Los adversativos (y II)

por Manuel Arias Maldonado

¿Qué relación hay entre radicalismo político y felicidad? Podría pensarse que los radicales, los indignados, son más infelices que quienes están satisfechos con el estado de cosas. Pero quizá la realidad sea diferente, porque los beneficios psicológicos y emocionales de la indignación acaso compensen la insatisfacción que provoca convivir con la injusticia en cualquiera de sus formas. Naturalmente, hablamos más bien del radicalismo que se desenvuelve en regímenes democráticos, donde la disidencia intelectual no va acompañada de la amenaza de la privación de libertad o maltrato físico. ¡Cualquiera se opone en Corea del Norte! Y tampoco hablamos exactamente de alguien cuyo radicalismo traiga causa de una precariedad material que lo impele a la protesta.

Ha querido el azar que, a la descripción de la coyuntura política nacional y europea de la semana pasada, haya que añadir un acontecimiento tan sonado como la abdicación del rey de España, seguida inmediatamente por un número no desdeñable de movilizaciones a favor de la abolición de la monarquía y la instauración de la república. Hay un sector de la opinión pública que, adhiriéndose a la explicación revisionista, ve en la transición a la democracia el origen de la postración contemporánea de la sociedad española y se opone al actual marco institucional en su conjunto, demandando una ruptura con el mismo; quizá la ruptura que no se hizo entonces. Para ese mismo sector, la monarquía carecería de legitimidad por haber sido dispuesta por el dictador; de ahí la conveniencia de purificar la democracia subsiguiente, removiendo ese vicio de origen.

Me gustaría indagar en las raíces de esta política adversativa más allá de su superficie, es decir, más allá de la obvia relación que existe entre la indignación y la concurrencia de razones objetivas para la misma, así como entre las crisis económicas y los estallidos de populismo, como han demostrado los resultados electorales en toda Europa. Hay razones para el descontento, pero ese descontento puede manifestarse de muchas formas distintas. Y el modo en que se manifiesta no deja de reflejar un modo de pensar y hacer política que quizás haya tenido alguna influencia en la trayectoria socioeconómica e institucional del país. Las consideraciones que siguen, en todo caso, no tienen validez solamente hic et nunc, sino que son aplicables a otros contextos en los que se dé un fenómeno semejante: desde el Tea Party a los trotskistas franceses.

Pues, ¿cómo se relacionan entre sí ideología y felicidad? Es la pregunta que se hacían los autores de un artículo publicado hace unos meses en la International Political Science Review. Sus autores trabajan sobre una base empírica razonablemente sólida: una serie temporal de veinticinco años y setenta mil encuestados en todo el mundo para la World Values Survey. Su propósito es examinar qué impacto tiene sobre la satisfacción vital de los ciudadanos el modo en que se definen en el continuo izquierda-derecha y la distancia ideológica que mantienen con su gobierno. La hipótesis más reveladora de las así confirmadas es la denominada «extremismo ideológico condicionado», según la cual los ciudadanos que adoptan posiciones ideológicas extremas exhiben mayor nivel de felicidad que los moderados, debido a que creen más firmemente en la veracidad de sus ideas. Pero es que, además, esta brecha aumenta a medida que crece la distancia ideológica entre el ciudadano radical y su gobierno.

En otras palabras, el radicalismo hace más feliz que la moderación. ¡Sobre todo, cuando el gobierno no nos representa! La combinación más dichosa consiste, así, en la defensa de posiciones radicales, cuya veracidad creemos indiscutible, ante gobiernos que a su vez no las defienden. Si nuestra ideología política radical es compartida con el gobierno, nuestra felicidad decrece. La felicidad política es, pues, adversativa.

¿Sorprendente? En realidad, todo lo contrario. De hecho, lo mismo puede decirse del efecto que producen los fines coyunturales e indiscutibles que suspenden las diferencias dentro de la comunidad política, aglutinando a sus miembros contra un objetivo común: la agresión nazi, la dictadura franquista, el terrorismo islamista. El cineasta John Boorman recuerda así la Inglaterra de los años de guerra:

¡Qué maravillosa fue la guerra! Nos dio una causa colectiva, raciones iguales para todos, un propósito comunitario; pero lo más delicioso de todo es que nos proporcionó el elemento esencial que nos faltaba: un mito, un mito alimentado por el telégrafo, los periódicos y el cine, que nos llevó a saltar las vallas de nuestros jardines y vencer nuestras reservas en brazos del patriotismo.

