Los placeres prohibidos en los Estados Unidos de Lillian Hellman
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Nadie cuestiona el talento de William Wyler, pero carece del reconocimiento reservado a los directores a los que se atribuye un estilo propio. De origen francés, Wyler (1902-1981) desarrolló toda su carrera en Hollywood. Su forma de dirigir es limpia y elegante. Su colaboración con Bette Davis (JezabelLa carta La loba) puso de manifiesto su habilidad para dirigir a grandes actores, preservando su intensidad al tiempo que contenía sus excesos. Las películas de Wyler se caracterizaban por un fuerte acento literario, donde prevalecían los finales amargos (La heredera) o levemente esperanzadores (Los mejores años de nuestra vida). Vacaciones en RomaHorizontes de grandeza y Ben-Hur aligeraron el trasfondo dramático, demostrando que podía manejarse con fluidez en el terreno de las grandes superproducciones. Ese giro restará profundidad a su cine, acercándolo a un público menos exigente, que le dará la espalda en la década posterior. Wyler se embarcará entonces en proyectos más modestos, pero más sinceros. The Children’s Hour (La calumnia, 1961) pertenece a esa época. 
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Doce hombres airados
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Sidney Lumet (Filadelfia, 1924-Nueva York, 2011) empleó el lenguaje cinematográfico para explorar los sótanos del sistema político y judicial, sin retroceder ante ningún dilema o conflicto moral. A veces menospreciado por sus orígenes televisivos, Lumet nos ha legado una obra desigual, pero con las inequívocas señas de identidad del cine de autor, con un estilo fluido e innovador que se preocupa igualmente por las cuestiones éticas y formales, sin perder en ningún caso la perspectiva del intelectual que se debate entre el compromiso y el desencanto. Hijo del actor judío Baruch Lumet y de la bailarina Eugenia Wermus, Lumet ambientó la mayor parte de su filmografía en Nueva York, transformando la ciudad de los rascacielos en el principal escenario de sus ficciones: «He vivido en Nueva York toda mi vida y es como una segunda piel para mí». Lumet debutó como actor de teatro en los escenarios de Broadway, con sólo cuatro años, y comenzó a dirigir a finales de los años cuarenta, rodando varios episodios de las series televisivas Danger You y You Are There. En 1957 inició su carrera de director cinematográfico con Twelve Angry Men (Doce hombres sin piedad). 
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Comanchería: los amos del llano
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La supervivencia del western como género cinematográfico no depende de nuevas versiones −casi siempre poco inspiradas− de los clásicos, sino de la capacidad de aplicar sus planteamientos estéticos y morales al mundo actual, no menos violento y despiadado que la Norteamérica del siglo XIX, cuando cowboys, pieles rojas, granjeros, forajidos, prostitutas y sheriffs luchaban duramente por sobrevivir, soportando toda clase de penalidades. Comanchería (Hell or High Water, David Mackenzie, 2016) es un brillante ejercicio estilístico que narra el sufrimiento de la «white trash» (basura blanca) en una época en la que ya no existe una última frontera, un territorio virgen y salvaje donde empezar de nuevo, huyendo de la pobreza, las humillaciones, el tedio y la falta de expectativas. En la Texas del siglo XXI, miles de familias subsisten miserablemente en viviendas prefabricadas, con un patio inhóspito y polvoriento, invadido por las malas hierbas y colmado de inmundicias. En el mejor de los casos, los niños disponen de viejos columpios de hierro, con despintados asientos de madera. 
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Héroes de celuloide
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Nunca me ha gustado James Bond. No creo que sea un héroe, sino un macarra con esmoquin. Indiana Jones no está mal, pero es tan inverosímil como 007. Ambos están más cerca del territorio del cómic fantástico que de la ficción cinematográfica con pretensiones de credibilidad. Los verdaderos héroes son amables, discretos y pacíficos, como el George Bailey de ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946), magistralmente interpretado por James Stewart. Entiendo que la ficción y la realidad constituyen dominios diferentes, pero cuando confluyen y logran conmovernos, se produce el milagro estético o lo que los griegos llamaron catarsis. La peripecia de George Bailey nos hace experimentar piedad y terror. Piedad porque su sufrimiento nos parece injusto e inmerecido. Terror porque revela nuestra propia fragilidad, el riesgo de perderlo todo por un golpe de fatalidad. 
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Adorables villanos
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

A cierta edad, no apetece descubrir cosas nuevas, sino disfrutar con las que nos han emocionado durante años. Por eso vuelvo una y otra vez a las mismas películas, feliz de reencontrarme con los mismos héroes y villanos. Durante la niñez, nos identificamos con el sheriff que se enfrenta solo al peligro, el detective que resuelve un intrincado crimen o la mujer valerosa que protege a unos huérfanos. Sin embargo, cuando pasan los años, empezamos a comprender a los villanos, tal vez porque su conducta nos parece más creíble y más humana. O tal vez porque nos parecen más interesantes e inverosímiles, con su insólita personalidad, tan alejada de los convencionalismos. Siempre he admirado a James Mason, un actor que ha encarnado impecablemente a malvados memorables, como el Rupert de Henzau de El prisionero de Zenda (Richard Thorpe, 1952) o el Ulysses Diello de Operación Cicerone (Joseph L. Mankiewicz, 1952). 
