Paris, je te hais

por Manuel Arias Maldonado

Recuerdo que, al día siguiente de la victoria de Donald Trump, mis jóvenes estudiantes fueron a clase con el miedo en el cuerpo: estaban verdaderamente asustados ante lo que parecía venírseles encima. Intenté tranquilizarles aludiendo a los conocidos checks and balances del sistema político norteamericano, a la fortaleza de su sociedad civil, a las facciones del republicanismo. Y los primeros meses de su presidencia parecían darme la razón, hasta que las sospechas sobre la trama rusa han forzado a Trump a buscar el apoyo de su base electoral por la vía de cumplir algunas de sus promesas más estentóreas: denunciar la obsolescencia de la OTAN, atacar el balance comercial de Alemania, negar el visado a los ciudadanos de países árabes y, sobre todo, retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático. Se trata de un asunto del máximo interés, pero no sólo por la decisión misma, sino por lo que revela: sobre Trump y sobre el modo en que el tribalismo moral deforma el debate público.

Dejemos al margen las dificultades jurídicas que entraña abandonar un tratado internacional de estas características y la imposibilidad de renegociarlo. Ignoremos, también, los datos presentados por él mismo durante su intervención en la Casa Blanca, donde proyectaba una pérdida inverosímil de empleos debida a los esfuerzos de mitigación y adaptación al cambio climático. Y no prestemos tampoco atención, al menos por esta vez, a la causa mayor de su decisión: la reivindicación de la soberanía nacional en un contexto internacional concebido como juego de suma cero, donde la ganancia de uno ha de ser forzosamente pérdida de otro. Si esta doctrina fue explicitada por sus asesores Herbert McMaster y Gary Cohn en The Wall Street Journal hace unos días, Trump lo presentó en forma de eslogan durante su anuncio en el Rose Garden de la Casa Blanca: «Fui elegido para representar a los ciudadanos de Pittsburgh, no de París». ¡Aunque París sólo sea el lugar donde se firmó el acuerdo! Dejaremos todo eso a un lado para centrarnos en la ideología negacionista que subyace a la decisión.

Trump ha afirmado en el pasado que el cambio climático es un hoax, magnífica palabra inglesa que significa engaño o fraude. De acuerdo con esta tesis, se trataría de una construcción intelectual sin correlato en el mundo físico, orquestada por miles de científicos y destinada a beneficiar a China, perjudicando a Estados Unidos. ¡Obra magna del conspiracionismo! Es verdad que Trump no discutió la ciencia del cambio climático o el hecho del calentamiento global en su intervención, limitándose a aducir razones económicas y a denunciar el tratado −que es un acuerdo voluntario− como perjudicial para su país. De hecho, en un giro memorable que retrata al salesman que lleva dentro, añadió: «Seremos los más limpios. Tendremos el aire más limpio. Vamos a tener el agua más limpia». Pero si Trump creyese de verdad en el riesgo climático, Estados Unidos continuaría vinculado al tratado; luego no cree, o no cree demasiado.

Nada hay de extraño en el negacionismo trumpiano. En los últimos años, el populismo de derecha y buena parte del conservadurismo han incorporado a su aparato ideológico el rechazo de la ciencia climática, que, como es sabido, certifica un significativo aumento de las temperaturas medias en el planeta y atribuye su causación a la influencia antropogénica. Lo primero es indiscutible, lo segundo también. Aunque, como es natural, es más fácil tener constancia de lo primero que de lo segundo; de ahí que algunos ciudadanos adopten una versión atenuada del negacionismo y acepten que hay un aumento de las temperaturas, pero lo atribuyan a causas distintas a la acción −no intencional− humana. Es una discrepancia legítima, si bien las evidencias científicas que apuntan en esa dirección causal también son robustas: el ser humano ha puesto más carbón en la atmósfera durante los últimos cien años del que fue emitido entre los ciclos glaciares e interglaciares. Por tanto, el fenómeno interesante es el rechazo de la ciencia por parte de ciudadanos que confían en ella para muchos otros aspectos de su existencia: desde la medicina y la industria farmacéutica a la construcción de aeroplanos. Si el negacionista es alguien que rechaza las vacunas y jamás sube en un avión, su postura exhibiría al menos cierta coherencia. Pero nadie que crea en la ilustración puede rechazar la ciencia del clima sin entrar en una severa contradicción epistémica. El geógrafo Mark Maslin lo plantea con claridad:

La ciencia no es un sistema de creencias. [...] Se basa en una metodología racional que avanza por medio de una minuciosa experimentación y observación, que permite poner a prueba constantemente ideas y teorías. [...] Durante los últimos treinta años, la teoría del cambio climático se cuenta entre las ideas científicas testadas de forma más exhaustiva.

Ante una realidad semejante −que hace diez o quince años todavía no se encontraba tan establecida−, un ciudadano ilustrado sólo puede aceptar las conclusiones de la comunidad científica, pues carece de competencias cognitivas para rebatirlas. En un artículo sobre la convergencia de la historia natural y la historia social publicado en 2008, el historiador Dipesh Chakrabarty empezaba por señalar que, no siendo él científico, asumía la veracidad de la ciencia climática en un sentido general, porque no encontraba razones para lo contrario. Tanto las publicaciones existentes como los análisis de esas publicaciones «me proporcionan fundamento racional suficiente para aceptar que, mientras el consenso científico no cambie de manera brusca, hay una gran parte de verdad en las teorías antropogénicas del cambio climático». Aunque hay desacuerdo sobre la cantidad y dirección del mismo, concluye Chakrabarty, el escepticismo no se encuentra justificado. Así que únicamente quien desprecie a los expertos rechazará una ciencia que, por lo demás, tampoco nos dice qué tenemos que hacer con la realidad que describe: ese debate es ya cultural y político. Pero para debatir las implicaciones políticas del cambio climático necesitamos el suelo firme que proporcionan los hechos científicamente avalados. En ese sentido, ningún científico atribuirá el mismo grado de certidumbre a las mediciones del clima terrestre que a las proyecciones futuras del mismo: los modelos computerizados crean escenarios posibles que nos ayudan a entender lo que está en juego, pero su propia abundancia −en función de las variables introducidas para generarlos− delatan su carácter tentativo.

¿Por qué se rechaza, pues, la ciencia climática? Es aquí donde nos encontramos con las peculiaridades de un debate marcado por el tribalismo moral. Aunque no sólo aquí: si muchos conservadores rechazan el cambio climático, no son pocos los progresistas que se oponen a los alimentos transgénicos pese a la evidencia científica que descarta todo riesgo para la salud. ¡La risa va por barrios! La ideologización de la ciencia climática presenta, en primer lugar, un aspecto puramente afectivo: el negacionista pertenece primero a una tribu moral y empieza por sumarse emocionalmente a ese rechazo, para después buscar razones que permitan justificarlo. Nótese que lo mismo podría decirse de aquellos progresistas que abrazaron con fervor la hipótesis climática antes de que se encontrase establecida. En este caso, sencillamente, la ciencia está de su parte.

Sucede que esa misma ciencia es percibida por buena parte de la ciudadanía como una ciencia politizada por efecto de un ecologismo que lleva alertando sobre el fin de los tiempos desde hace medio siglo. Bien es cierto que todos los actores sociales exageran cuando operan en la esfera pública con objeto de llamar la atención sobre su causa; sin hipérbole, arma de doble filo, no hay protagonismo. Tampoco hay que olvidar que parte de la estrategia resignificadora del ecologismo político ha comportado, desde los años sesenta hasta ahora, la crítica de la ciencia: bien por ser instrumento esencial para el control del medio natural, bien por carecer de credenciales democráticas suficientes. En esta operación de cuestionamiento, un aliado natural han sido los estudios sobre ciencia y tecnología que han demostrado que los laboratorios no están separados de su sociedad, sino influidos por ella. Al cuestionarse la pretensión de objetividad de la ciencia, se ha debilitado su posición. Dicho de otra manera, si las ciencias nos proporcionan «representaciones» de la realidad, ¿no será el cambio climático una construcción social?

