La comunidad imposible

por Manuel Arias Maldonado

En una entrevista publicada el pasado fin de semana, el dirigente de Podemos, Íñigo Errejón, reconocía –en un reseñable ejercicio de honestidad intelectual– que entre su partido y el Frente Nacional de Marine Le Pen existen algunas concomitancias, principalmente el deseo de reconstruir una comunidad a la que los ciudadanos puedan sentirse vinculados sentimentalmente. Esto es, un cuerpo colectivo que constituye el recurrente sueño del pensamiento político moderno, empeñado en encontrar un reemplazo para el vacío dejado por el gradual ocaso de las religiones mayoritarias; vacío que, va siendo hora de admitirlo, la razón ilustrada se ha demostrado hasta ahora incapaz de llenar. Pensemos en la perturbadora imagen de un individuo que asiste, teléfono móvil en mano, a un mítin político: aunque porte consigo un artilugio cuyo poder de computación supera al de los más avanzados ordenadores de hace cinco décadas, testimonio, por tanto, del supremo ingenio técnico de la especie, la salida del líder a escena será saludada con un júbilo que no se diferencia demasiado del que experimentaron los romanos ante sus emperadores o los florentinos ante los discursos de Savonarola. Esa debilidad afectiva del liberalismo es la herida abierta en la que hurgan sus distintos rivales ideológicos, desde el nacionalismo al populismo. De nada sirve recordar que el colectivismo ha sido en el pasado una receta para el desastre, u oponer buenas razones para preferir la reforma pausada a la revuelta acelerada: queremos sentir, no pensar.

Es verdad que las mejores instituciones liberales siguen en pie, avaladas por su buen rendimiento histórico en el marco de la democracia constitucional (hablamos de imperio de la ley, democracia representativa, división de poderes, derechos civiles y políticos, libertad de prensa, independencia de los tribunales). Pero también lo es que una ola de iliberalismo recorre el planeta: de Donald Trump a los gobiernos de derecha de la Europa Oriental, pasando por el populismo de izquierda y derecha en la ribera mediterránea. Se trata de una evolución inquietante que recuerda ominosamente la crisis política de largo alcance que puso freno de manera abrupta al milagro positivista decimonónico: un siglo de revoluciones liberales y progreso técnico, ensombrecido por el brutal colonialismo europeo en África y la expansión occidental de Estados Unidos, que termina en los gritos de júbilo de quienes celebraban el estallido de la Primera Guerra Mundial mientras Kafka se iba a nadar. Resentimiento social, desigualdades económicas, orgullos nacionalistas e ingenierías sociales a la búsqueda de una sociedad: un cóctel demasiado indigesto para las entonces jóvenes democracias liberales. No es descabellado pensar que otra era globalizante pueda ahora terminar, otra vez, trágicamente.

Afortunadamente, hay algo que sabemos ahora y no sabíamos entonces: que aquellas esplendorosas utopías que se presentaban al público como una forma intramundana de salvación colectiva son más bien máquinas de destrucción. De ahí que su fuerza, a pesar del atractivo intrínseco que poseen la ensoñación comunista y el anhelo comunitario, haya disminuido. Por otro lado, aunque nos gusta recrearnos en ese lugar común que dice que somos más pobres que antes y nuestros hijos vivirán peor que nosotros, la realidad se empeña en desmentir ese derrotismo. Aunque los salarios se hayan estancado en términos relativos durante los últimos quince años, la pobreza ha disminuido extraordinariamente y la desigualdad entre países lo ha hecho también. Más aún, es absurdo establecer comparaciones nominales entre distintas épocas sin tomar en consideración la superior calidad de los bienes que consumimos (desde los coches a los electrodomésticos) y la dificultad que supone medir la aportación que la digitalización hace a nuestro bienestar (¿cuánto vale poder entrar gratuitamente a Google, consultar la Wikipedia o tener a nuestra disposición, por diez euros al mes, vastos catálogos cinematográficos o musicales?).

