Agosto 2017
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¿Más allá de la izquierda y la derecha?

por Manuel Arias Maldonado

Los tiempos interesantes del proverbio suelen ser también tiempos confusos. De hecho, cabe sospechar que son interesantes a fuer de confusos. Y el desafío para un observador contemporáneo consiste en identificar los cambios allí donde se producen, distinguiéndolos de las meras apariencias de cambio. Y es que no pasa día sin que se proclame una nueva época o se den por extinguidos los principios que regían nuestra vida personal o social, pero, como decía el Helicón de Camus, eso no nos impide almorzar. ¿Vivimos momentos históricos o hacemos historia de los momentos? Nadie puede saberlo a ciencia cierta, aunque el tiempo convalide unos análisis y ridiculice otros: todos presentamos aspecto de jugadores de dados.

Entre las incógnitas de nuestro tiempo, se cuenta la relevancia de la línea divisoria izquierda/derecha para explicar el comportamiento de los electores y las estrategias de los partidos; partidos que buscan tanto el voto popular como competir eficazmente contra otros partidos. Se ha convertido en un lugar común afirmar que la separación entre izquierda y derecha está siendo reemplazada por otro eje que distingue a los globalistas (o cosmopolitas) de los nacionalistas (o soberanistas): unos serían partidarios de sociedades abiertas que comparten soberanía a través de organizaciones o tratados multilaterales y defenderían una política migratoria generosa que acepta la hibridación cultural; otros prefieren las sociedades cerradas que recuperan su soberanía a fin de preservar su identidad cultural y cerrar sus fronteras a la inmigración. De acuerdo con la terminología de David Goodhart, liberal reconvertido en comunitarista, los primeros hablan desde cualquier sitio y los segundos desde algún sitio: los enraizados reprochan a los desenraizados −en frase de Theresa May− que no se puede ser ciudadano de ninguna parte. Nada nuevo: la distinción remite a la dicotomía entre Gesellschaft (sociedad) y Gemeinschaft (comunidad) formulada por el sociólogo alemán Ferdinand Tönnies y empleada también, en respuesta a este último, por Max Weber.

Su reaparición se explica por el efecto psicopolítico de la Gran Recesión y su reflejo en los sistemas de partidos occidentales. Quizá la mejor muestra de este fenómeno la tengamos en Francia, donde el nacionalpopulismo del Frente Nacional y el populismo de izquierda de Jean-Luc Mélenchon convergían en los extremos de un tablero en cuyo centro se situaba un globalista que ahora está logrando atraer a su nuevo partido a políticos de izquierda (Manuel Valls) y derecha (Édouard Philippe). En no pocas ocasiones, este nuevo eje parte a los partidos por la mitad: poco tenían que ver entre sí Alain Juppé y François Fillon cuando se disputaban el liderazgo de los conservadores franceses; mientras que Jeremy Corbyn, Bernie Sanders y Pedro Sánchez defienden las esencias de la izquierda ante sus rivales centristas dentro de los partidos socialdemócratas. Para más inri, en el plano sociológico, lo que queda de la clase trabajadora y buena parte del nuevo precariado ha migrado de la izquierda a la derecha en busca de soluciones proteccionistas: así se explica la victoria de Donald Trump en Estados Unidos o el acceso de Marine Le Pen a la segunda ronda de las presidenciales francesas. Esta visión de conjunto puede matizarse, pero responde en líneas generales a nuestro momento político.

Ahora bien, cuestión distinta es que la introducción de nuevas ideas y el consiguiente realineamiento del sistema de partidos −que incluye el surgimiento de nuevas formaciones− pueda interpretarse, de hecho, como el desplazamiento del eje izquierda/derecha a favor del eje globalismo/nacionalismo. Son muchas las voces que han negado que sea el caso, sosteniendo, en cambio, que ese presunto «giro» no es más que un cliché sin fundamento. La razón es sencilla: el modo en que el votante se sitúa en el continuo izquierda-derecha nos permite predecir a quién va a votar. En otras palabras, nadie dice de sí mismo que sea «globalista» o «populista», sino de izquierda o derecha o centro. Desde ese punto de vista, Trump ganó porque era el candidato republicano, no porque fuera un candidato populista o proteccionista. Y Sánchez gana porque opone la izquierda a la derecha, aunque hablara de «mestizaje ideológico» al postularse como jefe de un gobierno en coalición con Ciudadanos hace unos meses: el camino del poder conoce muchos tipos de asfalto. El caso es que, si en el continuo izquierda-derecha, 1 es un 6, actuará como un 6; y si es un 2, como un 2. La vieja brújula sigue funcionando.

Y lo sigue haciendo porque, reza el contraargumento, la identificación ideológica se mantiene aunque cambien sus contenidos. ¿Acaso no dijo Zapatero aquello de que bajar impuestos es de izquierdas? ¿Y no era progresista el sionismo en los años sesenta, siendo ahora progresista la causa palestina? Es así de izquierdas o derechas lo que digan los líderes de la izquierda y la derecha; o la combinación de líderes, estrategas, teóricos y medios de comunicación. De nuevo, lo importante es que el individuo se perciba a sí mismo como miembro de una u otra tribu moral; una pertenencia que algunos estudiosos de la neuropolítica relacionan con rasgos innatos sobre los que no podemos disponer. Para el estratega de partido y el consultor político, pues, nada es más valioso que seguir prestando atención a ese eje tradicional.

