Pardon My Freedom

por Manuel Arias Maldonado

«Hace nueve o diez años que no tocamos esta canción, no es fácil volver a ella», anunció Nic Offer, enérgico frontman de la banda californiana !!! al público que llenaba el Bowery Ballroom de Nueva York el pasado sábado. Se referían a «Pardon My Freedom», incluida en Louden Up Now, álbum de 2004: una explosiva mezcla de funk y post-punk que −de ahí su regreso al repertorio− viene a exigir libertad para los libertarios frente a la vigilancia moral de los gobiernos conservadores. Sobre el escenario, el incansable Offer enfatizó uno de los versos: «And you can tell the president / To suck my fucking dick». Desde luego, no es Garcilaso. Pero es una actitud que dice cosas sobre el modo en que funcionan nuestras democracias y sobre el modo en que no pueden funcionar. Y es que, oyendo esa canción, yo me acordé de Pedro Sánchez, de Emmanuel Macron, de Pablo Iglesias; de todos ellos y del dilema irresoluble de la democracia liberal. Pero vamos por partes.

Si hay dos quejas habituales entre los ciudadanos en relación con su sistema político, son éstas: que los representantes sólo piensan en su provecho personal; y que el ciudadano sólo cuenta el día de las elecciones. Se deduce de ahí que el político profesional dispone de cuatro o cinco años, según los casos, para extraer todo el beneficio posible; también que el ejercicio de la ciudadanía carece de sentido en ausencia de mecanismos participativos o, incluso, de formas directas de democracia. Esta desafección habría sido explotada por los partidos populistas y por cualquier líder que haya echado mano de los elementos definitorios del populismo: la solución estaría en devolver el poder al pueblo o a la gente, formar una voluntad popular de abajo arriba y no al revés. Más Rousseau y menos Schumpeter.

La creencia en que tal es la dirección a seguir ha sido reforzada en los últimos años por el desarrollo de las redes sociales, que entrega a cada ciudadano una herramienta mediante la cual puede expresar sus opiniones y plantear sus demandas de manera individualizada, así como estar en contacto directo con el líder correspondiente. Arabesco digital: hace un par de semanas, Pablo Iglesias pedía que le recomendasen una serie televisiva a través de Twitter. En cualquier caso, cunde la idea de que una democracia con componentes asamblearios es ahora no sólo deseable, sino también posible. Y lo mismo vale para los partidos: frente a la formación tradicional, con sus órganos intermedios y su tendencia a la oligarquía, asomaría en el horizonte el partido abierto a la militancia y asentado en la consulta permanente a las bases. En un texto reciente, Aurora Nacarino anunciaba el retorno del militante: desligado del partido y organizado espontáneamente alrededor de una causa o de un líder. Pareciera que el militante hubiese redescubierto la «felicidad política» de que hablaba Hannah Arendt: el gozo de participar en una causa colectiva, de concertarse con otros, de construir significados compartidos. Aunque esa nobleza resulta difícil de discernir en muchos de los movimientos políticos contemporáneos, que en su iracunda disposición se parecen antes a la Marcha sobre Roma que a la Marcha sobre Washington.

Sea como fuere, esta tendencia encuentra expresión en no pocos fenómenos políticos de nuestros días. Pedro Sánchez no sólo apeló al militante para derrotar en las primarias del PSOE a Susana Díaz, sino que se ha propuesto reformar su partido para hacerlo menos vertical y más horizontal. Por su parte, Emmanuel Macron tiene la intención de cambiar por completo la política francesa por la vía de incorporar a su recién fundado partido, La Republique en Marche, a ciudadanos ordinarios sin experiencia política; aunque una vez elegidos serán, a su vez, representantes de otros ciudadanos. También el Partido Demócrata norteamericano está recurriendo al movimiento grassroots en esta fase de transición, a la espera de que se dibuje su futuro candidato presidencial; algo parecido a lo que hizo el Tea Party durante los años de Obama. Frente a la naftalina de los partidos tradicionales, la adrenalina de la movilización permanente.

Pero nadie puede estar siempre en movimiento. Y la propia experiencia de Podemos demuestra que la fatiga participativa termina por afectar al militante más entusiasta una vez que la política pasa de su fase redentora a su fase administrativa: la tesis de Robert Michels sobre la inevitable oligarquización de los partidos −si no de cualquier organización− sigue vigente. Sin embargo, lo que me interesa destacar es cómo la llegada de las nuevas tecnologías y la creciente atomización social, que se refleja en un voto más volátil y unas lealtades partidistas menos rígidas no puede traducirse en una democracia más directa. O, mejor dicho, que emplear las nuevas tecnologías para hacer más directas las democracias y más horizontales los partidos no es ninguna solución al problema irresoluble de la democracia de masas: entendiendo por democracia de masas aquella que sirve para organizar el gobierno de sociedades a partir de una cierta escala. Es un tema recurrente en este blog, donde se ha señalado más de una vez que nada impediría, sobre el papel, que todas las decisiones relevantes dentro de una comunidad política se adoptasen mediante el voto directo a través de las herramientas digitales: posible, es. Sucede que el resultado sería una democracia profundamente disfuncional, donde la satisfacción del autogobierno se vería pronto truncada por unos resultados caóticos. El mecanismo representativo no es ningún capricho histórico.

