Mundo Bovary

por Manuel Arias Maldonado

Si el escritor francés Gustave Flaubert dijo que él era Madame Bovary, en referencia a su criatura novelística más célebre, el filósofo suizo Alain de Botton acaba de sugerir que Madame Bovary somos todos. Lo ha hecho en una pieza publicada primero online y después, ligeramente modificada, en el Financial Times. Y aunque su argumento está confinado al terreno de las relaciones amorosas contemporáneas, nos proporciona la oportunidad de reflexionar sobre un asunto más amplio y no menos importante: la general seducción que las abstracciones ejercen sobre la imaginación individual y su consiguiente influencia sobre las acciones colectivas. Pocos rasgos más humanos; pocos, también, menos inocuos. En tiempos de crisis, cuando el animal religioso que llevamos dentro sale a la plaza pública en busca de consolaciones afectivas, la peligrosidad de los conceptos es más visible que nunca y nos exige la máxima atención. No en vano, las acciones de Madame Bovary también causaban efectos en los demás, como bien probó Jean Améry al poner voz a su marido, Charles Bovary, en una novela que comienza el día del entierro de esta ambigua heroína moderna«Quiero que sea inhumada en su traje de novia, con zapatos blancos, con el festón nupcial»: así comienza Charles Bovary, Landarzt. Porträt eines einfachen Mannes, Stuttgart, Klett-Cotta, 1978..

Para Botton, la literatura que se ha ocupado del amor desde al menos el siglo XIX hasta nuestros días ha sido demasiado romántica e insuficientemente realista. Estas ficciones, desde Bovary a Werther, pasando por un sinfín de películas y canciones, habrían maleducado al público occidental. Al instilar en nosotros una concepción ideal del modo en que una relación amorosa debe ser, nos habríamos vuelto incapaces de soportar su efectiva realidad, su decepcionante ser habitual:

Que seamos tan malos en el amor –y las estadísticas sobre rupturas sugieren que lo somos– es un problema que puede, al menos en parte, atribuirse a la cultura. El principal impedimento para disfrutar de mejores relaciones puede residir en la calidad de nuestro arte. [...] Rompemos con nuestra pareja o nos sentimos románticamente malditos porque hemos estado expuestos de manera sistemática al tipo incorrecto de historias de amor.

A su modo de ver, el tipo correcto está compuesto por aquellas que se ocupan de la dimensión doméstica y terrenal de la relación amorosa. Algo que incluye la influencia de las carreras profesionales sobre las decisiones conjuntas, el impacto logístico de los hijos y banalidades decisivas como decidir quién hace la compra. Es decir, que en lugar de prestar atención al comienzo y desarrollo del romance, las narraciones deberían tomar como punto de partida la institucionalización matrimonial o paramatrimionial del amor pasional. Y aunque menciona películas recientes que hacen justo lo contrario, desde Cuando Harry encontró a Sally a Cuatro bodas y un funeral, bien podía haber invocado la gloriosa tradición de las screwball comedies hollywoodenses de los años treinta, organizadas en su mayor parte en torno a auténticos tiroteos verbales entre los aparentes antagonistas y cuyo desenlace es un matrimonio que echa a andar cuando se encienden las luces de la sala. Seguramente lo mismo podría decirse de las ficciones que se ocupan de las rupturas amorosas, dotadas de poderosos mecanismos de identificación que nos atraen hacia ellas pero dejan de lado, también ellas, la normalización doméstica, cuya inadecuada digestión es a menudo causa de estas hostilidades: la agonía bergmaniana deja poco espacio para la aclimatación del divorciado en su nueva casa. Esta ficción, en la medida en que no nos equipa adecuadamente para la buena vida, debe ser reemplazada por un modelo de más benigno impacto psicológico.

