La igualdad, desnudada por sus solteros (I)

por Manuel Arias Maldonado

Nada mejor que empezar una rentrée con un toque afrancesado. Y pocas cosas más francesas que la preocupación por la igualdad entre los ciudadanos, igualdad que, en su versión socioeconómica, ha traído a primera línea global el improbable best seller de Thomas Piketty, Capital in the Twenty-First Century. ¡Tener y no tener! Aunque sería más riguroso referirse al impacto de la edición inglesa de un libro que, en su primera versión francesa, no produjo semejante sacudida. Algo debido, precisamente, a la eterna actualidad del asunto en nuestro país vecino, frente a la menor relevancia que la estratificación económica ha solido tener, al menos aparentemente, en el debate público norteamericano.

Al menos, así es como explicaba Gillian Tett el ascenso de Piketty a la condición de estrella en el contexto anglosajón. Nuestro economista habría actuado como ángel exterminador del mito de la igualdad en la libertad, según el cual, por oposición a una tradición europea plagada de privilegios heredados y rentismos varios, cualquier ciudadano norteamericano debe poder enriquecerse mediante su trabajo en una sociedad meritocrática. Ahora que los datos no parecen sostener esta hipótesis por el atasco del ascensor social norteamericano –dice Tett–, la correspondiente disonancia cognitiva del ciudadano sólo necesitaba de un aldabonazo editorial para saltar por los aires. Pero si la desigualdad sólo aparentemente ha carecido de protagonismo en la conversación pública norteamericana, es porque la obra más influyente de la teoría política de las últimas décadas, la Teoría de la justicia de John Rawls, publicada en 1971 y sobre la que luego volveremos, no fue escrita en París, sino en Harvard, con la igualdad –la aspiración a la justa distribución de los recursos en una sociedad– como tema central.

También de Nueva Inglaterra, pero del MIT, acaba de llegarnos un breve trabajo de Darun Acemoglu y James Robinson que, desde la óptica del paradigma institucionalista que tanto protagonismo está teniendo en el diagnóstico de la crisis españolaLuis Garicano, El dilema de España, Barcelona, Península, 2014; y Politikon, La urna rota, Barcelona, Debate, 2014., supone una de las más contundentes críticas elevadas a las tesis de Piketty. Y ello no porque no se hayan formulado antes críticas certeras, sino por sugerirse aquí que el problema del economista francés no reside únicamente en sus números, sino en la rigidez de su enfoque. Mi propósito, en todo caso, es modesto y de alcance más limitado. Aprovechando la oportunidad que brindan los argumentos de Acemoglu y Robinson, quisiera reflexionar sobre las dificultades insuperables que plantea, sea cual sea su deseabilidad, la consecución de la igualdad, sometiendo este debate a una simplificación intencionada cuyos modelos mayores serían las reflexiones abstractas de los contractualistas clásicos y modernos. Desde ese punto de vista, la contribución de Piketty puede reformularse provechosamente, a costa de reducir meridianamente su ambición: menos es más. Aunque también, claro, menos a secas.

Se ha hablado mucho de la obra de Piketty. A estas alturas, pocos desconocerán sus argumentos esenciales, sostenidos por un monumental trabajo de documentación, aderezado con citas a Balzac y otros novelistas decimonónicos. Ese aparato de fuentes ha sido sometido a no pocas críticas, pero ese aspecto es, para lo que aquí interesa, irrelevante. Desafiando la célebre curva de Simon Kuznets, Piketty sostiene que la desigualdad no tiende a desaparecer a medida que las economías maduran, de manera que el capitalismo, como tal, no contendría el antídoto para remediar la desigualdad que genera. Su análisis se asienta sobre la relación entre el capital y el rendimiento de una economía. Entre 1700 y la Primera Guerra Mundial, la riqueza acumulada en Europa llegaba al 700% de su renta nacional, y siguió en las alturas a pesar de los cambios en su composición, es decir, a medida que la agricultura perdía peso ante el capital industrial. Sólo las guerras y depresiones que se suceden entre 1914 y 1950 disminuyen esa riqueza. Sin embargo, apunta Piketty, ese capital ha ido reponiéndose de su previa destrucción y, desde la década de los setenta, ha aumentado en paralelo a la desigualdad. La razón principal, a su juicio, se resume en su ya reconocible fórmula, cual diagrama pynchoniano: r > g. Ésta nos dice que el beneficio que proporciona el capital crece a mayor ritmo que las economías, lo que, andando el tiempo, explica la acumulación de riqueza, su transmisión hereditaria, y el aumento de la desigualdad. Épocas de bajo crecimiento, como la nuestra, vienen así a acrecentar la desigualdad con mayor intensidad. Voilà!

