Agosto 2017
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Noticia de la insurrección antipolítica

por Manuel Arias Maldonado

Durante los últimos años, se ha convertido en un lugar común festejar incondicionalmente la recobrada ilusión de los ciudadanos por la política, que equivale en la práctica a una repolitización de las sociedades occidentales tras un largo de período de relativa despreocupación por los asuntos públicos. Albert O. Hirschman explicaba este fenómeno cíclico como una consecuencia del agotamiento del bienestar material que sirve de motivo vital durante los auges económicos y su sustitución por un compromiso público que también termina produciendo fatigaAlbert O. Hirschman, Shifting Involvements. Private Interest and Public Action, Princeton, Princeton University Press, 2002.: el ciudadano es así como aquel personaje de Onetti que imagina de una sola vez su ímpetu y su hastíoJuan Carlos Onetti, El astillero, Madrid, Cátedra, 1983, p. 68.. En todo caso, se sobreentiende que la ilusión política es digna de elogio cuando se canaliza hacia aquellos proyectos colectivos que nos despiertan simpatía, ya que también están ilusionados quienes asisten a una ejecución pública o sueñan con una patria libre de impurezas étnicas. Y es que la ilusión es un sentimiento neutral respecto de su objeto.

Este matiz es tan importante que deberíamos vacunarnos contra cualquier forma de ilusión política, máxime si reparamos en su sutil anfibología: también llamamos ilusión al engaño, a la apariencia de realidad. No es por ello sorprendente que muchos de los movimientos políticos surgidos a raíz de la crisis económica tengan mucho de ilusionismo: un populismo que, a izquierda y derecha, construye un relato hiperbólico sobre la realidad y formula sobre ella promesas de imposible cumplimiento. Se refería esta semana al asunto, en relación con el firme avance de Donald Trump en el proceso de primarias del Partido Republicano en Estados Unidos, el columnista David Brooks:

La gente de la antipolítica no acepta que la política es una actividad limitada. Hacen promesas rimbombantes y crean expectativas ridículamente elevadas. Cuando esas expectativas no son satisfechas, los votantes se vuelven cínicos y, enfadados, se vuelven aún más antipolíticos.

Sin embargo, el problema es tan antiguo como la política misma, como testimonia la crítica de la elocuencia retórica que encontramos en la historia del pensamiento occidental. Michel de Montaigne, tan leído o referido últimamente, dedica uno de sus ensayos a advertir contra quienes tienen por oficio «hacer que las cosas pequeñas parezcan y resulten grandes», añadiendo que la retórica sirve para «manejar y agitar a la turba y al pueblo desordenado», alcanzando su apogeo cuando peor están los asuntos públicos«La vanidad de las palabras», en Michel de Montaigne, Los ensayos (según la edición de 1595 de Marie de Gournay), trad. de Jordi Bayod Brau, Barcelona, Acantilado, 2007, pp. 441-442.. A su juicio, es un instrumento que se emplea en Estados enfermos, de donde se deduce que los nuestros lo estarían. Yendo a la raíz del problema, Thomas Hobbes encuentra en la posesión del lenguaje la principal diferencia entre el ser humano y otras especies animales, lamentando que por esa razón no podamos ser como muchas de ellas: ordenadas, gregarias, previsibles. Y ello porque el habla es

ese arte de las palabras por medio del cual pueden representar ante los demás aquello que es bueno en la forma de lo malo y lo malo en la forma de lo buenoThomas Hobbes, Leviathan, Oxford, Oxford University Press, 1996, p. 113..

Dicho de otro modo, el ser humano puede mentir para servir a sus fines. De ahí que Hobbes desconfíe de la elocuencia, cuyo fin sería menos enriquecer o ennoblecer la esfera pública que distorsionar la representación de las cosas conforme al propósito de quien toma la palabra. Nótese que esta descripción vale para el tribuno, el seductor y el comerciante: hablar es poder mentir. Al lado de este realismo descarnado, George Orwell resulta casi enternecedor cuando –en su, por lo demás, importante ensayo de 1946 sobre la política y la lengua inglesa– sentencia que «el gran enemigo del lenguaje claro es la insinceridad»George Orwell, Essays, Londres, Penguin, 2000, pp. 348-359.. Pero pareciera hablar de nuestros populismos cuando, con el recuerdo aún fresco de los que asolaron las democracias liberales en el período de entreguerras, nos recuerda que, si el pensamiento puede corromper el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento.

