Los ídolos del teatro

por Manuel Arias Maldonado

Un virus se propaga rápidamente a través de la cultura: el virus de la idolatría. Aunque los síntomas que delatan su presencia son muchos, gozan de una especial visibilidad en el campo abierto de la vida pública, con su posterior correlato en las vidas privadas a las que tenemos acceso: ya sea la nuestra propia o la de nuestros allegados. Nadie está libre del contagio, porque nadie quiere vacunarse; la participación en los fenómenos colectivos de adoración cultural proporciona innumerables beneficios, aunque sus sutiles peligros merecen también ser tenidos en cuenta.

Basta pasearse por la excelente muestra que el Matadero madrileño dedica a la figura del escritor Roberto Bolaño para percatarse de que el propósito que nos animal al visitarla no es –al menos no exclusivamente– conocer mejor al autor. Más bien se trata de santificarlo, convertirlo en una instancia celeste en el cosmos de la cultura, consagrándose así el itinerario habitual del maudit desde que el mundo es romántico: empezar en el underground para terminar en el pedestal, al que parece accederse más fácilmente, como si cobrase más impulso, si se ha empezado desde abajo. Sin duda, la exposición es excelente, tanto más conmovedora porque, como observara Rafael Sánchez Ferlosio en el comentario que dedica a un haiku en Las semanas del jardín, el desaparecido es reintegrado al mundo de los vivos a través de sus objetos, capaces de evocar la pérdida con mucha más fuerza que su pura ausenciaRafael Sánchez Ferlosio, Las semanas del jardín, Madrid, Alianza, 1974. Dice el haiku en cuestión: «Al sol se están secando los kimonos: / ¡Ay, las pequeñas mangas /del niño muerto!» (p. 135).. A la manera de reliquias, vemos sus cuadernos, escritos con una letra admirablemente clara, sin tachones, de manera escrupulosa, y se nos confían cartas, libros, objetos, mientras de las paredes cuelgan fotografías en las que aparecen las distintas edades de Bolaño, siempre con el uniforme oficial del escritor en los márgenes. Es difícil no sentirse atraído, llamado momentáneamente a la imitación, inspirado por el ejemplo.

Fenómeno análogo, producto de una lenta sedimentación antes que de un súbito fogonazo, es la elevación a los altares de la familia Panero. Su notoriedad ha sido constante en los últimos años y se ve ahora reforzada por la aparición del libro que Luis Antonio de Villena les dedica, en coincidencia con la reedición de las memorias de Felicidad Blanc, esposa del patriarca y madre de una prole verdaderamente inimitableLuis Antonio de Villena, Lúcidos bordes de abismo. Memoria personal de los Panero, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2014. Felicidad Blanc, Espejo de sombras, Madrid, Cabaret Voltaire, 2015.. Recuerdo haber visto la película a principios de los años noventa, cuando, me parece, los Panero no se habían convertido todavía en una institución cultural. Es una pena que Jaime Chávarri rechazase la sugerencia que Juan Luis Panero, como si previera la canonización posterior, le hiciera para el final de El desencanto: hacer sonar, junto a las últimas imágenes, la canción «Había una vez un circo». No en vano, en lo que a metáforas de la existencia se refiere, el circo cobra ventaja sobre el teatro cuando se trata de subrayar el contraste entre el lado festivo de la vida y su desoladora trastienda.

