La dictadura del fantasma

por Manuel Arias Maldonado

En su último número, la revista alemana Brand Eins, que se ocupa de asuntos económicos desde una óptica heterodoxa, dedica su portada y artículos centrales al Zeitgeist, ese concepto proveniente de la filosofía alemana que los extranjeros no traducimos o trasponemos como «espíritu de la época». Los editores le aplican un sintagma bien gráfico: «El dictador invisible». Retratarlo, afirman, es como perseguir a una estrella del pop que nunca concede entrevistas. Y, ahora que termina el año, puede ser interesante reflexionar sobre el particular; desafío que exige un acuerdo previo sobre el propio término. Porque también puede ser que algo tan elusivo, sencillamente, no exista.

¿En qué consiste el espíritu de una época? Podríamos decir que está formado por el conjunto de las ideas y los valores dominantes en una sociedad, que cristalizan en una determinada tonalidad, así como en las presiones atmosféricas que empujan ligeramente a los individuos en una u otra dirección: en el pensamiento, el sentimiento, las costumbres. Pensemos en los cambios que, andando el tiempo, se han producido en la percepción social de asuntos tales como el matrimonio homosexual, la protección del medio ambiente o la prohibición de fumar en lugares públicos. En todos estos casos, allí donde alguien se sentía inclinado antes hacia un lado, experimenta ahora una presión invisible que lo empuja hacia el otro o, cuando menos, lo frena. Hasta cierto punto, el Zeitgeist es un fenómeno de la percepción, porque a su través vemos las cosas de manera distinta, sin que hayamos activado nosotros ningún proceso de reordenación cognitiva. ¡No ha sido por sentarnos a pensar!

Así pues, se trata de cambios sociales que ejercen su influjo sobre las conciencias individuales; no son decisiones, ni adhesiones conscientes. Ralf Konersmann, profesor de Filosofía de la Cultura en la Universidad de Kiel, lo expresa así: «El Zeitgeist pondera lo correcto y lo incorrecto, fijando, tanto hacia fuera como hacia dentro, lo que sentimos como patria espiritual». Esto e, lo que en cada época se experimenta como propio de la misma. Esta tautología remite a la cualidad fantasmal del Zeitgeist, que no puede verse ni asirse, igual que no puede definirse con claridad: es una ausencia que se hace presente con la fuerza de su influencia. No es sorprendente que el vocablo alemán Geist despliegue un campo semántico donde quepan tanto «espíritu» como «fantasma», máxime cuando los segundos no dejan de ser una creación de los primeros.

Hay épocas optimistas, y hay épocas pesimistas, por ejemplo. Pero esa tonalidad sólo constituye el principio mayor del espíritu correspondiente a cada una, que después se plasma más concretamente en ideas, valores y estéticas particulares. Pensemos en cómo ha decrecido el atractivo erótico de aquellas mujeres que carecen de una carrera profesional y prefieren ejercer como amas de casa: el valor de la autonomía individual que impregna nuestra época se traduce en un sesgo perceptivo concreto, en este caso en el orden del atractivo sexual, confirmando, de paso, la influencia de la cultura sobre el instinto. Nadie ha decidido que eso sea así: sin embargo, así es. Los ejemplos son innumerables.

¿No se parece en eso el Zeitgeist a la moda? Porque ésta, aun poseyendo promotores identificables a posteriori, no puede ser dirigida expresamente por nadie en concreto, ni tiene contenidos que puedan anticiparse, como no es dable programar la vigencia de aquellos que terminan por imponerse. Tanto la moda como el Zeitgeist son fenómenos sociales que propagan su influencia mediante una mezcla de novedad e imitación: ambos comienzan como disonancia y terminan como armonía, antes de convertirse otra vez en disonancia para dejar paso a una nueva armonía.

Sin embargo, no son la misma cosa. Por una parte, la moda expresa, pero no es, el Zeitgeist, hecho que se demuestra por la sucesión de varias modas dentro una misma época, cuyo espíritu admite así varias formas de expresión. A la manera del filólogo: la moda es el esprit del Geist propio de cada época. Y a la del filósofo: la moda es la superficie de otras profundidades. Por otra parte, sin embargo, la moda cumple una función adicional, distintiva, que Simmel puso tempranamente de manifiesto:

La moda es imitación de un modelo dado y proporciona así satisfacción a la necesidad de apoyo social; conduce al individuo al mismo camino por el que todos transitan y facilita una pauta general que hace de la conducta de cada uno un mero ejemplo de ella. Pero no menos satisfacción da a la necesidad de distinguirse, a la tendencia a la diferenciación, a contrastar y destacarseGeorg Simmel, Sobre la aventura. Ensayos filosóficos, Barcelona, Península, 2002, pp. 44-45..

