Sloboda Narodu!

por Manuel Arias Maldonado

Las palabras que dan título a este texto fueron las últimas del partisano croata Stjepan Filipović antes de ser ahorcado por los nazis el 22 de mayo de 1942; la expresión se convirtió, desde entonces, en el eslogan oficioso de la resistencia yugoslava. Desde hace unos meses, es también la primera canción del nuevo álbum de The Radio Dept., banda sueca de synth-pop que ya había utilizado la traducción del viejo lema balcánico en otra de sus canciones. En ambos casos, la banda invoca ese heroico precedente para arremeter contra los Demócratas de Suecia, partido político de ultraderecha al que las últimas encuestas otorgan un escalofriante 23,9% de intención de voto. No es algo nuevo: allá por 1992, el grupo neoyorquino Sonic Youth publicaba «Youth Against Fascism» para denunciar la presunta difusión del fascismo a lo largo de Estados Unidos. Entre nosotros, Los Planetas acaban de cerrar su último álbum con «Guitarra roja», cuya letra corresponde a un poema del cantante argentino Julián Martín Castro en el que una «guitarra libertaria» pide el fin de la tiranía y la implantación del anarquismo. Aunque en este caso el tono es menos beligerante y no podemos descartar que la canción trate de mostrar sutilmente la incongruencia del viejo vocabulario socialista en el capitalismo tardío, está claro que el antifascismo se mantiene bien vivo en la cultura pop. Sobre toda ella se proyecta la conocida afirmación que el cantautor norteamericano Woody Guthrie hizo inscribir en su guitarra: «This machine kill fascists». Bien está. Sólo hay un problema: eso sucedía en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial; han pasado setenta y seis años. ¿De verdad estamos en lucha contra el fascismo?

Tendría sus ventajas: no hay nada como un buen enemigo. Y si ese enemigo es compartido, tanto mejor: a la satisfacción moral de combatirlo se añadirá el sentido de pertenencia a una comunidad de amigos, con la correspondiente recompensa afectiva. Quizá por eso estemos asistiendo estos últimos años a la resurrección de este siniestro villano de la historia occidental. Por supuesto, no se trata del fascismo conocido históricamente en Alemania, España e Italia en la primera mitad del siglo XX, sino más bien de la recreación imaginaria del mismo a partir de algunos pedazos de nuestra realidad contemporánea: el resultado se parece a una alucinación colectiva que proyecta sobre ciertas realidades desagradables de hoy el recuerdo de las iniquidades de ayer. No está claro, sin embargo, que la operación sea convincente.

La cuestión tiene su importancia. ¿Es Trump un fascista? ¿Lo es Marine Le Pen? Si Marine Le Pen es fascista, ¿merece Macron ser calificado como su reverso neoliberal, tal como han sostenido algunos comunistas franceses? ¿Es este el vocabulario adecuado para abordar la actual crisis de la democracia liberal y la quiebra del relato sobre su universal deseabilidad?

En parte, lo que se discute aquí es la función del pasado como guía para el presente. Hemos interiorizado tanto el célebre dictum de George Santayana −conforme al cual, si olvidamos la historia, estamos condenados a repetirla− que corremos el riesgo de incurrir en un exceso de celo que nos impida reconocer nuevas realidades o crear herramientas diferentes para conceptualizarlas. Es verdad que las comunidades humanas reproducen fenómenos similares en distintos momentos históricos: los demagogos son tan antiguos como las plazas públicas. Edward Luce sugería este pasado fin de semana en las páginas del Financial Times que la creencia en el progreso nos ha hecho olvidar que la razón no es acumulativa:

Las condiciones materiales pueden mejorar. Pero la condición moral de la humanidad es constante. No hay un final político hacia el que nos esté guiando la historia. [...] La historia no termina. Es una repetición incesante de locura y rectificación.

Se trata de una afirmación demasiado rotunda. Hay enseñanzas históricas que sí son asimiladas y puestas en práctica cuando la ocasión lo requiere: el conocimiento académico sobre la crisis del 29 fue decisiva en la decisión de Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, de sostener a los bancos pese al descontento popular. En un sentido más amplio, el fracaso de las utopías colectivistas y de la política de masas ha sido interiorizado en la cultura occidental y de ahí su descrédito intelectual: su atractivo ha menguado porque sabemos a dónde conducen. A cambio, el presente se ha vuelto más opresivo, porque carecemos de esa vieja fe en el futuro. O, mejor dicho, en un futuro a la vez armónico y reconociblemente humano: las tecnoutopías que anuncian el advenimiento de la poshumanidad no pueden cumplir esa función. En todo caso, la memoria del siglo XX se ha mantenido hasta ahora bien viva: su riqueza trágica y la prolongación del conflicto entre el liberalismo y el comunismo durante la Guerra Fría han garantizado una vigencia cultural con efectos educativos. Sin embargo, eso no garantiza que aquel pasado no pueda empezar a escapársenos o, como estamos viendo, que apliquemos sus conceptos a unas circunstancias nuevas que no admiten semejante traducción literal. Ya que se trata, en definitiva, de un problema de traducción.