En estos casos, la posición adversativa viene además bendecida por las circunstancias, porque es impuesta desde el exterior o viene dada, sin que haya duda alguna sobre su legitimidad. El confort psicológico que produce tener razón –y cosas que hacer– extiende sus efectos benéficos sobre el interior de la comunidad, porque, durante un tiempo, se posponen las diferencias hasta la consecución del objetivo correspondiente. Una vez cumplido este, esas diferencias reemergerán y la comunidad volverá a fragmentarse.

Sabido es que Churchill, héroe de guerra, perdió la paz. Y el optimismo reaganiano mucho debía a la claridad con que se aparecía un enemigo, además, en declive. También, que la oposición al franquismo unió lo que la democracia no podía mantener unido, hasta el punto de que cabe identificar en el abusivo empleo de un adjetivo peyorativo como facha la nostalgia por un pasado en el que las líneas divisorias entre buenos y malos estaban mucho más claramente demarcadas. Más amablemente, algo parecido delata la demanda que los ciudadanos, al menos hasta hace poco, venían haciendo a sus representantes: que se unieran para mejor combatir la crisis económica. Nostalgia de la unidad imaginaria.

Sin embargo, al perpetuarse la crisis, los propios representantes –así como las elites económicas– han pasado a ser el enemigo. Y lo son, como hemos visto, retrospectivamente: desde la Transición hasta ahora. Pero, comoquiera que este señalamiento no es compartido por todos los ciudadanos, o al menos lo es en muy diferente medida, la suspensión de las diferencias internas a la comunidad no puede producirse. Esto no es casualidad, ya que la simplificación adversativa no se deja aplicar tan fácilmente como en el caso de la guerra contra el fascismo o la defensa de la democracia frente a la dictadura. La simplificación no resiste el fin de la excepción: la poesía de combate no sobrevive a la prosa de la normalidad. Aunque no sea exactamente una normalidad lo que estamos viviendo.

En el caso de los indignados españoles, integrados ahora en el sistema de partidos a través de Podemos, esa simplificación opera últimamente hacia atrás y hacia arriba: hacia la Transición política y las estructuras institucionales que pone en marcha. Se trata de una simplificación, porque contiene un claro elemento exculpatorio, que exime de mirar en otras direcciones, por ejemplo hacia dentro y hacia abajo: hacia los códigos culturales que condicionan el desarrollo de las instituciones y hacia la responsabilidad de la propia ciudadanía que, por definición, no puede, en una democracia, estar libre de la misma. Por añadidura, tiene sentido que una crítica tenga mayor capacidad unificadora cuanto más sistémica sea. Debatir los detalles puede revelar diferencias inesperadas. ¡Y no digamos aplicarlos en la práctica!

De ahí también la frustración que los extremismos políticos de todo signo pueden experimentar en una democracia, al exigirles ésta capacidad de compromiso, razonabilidad y disposición al pacto. Por eso suele considerarse preferible su integración en los procedimientos democráticos, e incluso su acceso al poder, donde la realidad se encarga de moderarlos y de convertir su lenguaje de combate en lenguaje institucional. Sucede que la conquista del poder –siempre improbable para los partidos radicales– puede conducir a una merma en la felicidad de sus partidarios.

No es difícil identificar las raíces psicológicas de esa felicidad adversativa. Tanto en la política como en la vida, la potencia nos hace más felices que el acto: esperar algo orientados hacia ese algo mantiene intactas todas las posibilidades que su realización arruina, tiñendo los ropajes coloridos de la expectación con el gris monocorde de la decepción. Y aun cuando aquello que logramos nos llene de satisfacción, apenas podemos detenernos en ello, porque ya es pasado, ya no nos ocupa, de forma que nos apresuramos a construir otro castillo hacia el que empezar a dirigirnos. ¿No piensan los jugadores que ganan la Copa de Europa inmediatamente en la siguiente Copa de Europa que aspiran a ganar?