Sin embargo, si algún producto cultural reciente ha puesto con claridad de manifiesto el fenómeno de la mitomanía cultural, es la última película de Jim Jarmusch, la subyugante Only lovers left alive. En ella, Adam y Eve, dos vampiros que llevan siglos sobre la tierra y mantienen una larga relación amorosa, a distancia entre Detroit y Tánger cuando los conocemos, resultan ser profundos conocedores de la cultura producida por la humanidad a lo largo de su historia, muchas de cuyas muestras conocen de memoria. De las paredes de sus casas cuelgan retratos de santos: Baudelaire, Melville, Poe, Schubert, Byron. La vida es vista a través de los ojos de la tradición cultural; su propia relación se alimenta de esa pasión común. Más aún, esa tradición es experimentada en forma nostálgica, como un reino derrumbado, un Xanadú donde no se acumulasen bibelots, sino documentos del genio creador del hombre. Esta perspectiva está bellamente expresada durante un largo paseo nocturno en coche por Detroit, ciudad que ha colapsado sobre sí misma, entre cuyos detritus se encuentra la Motown, fábrica de un soul tan inmortal como estos dos vampiros nostálgicos. Aunque ella diga ser «una chica Stax» cuando su compañero le propone visitar el museo del sello rival.

Significativamente, la trama de la película se pone en marcha a raíz de la que se intuye como enésima crisis del vampiro interpretado por Tom Hiddleston, quien se siente desesperar ante la insensibilidad de un mundo que percibe como decadente, inalterable ante las aventuras del espíritu. Aquí, los vampiros constituyen una especie de comunidad ilustrada que mantiene viva la llama del pensamiento y el arte ante la barbarización de la sociedad contemporánea, contemplada, conforme a un resorte psicológico bien conocido para cualquier idólatra, como una jaula para filisteos. De ahí que los humanos sean vistos como zombies, muertos en vida para el disfrute de la verdadera vida, que es tanto la vida del espíritu como la vida del cuerpo pasada por el tamiz del espíritu. Ante la decadencia iconoclasta del mundo contemporáneo, ninguna respuesta se antoja más adecuada que volver a colgar el icono de la pared. Variante semoviente de un culto así es la visita a la tumba del santo, ya sea Vladímir Nabokov en Montreaux o Jim Morrison en París.

Naturalmente, a pesar de las tonalidades nostálgicas de una evocación así, es dudoso que jamás haya existido una Edad Dorada de la Alta Cultura, entendida como una época cuyo entero espíritu estuviese atravesado por una atención preferente a los hommes de lettres. Si bien se mira, empero, tampoco ha existido ninguna sociedad libre donde esos mismos productores de cultura hayan carecido de la atención de sus conciudadanos, por más que ellos mismos sientan que ésta nunca es suficiente. Quizás en la década de los sesenta del siglo pasado, cuando la cultura fue tomada al asalto por la contracultura, llegara a lograrse una momentánea fusión de la cultura culta y la cultura de masas, en el marco de una más general reformulación de ambas, que andando el tiempo ha ampliado el espectro de la segunda y reducido la primera –al menos tomada en serio– a su mínima expresión: Baudelaire y Michael Jackson caben en la cultura de masas, pero Fray Luis de León y Arnold Schönberg malviven en las cámaras doradas de la vieja alta cultura.

Lo decisivo es que, allá por los sesenta y los setenta del pasado siglo, la cultura constituía un rito de paso, una forma de iniciación; aunque menos en la vida adulta que en el cool posadolescente. Si había un Angst juvenil, podía redimirse leyendo a Sartre. Se generaron así obligaciones que no dejaron de constituir, para muchos de los implicados, auténticas prácticas de tortura, sumariamente descritas en la definición que Harry Mosley, protagonista de La noche se mueve, daba de las películas francesas: aquellas en las que se ve crecer la hierba. ¡Cuántos matrimonios en la España de aquellos años no se hicieron bajo falsas premisas derivadas de luengas barbas y volúmenes clandestinos bajo el brazo! Ahora, participar en la conversación cultural no exige tanto haber leído a Camus como conocer la última serie salida de la HBO. Tempi cambi. Si es que aquellos tiempos fueron realmente como los imaginamos.