En una estupenda conferencia dedicada al republicanismo de Hannah Arendt, Fernando Vallespín se refería al problema del pasado y su rememoración. Para la pensadora alemana, la atención a la historia es necesaria como parte del proceso de comprensión de la realidad presente: hemos de descender a sus profundidades para extraer sus perlas, las condensaciones de sentido que puedan ayudarnos en la travesía contemporánea. Se cita allí una frase memorable del poeta René Char: «Nuestra herencia no está precedida de ningún testamento». La dificultad estriba en hacer el uso adecuado de esos hallazgos una vez que hemos regresado a la superficie.

Hablar así de «fascismo» es menos invocar un precedente histórico con elementos identificables que activar un conjunto de asociaciones simbólicas con fuerte valencia afectiva. Blandimos una Kampfwort que sirve para retratar al adversario bajo una luz especialmente desfavorable, sin preocuparnos por averiguar si quizás otros adjetivos −populismo, nacionalismo, ultraderecha, etnicismo, reacción− no pueden ser más adecuados. En otras palabras, puede que no estemos ya en los años treinta, pero intentamos reproducir aquel aspecto de los años treinta y de su memoria que más nos atrae, en buena medida porque su tradición intelectual y artística −del Congreso de Escritores Antifascistas al Spanish Bombs de The Clash− se ha cultivado con ahínco. ¡Quien vive en el «comunismo» no puede dejar de tener enfrente al «fascismo»! Aunque esta inflación retórica también se explica como efecto de la natural tendencia a la hipérbole de las esferas públicas contemporáneas, donde la sobreabundancia de interlocutores y la consiguiente dificultad para llamar la atención conducen al radicalismo verbal. En ese marco, la satisfacción que proporciona llamar «fascista» al fascista no tiene precio. ¿Quién no querría cantar La Marsellesa en Rick’s?

Ahora bien, si nos atenemos a los rasgos definitorios del fascismo, ideología con una pobre articulación teórica, es difícil convenir que nos encontremos ante su reaparición. El fascismo hizo gala de un darwinismo social que no encontramos en la derecha reaccionaria contemporánea; ésta, igualmente, parece más keynesiana que autárquica. Por otro lado, su adopción del discurso populista apunta hacia la aceptación del marco democrático. Su caudillismo no es exclusivo: también los populistas de izquierda sitúan al líder carismático en su centro, siendo además el caso que los liderazgos han ganado −si cabe− en importancia en todos los partidos políticos. Hay, claro, elementos que vinculan a la ultraderecha con el fascismo: la reivindicación de la patria, el acento nacionalista, la demonización del extranjero. Pero estas dos últimas características se pueden predicar por igual del nacionalismo. Andrew Sullivan ha sugerido que el rasgo común a estos movimientos es su naturaleza reaccionaria, que a su vez permite distinguirlos del conservadurismo; reacción, se entiende, contra la modernidad liberal. De hecho, el fascismo histórico es elitista, casi aristocrático, igual que el pensamiento reaccionario original que surge en defensa del Antiguo Régimen. Y el nacionalpopulismo de hoy es cualquier cosa menos elitista, dada la importancia que tiene en su discurso la revancha contra las elites globales. En su discusión del «Ur-fascismo» o fascismo originario, Umberto Eco sostenía que el neofascismo contemporáneo también es elitista, sólo que de una manera peculiar: convirtiendo en elites a quienes pertenecen al pueblo, haciéndoles sentir superiores a los demás a través de un peculiar «elitismo popular». Pero el encaje de esas dos categorías parece algo forzado y muestra qué difícil es hacer la traducción antes aludida. Sobre todo cuando hay solapamientos y continuidades: sostener que el lepenismo no tiene nada que ver con el fascismo es tan exagerado como afirmar que lo tiene todo que ver. Y, aun así, parece que no hay necesidad de hablar de fascismo para caracterizar a una ultraderecha que, por lo demás, no se caracteriza a sí misma de ese modo; a diferencia, por ejemplo, de la franqueza autodescriptiva que exhiben Amanecer Dorado y otros grupos abiertamente fascistas o filonazis. Nada de esto resta gravedad al hecho de que un partido de ultraderecha nacionalpopulista haya llegado a la segunda ronda de las elecciones presidenciales en Francia; pero podemos detestar a Marine Le Pen haciendo uso de un mayor rigor terminológico.