En otros casos, el deterioro medioambiental es empleado como un pretexto o atajo para continuar en la tarea de demolición del capitalismo. Ahí está el caso de Naomi Klein, la periodista que pasó del No Logo y la «doctrina del shock» a la oposición frontal a la economía capitalista por motivos climáticos. De alguna manera, quien discrepa de Klein no querrá verse pisando el mismo terreno que ella: los hechos importan menos que la rivalidad ideológica. Sencillamente, no queremos compartir terreno con el enemigo. ¿Y si nuestra identidad se ha forjado en esa oposición? Hay quien vive para oponerse a las creencias o valores de sus rivales. En el caso del cambio climático, a esa persona le resultará difícil aceptar que los fundamentos científicos del fenómeno nada tienen que ver con el uso que de ellos hagan los progresistas. Pero no hay remedio: las ideas segregan sus propios símbolos y tonalidades afectivas. Súmese a ello que el recelo hacia las verdades establecidas se ha convertido en una de las actitudes dominantes de nuestro tiempo, aderezada a menudo por una ironía mal entendida que descree de toda verdad pública. El cambio climático antropogénico es una tesis tan aceptada que sólo puede resultar sospechosa.

Podemos comprobar así cómo las arquitecturas del disenso climático obedecen a formas definidas pero caprichosas, así como a sentimientos más que a razones: aunque de razones se disfracen. Los datos presentados por la ciencia son lo de menos; lo de más, las adhesiones ideológicas previas. Esto no quiere decir que quienes aceptan la ciencia climática, con lecturas o sin ellas, estén dispuestos a apoyar las políticas −unas u otras, pero algunas− que permitan mitigar el aumento de las temperaturas. Ni mucho menos: Kioto fue un fracaso y París también puede serlo. Para filósofos climáticos de tanto fuste como Dale Jamieson, de hecho, la humanidad ya ha fracasado a la hora de abordar el problema climático: sólo nos queda estudiar las razones para aprender del mismo. Y bien que las conocemos: el cambio climático es un problema moralmente endiablado que conduce de manera natural a la corrupción moral −el término es de Stephen Gardiner− de los actores implicados. Su impacto está desigualmente repartido, las consecuencias más severas no serán visibles hasta dentro de un tiempo, hay una clara dispersión de causas y efectos. En consecuencia, aunque es colectivamente racional actuar para mitigarlo, resulta individualmente racional no hacerlo: una tragedia de los bienes comunes cruzada con un dilema del prisionero. Quizá por eso haya no pocos filósofos y teóricos políticos que creen que la mitigación ya no debería ser nuestro objetivo, por ser tarde para ella, y deberíamos centrarnos, en cambio, en diseñar políticas de adaptación para afrontar el aumento significativo de la temperatura terrestre.

Pero esto último también es ya debatible. La conversación pública sobre el cambio climático versa sobre sus implicaciones, no sobre la ciencia que le sirve de soporte. Entre otras cosas, porque esas implicaciones no pueden elucidarse aplicando el método científico, sino a través de la misma deliberación moral y política que hará posible establecer criterios de justicia o resolver conflictos entre bienes incompatibles. Aceptar la veracidad de la ciencia climática no supone, pues, adherirse a ninguna concepción particular de la sociedad sostenible. Este debate es posterior y permitirá a cada uno defender posiciones coherentes con su ideología o sus intereses. El novelista Lawrence Durrell dejó escrito que allí donde acaba la ciencia, empiezan los nervios: hagámosle caso y dejemos los nervios para la discusión sobre lo que la ciencia nos dice.

07/06/2017

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
5 + 3  =  
ENVIAR
 
 

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
Descarge el índice de contenidos del nº 192
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL