. Es difícil imaginar Grecia sin pensar en la Ilíada o en la Europa medieval sin reparar en la Divina Comedia. El pueblo judío es el pueblo del Libro, y España, la tierra de un loco que se bate con molinos de viento. En el caso de los Estados Unidos, ninguna obra desempeña un papel semejante. Walt Whitman exaltó la democracia y el individualismo, pero sus arrebatos místicos y su desinhibida forma de hablar de la sexualidad escandalizaron a una sociedad profundamente puritana, que lo consideró un poeta maldito, un poeta de vagabundos. La joven América no es un pueblo de libros, sino de imágenes que se plasmaron en el celuloide durante los años de esplendor del western. Sería injusto rebajar el western a espectáculo o a una suerte del folclore, pues sus obras reflejan fielmente el espíritu de una nación que nunca ha renunciado al sueño de alcanzar la última frontera, casi un límite irreal, pero necesario, para mantener la ficción de un mundo con tierras vírgenes en sus lejanos confines.
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El joven Lincoln según John Ford
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Cuando se estrenó El joven Lincoln (Young Mr. Lincoln, John Ford, 1939), algunos críticos señalaron la influencia de F. W. Murnau en la caracterización del carismático decimosexto presidente de los Estados Unidos, señalando analogías con el aspecto de Max Schreck en su papel de Nosferatu. Al igual que Schreck, Henry Fonda mostraba un rostro afilado y repleto de sombras. Su sombrero de copa acentuaba su altura, imprimiendo a su silueta un aire espectral, casi sobrenatural. Su mirada enfebrecida, la seriedad de su semblante y su pausada forma de andar evocaban vagamente las fantasmales apariciones de Nosferatu, sobrenombre del conde Orlok. John Ford siempre escatimó los elogios. Su malhumor a veces desembocaba en la violencia física y verbal, adquiriendo tintes de crueldad. Se dice que su temperamento se parecía al del Doc Holliday de Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946), interpretado por Victor Mature, con su alcoholismo, sus arrebatos de cólera, sus reacciones imprevisibles y su inestabilidad neurótica. 
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Yo confieso: Hitchcock y la pasión del padre Logan
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El cine de Hitchcock suele asociarse al suspense, pero la habilidad para tejer una intriga es una virtud efímera, que se desdibuja después de pasar unas horas en vilo, atrapado por la tensión de un desenlace imprevisible. Sin embargo, el cine del británico es algo más que una trama milimétricamente urdida, con objetos recurrentes (el famoso MacGuffin) que empujan el argumento, creando cesuras y puntos de inflexión. Por eso, volvemos una y otra vez a sus películas, con el mismo fervor que experimentamos ante una sinfonía con un enorme caudal de sugestiones y un inacabable poder de renovación. Esta actitud se debe a que Hitchcock plantea algo más que un misterio. Cada película posee una atmósfera intensa y singular, que nos emociona y sacude con sus encuadres y diálogos, desbordando la pueril incógnita policíaca. La resolución siempre nos parece infinitamente menor que el problema expuesto. De hecho, muchas veces la conclusión sólo es un paréntesis, que nos sitúa al pie de un nuevo abismo, como sucede en Vértigo (1958), cuyo final nos deja sobrecogidos y perplejos.
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La agonía del catolicismo
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

¿Se puede ser católico en el siglo XXI sin desafiar a la razón y agraviar a los que aún hoy sufren los prejuicios de la iglesia, particularmente los hombres y mujeres que reivindican su legítima autonomía para vivir libremente su sexualidad o afrontar experiencias tan decisivas como la paternidad o la muerte? Las reformas del papa Francisco no se han caracterizado por su radicalismo, pero incluso los más tímidos cambios han suscitado el rechazo de los obispos que añoran la santa intransigencia de otras épocas, cuando el altar y el trono mantenían una estrecha alianza para disfrutar de un poder absoluto. El espíritu regresivo de ciertos prelados y de algunos movimientos eclesiales está provocando que el catolicismo –particularmente en España− se reduzca a una numantina oposición al aborto, la eutanasia, la homosexualidad y el preservativo. 
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Grupo salvaje: Sam Peckinpah y la ética de la violencia
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Los cambios históricos suelen arrojar a los márgenes a aquellos individuos mejor compenetrados con su época, ya sea porque se identifican con sus valores o porque se han acostumbrado a violarlos con cierto éxito. La historia de siete forajidos sostiene la trama de Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1969), un western impregnado de melancolía y nihilismo que se inscribe en el largo ocaso de un género, donde lo crepuscular no es una distinción temporal, sino un rango de estilo. Es cierto que el western conoció una época dorada y un período de decadencia que se inició a principio de los años sesenta, produciendo frutos tan notables como Los valientes andan solos (David Miller, 1962), Los profesionales (Richard Brooks, 1966) y La venganza de Ulzana (Robert Aldrich, 1972), por mencionar tres ejemplos de una lista que podría prolongarse hasta nuestros días, cuando la nostalgia se disfraza de remake, casi siempre con mediocres resultados. Sin embargo, lo crepuscular no es en este caso un adjetivo ocasional que refleja una transformación social, sino una seña de identidad asociada a una persistente reflexión sobre la violencia. 
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Querida Audrey Hepburn
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

¿Es posible enamorarse de un muerto? En Jennie (William Dieterle, 1948), Eben Adams, un pintor que lucha infructuosamente con la inspiración, incapaz de hallar su estilo y plasmar una obra a la altura de su ambición, se enamora de Jennie, una misteriosa mujer (Jennifer Jones) que se le aparece en Central Park, primero como una niña y, más tarde, como una bellísima mujer. Ignora que murió hace años, pero cuando lo descubre, lejos de resignarse, se enfrenta con el tiempo, intentando arrebatarle a la mujer que ama. La dolorosa e insalvable separación constituirá el tributo exigido por el arte para dispensar su gracia. En Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), John «Scottie» Ferguson (James Stewart), un policía con acrofobia, experimenta una pasión incontrolable por Madeleine (Kim Novak), una melancólica y seductora mujer que aparentemente se suicida, arrojándose desde lo alto de un campanario. 
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Querido Gregory Peck
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No pocas veces resulta decepcionante conocer al ser humano que encarna a un héroe en el cine. No es el caso de Gregory Peck, un hombre íntegro y comprometido, al que no se le conocen otros vicios que los cigarrillos Chesterfield y la cerveza Guinness. Siempre estuvo en el lado correcto de la historia. En los años cincuenta participó en las protestas contra el macarthismo. En los sesenta apoyó la lucha por los derechos civiles y el fin de la intervención norteamericana en Vietnam. Presidente de la Academia de Hollywood cuando fue asesinado Martin Luther King, retrasó la gala de los Oscar para manifestar su repulsa y enviar un mensaje de solidaridad a la comunidad afroamericana. En los ochenta, ofreció gratuitamente sus servicios como promotor comercial de Chrysler para intentar salvar seiscientos mil empleos amenazados por la crisis del mercado automovilístico. También se sumó a las campañas que combatían los prejuicios contra las víctimas del sida.
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