Stormy weather

por Manuel Arias Maldonado

La imagen es recurrente: una hilera de palmeras azotada por el viento huracanado se destaca sobre un fondo grisáceo, combándose con violencia sin llegar a quebrarse, mientras el agua cae en tromba e inunda la calle de Miami por la que se aventuró el fotógrafo. Es posible que el centro de Irma, el ciclón tropical que se ha abatido durante estos días sobre Florida tras dejar un reguero de destrucción en las islas caribeñas, esté lejos. Incluso a una distancia de ochenta kilómetros, sin embargo, sus vientos pueden alcanzar los ciento cincuenta kilómetros por hora y formarse en el mar olas de varios metros de altura. Pero la palmera aguanta. Es tentador pensar que, si no aguantase, no existiría; que la selección natural ha trabajado con su eficacia habitual poblando los trópicos de árboles alargados capaces de soportar temibles galernas con la misma elegancia con que se elevan hacia el cielo cuando sale el sol.

Sus dos mil seiscientas especies son, de hecho, casi exclusivas de los climas tropicales y subtropicales: los mismos que producen ese fenómeno natural que son los huracanes. ¡Nada nuevo! O sí: huracanes de una intensidad desconocida hasta ahora que sugieren una relación directa con el calentamiento global. De donde se deduciría que los huracanes ya no son sucesos naturales, sino socionaturales. Aunque delante de las palmeras, zarandeadas de un lado a otro, sólo veamos la vieja naturaleza sublime –y, por tanto, temible– que ha fascinado a nuestra especie desde sus orígenes.

No es que el ser humano sea incapaz de adaptación. Todo lo contrario: es nuestra extraordinaria capacidad de adaptación la que nos ha convertido en una especie exitosa, que ha visto aumentar su población y mejorar progresivamente sus condiciones materiales de vida a lo largo de la historia. Ni Harvey ni Irma han provocado tantas víctimas como Katrina en 2005: el esfuerzo preventivo ha sido mucho más concienzudo y ese siniestro precedente ha convencido a las autoridades de la necesidad de tomarse en serio las advertencias de los metereólogos. Miami era, el pasado sábado, una ciudad fantasma: las imágenes de sus calles desiertas, tomadas por un dron que acertó a sobrevolarlas, son un sobrecogedor recordatorio de nuestra condición terrenal. Su aire distópico remitía directamente al cuerpo literario de la climate-fiction, dedicado a fabular acerca de un mundo cuyo clima ha dejado de ser hospitalario: de J. G. Ballard a Kim Stanley Robinson. A ese mismo universo remitían las instantáneas de los primeros saqueos en la capital de Florida: el estado de excepción climático desemboca fácilmente en la suspensión del orden legal.

Es verdad que los huracanes son un rasgo permanente del clima terrestre: no empiezan ayer. Son propios de las zonas tropicales, y no por casualidad: es en el Ecuador donde el sol cae sobre la Tierra más directamente, calentando en mayor medida las aguas y creando así las condiciones para su formación. Y son la misma cosa en el Caribe que en el Índico o Australasia, aunque allí los llamemos tifones o cliclones. El fenómeno es idéntico: una masa rotatoria de tormentas organizada alrededor de núcleos circulares ventilados por franjas de viento huracanado. Se forman sobre el mar y pierden fuerza al tomar tierra, pues obtienen ésta del calor latente que produce la condensación del agua. Para que se cree un huracán, la temperatura del agua debe estar por encima de los veintiséis grados y mantenerse así sesenta metros por encima de la superficie; la humedad debe rondar el 75-80%. No son condiciones estrafalarias y, por fortuna, se forman menos huracanes de los que podrían; apenas el 10% de los centros de bajas presiones sobre las aguas tropicales da lugar a ellos. Por lo demás, lo noticioso es que lleguen a tocar tierra: si no, apenas son carne de estadística antes de que de noticiario.

Sucede que la actual temporada de huracanes ‒la prensa norteamericana anuncia cada año rutinariamente su comienzo, que coincide con la apertura del período vacacional en el mes de junio‒ está trayendo desagradables sorpresas. Irma, sin ir más lejos, ha batido algunos récords: formado a finales de agosto, el huracán se ha mantenido vivo durante al menos doce días y ha sido capaz de mantener vientos de 297 kilómetros por hora durante treinta y tres horas consecutivas, exhibiendo además una baja presión inédita de 914 milibares. Esta longevidad es uno de sus dos rasgos excepcionales; el otro es su origen. Irma es un huracán de categoría 5 que no se ha originado ‒como sí hizo Katrina, por ejemplo‒ en las cálidas aguas del Golfo de México o el Caribe, sino que lo ha hecho más al este, en el Atlántico tropical. ¡Por una vez, Trump no exageraba!

Establecer una asociación entre el cambio climático y los huracanes de este verano no es caprichoso. De hecho, es elemental: si los huracanes necesitan de altas temperaturas y aguas calientes para tomar forma, un planeta cuyas temperaturas medias aumentan será un planeta donde aumente el número de huracanes. Así lo vienen diciendo los registros: su número se ha incrementado en las últimas tres décadas, igual que las regiones templadas están conociendo un aumento de las tormentas y los modelos climáticos indican un incremento en la fuerza de los monzones del próximo siglo. No se trata con ello de ser catastrofista, sino realista. Es decir, de aceptar que la provechosa actividad industrial de los últimos doscientos cincuenta años ‒provechosa en términos de progreso material humano‒ ha terminado por alterar el clima del planeta y nos corresponde ahora tomar las medidas necesarias para minimizar los riesgos que de ahí se derivan. Ante los escépticos, sólo pueden presentarse los datos afanosamente compilados por los científicos. Y si es verdad que el aumento de las temperaturas ‒objetivamente mensurable‒ apenas se discute ya, abundan todavía quienes niegan que el ser humano tenga nada que ver con ello. Sin embargo, por resumir un asunto bien complejo, hay un dato concluyente que apunta en sentido opuesto: como nos enseñan los paleoclimatólogos, los gases de efecto invernadero presentes en la atmósfera se han correlacionado con la temperatura del planeta durante los últimos ochocientos mil años. Si el ser humano se ha dedicado a algo durante los últimos tres siglos, es a liberar esos gases mediante la actividad industrial. Por eso ahora puede decirse que los huracanes son un fenómeno socionatural: porque son sucesos climáticos que tienen lugar en un planeta donde el clima ha sido modificado por la actividad social.