Sea como fuere, podríamos también tomar un camino menos transitado e identificar los riesgos para la democracia del futuro próximo en otro lugar: es decir, no tanto en la radicalización ideológica de las masas cuanto en un exceso de individuación que haga imposible el juego de las mayorías. Digamos que la disolución de la comunidad en el individuo –que combaten al alimón Podemos y el Frente Nacional– no tiene por qué conducir necesariamente a la figura del consumidor privado que se desentiende de la política. Es también concebible que la política democrática se vea dificultada por un aumento espectacular del número de ciudadanos educados, conscientes e interesados en los asuntos públicos. En otras palabras, aunque la modernización se ha considerado tradicionalmente beneficiosa para la democracia, reduciendo los riesgos de involución autoritaria por efecto de la mayor formación educativa de los ciudadanos, un exceso de pluralismo podría acabar siendo inmanejable. Será el caso si la fragmentación del cuerpo político degenera en su atomización. Y es que cuanto más educados, autónomos y políticamente activos seamos, mayores dificultades encontrará la democracia para desenvolverse funcionalmente. Si cien quieren tres cosas distintas, el acuerdo es accesible; si cien quieren cien cosas distintas, se vuelve imposible.

La historia de la modernidad es la historia de una creciente fragmentación social. Si antes creíamos en un dios, ahora creemos –menos que antes– en muchos, salvo que no creamos en ninguno; si las sociedades eran étnicamente homogéneas, en la actualidad conviven dentro de la misma, y en medida variable, varios grupos étnicos, dentro de los cuales pueden darse diferencias decisivas entre los miembros de distintas generaciones; si solíamos converger alrededor de un número limitado de medios de comunicación de masas, recibiendo, por tanto, una variedad reducida de mensajes, habitamos ya un denso ecosistema de medios de distinto tipo y tamaño, incluyendo plataformas de autocomunicación donde creamos contenidos individualizados y nos relacionamos con los demás, si bien por lo general con quienes piensan lo mismo que nosotros; si, en fin, consumíamos un número limitado de ofertas ideológicas, organizadas alrededor del eje izquierda-derecha, esa oferta se ha multiplicado y diferenciado en nuestro tiempo hasta abarcar no sólo a un número creciente de partidos (incluyendo los single-issue parties como el Partido Feminista sueco o el Partido Animalista español), sino también una infinidad de causas que perseguir en el terreno de la micropolítica: campañas públicas, boicots, activismo cultural. Aunque las sociedades se parezcan cada vez más entre sí y los individuos disfruten en cada vez mayor medida de parecidos estándares materiales, nuestras preferencias políticas son cada vez más variadas y, sobre todo, vamos desprendiéndonos de la fidelidad ideológico-partidista de antaño.

Repárese en las facilidades sistémicas que procuraba el manejo de una sociedad estructurada en bloques más o menos definidos y estables, que a su vez suministraban a sus integrantes una identidad que aseguraba una cierta continuidad intergeneracional. Si ponemos el acento en la liquidez de la sociedad contemporánea, de acuerdo con la exitosa metáfora del sociólogo Zygmunt BaumanZygmunt Bauman, Liquid Modernity, Londres, Polity Press, 2000., su contrapunto es la relativa solidez del orden preexistente: el mismo partido, la misma empresa, el mismo cónyuge, la misma iglesia, el mismo periódico. Y, por consiguiente, un número limitado de bloques sociales, de cuya estabilidad da cuenta la suma de los apoyos obtenidos por los partidos socialdemócratas y conservadores entre el final de la Segunda Guerra Mundial y finales de siglo XX. Es en relación con este marco –donde la contienda macroideológica de la Guerra Fría desempeñaba un importante papel estabilizador– como Gabriel Almond y Sidney Verba publicaron en 1963 su famoso estudio sobre la cultura política, cuya conclusión principal es que una democracia funciona adecuadamente cuando combina adecuadamente la participación y la pasividad, es decir, cuando el número de ciudadanos políticamente activos que interaccionan con las instituciones no es demasiado elevado y se ve compensado por aquellos que adoptan una posición pasiva (orientada a los resultados del gobierno) o parroquial (sin conciencia de sistema político):

El mantenimiento de las actitudes más tradicionales y su fusión con las orientaciones participativas producen una cultura política equilibrada donde la actividad, implicación y racionalidad políticas son compensadas por la pasividad, el tradicionalismo y el compromiso con los valores parroquialesGabriel Almond y Sidney Verba, The Civic Culture. Political Attitudes and Democracy in Five Countries, Londres, Sage, 1989..

