Querido Gregory Peck
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No pocas veces resulta decepcionante conocer al ser humano que encarna a un héroe en el cine. No es el caso de Gregory Peck, un hombre íntegro y comprometido, al que no se le conocen otros vicios que los cigarrillos Chesterfield y la cerveza Guinness. Siempre estuvo en el lado correcto de la historia. En los años cincuenta participó en las protestas contra el macarthismo. En los sesenta apoyó la lucha por los derechos civiles y el fin de la intervención norteamericana en Vietnam. Presidente de la Academia de Hollywood cuando fue asesinado Martin Luther King, retrasó la gala de los Oscar para manifestar su repulsa y enviar un mensaje de solidaridad a la comunidad afroamericana. En los ochenta, ofreció gratuitamente sus servicios como promotor comercial de Chrysler para intentar salvar seiscientos mil empleos amenazados por la crisis del mercado automovilístico. También se sumó a las campañas que combatían los prejuicios contra las víctimas del sida.
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C. S. Lewis en tierras de penumbra
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La inspiración –o la gracia− suele brotar en los rincones más inesperados. La filmografía de Richard Attenborough no es particularmente brillante, pero Tierras de penumbra (Shadowlands, 1993) constituye un pequeño milagro, con el poder de conmover y abordar los grandes temas −Dios, el amor, la muerte−, sorteando esos lugares comunes que malogran los mejores empeños. La historia de amor del polifacético Clive Staples Lewis –medievalista, profesor, académico, ensayista, crítico literario, locutor radiofónico, apologista cristiano y afamado autor de literatura infantil y juvenil− y la poetisa norteamericana Joy Gresham, diecisiete años más joven, proporcionaba un material de primer orden para recrearlo en la pantalla, pero exigía sensibilidad, inteligencia y sobriedad, pues los afectos truncados por la muerte se prestan al sentimentalismo y a la retórica. Tierras de penumbra empieza con solemnidad. Un coro infantil interpreta Veni Sancte Spiritus en la semioscuridad de la iglesia del Magdalen College de Oxford.
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Pensar y no caer: la escritura apátrida de Ramón Andrés
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El pensamiento precede a la caída del hombre en el mítico jardín del Edén. El anhelo de conocimiento, que alberga la fantasía de ser como dioses, precipita el inicio de la historia, destruyendo la ensoñación del paraíso. La expulsión de Adán y Eva marca el principio de un devenir intelectual caracterizado por la desdicha y la culpabilidad. Durante mucho tiempo, pensar significaba caer en la necesidad de expiación. Sólo la conciencia de pecado y la penitencia podían restaurar una naturaleza herida y abocada al caos. El poeta, ensayista y musicólogo Ramón Andrés (Pamplona, 1955) afirma que el pensamiento no es una caída, sino un ejercicio de libertad que nos pone en movimiento. Su propuesta es no sucumbir a la servidumbre del miedo, impuesta por el terror a la muerte: «Pensar y no caer significa pensar y no cejar, perseverar en la pregunta, no consolidarse, no quedarse ahí, no abonar lo estático, no poner el oído a la totalidad de la complacencia, no darse por concluido, porque nunca se llega a ser».
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Calabuch: utopía en el istmo
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Las únicas utopías que no resultan dañinas acontecen en el arte. Si alguien intentara trasladarlas a la realidad, fracasaría estrepitosamente, pues jamás pretendieron trascender lo imaginario. Muchas de esas utopías son ficciones cinematográficas, como es el caso de Calabuch, la entrañable película de Luis García Berlanga rodada en 1956. Calabuch es el nombre ficticio de Peñíscola (Castellón), una localidad de unos ocho mil habitantes que compone una península rocosa comunicada con el interior por un estrecho istmo de arena. En esas fechas, el turismo aún no había transformado la costa mediterránea y los pueblos vivían en una quietud reacia a cualquier forma de cambio. Calabuch es una especie de Arcadia donde «cada persona puede ser ella misma», según el físico nuclear Jorge Serra Hamilton, un adorable Edmund Gwenn que interpreta con solvencia un papel que siempre me ha recordado al Clarence Odbody (Henry Travers) de ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946), pues revela a los habitantes del pueblo el carácter edénico de su aparentemente monótono estilo de vida. 
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Un día en la Transición, según Pablo Martín Sánchez
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

A veces compro un libro por la portada. Es una vieja costumbre que procede de mi adolescencia, cuando me gastaba mi escasa paga semanal en adquirir un vinilo o un libro. Esa forma de actuar me costó más de un disgusto, pues en ocasiones descubría que había dilapidado mis recursos, adquiriendo un tostón monumental. Cuando hace unas semanas descubrí la portada de Tuyo es el mañana sobre el expositor de una librería, experimenté un flechazo. La imagen en blanco y negro de un galgo corriendo sobre la pista de un canódromo me hizo sonreír con melancolía, pues conviví durante diez años con un galgo presuntamente abandonado al acabar la temporada de caza. Siempre pensé que lo habían maltratado, pues temblaba de miedo ante los desconocidos, pero cuando paseábamos por el campo parecía feliz, especialmente si surgía una liebre y podía perseguirla durante un trecho. 
