Retrato del sádico adolescente: notas sobre el troll digital

por Manuel Arias Maldonado

«To know, know, know him is to love, love, love him / And I do (and I do, and I do)»: así reza el estribillo del primer éxito compuesto por un Phil Spector que todavía no era el todopoderoso productor Phil Spector, sino el líder de una banda efímera llamada The Teddy Bears. Inspirada por la inscripción que figuraba en la tumba de su padre, la canción se mantuvo durante tres semanas como número 1 de las listas de Billboard en 1958 y ha conocido numerosas versiones desde entonces. Su idea central es clara: conocer a algunas personas es amarlas. Pero resulta que lo contrario también es cierto: conocer a otras es odiarlas. Y eso es exactamente lo que sucede con los trolls digitales. Sólo que, en sentido estricto, nadie conoce a un troll. Sí podemos, en cambio, intentar retratarlos como especie.

Sobre su actualidad no cabe dudar: 2016 fue declarado «el año del troll político» por The New Yorker a la vista de su influencia sobre las elecciones presidenciales ganadas por Donald Trump y del desordenado comportamiento del entertainment-in-chief en las redes sociales. Evan Osnos se preguntaba en sus páginas, no obstante, sobre el grado de novedad del fenómeno Trump a estos efectos:

¿Ha empezado Trump realmente esta nueva ola de troleo político, o él es más bien un sistema de aviso temprano, un canario que, en este caso, pía alocadamente mostrando su rubio plumaje? ¿No estará prestándonos un buen servicio al alertarnos sobre un efluvio tóxico que sube a la superficie? ¿Qué tratan de decirnos los trolls menos conocidos y por qué?

En realidad, tal como veremos enseguida, un troll es siempre desconocido: el anonimato es la condición que permite su desenvolvimiento. Por eso resulta difícil asignar esa categoría a simples tuiteros provocadores si tuitean en su propio nombre, a pesar de que algunos rasgos del troll puedan predicarse sin duda alguna de netizens que participan en la red con su nombre y apellido: tendencia a la provocación, animosidad, falta de respeto. Este tipo de conductas −por no mencionar las frecuentes faltas de ortografía− son las que han contaminado el debate público digital, defraudando las altas expectativas que se habían depositado ingenuamente en él como catalizador de una conversación colectiva más edificante. Incluso Angela Merkel se ha pronunciado: «Las opiniones no son lo que eran hace veinticinco años». De ahí que hasta un 65% de los usuarios de redes sociales en Estados Unidos se muestren resignados y frustrados sobre el debate político en Internet. No es de extrañar que las secciones de comentarios en medios generalistas o blogs de relieve hayan de ser editadas o, en algunos casos, se haya optado por su cierre.

Quizás el término troll, sin embargo, se haya visto deformado por la alegría con que es empleado. Whitney Phillips, que ha dedicado un libro al foro 4chan, que constituye el vivero de Anonymous, ha lamentado su estiramiento semántico: ahora el término parece cubrir cualquier tipo de comportamiento desordenado en las redes sociales. ¿Es nuestra Cassandra Vera un troll, por ejemplo? La Wikipedia anglosajona proporciona una definición plausible del troll como

persona que siembra la discordia en Internet empezando discusiones o molestando a gente, colocando mensajes provocadores, impertinentes o intempestivos en una comunidad virtual [...] con la intención de provocar en los lectores una respuesta emocional o de perturbar la discusión ordinaria, a menudo sólo para divertirse.

Así las cosas, parece indudable que la influencia del troll sobre la discusión pública −y, por tanto, la democracia− es negativa. Por ejemplo, se ha sugerido que los representantes políticos son cada vez más cautos a la hora de trabar contacto digital con los votantes, quienes parecen empeñados en hacer buena aquella humorada de Churchill sobre el ciudadano ordinario y la fe en la democracia, sólo que esta vez los proverbiales cinco minutos no serían necesarios: un tuit nos basta. Simultáneamente, los propios representantes empiezan a adoptar algunos de los modos comunicativos del troll y responden a sus rivales de manera provocadora o soez. En cuanto a los ciudadanos, el deber de civilidad que asumimos implícitamente cuando participamos en la esfera pública encuentra en el troll su perfecto antónimo, pues éste parece arrogarse justamente el derecho a comportarse incívicamente. Y siendo cierto que, como ha señalado Davide Panagia, la vida democrática es cacofónica y se asienta −así lo demostraría el viejo modelo de la plaza pública− en una «política del ruido», el troleo apunta en una dirección opuesta: la negación de toda política en nombre de una destrucción indiscriminada.

