Mondo bizarro

por Manuel Arias Maldonado

Hacía tiempo que no veía El cuarto mandamiento, caprichoso título en España de The Magnificent Ambersons, segunda película de Orson Welles y adaptación de la novela de Booth Tarkington, ganadora del premio Pulitzer en 1918. Fue proyectada recientemente en un cine de mi ciudad, y, aparte de unos créditos finales dignos de Godard, hay en ella un breve monólogo que me llamó la atención. Joseph Cotten da vida a Eugene Morgan, un romántico inventor que termina por ser pionero del automóvil y, con ello, heraldo de un mundo nuevo que arrasa con el antiguo régimen en que se asentaba la fortuna de los Amberson del título original. Es en casa de éstos donde Morgan, interrogado amargamente por la revolución en marcha, expone calmadamente, ya en el ocaso de su vida, su forma de ver el asunto:

No estoy seguro de que George se equivoque respecto a los automóviles. Su progreso puede suponer un retraso de la civilización. Puede que no añadan nada a la belleza del mundo o a la vida del espíritu humano; no lo sé. Pero los automóviles han llegado y casi todas las cosas de ahí fuera van a ser diferentes debido a aquello que traen consigo. Van a transformar la guerra y la paz. Y creo que van a cambiar sutilmente las mentes de los hombres. Quizá George tenga razón. Puede que de aquí a diez o veinte años, si ya hemos visto el cambio interior de los seres humanos, no sea capaz de defender el motor de gasolina, sino que habré de darle la razón y convenir que los automóviles no eran un negocio que hubiera debido crearse.

Naturalmente, Eugene Morgan tenía razón: la revolución de la movilidad personal transformó la sociedad y nuestro sentido de la distancia, entre otras muchas cosas. No en vano, las grandes transformaciones sociales han traído siempre causa de un cambio tecnológico, cambio que es también, siempre, humanamente experimentado. Y es que, en cuanto las cosas están en el mundo, nos hacemos a ellas, lo que, a su vez, nos transforma a nosotros.

¿Podemos hacernos en relación con Internet las mismas preguntas que se hace Eugene Morgan sobre el automóvil? ¿Están la red y las nuevas tecnologías de la información transformando el alma humana? Pocas dudas pueden caber al respecto. Aunque haya quien discuta la medida en que esta disrupción tecnológica pueda compararse a episodios similares del pasado (desde la invención de la rueda al motor de combustión o el telégrafo), las nuevas tecnologías de la información suponen un cambio cualitativo en un aspecto esencial de la organización de la especie: el intercambio y la difusión de información. Que la red de redes haya constituido un espacio global –un espacio que no está, propiamente, en ninguna parte, por más que se localice en gigantescos servidores nada inmateriales– transforma inevitablemente nuestra percepción de la realidad. Todo es ahora más cercano, más rápido, más inmediato. Pero también puede ser más vasto y recóndito.

En todo caso, no me interesa elaborar ahora un catálogo de las influencias particulares que traen consigo la generalización de Internet y la consiguiente digitalización de nuestras vidas, sino reflexionar brevemente sobre el modo en que hayamos de interpretar la influencia de la tecnología sobre los seres humanos. Máxime por ser este un terreno donde suele reinar una muy humana incoherencia: abjuramos de aquello que no podemos dejar de usar, lamentamos una tiranía a la que nos sometemos sin resistencia.

Ese lamento es un lamento nostálgico, cuyo origen está en el Romanticismo. No es que el Romanticismo inventara la nostalgia, que más bien es una consecuencia natural del paso del tiempo, pero lo que sí hizo fue codificarla culturalmente y asociarla a una transformación social cada vez más acelerada. Recordemos aquel pasaje de El idiota en que Lebedev maldice con vehemencia no ya los ferrocarriles a los que un momento antes ha considerado una plaga caída sobre la tierra para emponzoñar los manantiales de la vida, sino el espíritu entero, científico y práctico, de los últimos siglos. Así, los distintos procesos de racionalización social desencadenados por la modernidad se opondrían de manera natural a una visión poética de la vida que, desde entonces, ha encontrado acomodo en las bellas artes, auténtico espacio de resistencia ante los embates de un mecanicismo deshumanizador. Por ceñirnos al universo cinematográfico, ayer era la cadena de montaje de Tiempos modernos; hoy, la operadora informática de la que se enamora el protagonista de Her. ¡Todos alienados!

Es precisamente la tesis de la alienación humana frente a la tecnología la que, pregonada por los filósofos de las distintas generaciones de la Escuela de Fráncfort, ha dejado una mayor impronta sobre el espíritu de nuestra época. Arrancando de Marx, pero con acentos heideggerianos, pensadores como Marcuse, Horkheimer, Adorno o Habermas han insistido en denunciar una tecnificación que reproduciría ad nauseam la lógica del sistema capitalista, ahogando aquello que de humano hay en nosotros y convirtiéndonos, como es sabido, en hombres unidimensionales. De ahí la insistencia de la contracultura hippie en comulgar con la naturaleza, transmitida después al movimiento ecologista. A modo de respuesta a las preguntas que se hacía Eugene Morgan en la película de Welles, Theodor Adorno reflexionaba así sobre este asunto en Minima moralia:

¿Qué significa para el sujeto que ya no existan ventanas con hojas que puedan abrirse, sino sólo cristales que simplemente se deslizan, que no existan sigilosos pasaportes, sino pomos giratorios, que no exista ningún vestíbulo, ningún umbral frente a la calle, ni muros rodeando los jardines? ¿Y a qué conductores no les ha llevado la fuerza de su motor a la tentación de arrollar a todo bicho callejero, transeúntes, niños o ciclistas? En los movimientos que las máquinas exigen de los que las utilizan está ya lo violento, lo brutal y el constante atropello de los maltratos fascistasTheodor Adorno, Minima moralia. Reflexiones desde la vida dañada, trad. de Joaquín Chamorro, Madrid, Taurus, 1998, p. 37..