Una alternativa conceptual, al menos aparente, es hablar de «tiranía» sin distinguir entre sus orígenes ideológicos. Es lo que hace el historiador Timothy Snyder en un breve y exitoso librito (titulado On Tyranny. Twenty Lessons from the Twentieth Century) cuyo propósito declarado es advertir al ciudadano norteamericano del riesgo de que su república se convierta en un régimen tiránico de la mano de Donald Trump. Snyder recurre por igual al fascismo y al comunismo para explicar la degeneración de las democracias durante el siglo XX europeo, presentando hasta veinte lecciones escritas en segunda persona que urgen al lector a asumir su responsabilidad y evitar una «segunda llegada» de los fascismos en sentido amplio. El texto contiene observaciones perspicaces y se lee con facilidad, pero uno no puede evitar detectar un cierto melodramatismo cuyo presupuesto es la historia épica de la resistencia democrática contra los totalitarismos durante la primera mitad del siglo pasado. Snyder escribe así que hemos de estar vigilantes contra los paramilitares, defender nuestra vida privada, estar preparados para la materialización de lo impensable o tener en vigor los pasaportes. Y concluye: «Si ninguno de nosotros está preparado para morir por la libertad, entonces todos nosotros moriremos bajo la tiranía». ¡Redoble de tambores! Se diría que está hablando a los ciudadanos de otro tiempo con el lenguaje de otro tiempo, en lugar de dirigirse a nosotros con un lenguaje contemporáneo. Más sugerentes son algunas otras admoniciones: la necesidad de defender las instituciones participando de ellas, aunque sólo sea pagando por la información que consumimos, o la exhortación a hablar con nuestra propia voz, en lugar de repetir las expresiones e ideas que circulan a nuestro alrededor. También nos impele a detectar el uso de palabras peligrosas, como «extremismo», «terrorismo» o «estado de excepción», cuyo empleo por parte del gobierno puede conducir al cercenamiento de las garantías y controles propios del Estado de Derecho.

Se diría que Snyder está pensando en formas contemporáneas de tiranía que no terminan de encajar en los ejemplos históricos proporcionados por el fascismo y el comunismo. Es decir, está pensando en la emergencia de «democracias iliberales» en países como Rusia, Venezuela, Turquía o Hungría. Y ésta, desde luego, es una preocupación más que razonable. Por democracia iliberal hay que entender el desmantelamiento de los elementos liberales de los regímenes representativos, lo que incluye aquellos que pertenecen al ámbito del Estado antes que al del gobierno: la separación de poderes, el imperio de la ley, la independencia de los tribunales. En cuanto a la representación política, pasaría del pluralismo al monismo: se entiende que sólo el líder carismático representa al pueblo y que quien lo somete a crítica es un enemigo del pueblo. Esta retórica es tan poderosa que incluso los jueces que otorgaron al Parlamento británico poder de decisión sobre el acuerdo de salida de la Unión Europea fueron descritos como tales por los tabloides. Y lo que vale para la oposición vale para una prensa menos libre y más sometida al control estatal. La culminación de este proceso se encuentra en las reformas constitucionales que refuerzan el poder del presidente, como ha sucedido en Turquía. En Venezuela, Maduro amagó con privar a la asamblea legislativa de sus poderes y ha propuesto después redactar una nueva Constitución sin contar con los partidos de la oposición. La presencia de Venezuela en esta lista −y es el país donde la situación es más dramática− muestra cómo la categoría de «fascismo» no nos sirve para explicar este fenómeno, pues no acaba de responder a la división izquierda/derecha y obedece en mayor medida a una lógica populista. Es verdad que el populismo, como ideología débil, se nutre de ideologías fuertes: socialismo, nacionalismo, conservadurismo.

Snyder, aun forzando el pie, parece aproximarse algo más al rasgo común de estas corrientes políticas que quienes emplean el «fascismo» como categoría omniabarcadora. No parece que las sociedades democráticas occidentales puedan desembocar en tiranías a la manera tradicional, pero el riesgo de una deriva iliberal no puede descartarse. En este contexto, el problema estriba en identificar los conatos de iliberalismo y distinguirlos del triunfo electoral de opciones políticas conservadoras, e incluso reaccionarias, con cuyas decisiones estemos en desacuerdo. Porque el hecho de que una determinada política nos parezca inadecuada no la convierte en ilegítima. Por ejemplo, podemos discrepar con las medidas proteccionistas, pero si responden a la preferencia de una mayoría suficiente del electorado no quedará más remedio que aceptarlas; en cambio, la discriminación por razón de religión o el cercenamiento de la libertad de prensa socavan las bases de la democracia liberal y no pueden aceptarse ni siquiera cuando gozan de apoyo popular: ni en Turquía ni en Venezuela. Del mismo modo, no resulta tan claro que estemos atravesando tiempos excepcionales o decisivos, o al menos no que nuestra época lo sea en menor medida que otras: la competición electoral y mediática genera una distorsión perceptiva más atenta a las rupturas que a las continuidades.

«Recuerda que el kata es una lucha contra enemigos imaginarios», dice Max a Marie, protagonistas de la prodigiosa Le Pont du Nord, que dirigiera Jacques Rivette en 1981, mientras coreografían sus movimientos en el puente del mismo nombre que cruza el Sena. Y no está de más recordar que algunos de nuestros enemigos son también imaginarios, como ese «fascismo» que invocamos a diario, acaso por el mero placer de sentirnos parte de la «lucha antifascista» y arruinando, de paso, el valor descriptivo del término. Puede que su fuerza simbólica, como instrumento de lucha política, sea irreemplazable y que eso explique su popularidad. Pero también es posible que, combatiendo a un enemigo imaginario, perdamos de vista a los enemigos reales.

10/05/2017

 
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