Dada la magnitud habitual de los objetivos del radicalismo, que suelen pasar por la transformación completa de un determinado marco social o institucional, la potencia contenida en su trabajo contra la realidad existente es también extraordinaria. Y, por ello, extraordinaria es también la decepción que sigue cuando, rara vez, se convierte en acto. Así sucedió con la Unión Soviética, pero también es el caso de las sociedades sin Estado o con Estados fracasados, que están lejos de funcionar como querría un libertario: el espejismo adversativo no es en absoluto patrimonio de la izquierda. También afecta a los amantes despechados. Cuando ella era buena, que titulaba Philip Roth.

Sin embargo, el revisionismo puede también –complementariamente– interpretarse como un mero efecto del paso del tiempo, que renueva las generaciones y concede a las últimas el derecho a mirar hacia el pasado de otra manera. Y esa otra manera, como nos enseña la hermenéutica, no puede sino reflejar el contexto bajo el cual se realiza ese nuevo juicio. La sociedad española de la crisis no puede sino producir un discurso político que empieza en la melancolía y acaba en la desesperación. Paradójicamente, esa misma volatilidad de las percepciones retrospectivas debería vacunarnos contra el extremismo, porque la resignificación no hace sino revelar la fragilidad de algunas convicciones sobrevenidas. No porque sean necesariamente falsas, sino porque pueden serlo, igual que ahora nos parecen falsas las precedentes.

Naturalmente, nada de lo anterior significa que se elija ser radical para ser feliz, ni que los indignados españoles –frustrados cuyo resentimiento tiene plena razón de ser en pleno naufragio europeo, ha sugerido Javier Moscoso– hayan nacido por arte de magia. No es así, pero no siempre ha sido así: el resentimiento antisemita en la Alemania prehitleriana hundía sus raíces en la envidia, como algún estudio histórico ha puesto de manifiestoGötz Aly, ¿Por qué los alemanes?¿Por qué los judíos? Las causas del Holocausto, trad. de Héctor Piquer, Barcelona, Crítica, 2012.. De ahí que haya que ser algo más cauto a la hora de dar razón a la indignación, no sea que estemos consagrando el derecho de esta a dictar los términos de la conversación pública. Por más que sospechemos que las emociones –más que las razones– laten detrás de nuestros argumentos racionales, conviene esforzarse por que la conversación siga basándose en estos, a fin de que las pulsiones adversativas de las que nadie está libre se vean así atenuadas y debidamente encauzadas. Para eso, entre otras cosas, sirve la democracia.

En una democracia, el adversativo constituye la posibilidad ciudadana menos refinada. Su antónimo acaso sea el ironista por el que aboga Richard Rorty, es decir, alguien que asume la contingencia de su lenguaje moral y de la comunidad a la que pertenece, hasta el punto de que combina su compromiso cívico con la conciencia de que ese compromiso es también contingenteRichard Rorty, Contingency, Irony, and Solidarity, Cambridge, Cambridge University Press, 1989, p. 61.. El ironista recela así de su propia verdad, que converge en la esfera pública con otras verdades parciales para dar forma a una verdad social siempre abierta a posteriores redefiniciones. Nuestro autor sabe que una sociedad de ironistas es harto improbable y habla por ello de una «utopía liberal»: una aspiración o ideal. Sin embargo, asoma aquí otro problema, que es la desventaja propagandística del liberalismo así entendido frente a sus alternativas. Sucede que esa desventaja tiene algo que ver con la infelicidad del ironista, que contrasta, nada irónicamente, con la felicidad del adversativo. Y así acabamos donde empezamos.

10/06/2014

 
COMENTARIOS

Salustiano Martín 13/06/14 14:11
Hablando de "partidos radicales" y en España, a día de hoy, no se me ocurre un partido más radical que el PP de Mariano Rajoy. Desde la saña con que destruye todo lo público hasta la extremosidad con que practica la corrupción a manos llenas. ¿No será que al autor del artículo le parecen radicales sólo los partidos y los hechos políticos con los que está en desacuerdo más o menos radical?

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