Si bien se mira, para evitar los peores efectos que pueden derivarse del uso político del lenguaje y el consiguiente abuso del poder, el liberalismo ilustrado fijó un conjunto de límites a éste, llamados a protegernos de la antipolítica. Se trata de instituciones revolucionarias que hoy nos parecen banales, tan acostumbrados estamos a ellas: el imperio de la ley, la división de poderes, la independencia de los tribunales, la prensa libre. A ellas han ido sumándose cautelas adicionales, como los límites que fija al gobierno popular la noción de democracia constitucional y sus garantías asociadas, así como la creación de órganos contramayoritarios, que van desde el Tribunal Constitucional al Banco Central independiente del poder político. No es casualidad que los populismos arremetan contra estos últimos en nombre, precisamente, de la democracia que contribuyen a defender. Vaya por delante que, si lo único que importase en un régimen democrático fuese el autogobierno, podríamos subordinar todas nuestras instituciones y normas a ese sagrado fin: hágase el referéndum y perezca el mundo. Pero bien sabemos que una democracia no sobrevive a la producción sistemática de malos resultados y al consiguiente colapso socioeconómico, de ahí que la única solución razonable a este dilema sea la combinación, por demás flexible y fluida, de instrumentos liberales y democráticos.

Ahora bien, se ha dicho que todos los partidos son populistas, si entendemos por populismo –impropiamente– la estilización hiperbólica de los mensajes políticos. Digo impropiamente porque el populismo se caracteriza, ante todo, por denunciar el secuestro de la democracia a manos de las elites y prometer su devolución al «pueblo»; no es, pues, como también ha venido diciéndose, prometer soluciones simples para problemas complejos, aunque este rasgo sea un componente inevitable de su discurso primitivista. En todo caso, es indiscutible que la exageración no es patrimonio de los populistas: cualquiera que prometa el pleno empleo cuando el desempleo alcanza los dobles dígitos está haciendo demagogia. Además, me parece que el público de masas contemporáneo sabe que se trata de una promesa publicitaria que no hay que tomarse en serio, igual que no toma al pie de la letra el anuncio del detergente que lava más blanco. Con todo, las democracias están estructuradas con arreglo al eje gobierno/oposición, resolviéndose las disputas por el poder mediante elecciones competitivas; este marco propicia inevitablemente el uso torcido del lenguaje, quedando en manos de la opinión pública discernir quién merece más confianza de entre los contendientes. Raymond Aron es certero al respecto:

No hay democracia sin demagogia, pues no hay oposición que no sea demagógica, incluso en las democracias llamadas modélicas, como la británica. La clave está en lograr que la demagogia no traspase los límites tolerablesRaymond Aron, Introducción a la filosofía política. Democracia y revolución, trad. de Luis González Castro, Barcelona, Página Indómita, 2015, p. 86..

Sucede que no hay un método para lograrlo: nadie puede impedir que ese nuevo Berlusconi que es Donald Trump finja «hablar claro» y decir las cosas «tal como son» como método para persuadir a sus votantes de que sus disparatadas promesas son una solución razonable a sus problemas. Sólo puede confiarse en la capacidad de las esferas públicas para protegerse ante la antipolítica, algo que resulta más difícil en épocas de incertidumbre económica y ansiedades generalizadas. Deducir de aquí que todos son populistas, empero, no es del todo correcto: también aquí hay grados. Y en la capacidad para ir más allá de las oposiciones excluyentes, reconociendo más bien gradaciones dentro de continuos reconocibles, es donde reside el trabajo intelectual. Habrá que distinguir, pues, entre la demagogia de baja intensidad, inerradicable y de hondas raíces de especie, de aquella demagogia de alta intensidad que traspasa esos «límites tolerables» de que habla Aron y conducen al fomento de las actitudes antipolíticas. Esta solución bien puede antojarse insuficiente para quienes creen que las democracias podrían desenvolverse con un lenguaje recto y conforme a la lógica del mejor argumento. Por desgracia, la historia nos ha enseñado que no es así: esa aspiración es un ideal regulativo hacia el que dirigirnos, no una realidad que podamos materializar.

Aunque ya ha quedado suficientemente acreditada la antigüedad del fenómeno antipolítico, podríamos preguntarnos si no hay alguna explicación adicional para su auge contemporáneo. Es decir, algún factor que pueda añadirse a los dos ya aludidos: la estructura misma de la competición democrática y la crisis económica que sirve como mecanismo espontáneo de producción de populismos. En este blog nos hemos referido ya a uno de ellos, a saber, la intensificación del pluralismo que trae causa del desdibujamiento de la sociedad estratificada en clases sociales (o, al menos, en clases con conciencia de sí mismas) y la consiguiente alineación de las identidades individuales en nuevas configuraciones colectivas: del precariado al surfero, de la mujer a las minorías religiosas, del ecologista al banquero. Los partidos tradicionales han perdido capacidad de aglutinación y los electorados son más volátiles, de forma que serán cada vez más frecuentes escenarios poselectorales sin mayorías claras como los que se viven ahora mismo en España o, tras las recientes elecciones, Irlanda. Pero, simultáneamente, los partidos han convergido en el centro y eso exige de ellos un esfuerzo de diferenciación que desemboca en un pluralismo agresivo que, a su vez, puede conducir a la parálisis vetocrática.