Es posible. Pero la pregunta pasa entonces a ser de qué nos sirve esa adscripción a los demás, si parece designar únicamente una identificación emocional que va de una idea a otra según soplen los vientos de las narraciones triunfantes. Más aún, hay motivos para recelar de las virtudes explicativas de un eje que no nos permite comprender los «casos difíciles» ni explicar fácilmente las excepciones. Porque excepciones hay: los blue collar norteamericanos dejaron al Partido Demócrata por el Republicano cuando aquél se convirtió en el partido de las minorías y lo mismo hicieron muchos de sus miembros cuando Lyndon Johnson acabó con el apartheid en el profundo sur. También los obreros franceses han migrado en parte al Frente Nacional y hay jóvenes socialdemócratas españoles que militan en Ciudadanos, mientras encontramos a viejos votantes laboristas tentados de apoyar al Partido Liberal Demócrata ante el euroescepticismo de su actual clase dirigente.

Quizá sean los casos difíciles los que con más claridad muestran la insuficiencia del eje izquierda/derecha para explicar una realidad más intrincada que nuestras categorías. Ahora que se debate la conveniencia de regular la gestación subrogada, ¿cuáles son las posiciones oficiales de izquierda y derecha sobre el tema y en qué medida los ciudadanos las asumen porque se identifican a sí mismos con la izquierda o la derecha? ¿De verdad todos los prohibicionistas son conservadores? ¿Y cómo es que el liberalismo de corte anglosajón se alinea en este caso con aquella sección del feminismo que defiende la libertad de la mujer para disponer de su cuerpo? Otro caso difícil es el protagonizado por los alimentos transgénicos: ¿por qué es de izquierda prohibirlos y de derecha aceptarlos? En realidad, la derecha tampoco los acepta fácilmente; y una izquierda que se reclame ilustrada no debería rechazarlos. En cuanto al proteccionismo económico, es bien sabido que los populismos de izquierda y derecha convergen en su defensa, aun por razones distintas: unos abjuran del capitalismo y otros del internacionalismo. Pero, ¿de qué nos sirve en un caso así saber si un votante es un 2 o es un 8? Si se adscribe a la extrema izquierda, será proteccionista; pero si se adscribe a la extrema derecha puede ser un neoliberal recalcitrante en lugar de un nacionalista fervoroso.

Dicho de otra manera, cuando un votante se retrata a sí mismo dentro del continuo ideológico nos está diciendo cuál es la naturaleza de sus afectos políticos y en la mayor parte de los casos eso nos permitirá saber a qué partido votará con mayor probabilidad. Pero eso no nos dirá lo que piensa y, por tanto, su adscripción adquirirá un cierto valor tautológico: un 6 es un 6 es un 6. Por añadidura, eso tampoco nos permitirá anticipar cuál será su trayectoria allí donde se produzca un corrimiento de tierras como el experimentado en los últimos años: ¿adónde acude un votante socialdemócrata en Francia? ¿A Macron, a Hamon, a Mélenchon? ¿Y cómo ha de tomarse un conservador thatcheriano el giro intervencionista de Theresa May? Es capital, claro, el papel prescriptor de los líderes políticos, capaces incluso de crear su propio electorado: Podemos y Ciudadanos son un buen ejemplo. Pero si los contenidos de izquierda y derecha son contingentes, porque dependen de la coyuntura política y de los liderazgos emergentes en momentos de cambio, el eje izquierda/derecha tendrá como principal utilidad la de señalarnos dónde laten las emociones del votante y no cuáles son sus ideas. No es nada extraño, pues las ideologías son también −¿sobre todo?− emociones. Pero queda entonces en el aire la pregunta sobre el valor prescriptivo de esa línea divisoria.

Dicho esto, quizá lo más razonable sea concluir que ninguno de esos ejes desplaza al otro, sino que lo suplementa y complica. Pensemos en Cataluña o el País Vasco: pocos son los partidos que allí no se dicen catalanistas o vasquistas. El eje izquierda/derecha coexiste allí con el eje centro/periferia. Y lo mismo puede decirse del eje aperturismo/soberanismo: en una fase histórica caracterizada por una globalización que no es sólo económica, sino también cultural, deja sentir su influencia sobre el discurso de los partidos y el votante individual, añadiendo una nueva dimensión a las identidades políticas. Estas son complejas y potencialmente múltiples, de manera que la aparición de nuevos clivajes dificulta la tarea predictiva de la ciencia política: un votante catalán que se sitúe en un 4 en el continuo izquierda/derecha, ¿es nacionalista o antinacionalista? ¿Globalista o soberanista? Mucho depende de dónde viva y a qué se dedique: aunque la geografía no es destino, se le parece.

Ciertamente, es tal el arraigo afectivo y simbólico de la dicotomía izquierda/derecha que hablar de su obsolescencia resulta prematuro. Por el contrario, es todavía dominante: la mayoría de los ciudadanos sigue poniéndose esas gafas para mirar al mundo y nutrir una identidad cuya tribu rival queda así bien definida: ya dijo Hitchcock que cuanto mejor es el malo, mejor es también la película. Pero eso no es razón para desdeñar la importancia que ha cobrado en los últimos años el eje globalismo/soberanismo, como vienen a demostrar las crisis internas en los partidos socialdemócratas y la reconfiguración de los sistemas de partido provocada por la irrupción del populismo. Ni, por tanto, para reconocer las limitaciones inevitables que aquejan a una distinción algo tosca que por momentos parece más basada en los sentimientos que en las razones.

24/05/2017

 
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