En propiedad, esto no sucede con el cuerpo de presiones atmosféricas en que consiste el Zeitgeist, que afecta a todos por igual, aun cuando la respuesta al mismo pueda conocer variaciones individuales o grupales. Bien mirado, sin embargo, el regreso irónico de modas pretéritas, rescatadas ocasionalmente en forma de guiño al pasado, puede tener su correlato en el intento por rescatar viejas tradiciones o prácticas, aunque en este caso la razón subyacente sea el intento de oponerse a la actualidad misma; pensemos en el regreso a las tascas como reacción contra la falta de autenticidad del bar contemporáneo.

Sea como fuere, asoma aquí un problema que es intrínseco a la amplitud de la idea que nos ocupa: que hablar de un Zeitgeist supone hacer violencia a una época, ignorando la pluralidad de sus manifestaciones socioculturales. Porque parece razonable suponer que el espíritu de cada época conoce estratificaciones generacionales, de manera que, en propiedad, aquél no sería el mismo para el joven urbanita que declara muerto el cine y sólo ve series televisivas, que para el pensionista que ignora la eclosión de éstas. De alguna manera, de hecho, la vejez es quedar atrapado en un Zeitgeist obsoleto, sin correspondencia con la realidad exterior, no reconocerse en el espíritu de la época que todo lo arrolla, sentimiento expresado a menudo con resignación: «¡Es el espíritu de los tiempos!» Desde este punto de vista, éste es similar al progreso o la historia: entidades abstractas con consecuencias concretas, nombres que damos al paso del tiempo, que todo lo destruye.

Ahora bien, poco se gana con esto, porque seguimos sin saber quiénes producen el espíritu de la época. ¿Son quizá los jóvenes, antes de ser viejos? Decía Ortega que la actuación histórica del individuo empieza a los treinta años; Martin Amis contaba en una entrevista que, pasados los treinta y cinco, uno no puede ya mantenerse al día. Se deduciría de aquí que la capacidad de renovación e influencia culturales apenas dura cinco años. ¡Ya hay que darse prisa! Pero sería ingenuo buscar autores para el Zeitgeist, igual que lo es querer darle forma conscientemente. En palabras de Hans Magnus Enzensberger: «Aquel que se dedica en cuerpo y alma al Zeitgeist es un pobre diablo. La búsqueda de innovación de la vanguardia eterna tiene algo castrador. Este gesto ya pertenecía al museo a la altura de 1958»«Falltüren in den Schrecken», Der Spiegel, 17 de marzo de 2003.. Afirmación, esta última, donde reverbera la que Breton dirigiera a Buñuel en esa misma década: «El escándalo, Buñuel, ya no es posible». Debido, precisamente, a un espíritu de la época del que todos somos cómplices.

Pero si, con independencia del origen histórico del término, damos por buena la caracterización del Zeitgeist como conjunto de presiones atmosféricas sobre las percepciones individuales, que a su vez sirven para definir períodos históricos en razón de sus distintas tonalidades, hay que aceptar la posibilidad de que esas presiones sean reconocidas e incluso resistidas por un número variable de sujetos. A condición, eso sí, de no identificar resistencia con crítica: la crítica abierta de la época puede ser un rasgo de su espíritu. Por eso, hay que referirse más bien a la conciencia individual que lleva a discutir algunas de esas presiones, reconociéndolas como particulares de una época y sopesándolas desde una perspectiva más amplia. Ya que algo valioso quedará del espíritu de cada época en las posteriores, pero gran parte del mismo caducará sin remedio.

Sucede que esto no es fácil. Ya que lo que distingue al Zeitgeist de la moda y los códigos culturales es la cualidad insidiosa de sus preceptos: igual que no puede volverse a amar a quien ya no se ama, no puede verse de la misma manera aquello que hemos pasado a ver de manera diferente. No hay, en fin, marcha atrás; aunque siempre subsista la posibilidad de ir hacia delante. Y esa contienda perpetua entre las condiciones sociales y la conciencia individual constituye la resistencia contra el dictador invisible que gobierna –aunque sea con guante de terciopelo– cada época.

¿Y cuál es, en fin, el espíritu que gobierna nuestra época? De alguna forma, identificarlo es una tarea póstuma: sólo cuando aquella ha terminado es posible describir su espíritu. Pero no es imposible dibujar sus contornos. Para ello, quizás el método más adecuado fuera emular el Diccionario de prejuicios de Flaubert, dada su habilidad para señalar aquellos lugares comunes que nos sentimos compelidos a reproducir. Una muestra: «INNATAS (ideas): Reírse de ellas»Gustave Flaubert, Estupidario. Diccionario de prejuicios, Madrid, Valdemar, 1995.. Su actualización habría de referirse a las nuevas tecnologías, la libertad sexual, los microrrelatos, el pesimismo histórico, el hipster, la ironía, la identidad nacional, el determinismo genético, etcétera. Pero seguiría faltándonos algo. Razón por la cual la última entrada habría de dedicarse al propio Zeitgeist: «Mencionarlo en alemán. Ensayar un gesto resignado. Aparentar conocerlo, renunciar a describirlo».

17/12/2013

 
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