Se trata de un tema fascinante que hemos abordado en otro lugar. No se trata de insistir aquí en ello, aunque sí puede apuntarse que Botton parece minusvalorar las dificultades a que se enfrenta una representación realista de la vida doméstica. Básicamente, porque leemos novelas y vemos películas para escapar de ella: la rosa púrpura del Cairo no crece en nuestros tresillos. Aceptamos, en todo caso, la sublimación dramática de la vida cotidiana; pero hace falta mucho talento para explorarla sin perder al público. Alguna vez me he referido a la observación que hace David Thomson sobre el cine de Howard Hawks, maestro del diálogo prematrimonial que intuye que los vínculos nupciales y la vida en común dan paso a una fase de la relación amorosa privada de todo suspense:

Hombres y mujeres se evitan juguetonamente porque se entiende que un abrazo sólo es un preludio para la desilusión. Las deslumbrantes batallas de palabras, indirectas, miradas y gestos [...] son procrastinaciones utópicas cuyo fin es evitar los engorrosos trámites de un amor entregado que sólo puede consumirse a sí mismoDavid Thomson, The New Biographical Dictionary of Film, 5ª ed., Londres, Little & Brown, 2010, p. 425..

Pero el problema, que también trata de superar la literatura influida por el feminismo teórico, sobre todo por aquellas corrientes que subrayan la importancia del cuerpo y las prácticas materiales, es otro: a saber, la fuerza hipnótica que ejercen sobre nosotros ciertas abstracciones que, interponiéndose entre la percepción y la realidad, nos alejan de ésta con la promesa de su superación. Vemos gigantes, en fin, cuando son molinos.

Recordemos el entusiasmo con que se saludó en tantos países europeos el comienzo de la Primera Guerra Mundial; pensemos en la extraordinaria fuerza afectiva que posee la idea de la revolución; observemos la capacidad movilizadora que todavía poseen conceptos como pueblo, gente o nación. Yendo a las raíces del asunto, consideremos la potencia aglutinadora de las creencias religiosas. Y, en el plano personal, prestemos atención a las fantasías que vertebran nuestra relación con la realidad: el viaje, el enamoramiento, el adulterio. ¿No son todas ellas, acaso, formas de bovarismo? Ya que somos seres proyectivos que continuamente abandonan esta realidad para regresar hacia el propio pasado, por lo general convenientemente distorsionado, o proyectarnos hacia el futuro: ficciones internas cuya perfección es inherente a su naturaleza imaginaria. Resulta imposible, a decir verdad, no rendirse ante su encanto.

En su desigual pero interesante historia universal de la especie, el historiador israelí Yuval Noah Harari cifra la singularidad humana en la capacidad de los miembros de nuestra especie para compartir ficciones entre desconocidos, rasgo que sirviera también a Benedict Anderson, como es sabido, para caracterizar a las naciones como «comunidades imaginadas»Benedict Anderson, Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism (ed. rev.), Londres, Verso, 1991.. Esas ficciones pueden ser benéficas (los derechos humanos), perversas (supremacismo racial) o ambiguas (no todas las revoluciones han sido maoístas). En todo caso, la apelación a su indudable funcionalidad no debe tampoco ocultar la facilidad con que hacemos un fetiche de las mismas y nos alejamos con ello de una realidad que siempre vendrá a pedirnos cuentas en algún momento: por eso, el itinerario más frecuente de las creencias menos sofisticadas suele terminar con la decepción de quien las abraza. Madame Bovary, al cabo, se mata ingiriendo arsénico; otros reniegan de su pasado político o se convierten en cínicos posrománticos. Seducción y desencanto forman un continuo activado por una representación simbólica: debajo estamos nosotros.