Naturalmente, además de los abundantes elogios, muchas han sido las críticas que ha recibido el autor francés. Y variadas, como corresponde a la naturaleza del tema abordado y a la magnitud del período histórico que abarca. Porque, aparte de los posibles errores estadísticos, que pueden a su vez dar pie a conclusiones infundadas, pueden hacerse objeciones económicas (el papel de la disrupción tecnológica como factor temporal de desigualdad, la evidencia de que la pobreza ha disminuido globalmente, la mayor disponibilidad general de bienes y servicios que en otra época habrían pasado por lujos para elites), sociológicas (las posibles causas genéticas de las espirales de pobreza) o normativas (el crecimiento de la desigualdad podría ser menos importante que el crecimiento). También podríamos entrar a considerar la evolución nacional y regional de la desigualdad, en lugar de hablar de ella de manera genérica. Sea como fuere, parece comprobado que la desigualdad ha tendido a crecer en los países desarrollados y en los emergentes, con independencia de la posible coyunturalidad de las causas que con más frecuencia se alegan para explicar esta evolución: cambio tecnológico, globalización, crisis financiera.

Precisamente, uno de los reproches que Acemoglu y Robinson, máximos adalides contemporáneos del enfoque institucionalista, es la atención que Piketty presta al 1% de la población mundial, los multimillonarios globales que escaparían a todo control estatal y simbolizarían la brecha entre haves y haves-not en la era digital. Y no hablo de esta última por mero ventajismo léxico, sino porque bien pudiera ser que el consumo conspicuo teorizado por Thorstein Veblen fuera ahora más conspicuo que nunca, acaso más obsceno también, habida cuenta de la visibilidad digital de fortunas cuyo lifestyle se habría hecho uno con la cultura global de las celebridades. Paradójicamente, muchas de esas fortunas, a menudo las más exhibicionistas, son más democráticas que en tiempos de Veblen, por haberlas amasado sus tenedores menos en la tradición del parvenu –seguimos con el afrancesamiento– que en el mercado posmoderno de las habilidades dionisíacas: cantantes, deportistas, modelos. En cualquier caso, volviendo a ellos, Acemoglu y Robinson arguyen que la atención a ese 1% nos distrae de algo más esencial, que es entender qué sucede en los niveles intermedio e inferior de la sociedad.

Por ejemplo, en Suecia y Sudáfrica. En su trabajo, lleno de afilada ironía, Acemoglu y Robinson utilizan el modelo detallado en su propio best seller para refutar las tesis de Piketty, a quien atribuyen el mismo error que hizo fracasar las predicciones –también formuladas como leyes– de Marx, Malthus y Ricardo: aplicar un enfoque que desatiende la influencia de factores distintos a aquellos que sus formulaciones destacan. A su juicio, el análisis de Piketty «ignora que las instituciones y el equilibrio político de una sociedad determinan cómo evoluciona la tecnología, cómo funcionan los mercados, y cómo se distribuyen las ganancias provenientes de las distintas formas de organización económica». Las trayectorias divergentes de Suecia y Sudáfrica, en distintos momentos de sus respectivas historias nacionales, así lo probarían; las políticas aplicadas, las instituciones vigentes, impactan sobre el grado de desigualdad de una sociedad. En pocas palabras, r > g deja fuera a las instituciones y la política, lo que mermaría decisivamente su fuerza explicativa. Y si recordamos la afortunada definición de la política que daba Harold Lasswell, como la práctica que determina who gets what, when, and how, quizá nos sintamos inclinados a estar de acuerdo.