Diría entonces que defender la intensificación de los mecanismos directos de participación en la toma de decisiones −ya sea mediante referéndum u horizontalizando los partidos− implica haber extraído la conclusión incorrecta de las transformaciones sociales en curso. Y ello, seguramente, porque se arranca de una premisa falsa: la idea de que los ciudadanos nada tienen que decir si no es en las urnas. Esto quizá pudo ser así en los orígenes de la democracia liberal, pero, desde luego ,ha dejado de serlo: la vitalidad de la opinión pública y de la movilización colectiva, sumada a la fuerza expresiva de unas redes sociales capaces ahora de crear estados de opinión que paralizan al más arrojado de los ministros, indican justamente lo contrario. Tal como sugería The Economis hace unos días en relación con el declive de la clase política británica, la profesión de representante no es la más apetecible en nuestros días: horas interminables, salarios modestos, tensión excesiva. Súmese a todo ello el más poderoso de los incentivos imaginables para atender a las demandas de la opinión pública −el deseo de un gobierno de ser reelegido− y nos encontramos con que los ciudadanos quizá manden, incluso, demasiado. En ningún modo podemos decir que una sociedad democrática resulta demasiado democrática, pero es un hecho que cada vez es más fácil organizar coaliciones negativas contra la acción de gobierno y más difícil hacer reformas significativas por más evidente que sea su necesidad.

Por emplear los términos utilizados más arriba: que exista la posibilidad técnica de usar las nuevas tecnologías como medio para hacer las democracias más participativas no significa que ese objetivo sea políticamente deseable. Nuestras sociedades civiles están más atomizadas, son más plurales, tienen más capacidad para expresar demandas sectoriales e incluso individuales; pero el carácter mismo de la conversación pública en las redes sociales nos alerta acerca de la distancia entre expectativas y resultados en este terreno. Tampoco por esta vía podemos cerrar la brecha que se abre entre las preferencias individuales y las decisiones sociales. Y no hay salvación en ningún sujeto colectivo capaz de reconciliar esas dos dimensiones irreconciliables de la vida política, por más que lo invoquemos: el pueblo, la gente, la nación. De hecho, cabría preguntarse si canalizar la vitalidad pública mediante procedimientos institucionalizados no obstruiría las vías a través de las cuales ese inevitable descontento puede expresarse en toda su negatividad.

Así, cuando el cantante de !!! se dirige en términos obscenos al presidente de su país, en presencia de un público que parecía estar de acuerdo con él, da salida a una insatisfacción que no puede eliminarse; porque si gobernase Hillary Clinton existirían otros depósitos de frustración distintos, pero equivalentes. Es una frustración a menudo primitiva, tribal; sólo a veces dispuesta a presentar una alternativa constructiva. En la cultura, pues, se ventilan los afectos políticos que el normal funcionamiento de la democracia no puede −ni debe− absorber. Simultáneamente, claro, esa conversación pública −que incluye discursos articulados, expresiones artísticas, movilizaciones políticas, formas de vida− produce cambios sobre la vida social e influye sobre las decisiones públicas. No queramos arruinar esa caótica riqueza vinculándola a procesos formales de decisión.

¿No hay entonces espacio para ninguna innovación institucional ni para una mayor implicación de los ciudadanos en la vida pública? Sí que lo hay. Pero sólo a condición de que conozcamos sus limitaciones y entendamos que su función es, sobre todo, simbólica: crear foros o comunidades donde algunos ciudadanos puedan, en representación de todos los demás, informar al sistema político de sus preferencias o deliberar acerca de las mismas. Estos experimentos son complementarios del sistema representativo y no pueden ser otra cosa. Distinto es que los líderes políticos apelen a la participación o a las bases para legitimar su proyecto en tiempos de descontento. Pero la distancia entre la realidad y el deseo seguirá en su sitio. Una distancia que expresó involuntariamente una estudiante que, en el transcurso de una clase, elogió al entonces presidente Barack Obama por mantener contacto directo con sus votantes a través de Twitter. Yo sugerí que difícilmente podía ser Obama quien se encargase de esa cuenta y que, en todo caso, los intercambios de opinión eran meramente superficiales: la estudiante rechazó mi escepticismo y añadió que ojalá todos los presidentes fueran como Obama. Irónicamente, el tiempo le ha entregado a un presidente norteamericano que sí lleva −¡vaya que sí!− su propia cuenta en Twitter.

14/06/2017

 
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