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La cuestión catalana
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

José Ortega y Gasset apoyó el Estatuto de Autonomía Cataluña de 1932, pero apuntó que el independentismo catalán, lejos de ser un sentimiento responsable, se inspiraba en planteamientos utópicos. No era una observación irrelevante, sino una advertencia trágica: «La utopía es mortal, porque la vida es hallarse inexorablemente en una circunstancia determinada, en un sitio y en un lugar, y la palabra utopía significa, en cambio, no hallarse en parte alguna, lo que puede servir muy bien para definir la muerte». Las utopías no prosperan sin la confrontación con un enemigo real o imaginario. No es posible crear una nación o sostener una ideología sin un espíritu de beligerancia contra algo. ¿Cuál es el «enemigo» de Cataluña? España, lo español, el centralismo castellano, imperialista, despótico y vetusto. Para los independentistas catalanes, España es sinónimo de opresión, intolerancia, represión, atraso. España no es un país democrático, sino un vástago de la Santa Inquisición y la monarquía absoluta. España es Torquemada, Fernando VII y el general Franco.
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Ortega y Unamuno ante el paisaje
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Ortega y Unamuno disfrutan de la consideración de clásicos de la literatura en lengua castellana, pero los escritores que empezaron a publicar poco después de acabar la dictadura franquista han mostrado escaso interés por su obra, buscando la inspiración en autores con un estilo y unas preocupaciones completamente distintas. La idea de España, la exaltación de Castilla, las inquietudes espirituales, el amor por el paisaje o la necesidad de una regeneración cultural se consideran temas de otro tiempo con un sesgo elitista o regresivo. Algunos celebrarán que los escritores de las últimas décadas se hayan sacudido el polvo de una tradición presuntamente apolillada, pero otros nos preguntamos si esa ruptura no explica la actual mediocridad de nuestras letras, incapaces de producir figuras de la talla de Ortega y Unamuno. Ortega no alumbró textos de creación, pero su prosa es altamente literaria.
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Patriotismo español
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El periodista, escritor e historiador berlinés Raimund Pretzel se opuso al régimen nazi desde la primera hora, manifestando su repulsa hacia una ideología que exaltaba con retórica hueca la grandeza de la cultura alemana. A diferencia de otros ensayistas y literatos, no se dejó seducir por fantasías telúricas y elaboraciones románticas que pretendían ubicar la tradición germánica en el territorio de los mitos, rescatando un clasicismo de cartón piedra. En 1938, se exilió en Reino Unido, adoptando el seudónimo de Sebastian Haffner, inspirado en el sobrenombre de la Sinfonía núm. 35 en Re mayor, K. 385, de Wolfgang Amadeus Mozart. De este modo, pretendía proteger a su familia, que aún residía en Alemania, y manifestar su amor por su cultura natal, expropiada con fines ideológicos por los nuevos bárbaros, meros oportunistas caracterizados por su desprecio a la inteligencia y a la diversidad. Nada le horrorizaba tanto como la posibilidad de un porvenir donde se asociara a Mozart, Beethoven o Goethe con los crímenes del Tercer Reich, arrojando sobre las nuevas generaciones una sombra de culpabilidad por disfrutar de su legado cultural. 
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Valle-Inclán en la picota
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No descubro nada si apunto que las letras españolas no atraviesan su mejor momento. Espero que los autores contemporáneos no se sientan ofendidos, pero me temo que sería inútil buscar algo semejante a Galdós, Unamuno, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez o Valle-Inclán. Nos separan más de trescientos años de nuestro Siglo de Oro, pero nuestra Edad de Plata es un fenómeno relativamente cercano. La catástrofe política, moral, social y cultural que representó la sublevación militar de 1936 frustró la continuidad de uno de los períodos más fecundos de nuestra historia literaria, artística y musical. Incomprensiblemente, un revisionismo intempestivo cuestiona el mérito de algunos escritores de esa hornada, atribuyéndoles una excesiva autocomplacencia –que en algunos casos devino en egolatría−, una deplorable torpeza –que bordeó el desaliño− o una imaginación insuficiente –que alentó cierto provincianismo, incompatible con las tendencias más renovadoras de la cultura europea. 
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Simone Weil, la virgen roja
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Simone Weil ha pasado a la historia como una revolucionaria desencantada y una mística que se quedó voluntariamente en el umbral de la Iglesia católica, rechazando el sacramento del bautismo. De origen judío, su escepticismo religioso se convirtió en amor a Dios en 1937, poco después de trabajar en una fábrica, donde la desdicha ajena penetró en su carne y en su alma. Durante su breve y polémica carrera como profesora de filosofía, le acompañó el apodo que le habían asignado sus compañeros de universidad: la «virgen roja». Su estilo de vida coincidía con las reglas de un ascetismo severo: alimentación frugal, pobreza relativa y abstinencia sexual. Su austeridad en lo material y carnal convivía con el compromiso político con la clase trabajadora. Su identificación con el comunismo se resquebrajó cuando descubrió que la Unión Soviética se había convertido en un régimen totalitario, donde se pisoteaban las libertades y una elite burocrática acumulaba bienes y privilegios. Sobrevivió su simpatía hacia los sindicatos como respuesta necesaria a los abusos de un sistema económico que sólo reparaba en los beneficios.
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