Dejando a un lado la costumbre de su autor de identificar con el fascismo todo aquello que no le gusta (y recordemos que tampoco le gustaban los libros de bolsillo), encontramos en este pasaje una cumplida ilustración del rechazo humanista de la tecnología, no exenta de contradicciones: las ventanas con hojas le gustan, los cristales que se deslizan, no. Esta inclinación filosófica ha encontrado expresión artística en obras tan sobresalientes como Las cosas, la novela de Georges Perec, o Alphaville, la fábula futurista de Jean-Luc Godard, por no entrar a considerar la ciencia ficción como terreno especialmente fértil para una imaginación filorromántica empeñada en predecir el futuro dominio de las máquinas sobre los hombres. La tecnología, en fin, no nos hace mejores, sino peores.

Ahora bien, ¿tiene sentido establecer una línea divisoria tan tajante entre la tecnología y los seres humanos? ¿Es la tecnología un boomerang que termina por golpearnos, son las innovaciones disruptivas el fruto de juegos frankensteinianos en los que no deberíamos iniciarnos? ¿Terminan las cosas por colonizar el alma de sus creadores? En realidad, la separación de la tecnología y los seres humanos no deja de ser más bien artificiosa, por la sencilla razón de que la tecnología no es, ni puede dejar de ser, rabiosamente humana. Y la idea contraria, según la cual la sobreabundancia tecnológica nos deshumaniza, constituye un cliché de necesaria revisión. ¡Salvo que convengamos que la tecnología nos deshumaniza al alejarnos de los arroyuelos y las ninfas! Pero ni siquiera quienes así piensan están dispuestos a prescindir del fogón o el agua caliente. No, para ser verosímil, la crítica de la tecnología habría de dirigirse a la tecnología en su conjunto, esto es, a la posibilidad misma de la tecnología: a su propia existencia. Sin embargo, eso equivaldría a una crítica contra la humanidad misma, contra su modo de estar en el mundo, que consiste en adaptarse a él adaptándolo para él: una adaptación agresiva intensificada por las peculiaridades de nuestra especie.

Esta inusual línea interpretativa es la que sigue Hans Blumenberg, el gran filósofo alemán, en un libro póstumo que acaba de aparecer en EspañaHans Blumenberg, Historia del espíritu de la técnica, trad. de Pedro Madrigal, Valencia, Pre-Textos, 2013.. Para Blumenberg, la técnica no es una contingencia, sino una necesidad: un desarrollo natural del cuerpo humano en su tarea de entendérselas con el mundo, un argumento en el diálogo con la naturaleza. Desde este punto de vista, la tecnología es un instrumento más de la humanidad para realizarse a sí misma, para emanciparse de las constricciones naturales y reorganizar su relación con el entorno. Así que los automóviles cambian a los hombres, pero no para mal: solamente los cambia. Que solamos contemplar la tecnología como algo que –contrariamente– nos aleja de nuestra humanidad constituye, así, un curioso enigma cultural, que acaso tenga respuesta en la propensión natural a la nostalgia, entendida aquí como una falsa creencia: la de que todo era más sencillo en cualquier otro momento, pero ahora, precisamente, es más complicado que nunca.

Pero es que no solamente nos influye la tecnología. El mundo es una vasta red de infinitas interconexiones e influencias recíprocas, donde los seres humanos no son, ni mucho menos, los únicos actores. Sí somos, probablemente, los únicos actores conscientes, intencionales, a pesar de que muchos de nuestros impactos sobre el entorno –como el cambio climático antes de que supiéramos de su existencia– sean inintencionados. En los últimos años, disciplinas como la Sociología o la Geografía han estudiado la ontología relacional del mundo, es decir, la idea de que la realidad es un intrincado ensamblaje de actores y actantes (o sea, actores sin conciencia propia) en perpetuo movimiento e influjo mutuo.

¿O acaso las bacterias y los virus no han constreñido poderosamente a la humanidad y, en algunos casos, siguen haciéndolo? ¿No es el agua un recurso natural que desafía nuestra capacidad de producción, canalización y uso? ¿En qué medida una sustancia como el café no ha afectado, desde su generalización, al cerebro humano, tal como sugiere Daniel Smail en su atractivo intento por vincular historia profunda y desarrollo cerebralDaniel Lord Smail, On Deep History and the Brain, Berkeley y Los Ángeles, University of California Press, 2008.? ¿No es el clima un moldeador natural de sociedades humanas? Y así sucesivamente.

Si nos tomamos las cosas en serio, no queda más remedio que concluir que el ensamblaje de la humanidad con el mundo ha alcanzado un grado de interpenetración que resulta imposible de ignorar: somos, de alguna manera, un gran híbrido.

25/02/2014

 
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