Pero no vayamos tan deprisa. Aunque la crítica de Acemoglu y, sobre todo a la vista de las «leyes» que Piketty se empeña en formular, el neoinstitucionalismo tampoco es perfecto, e incurre a menudo en un error análogo al de Marx y –como ellos postulan– Piketty: la subestimación de los factores culturales. Podemos encapsular el efecto de éstos en las instituciones informales que coexisten, en mutua influencia, con las instituciones formales enfatizadas por esta escuela de pensamiento económico; pero también podemos hablar de mentalidades sin, por ello, incurrir en la falacia genética que descalifica a los naturales de tal o cual lugar para la democracia o la economía de mercado. No todo, en fin, son incentivos: el modo en que las instituciones operan está mediado por la historia y las prácticas sociales. Distinto es que el cambio social sólo pueda inducirse mediante el diseño e implantación de las instituciones adecuadas y la consiguiente creación de los incentivos más conducentes a los fines deseados. Pero no es éste el lugar para ponderar la valiosísima contribución del institucionalismo y discutir sus posibles limitaciones. Su enmienda a la totalidad pikettyana es razonable y eso debiera bastarnos.

Sucede que, si dejamos a un lado la formulación de leyes generales del capitalismo, y reconocemos que r > g no agota ni explica el fenómeno de la desigualdad social, Piketty, reducido a su esencia y liberado del fardo teleológico que también condenara a Marx en su momento, tiene todavía algo importante que decirnos. Bien es verdad que, después de tantas matizaciones, quizá no sea Piketty quien nos lo diga, sino que se lo estemos haciendo decir nosotros a él. ¡Privilegios del intérprete! Aprovechar a Piketty requiere, así, salvarlo de su propia ambición, es decir, de su deseo de emular a Marx. Tras un ejercicio de depuración, quizás el autor francés no nos diga nada nuevo, pero sí algo que merece la pena tener presente.

Ese algo que nos dice Piketty, acaso contra Piketty mismo, es que la igualdad es imposible sin un grado superlativo de coerción. Y, a decir verdad, si abrimos los ojos a las formas comunales de organización social y al propio experimento comunista, ni siquiera mediante la coerción. Eso no significa que haya que aceptar su antónimo –la desigualdad–, pero sí que, al ser esta inerradicable, habrá que conformarse, si así se decide, con limitar su alcance y descartar la posibilidad de su desaparición. Señalo todo esto al margen de, y con carácter previo a, cualquier juicio sobre la deseabilidad de la igualdad o su contrario, la desigualdad. Porque conviene saber en qué medida y por qué medios la igualdad sería –o no– realizable antes de ponerse a discutir sobre la conveniencia –o no– de realizarla.

Así, la reducción del problema de la igualdad a sus componentes fundamentales puede ayudarnos a afrontar de otra manera el más alambicado debate sobre sus detalles prácticos y normativos. Pasa algo parecido con los argumentos anarquistas o libertarios, tomados en serio: ponen de manifiesto que hemos olvidado la pregunta originaria sobre si debemos tener un Estado o no tenerlo en absoluto. Recordemos, a estos efectos, la eficaz ficción del estado de naturaleza en la reflexión de tantos pensadores clásicos de la filosofía política, de Hobbes a Rousseau: una abstracción iluminadora a fuer de simplificadora. Bien puede hacerse aquí un guiño al institucionalismo y recordar que esa ficción, en fin de cuentas, consistía en imaginar cómo fue –cómo sería– la vida antes de la emergencia de la institución por excelencia, el Estado, como medio retórico para justificar su existencia y forma.

