La guerra de trincheras (I)

por Manuel Arias Maldonado

En un seminario académico al que asistí recientemente, un economista comenzó su intervención acerca de la crisis advirtiendo que su análisis no era ni se pretendía neutral, sino que estaba, como él mismo, «cargado de ideología hasta las trancas». Y así era, hasta tal punto que este disclaimer previo no habría sido en ningún caso necesario, tal fue la vehemencia de su exposición. Sin embargo, el episodio da que pensar, no por su importancia en sí mismo, sino como síntoma del modo habitual en que se manejan y transmiten argumentos en la esfera pública. ¿En qué condiciones son producidas las ideas políticas y cómo circulan en una sociedad? Es una pregunta importante, porque parece razonable pensar que la vitalidad de una democracia dependerá en gran medida del buen funcionamiento de su maquinaria argumentativa.

De alguna forma, quien se proclama poseedor de una ideología, sea cual sea, está legitimando el conjunto de sus juicios u opiniones a partir de su correspondencia con una serie de valores e instrumentos analíticos abrazados, en detrimento de otros, después de un largo proceso de decantamiento intelectual. O eso se supone. Su posición actual traería así causa de una anterior elección, que condiciona su interpretación de la realidad; en el sentido de que ésta habrá de ser acomodada al instrumento de interpretación correspondiente y no al revés. Digamos que el liberal tirará enseguida de la mano invisible y el marxista de la lucha de clases, si bien el grado de sofisticación intelectual del ideólogo correspondiente producirá distintos grados de sofisticación expresiva.

En este sentido, las dos nociones tradicionales de ideología –palabra, por cierto, proscrita en Alemania por su asociación con el nazismo– parecen confundirse: la ideología como falsa conciencia de la realidad (el obrero que ignora su propia alienación) y la ideología como cuerpo de valores sustantivos a los que uno se adhiere (proclamarse socialista, conservador, ecologista, liberal). Porque fácilmente propendemos a instalarnos en la ideología, ignorando las novedades o desmentidos que provengan de la realidad. Y el movimiento inductivo, que va de la observación a las ideas, será reemplazado por un movimiento deductivo que va, contrariamente, de las ideas a la observación. En lugar de ser una suerte de punto de llegada sometido a constante reevaluación, la ideología se convierte en un punto de partida inamovible. Ahí está, naturalmente, el problema.

Sucede que la adhesión ideológica cumple también otras funciones, acaso menos confesables, pero de condigna importancia a la hora de analizar su incidencia práctica. Para empezar, quien proclama su ideología, a menudo como si estuviese aclarando algo («Yo es que soy nacionalista»), está expresando un orgullo, una forma de pertenencia que opera, asimismo, como una dignificación. Desde este punto de vista, la ideología sería un traje de gala que nos permite posar en la pasarela mundana de los juicios políticos. Ya dijo Marshall McLuhan que la indignación confiere al idiota apariencia moral; de manera parecida, una ideología puede conferir a su titular una apariencia juiciosa. Si bien se mira, ni la indignación ni la ideología han de dar cuentas del proceso de su cristalización; detrás puede haber mucho, pero a menudo no hay nada.

Esto se relaciona con su tercera función subyacente: la simplificación de la realidad y de nuestra propia posición ante la misma. Porque ni existe una doctrina que pueda dar cuenta de todos los recovecos de la realidad sociopolítica, ni acaba de tener sentido adherirse a una de ellas para responder a las muchas preguntas que aquélla pone sobre la mesa. No tiene sentido, salvo que lo tenga porque reduzca los costes de oportunidad asociados a la búsqueda de información y a la construcción del juicio acerca de cada uno de esos asuntos. Es más cómodo, más sencillo, aplicar un molde; o no aplicar ninguno. De ahí que una adhesión ideológica tradicional evite tantas preguntas como respuestas proporciona.

Ahora bien, ¿es que las ideologías realmente se adquieren a través de un proceso de reflexión que conduce a la elección de aquella que más se corresponde con nuestro talante moral? ¿O la adhesión a las mismas obedece a circunstancias mucho más difusas y menos puras? Intuitivamente, esto último se ajusta más a la realidad. Y ello, por supuesto, distinguiendo entre supuestos particulares, porque es obvio que el erudito llegará a su ideología –si llega a alguna– de manera mucho más meditada, coherente, que el ciudadano medio. Éste, por lo general, dependiendo de su grado de instrucción, experimentará un proceso de decantación ideológica en el que se entremezclarán influencias familiares, experiencias biográficas, intereses profesionales, fogonazos informativos, presiones ambientales, oportunidades vitales, variables influencias intelectuales y reflexiones propias. Este proceso no tiene por qué ser consciente y, a menudo, se reducirá a la simple adhesión automática a la ideología dominante en su entorno más inmediato. Y eso por no hablar de la influencia decisiva del estatus socioeconómico.

De manera que, por lo general, la función simplificadora predominará sobre la explicativa y se expresará mediante el voto, razonablemente estable, al partido titular de la ideología en cuestión, así como en el consumo –si lo hay, claro– de los medios de comunicación afines a ese punto de vista político, que servirán para la posterior reproducción de las posiciones correspondientes en los debates privados. El paisaje resultante es una guerra de trincheras con unas posiciones casi inamovibles. De hecho, la mayor parte de los debates privados constituyen meros ecos del debate público; en ese juego de resonancias, el papel de los medios tradicionales es decisivo, o al menos solía serlo, hasta el punto de que dejarse ver por la calle con una u otra cabecera periodística bajo el brazo era toda una declaración de identidad. ¡Hasta en eso hemos perdido con las nuevas tecnologías!

Dentro de esos medios más frecuentados, la influencia de quienes podríamos llamar productores carismáticos de opinión presenta un especial interés. Por un lado, porque contribuyen en gran medida a fijar las posiciones del debate político, arrastrando a una gran cantidad de ciudadanos que ven así confirmada su postura. Pero, por otro, sobre todo, porque su capacidad ocasional para resistirse a las inercias ideológicas puede contribuir sobremanera a inyectar vitalidad a la esfera pública. Sobre esto, sin embargo, abundaremos en la próxima entrega.

25/11/2013

 
COMENTARIOS

Alberto 17/03/16 15:03
Qué maravilla encontrar al fin a quien escriba libre de ideologías, y cómo se nota. Desde que tantos pensadores de distintas corrientes la derribaron, echaba de menos la torre de marfil. Uno, que a veces se cansa de esa idiotez de la honestidad intelectual.

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