Ahora bien, sería un error pensar exclusivamente en ficciones: hablamos, asimismo, de conceptos. O de ese «fetichismo de la verdad abstracta» que con tanto brío criticaban Theodor Adorno y Max Horkheimer, incapaces sin embargo, como subrayó George Steiner, de proporcionar una alternativa tangible para la empresa humana del conocimiento del mundoMax Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos, trad. de Juan José Sánchez, Madrid, Trotta, 1994.. Desde este punto de vista, el bovarismo es un inextirpable defecto de nuestros regímenes de percepción: un modo de autohipnosis que produce tanto modelos teóricos con brillantes aplicaciones prácticas como mentiras políticas de devastadores efectos históricos. Más aún, el bovarismo puede fácilmente convertirse en una forma de corrosión de la experiencia individual, que se producirá allí donde la subjetividad sea presa de un perfeccionismo que la lleve a hacer la crítica de lo real en nombre de lo imaginario. Rafael Sánchez Ferlosio, preocupado desde siempre por esta posibilidad, dejó una divertida formulación de la misma en uno de sus textos taurinos; concretamente, en aquel donde critica la perpetua insatisfacción de un público que asume la misión –¡qué tiempos aquellos!– de salvaguardar las esencias de la así llamada fiesta nacional:

Ninguna corrida consigue ya ser ella misma, sino que todas se nos vuelven ejemplo o muestra pedagógica de algo que debe ser o algo que no debe ser; pasan los años, las corridas se suceden y cada vez estamos más irreversiblemente embarcados en la misión histórica de salvar la fiesta; las corridas pertenecen ahora todas ellas a la operación salvadora, no son más que peldaños que se ganan o peldaños que se pierden en esa operación, sin que se vislumbre al horizonte siquiera un descansillo de olvido histórico en el que pueda disfrutarse una corrida en síRafael Sánchez Ferlosio, «La conciencia histórica», en Ensayos y artículos I, Barcelona, Destino, 1992, p. 71..

Podría así decirse que la ruina de la experiencia es la comparación con su ideal: los hechos se ven superados por sus representaciones. Y nada garantiza que ese ideal o estas representaciones hayan sido asimiladas por el sujeto de manera consciente o autónoma; problema de primer orden que hemos abordado en este blog en más de una ocasión. Todo lo contrario, en realidad: aun existiendo diferencias formales entre distintos habitus según el grupo social o la biografía personal de la que hablemos, el bovarismo es –en distintos grados– un problema que no conoce solución. Máxime en una cultura de masas tardomoderna cuyas imágenes, a menudo en forma de mercancías, circulan globalmente: desde las comedias románticas denunciadas por Alain de Botton a las fotografías de Audrey Hepburn que decoran hasta el más improbable establecimiento comercial, pasando por las celebrities globales y esa actualización romántica de las vidas de santos que son las biografías de nuestros escritores favoritos. Estos impulsos miméticos bien pueden así convertirnos en seres insatisfechos, frustrados por la inadecuación que precibimos entre nuestras vidas y los modelos que les sirven de guía. Pero este efecto colateral de la ejemplaridad difícilmente puede ser evitado a la vista de la presión normativa que ejercen los demás sobre nosotros. Se trata de una parte constitutiva de la cultura humana: somos seres imitativos, como muestra cualquier niño empeñado en reproducir los espasmódicos movimientos de su personaje favorito de ficción en pleno almuerzo. Así, sea cual sea la forma de bovarismo en cuestión (ya nos hipnotice un modelo, nos embelese una ficción o nos atrape un concepto), haremos buena la sospecha de que la vida está en otra parte. Aunque esa otra vida, como descubre la infortunada Emma, no exista.

A decir verdad, el hiato entre los conceptos y la realidad no podrá jamás ser suturado: la engañosa perfección de las abstracciones se opondrá siempre a la irremediable confusión del mundo, ejerciendo aquéllas sobre éste una violencia cuya víctima termina por ser a menudo el sujeto en cuyo interior se desarrolla esa comedia de las equivocaciones. En consecuencia, el bovarismo es menos un vicio que una costumbre, por viciada que ésta se revele. Y la única forma de combatirlo, como tantas otras cosas que conciernen a la acción individual y a los motivos de ésta, es la agotadora práctica de una reflexividad vigilante. Tan agotadora, que resulta comprensible la frecuencia con la que preferimos abandonarnos a las fantasías que, mientras nos dañan, también nos entretienen.

04/05/2016

 
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