Para conocer bien al troll, nada mejor que un trabajo reciente del semiólogo Massimo Leone dedicado a identificar de manera sistemática los rasgos estilísticos de nuestro anónimo protagonista. Señalemos, de su mano, los principales.

1. Provocación. El troll no inicia comunicaciones nuevas, sino que responde de manera parasitaria a fragmentos de discurso iniciados por alguien que no es un troll y puede, por tanto, convertirse en víctima de éste. Y el troll no inicia un discurso, porque carece de objeto semántico alguno: no le interesa el contenido de la comunicación, sino las reacciones −cognitivas, emocionales, pragmáticas− de su interlocutor. Al igual que en la provocación clásica, el troleo busca generar un tono emocional negativo en el oponente: indignarlo, encolerizarlo, frustrarlo. Y aunque una activación emocional moderada puede facilitar la comunicación, el exceso de afectividad puede neutralizarla por completo. Sucede que el troleo es un tipo de provocación «indiferente al tema de la conversación». O, si se quiere, que convierte el tono emocional de esta en su verdadero tema: «El objetivo final de un troll es ser insultado por su víctima». Bajo este prisma, encontraremos variantes en los medios empleados por el troll, pero no en su sustancia. Si el troll hace activismo o está luchando por imponer sus puntos de vista, no es un troll; aunque podamos descalificar a un interlocutor agresivo llamándolo «troll».

2. Broma. Pueden encontrarse en el troleo algunos ingredientes de la broma verbal, por cuanto aquí uno tampoco cree lo que dice o escribe. Pero existe una diferencia crucial: en una conversación irónica ordinaria, ambos interlocutores saben que uno de ellos dice algo en lo que no cree, mientras que en el troleo es imprescindible que sólo el troll o su comunidad sean conscientes de esa falta de sinceridad. «El troleo, pues, es una broma cuya naturaleza comunicativa como tal broma nunca es revelada a su destinatario», dice Leone. No se trata de reírse con alguien, sino de alguien.

3. Anonimato. Gracias al anomimato del troll, la conversación correspondiente no tiene fin, pues la víctima ignora que está participando en una broma: he aquí el troleo perfecto, que contiene elementos sádicos: el troll extrae placer del crescendo emocional de su interlocutor. Así que el troll es irresponsable porque, siendo un usuario anónimo en la vasta red digital, no tiene que responder ante nadie por lo que escribe. Paradójicamente, razona Leone, el anonimato que resulta necesario en las sociedades represivas para proteger a las minorías perseguidas deja de serlo en las sociedades democráticas, donde termina por proteger a las voces que oprimen a otras: por ejemplo, la del troll. Byung-Chul Han ha establecido también una conexión entre el anonimato digital y la falta de respeto hacia los demás, por efecto −a su juicio− de la supresión de la distancia interpersonal que deriva de esa maniobra de des-identificación. Si no saben que soy yo, puedo poner en escena la peor versión de mí mismo.

4. Controversia. Para que el troleo sea posible, la conversación digital tiene que versar sobre un asunto controvertido. Pero el troll no tiene opiniones propias, sino que las construye a partir de aquellas que la víctima va expresando. Pues tampoco se trata de expresar opiniones antagónicas y convencer al interlocutor de su plausibilidad, sino que la finalidad de su acción es en todo momento provocar la indignación de su interlocutor para sádico solaz del público troll. Para lograrlo, el troll despliega toda clase de falacias lógicas: emplea las armas de la retórica desatendiendo sus fines. Aunque finja empeñarse en el arte de la persuasión, más bien se dedica a la práctica de la desestabilización.

Para Leone, el problema que se deriva de este modus operandi es que resulta cada vez más difícil identificar a un troll. Y es que un fragmento de discurso no puede categorizarse como «troleo» a partir de esos elementos pragmáticos, semánticos y sintácticos, por necesaria que resulte su presencia: «El troleo sólo puede definirse plenamente en términos de intencionalidad». Sólo si el troll no cree en lo que dice estaremos así en presencia de un troll; porque sólo entonces su propósito será meramente ejercer un sádico control sobre las emociones ajenas. Eso tampoco significa que el troll mienta necesariamente, sino que es indiferente que lo haga: la relación entre lo que el troll dice y lo que cree carece de importancia: el troll no dice nada de eso para convencer a nadie. Ahí está, como señala Leone, el problema:

El troleo perturba profundamente la ética conversacional de la civilización humana, porque separa la expresión del contenido, el significante del significado, la comunicación de la intención. [...] Imaginemos un mundo donde, cuando alguien dice algo que no nos gusta, no pudiéramos determinar si lo dice en serio o no.