No sería así de extrañar que los futuros historiadores marcasen este año como el inicio oficioso del nuevo régimen climático. O, alternativamente, como el momento en que el Antropoceno ‒una de cuyas manifestaciones mayores es el cambio climático‒ dejó de ser una vaga abstracción manejada por expertos para convertirse en una realidad acuciante, e incluso como el acontecimiento climático cuya peligrosidad nos reveló la ambigüedad esencial de esta incipiente Era Humana, donde conviven la transformación humana del planeta y la desestabilización de los sistemas terrestres. De manera que la humanización de la naturaleza ‒que implica tanto cambio como destrucción de especies y hábitats‒ se ve acompañada por el resurgir de una naturaleza inhumana de la que no acostumbrábamos ya a recibir noticias. ¡Apenas un terremoto devastador de vez en cuando! Hablando de terremotos: la ciencia aún no tiene una explicación precisa para los relámpagos que iluminan el cielo justo antes de que se produzca un gran sismo, como sucedió en México la pasada semana y puede comprobarse en algunas grabaciones caseras que han circulado por Internet. Irónicamente, sin movimientos tectónicos no existiría vida sobre el planeta: una Tierra plana no habría creado las condiciones para la diversificación evolutiva de la vida orgánica. Historia geológica, historia de la vida, historia social: estas distintas temporalidades convergen en el Antropoceno y hacerse cargo de todas ellas simultáneamente presenta dificultades considerables para un sistema político acostumbrado a no ver más allá de la próxima convocatoria electoral.

Por otro lado, ahora que Corea del Norte tiene la ocurrencia de hacer otra vez probaturas nucleares, no está de más recordar que los ensayos atómicos de los años cincuenta van ganando la batalla simbólica por el registro fósil del Antropoceno: los geólogos que debaten dónde debe fijarse su inicio parecen inclinarse por las marcas dejadas por esos isótopos. En el terreno de la ficción, David Lynch ha subrayado la relevancia de la bomba de hidrógeno, situándola en el hermético corazón de la tercera temporada de Twin Peaks, aludiendo con ello a algo a medio camino entre la caja de Pandora y el fin del mundo. También en relación con el Antropoceno está hablándose de apocalipsis, aunque no en el sentido literal. La desestabilización de los sistemas planetarios nos invita a contemplar el mundo desde el punto de vista de su final, para así, tal vez, dar forma a algún tipo de política climática colectiva.

Se da de este modo la paradoja de que la Era Humana contiene a una especie que piensa en trascenderse a sí misma a través del mejoramiento tecnológico o la manipulación genética y a una que se ve obligada a defenderse de un planeta repentinamente convertido en amenaza. Por eso se habla de una «Tierra desafiante» (Clive Hamilton) o de «la intrusión de Gaia» (Isabelle Stengers): el mundo deja de ser un oikos ‒u hogar humano‒ bajo las hospitalarias condiciones creadas por el Holoceno y exige de nosotros un esfuerzo de adaptación cuya primera condición es la toma de conciencia. Es decir, el momento reflexivo en el que aceptamos haber entrado en territorio geológico desconocido. De ahí las alusiones a una humanidad aglutinada contra la amenaza común, a la firma de un nuevo contrato social global que incluya al mundo no humano, a la declaración de una Guerra de los Doscientos años que enfrente ‒como sugiere Bruno Latour‒ a los terrícolas contra el planeta. Eso no va a suceder mañana: quizá no suceda nunca. Entre otras cosas, porque las noticias que nos trae la ciencia no se traducen al lenguaje político de manera automática: la búsqueda de soluciones es en sí misma controvertida y exige la conciliación de valores e intereses diferentes. Descarbonizar, ¿cómo? Proteger el mundo natural, ¿hasta qué punto? Seguir creciendo, ¿cuánto? Y así sucesivamente.

Es imposible saber qué efecto producirá sobre la opinión pública esta inquietante temporada de huracanes. Quizá Irma ejemplifique eso que Crispin Tickell ha denominado «pegagogía de la catástrofe benigna», llamada a mostrar al público las consecuencias potenciales de un cambio climático abandonado a su inercia. En este escenario, el shock psicológico así producido generaría el capital político necesario para dar impulso a las correspondientes políticas de sostenibilidad: las ciudades sumergidas nos despertarían de golpe al nuevo desorden climático. Pero también puede ser que, disipadas las nubes, centremos nuestra atención en otro asunto: hay donde elegir. ¡Todavía hay quien desea crear naciones! O que nos acostumbremos gradualmente a las excepciones climáticas, hasta el punto de interiorizarlas como una nueva normalidad a la que adaptarse sin aspavientos. En otras palabras, nos despediríamos sin dramatismo del Holoceno y daríamos la bienvenida al enigmático Antropoceno. Viendo el tamaño del huracán en las imágenes por satélite o la altura de las olas a pie de playa, sin embargo, cuesta creer que logremos mantener la calma.

13/09/2017

 
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