Si formulamos una suerte de fábula originaria sobre la igualdad, dejando de lado por un momento las variables institucionales y políticas de cada sociedad, lo que Piketty viene a recordarnos es que la acumulación de capital hace a unos más ricos que a otros, que ese capital tiende a retroalimentarse y, decisivamente, a transmitirse generacionalmente, reforzando así la divisoria entre quienes han sido capaces de acumularlo originalmente y quienes no.

En rigor, además, la expropiación pública no es suficiente contra la acumulación, porque supone una simple transferencia de la riqueza privada a manos públicas. Como escribía Luis Cernuda, mejor la destrucción, el fuego: sólo una guerra total termina de verdad con la riqueza acumulada. Por eso, Piketty enfatiza el papel de los conflictos bélicos como instrumentos reequilibradores, donde todos pierden de verdad y la sociedad en su conjunto se sitúa, o está más cerca de situarse, en un nuevo punto de partida: un Año Cero de la Igualdad. Señala así el pensador francés que, si la riqueza no se encuentra hoy distribuida más desigualmente, es porque no ha pasado el suficiente tiempo desde 1945. Es decir: no habría pasado el tiempo necesario para que unos acumulen mucho más que otros.

En este punto, Acemoglu y Robinson dirían que el factor institucional –la acción redistribuidora del Estado– puede impedir esa divergencia; y así es. Pero lo cierto es que puede impedirla sólo hasta cierto punto, porque, salvo que las autoridades se arroguen plenas competencias confiscatorias y desarrollen una política dirigida hacia la consecución de la igualdad absoluta, nada puede impedir que unos sujetos rindan más que otros en la esfera económica, distanciándose así socioeconómicamente de los que peor rendimiento ofrecen en ella, y terminando por habitar, de hecho, mundos sociales distintos. No entramos a considerar ahora por qué unos rinden peor que otros, aunque las razones posibles son muchas: desigualdad de oportunidades de partida por razón familiar, factores genéticos quizá ligados a lo anterior, influencia del carácter, golpes de fortuna. Inevitablemente, habrá ganadores y perdedores. Por lo general, en términos relativos: no hablamos necesariamente de ganadores y perdedores absolutos, aunque también los haya.

En consecuencia, no parece que r > g constituya la explicación de las divergencias de renta; es, más bien, un factor que sirve para explicar el aumento del capital de los que ya han traspasado un cierto umbral de riqueza. Ésta se transmite generacionalmente a través de la herencia, lo que, como se ha dicho, perpetúa la desigualdad. Sin embargo, una hipotética abolición del derecho de sucesiones no solucionaría el problema, sino que crearía otros más graves, al eliminar los incentivos para la acumulación inicial de riqueza, que constituye, por lo demás, el presupuesto de toda redistribución.

En ese sentido, no es necesario apuntar hacia Europa como epítome de una sociedad –o conjunto de sociedades– donde la introducción de la democracia protectora y la economía de mercado estuvo lastrada desde el principio, en términos de igualación económica de los ciudadanos, por una densa red de privilegios heredados y grandes fortunas patrimoniales. Es así, desde luego, pero incluso en una sociedad nueva como la estadounidense, levantada, con permiso de los indígenas norteamericanos, sin esa estructura previa, la desigualdad (mayor o menor, pero desigualdad) comienza a dibujarse cuando la sociedad se pone en marcha. Aunque ya el propio fenómeno del esclavismo, que tan bien aparece retratado en el Mason y Dixon de Thomas Pynchon como ligado indisolublemente al tejido social ordinario, sugiere la dificultad superlativa que comporta identificar un verdadero Año Cero históricamente reconocible. Si bien ello no obsta para admitir que la California de 1835 estará más cerca de ese estadio originario que el Moscú de 1994 o el Londres de 2014.
 

01/09/2014

 
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