Dicho de otra forma, está bien participar, pero si participamos demasiado estaremos creando un problema colectivo. Piensen en la fase de información pública de un plan municipal de urbanismo: mil objeciones son manejables, aun con dificultad; cincuenta mil observaciones desbordarían al más esforzado técnico de urbanismo. Por supuesto, entre las muchas críticas recibidas por este pionero estudio se encuentra la de que consagra un grado demasiado reducido de participación ciudadana, obstaculizando con ello una democratización total de la sociedad. Pero a ello puede objetarse que Almond y Verba acaso sólo estaban siendo realistas, en el sentido de ponderar las dificultades a que se enfrenta un sistema democrático cuando el pluralismo de valores e intereses es demasiado agudo para ser manejado fácilmente.

Nótese que no hablamos del pluralismo originario que resulta de las diferencias individuales que podemos encontrar incluso en el interior de un grupo culturalmente homogéneo. Tampoco del pluralismo sobrevenido que se deriva de la mayor heterogeneidad social, étnica y religiosa observada en las sociedades occidentales, donde las viejas mayorías nativas son sustituidas –flujos migratorios y globalización mediante– por un cada vez más mestizo juego de minorías que, en el caso estadounidense más que en el europeo, han privado ya de sentido a la idea de una mayoría anglosajona. Me refiero a un pluralismo agravado que empieza a adivinarse en el horizonte de las sociedades avanzadas y que es consecuencia del proceso de individualización que comienza en la ilustración filosófica, un proyecto de emancipación cuyo cometido es la producción de sujetos autónomos con capacidad para configurar reflexivamente sus preferencias y afectos. Si a este desarrollo sumamos la formidable capacidad del capitalismo contemporáneo para crear una oferta hiperdiferenciada –bienes, servicios, identidades, significados y emociones–, nos encontramos con que la disposición del individuo a subsumirse en proyectos colectivos y fidelidades partidistas duraderas será cada vez más débil, pues su conciencia se afirmará con fuerza creciente ante los intentos por doblegarla.

Hasta cierto punto, este pluralismo está presente ya en el microcosmos digital, que combina la lógica del enjambre denunciada por Byung-Chul Han con el individualismo agresivo del sujeto informado y autoconsciente que no se casa con nadieByung-Chul Han, Im Schwarm. Ansichten des Digitalen, Berlín, Matthes & Seitz, 2013.. En su estupendo libro sobre la influencia de las redes digitales sobre la política, Helen Margetts y sus colegas hablan de «pluralismo caótico» para definir una política caracterizada por flujos cambiantes de atención y actividad, «una política turbulenta que es inestable, impredecible y a menudo insostenible»Helen Margetts, Peter John, Scott Hale y Taha Yasseri, Political Turbulence. How Social Media Shape Collective Action, Princeton y Oxford, Princeton University Press, 2016.. Se trata de un paisaje político donde los ciudadanos expresan adhesiones múltiples a asuntos diversos sin pertenecer formalmente a ningún grupo u organización:

Lo diferente en el pluralismo caótico es la ausencia de grupos tal como los conocíamos: para cada interés habrá algún tipo de movilización –quizás incluso toda una constelación de movilizaciones–, pero no necesariamente un grupo organizado, o al menos no uno organizado de forma convencional.

Se produce así, podríamos decir, un proceso de «desempaquetamiento»: los individuos se relacionan cada vez más entre sí a título propio o como integrantes ocasionales de colectivos volátiles, no a través de organizaciones de interés o partidos políticos estables, capaces de proporcionarnos una identidad política que pasaba a formar parte de nuestra autoimagen. ¡Ser «miembro del Partido» no era cualquier cosa! Irónicamente, pues, la modernización podría terminar por producir un exceso de sujetos autónomos e informados que el sistema democrático no sea capaz de absorber. Ya se ha sostenido en este blog que entre la conciencia individual y el orden social se abre inevitablemente una brecha trágica; pues bien, esta brecha no hará sino agrandarse allí donde el pluralismo se agudice, haciendo el consenso cada vez más difícil. Para decepción de sus defensores, la comunidad fuerte no volverá. Sólo cabe esperar que ese mismo sujeto sea consciente de la fragilidad de las empresas humanas y adopte una posición más escéptica, abrazando una ironía –deconstrucción de la tragedia política recién aludida– que le permita anticipar las decepciones democráticas y moderar, en consecuencia, sus demandas políticas, creando así una democracia más sofisticada a fuer de autoconsciente: como el matrimonio que sabe de la dificultad del matrimonio y encuentra en esa lucidez el medio para su supervivencia.

18/05/2016

 
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