A ello podríamos tal vez añadir una evolución en los estilos políticos que remite, más ampliamente, a la peculiar conformación del discurso en la esfera cultural de la tardomodernidad alrededor de la figura del rebelde. Ahora que los líderes políticos ascienden a un estrellato mediático en el que a menudo resultan indistinguibles de las celebrities hollywoodenses y sus seguidores mantienen con ellos una relación que recuerda a la de las estrellas del pop, no puede extrañarnos que el lenguaje político se vea contaminado por la retórica antisistema que domina fuera de la esfera democrática. ¡Ya no somos burgueses! De ahí que las formas, el respeto a las formas, no sirva ya de dique de contención frente a la antipolítica en temporada electoral: las formas, en fin de cuentas, son una convención tediosamente relacionada con la infinidad de compromisos y cesiones que exige la política democrática. Si bien se mira, de hecho, lo sorprendente es que la figura del político insurrecto –de Trump a Iglesias– no se encuentre más generalizada, dada la relación simbiótica que de manera natural se establece entre una retórica airada de cambio radical y la singularidad de una esfera política caracterizada por la disponibilidad de los medios que harían posible realizarlo. Si el pensamiento se deja corromper por el lenguaje, es decir, si una mayoría de ciudadanos se deja convencer por los demagogos, habrá caído la última defensa contra la antipolítica: porque el ciudadano es cocreador de la oferta electoral y no mero recipiente pasivo de ella. He aquí una verdad incómoda que nos resistimos a admitir.

Que la retórica insurreccional es hoy modelo para el discurso político –en parte debido a la imposibilidad de desactivar los instrumentos críticos puestos en marcha por la ilustración filosófica, abandonados a su propia inercia– vino a demostrarlo la pasada semana Slavoj Žižek en una tribuna de opinión dedicada al problema de la vulgaridad política. Tras desplegar su aguda inteligencia evocando las películas francesas de Buñuel e identificando el problema en una corrosión de las costumbres entendidas a la manera hegeliana, Žižek termina diciendo algo distinto sobre los seguidores de Donald Trump y demás «maleducados» de derecha:

El hecho de que la mayoría no pueda ser convencida por el discurso capitalista racional y esté mucho más inclinada a apoyar a una postura populista y antielitista no tiene que descontarse como un caso de primitivismo de clase baja: los populistas detectan correctamente la irracionalidad de este enfoque racional; está plenamente justificado que su rabia se dirija contra instituciones sin rostro que regulan sus vidas de una manera nada transparente.

Dicho de otra manera: los ciudadanos se arrojan en manos de los demagogos de derecha que no temen «hablar claro» y dicen las cosas «tal como son» porque intuyen que la crítica del sistema que subyace a las soluciones de mal gusto por ellos propuestas (construir un muro en la frontera mexicana, por ejemplo) es acertada. Es decir, que el sistema es irracional, aunque quiera hacerse pasar por lo contrario. Pero la gente no traga: el ciudadano aparentemente irrazonable es, en realidad, un ciudadano razonable que –como el Travis Bickle de Taxi Driver– «will not take it anymore». Trump, dice Žižek, no es un antisistema: el verdadero antisistema es Bernie Sanders, que quiere llevar a Estados Unidos peligrosas políticas de bienestar a la europea. Dejando en suspenso la consideración que pueda merecer Sanders, quien ciertamente defiende políticas propias de la socialdemocracia europea económicamente irrealizables en Estados Unidos, el problema de la posición de Žižek es que está alimentando el mismo fenómeno populista que parece denunciar.

Ya que, al arremeter contra un «sistema» irracional y denunciar «instituciones sin rostro» que «regulan nuestras vidas de una manera nada transparente» está incurriendo en el mismo tremendismo de un Donald Trump, sólo que al otro extremo del espectro ideológico. Es decir, está suscribiendo la afirmación populista según la cual el «pueblo» ha visto cómo una elite oligárquica le hurtaba el gobierno democrático y lo mantiene en una condición de servidumbre forzosa. Žižek demuestra que también hay una izquierda populista que «habla claro» y dice las cosas «tal como son», erosionando el terreno hasta ahora ocupado por la socialdemocracia (igual que el populismo de derecha debilita a democristianos y liberales). Si en su artículo critica el conspiracionismo de quienes creen que los centros de Walmart en Texas serán utilizados para albergar tropas chinas cuyo fin es desarmar a los norteamericanos y derrocar al Gobierno, omite en cambio toda alusión al conspiracionismo simétrico de quienes creen que el «sistema» nos programa para ser marionetas del Club Bilderberg. Su descripción, en fin, resulta ser tan tramposa como la de sus rivales.

En realidad, la antipolítica es la sombra permanente de la política, igual que el populismo lo es de la democracia. Su existencia es menos un cuerpo extraño dentro del organismo democrático que una malformación de éste, producida allí donde la demagogia supera los niveles tolerables. Son hipertrofias de la práctica democrática, malos usos de herramientas constitutivas de la misma: el discurso político, la apelación al pueblo, la competición electoral. De ahí que populismo y antipolítica sean –novedades propias de nuestra época al margen– tentaciones permanentes de la vida política cuya intensidad se acrecienta en épocas desordenadas. Y en una de ésas, precisamente, nos encontramos.

09/03/2016

 
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