Sea como fuere, aunque este declive de la cultura como iniciación vital ha dejado paso a otros tipos de fandom, el fenómeno es el mismo: la influencia mimética de productos culturales que generan un culto y con ello adquieren un aura. Pensemos en los efectos que producía hace décadas –y en algunos ambientes produce todavía– un simple póster con la figura de Julio Cortázar. Al colgarlo, está haciéndose una declaración de intenciones, mientras se llama a la puerta de una comunidad que cobija a sus miembros de la vulgaridad ambiental, dotándoles de una identidad cultural reconocible. Si no me equivoco, esta clase de exhibicionismo culturalista ha perdido fuerza, aunque bien pudiera ser que estuviéramos asistiendo a su fragmentación. Su causa más evidente es la digitalización, a consecuencia de la cual los símbolos correspondientes –del póster al uniforme– pierden relevancia. Su eficacia plena depende de un universo común que haga posible su reinterpretación; desaparecido éste, el paisaje resultante se atomiza y perdemos capacidad para reconocer las señales que nos envían los demás desde sus mundos particulares. A cambio, esa misma digitalización, que dificulta la comunicación entre las distintas esferas culturales, está haciendo posible una verdadera –ésta sí– Edad Dorada del culto esotérico, permitiendo a creyentes de todo el mundo trabar relación en la red para compartir información o realizar exégesis infinitas. ¿Dónde sino allí podría existir una página como la dedicada al comentario pormenorizado de Ada o el ardor?

La mera existencia de estos cultos románticos podría interpretarse como una secularización de la devoción a los santos cristianos, a la que vendría a reemplazar. Sin embargo, como demuestra el hecho de que el taimado politeísmo católico representara ya una continuidad de la bien pluralista divinidad grecolatina, quizá sea más razonable invertir el razonamiento y ver en el ser humano a un animal inclinado a la promiscuidad afectiva. Es más, la imitación pertenece de lleno a la esfera de los comportamientos humanos, algo que tanto biólogos como filósofos han venido subrayando. Y allí donde perdura en formas minoritarias seguirán existiendo pequeños cultos paganos dedicados a novelistas, compositores, cineastas, pintores. A menudo, adoptan una forma exhibicionista, con especial inclinación por el malditismo y el fracaso, hasta el punto de que no pocos de sus practicantes no saben qué hacer con las fases o episodios felices de sus vidas. En fin de cuentas, la línea que separa la mitomanía de la civilización es muy delgada: apenas un detalle separa al ilustrado del histérico. O del tonto, como mostrara Gustave Flaubert en Bouvard y Pécuchet, la historia de dos entusiastas recopiladores de información incapaces, en cambio, de procesarla. El mitómano es con frecuencia un literalista, alguien incapaz de someter a revisión irónica su propia fe. Por eso, precisamente, es fe.

¡Todo fuera eso! Desfilen Bolaño o los Panero. Nada más disculpable que el espectáculo, acaso pueril, de la mitomanía radical. Hay pecados mucho más graves que recorrer el continente europeo visitando tumbas de filósofos o llenar los pasillos de casa de muestras del cartelismo cinematográfico polaco. Yo tengo cinco originales.

18/03/2015

 
COMENTARIOS

Antonio Ramos 18/03/15 10:30
Harold Bloom ha repetido en infinidad de ocasiones que Shakespeare fue un dios mortal, y estoy de acuerdo con él, otro tanto se puede decir de Mozart, de quien Sir Colin Davia afirmó que su música es la vida misma. La cosa se complica al querer colocar en su mismo nivel a segundones de moda, como pudo haber sido en su día un Antonio Salieri, según se narra en la famosa película. El "problema" no está en que haya dioses, que los hay y son muy pocos, sino en confundirlos con simples becerros de oro.

Manuel Arias Maldonado 18/03/15 18:39
Acertadísimo comentario. Siempre han existido deidades mayores y menores, sectas y herejías. En todo caso, yo quería también poner de manifiesto cómo hay un tipo de apropiación de la cultura, atento en exceso a sus mitos, que puede entorpecer su debida recepción; algo que se relaciona con fenómenos miméticos y con la producción de estatus.

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