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Muerte de un ciclista, o las cunetas del franquismo
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La España de 1955 mantenía abiertas las heridas de la Guerra Civil, explotando la retórica de la victoria, que condenaba a los perdedores de la contienda a vivir entre el miedo, la humillación y la precariedad. Muerte de un ciclista, estrenada ese año, sorteó los obstáculos de la censura mediante un relato plagado de alusiones, elipsis y sobreentendidos, que no escondían tanto una alternativa ideológica como una visión trágica de las relaciones humanas, marcadas por el desigual reparto del poder, el atractivo sexual y la riqueza. Es indiscutible que la película era un alegato encubierto contra el régimen, pero un fuerte pesimismo existencial cuestionaba la posibilidad de una sociedad sin oprimidos, satisfechos y humillados. Juan Antonio Bardem trabajó estrechamente con Alfredo Fraile (fotografía), Luis Fernando de Igoa (guión) y Margaría de Ochoa (montaje) para alumbrar una película en la que se aprecia la influencia del neorrealismo y se anticipan algunos aspectos de la nouvelle vague.
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Un yanqui en Innisfree
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Cuando fantaseamos con el paraíso, solemos caracterizarlo como un espacio –casi siempre, un jardín y, en algunos casos, una isla− en el que los ríos corren bulliciosamente entre todos los matices del verde, celebrando el triunfo de la vida sobre la muerte. En The Quiet Man (Un hombre tranquilo, 1952), John Ford sitúa el paraíso en Innisfree, un pueblecito irlandés con un pequeño río de aguas verdes, un viejo puente de piedra, una alegre taberna con barriles repletos de cerveza negra y una iglesia antigua, con vitrales policromados y una torre puntiaguda. El río atraviesa la población –levantada sobre un istmo−, comunicado con dos lagos rodeados de llanuras verdes, con infinidad de muros de piedra semiderruidos, que dividen laderas, colinas y planicies en cuadrados y rectángulos. La naturaleza convive con una imprecisa geometría que recuerda a cada paso la acción del hombre. 
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Paul Celan, herido de realidad 
La visión de Fidel Martínez
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Paul Antschel nació en 1920 en Czernowitz (Bucovina), cuando la región pertenecía al imperio austrohúngaro. Judío de nacimiento, soportó el totalitarismo soviético, que deshizo la ensoñación socialista de su juventud, y el totalitarismo nazi, que diezmó a su familia. Se suicidó en París en 1970, agotado por una depresión que le hizo perder transitoriamente la razón. Cuando se arrojó al Sena desde un puente, huía de un creciente malestar interior, alimentado por dolorosas pérdidas (sus padres no lograron sobrevivir a la deportación al Lager) e irresolubles paradojas (escribía su poesía en alemán, la lengua de los verdugos). Fidel Martínez ha recreado una vida marcada por la crueldad del poder totalitario, cuyo fin último es destruir al individuo, convertirlo en masa y procesarlo como un objeto, invocando la necesidad de crear un «hombre nuevo», presunta llave de un paraíso que pondrá fin a las imperfecciones y turbulencias del devenir histórico.
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El humanismo desencantado de Primo Levi (y II)
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El Evangelio de Juan atribuye a la Palabra la creación del mundo. Dios es el Verbo, el Logos, y separó la luz de las tinieblas, impidiendo que prevaleciera la oscuridad. En Auschwitz, impera la oscuridad porque no hay palabras para expresar la ofensa que representa «la destrucción del hombre». Su lógica es puramente negativa, pues despoja a los deportados de todo, reduciéndolos a la pura animalidad de la res confinada en un matadero, sin otra perspectiva que ser sacrificada: «En un instante –escribe Primo Levi−, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro». La forma de proceder de los verdugos no obedece sólo a la crueldad, sino al propósito de liquidar la identidad de los prisioneros, su ser íntimo y personal. 
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El humanismo desencantado de Primo Levi (I)
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

«¿Qué es el hombre?», se pregunta Immanuel Kant cuando el optimismo ilustrado aún llamea como una antorcha, proclamando la perfectibilidad indefinida de nuestra especie. «Un fin en sí mismo, nunca un medio», contesta el filósofo, homenajeando implícitamente al humanismo renacentista. Kant no es un ingenuo. Es imposible que no conociera los estragos de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que causó la muerte de casi cinco millones de europeos, reduciendo la población alemana a la mitad. Es probable que desconociera las cifras, pero los casi ochenta años transcurridos entre el final del conflicto y su nacimiento no habían borrado de la memoria colectiva el espanto de una guerra que se ensañó con la población civil. Sólo una quinta parte de las víctimas pertenecían a los ejércitos en litigio. ¿Puede aventurarse que esta catástrofe moral preludia el furor exterminador de los nazis y los escasos escrúpulos de los aliados para acabar con ellos, bombardeando salvajemente ciudades de escaso interés militar, como Dresde y Hamburgo?
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