Si bien se mira, ni siquiera podemos relacionar al troll con la tendencia contemporánea a la sentimentalización de la política, porque el troll −en sentido estricto− tampoco está interesado en la política: la misma ética conversacional a que se refiere Leone está en la base de la vida pública democrática, que, no obstante, y como es sabido, incorpora también una dimensión agonística que remite a la lucha por el poder. Este agonismo también está presente en la esfera pública y es en buena medida causa de la agresividad que domina la conversación colectiva: persuadir a los demás es menos importante que atraerlos hacia nuestro régimen de percepción, a fin de que vean la realidad como nosotros y ganemos capital político para nuestra posición ideológica. Pero el troll no está interesado tampoco en esto, salvo que interpretásemos su permanente sabotaje moral como una enmienda a la totalidad del sistema social. Si así fuera, empero, la incongruencia entre fines y medios resulta demasiado gruesa: ¿qué relación tienen entre sí el rechazo del sistema y la publicación de mensajes ofensivos en páginas de Facebook dedicadas a la memoria de los fallecidos? Sí que podríamos, en cambio, convertir al troll en símbolo del actor político destructivo: aquel que propone echar abajo «el sistema» por el puro placer de hacerlo y sin ofrecer a cambio una alternativa razonable. El troll es un iconoclasta que no actúa en nombre de religión alguna. ¡Ni siquiera del ateísmo!

Hay quien discrepa. Whitney Phillips sostiene en su trabajo sobre el tema que el troll posee un significado social que trasciende sus intenciones. A su juicio, la línea que lo separa de los demás es más fina de lo aparente en un espacio mediático donde la obscenidad y la provocación han llegado a ser habituales. Desde este punto de vista, las acciones del troll son fomentadas por impulsos sancionados culturalmente, como demuestra el sensacionalismo mediático que trata de atraer la atención del público a toda costa. ¡Sólo que el troll actúa gratis! Para Phillips, tenemos un problema cultural que consiste en tener una cultura en la que el troll goza de buena salud. Es un argumento astuto, porque nos permite ver al troll menos como una anomalía que como la manifestación más extrema de un universo comunicativo donde provocación, protesta, burla, indignación o agresividad −you name it− constituyen recursos expresivos habituales. Y donde, de hecho, la sobreabundancia de canales comunicativos parece estar transformando la naturaleza de la deliberación pública a un ritmo acelerado, otorgando protagonismo a quienes más capaces son de llamar la atención en un contexto caracterizado por la saturación polifónica y, por tanto, la dificultad del ciudadano para fijar la atención. El troll sería el bufón posmoderno que grita que la red está desnuda.

Acaso el troll sea, detrás de la máscara, un hombre del subsuelo emergido a la superficie. O un puer robustus dedicado la destrucción nihilista de todo lo que se le alcanza: el troll semeja un sádico adolescente que quizá sea antes adolescente que sádico. Evan Osnos relata el caso de Lindy West, una escritora de comedias norteamericana que escribió un artículo denunciando la falta de sensibilidad de los cómicos varones con el asunto de la violación, de resultas de lo cual se vio inundada de amenazas de violación y otras lindezas digitales. Uno de esos mensajes provenía de su padre, fallecido años atrás: un troll había indagado en la identidad de su progenitor y creado una cuenta con su nombre. Cuando, meses después, ella escribió sobre el asunto, el troll le envió un correo electrónico disculpándose por lo sucedido: «No sé por qué empecé a trolearte. Creo que mi odio nacía de tu felicidad. Esta me ofendía porque hacía más aguda mi propia infelicidad». Atisbos melodramáticos aparte, es claro que el troll no disfruta de una vida emocional demasiado equilibrada: su empeño por arruinar las conversaciones ajenas tiene rasgos patológicos. De hecho, un espacio en el que todos sean trolls resulta impensable: estos necesitan al otro. En términos lacanianos, quieren privarle de su goce.

Porque el troll, significados sociales aparte, es ante todo un individuo desagradable que se dedica a hacer daño a los demás: un mal ciudadano que dificulta la comunicación y convierte el desacuerdo genuino en una mascarada. Si la conocida noción de lo carnavalesco aludía a la suspensión temporal de las convenciones, el troll habita un espacio falsamente carnavalesco. Pues allí donde lo grotesco se convierte en normalidad, el carnaval pierde su función.

Este blog se despide, como los demás, hasta pasadas las vacaciones de Semana Santa; sólo que en este caso la pausa se prolongará una semana más, como consecuencia del traslado de quien esto firma a Nueva York, donde desarrollará una estancia de investigación en la New York University hasta finales de junio. Volvemos, pues, el miércoles 26 de abril.

05/04/2017

 
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