Fun, fun, fun

por Manuel Arias Maldonado

El sencillo acto de apertura del BAMcinemaFest 2017, un estupendo certamen de cine independiente norteamericano que organiza cada año la Brooklyn Academy of Music, se celebró en el Harvey Theater hace ahora dos semanas. Antes de la proyección de Gemini, elíptica reflexión sobre Hollywood disfrazada de thriller cómico firmada por Aaron Katz, se dijeron unas palabras desde el estrado ante un graderío abarrotado por la fauna habitual en este tipo de circunstancias: hipsters de penúltima generación y veteranos neoyorquinos de armas tomar. Tras unas breves palabras introductorias, se dirigió al público un representante del diario conservador The Wall Street Journal, quien, con el humor característico de los norteamericanos en estas ocasiones, hizo un discurso breve e ingenioso en el que decía enorgullecerse de que su empresa financiase −al menos en gran medida− el festival. Pero lo más revelador para quien esto escribe fue la tibieza de los aplausos, que apenas se hicieron oír en el hermoso teatro abandonado en 1968 y recuperado veinte años más tarde: aunque The Wall Street Journal paga el festival, sigue siendo The Wall Street Journal. Y al enemigo, ni agua.

Desde luego, son tiempos agitados. La presidencia de Donald Trump ha supuesto una intensificación de la guerra política y cultural entre las dos Américas, que en su enemistad componen eso que aquí gustan de llamar a divided nation. Aunque, según Jerry Seinfeld, que tiene show en escena este año, no hay dos naciones, sino trescientos millones: nadie quiere escucharse más que a sí mismo y a los demás fingimos prestarles atención hasta poder hablar otra vez. Pues bien, uno de los frentes en que se libra la guerra contra Trump es precisamente el humorístico, mayormente televisivo, aunque también teatral: es difícil ir a un comedy cellar estos días sin oír chistes sobre esa mina de oro para el cómico profesional que es el presidente norteamericano. Más raro es que esas rutinas, como suele llamárselas, incluyan chistes cuyo fin sea reírse de las manías y maneras del progresismo. Y eso es lo que saltaba a la vista durante la apertura del BAMcinemaFest: reprimir los aplausos dirigidos al principal patrocinador del festival por razones políticas resultaba algo excesivo. Es el tipo de actitudes que uno desearía encontrar transformadas en material humorístico, a fin de que la risa no vaya por barrios, sino que nos alcance a todos. Se trata, pues, de un fenómeno lleno de ambigüedades.

Son ya célebres las imitaciones que Alec Baldwin ha hecho del presidente Trump en Saturday Night Live, que para el clásico presentador de late shows David Letterman son «merecedoras de una Medal of Freedom», esto es, de una condecoración presidencial por su contribución a la defensa de la libertad constitucional. No es la única muestra de irrisión antitrumpiana, pero podemos tomarla como referencia por su éxito masivo (aunque hay otros: Samantha Bee, Seth Meyers, Bill Maher). En este y otros casos, hay que preguntarse: ¿es para tanto? ¿O queremos que lo sea porque nos hace sentir mejor? Sobre todo, ¿qué función cumple la sátira en la conversación pública? Y aunque se habla ciertamente de sátira para describir este tipo de operaciones cómicas, ¿estamos realmente ante una sátira, o sería más apropiado hablar de parodia? Si es el caso, ¿es Trump un objeto parodiable, o presenta ya él mismo la forma de una parodia? ¿Es mejor reírse por no llorar, o es que queremos, ante todo, reírnos?

Ha circulado con entusiasmo en estos meses la idea de que la sátira antitrumpiana es el último dique de resistencia de la República contra el asalto del populismo. Carlos Maza arguye en Vox que los satiristas están haciendo un trabajo excelente cubriendo la presidencia de Trump frente a unos periodistas profesionales obligados a tomarse en serio las absurdas declaraciones del magnate: en su gloriosa libertad, el humorista puede denunciarlas directamente como bullshit. Si Mark Thompson denuncia en un libro reciente la neutralidad periodística que obliga a ofrecer las dos versiones de una afirmación manifiestamente falsa, como si ambas fuesen igualmente verosímiles, el humorista parece poder saltarse toda cortesía y reducir al absurdo lo que ya es absurdo en origen. En ese mismo artículo, Sophia McClennen −autora de un par de libros sobre la sátira política norteamericana− plantea el argumento clásico sobre la utilidad del humor como activador del pensamiento crítico: «La sátira política muestra que el sistema está engañándote. Enciende la mente y le hace decir: “Hum, esto no parece correcto”». Chris Jones, en las páginas de The Atlantic, también ve en la sátira un bastión democrático, en este caso por su capacidad para desmontar la imagen de sí mismo que Trump desea proyectar:

Una gran parte de la popularidad de Trump se basa en su imagen como un milagro hecho a sí mismo, un ganador, un hombre fuerte y exitoso que es el mejor en todo y siempre sale triunfador. Baldwin se ha convertido así en nuestro desinflador en jefe, un alfilerazo semanal en el globo de Trump.

Baldwin mismo se muestra de acuerdo y señala que, mientras todo gobierno quiere ser elogiado, él y otros cómicos están ahí para negar a Trump esa satisfacción: la sátira produce el resultado contrario. ¡Como si sólo el cómico criticara al gobierno! Por su parte, el novelista británico Jonathan Coe admite de entrada una de las paradojas principales de la sátira: que proporciona placer únicamente a quienes ya comparten su punto de vista. Y, aunque tiene algunas dudas acerca de cuál es el mejor vehículo para combatir al trumpismo −sugiere que quizás el realismo mágico de un Bohumil Hrabal pueda ser preferible−, subraya que hoy necesitamos al satirista más que nunca por ofrecernos «claridad moral y un atajo expeditivo a la verdad, un modo de exponer cuán ridículas son las mentiras que ahora mismo nos describen a los racistas y los fanáticos como personas que simplemente hablan claro». Naturalmente, la pregunta es si el satirista es el único que nos proporciona esa claridad moral o si es la única consecuencia de sus acciones.

No es del todo sorprendente que haya otra corriente de opinión que tenga menos claras las virtudes del humor antitrumpiano, e incluso se plantea si el tipo de actitud de que se alimenta no tendrá algo que ver con la llegada del trumpismo. Caitlin Flanagan ha expuesto esta idea en una pieza, también en The Atlantic, en la que lamenta que los talk shows tengan carta blanca para insultar no sólo a los miembros de esta Administración, sino también a los votantes de Trump e incluso, simplemente, a los conservadores en general. Ya que, al hacerlo, está dando la razón a Trump y reforzando simbólica y afectivamente su discurso anti-establishment:

Aunque se dirigen al público sofisticado de los Estados demócratas, estos shows son una forma involuntaria pero poderosa de propaganda conservadora. Cuando los republicanos ven estos chistes inclementes [...] no ven solamente a un puñado de cómicos riéndose de ellos. Ven a la HBO, Comedy Central, TBS, ABC, CBS, NBC. En otras palabras, ven justamente aquello que Donald Trump les ha enseñado: que la totalidad del panorama mediático los desprecia a ellos, sus valores, su familia, su religión.

Es decir, precisamente eso que vino a hacer el presidente Obama cuando afirmó que la amargura rural lleva al fundamentalismo religioso y el consuelo de las armas, el pasaje de un discurso que después lamentaría haber pronunciado. Y aquello que el columnista Simon Kuper recomienda no hacer para combatir el populismo: esta misma semana sugería que, por mucho que los valores de la sociedad abierta puedan ser superiores a los del nativismo, es mejor mostrar respeto para persuadir que denigrar y con ello alimentar el resentimiento antiurbano. Para Flanagan, de hecho, hay un hilo que conecta la sátira anticonservadora con la posverdad: ¿cómo creerá un votante conservador aquello que sostengan los mismos medios que los ridiculizan?

También cabe preguntarse por la responsabilidad de la industria del espectáculo como facilitadora de la presidencia de un magnate inmobiliario reconvertido en presentador de televisión. Katy Evans, comediante de Dallas mencionada por el también cómico Ajai Raj en una interesante pieza sobre el tratamiento humorístico de Trump, cree que aligerar a éste mediante el entertainment ha contribuido a su elección: retratarlo como un bufón ha desactivado la amenaza que supone, pues lo ha «normalizado». Flanagan también apunta en esta dirección, pero amplía el foco: a su modo de ver, el problema viene de lejos y remite a la aparición de los candidatos presidenciales en los talk shows como algo ordinario y casi obligado. Aunque Kennedy fue el primero, apareciendo en el programa de Jack Paar en 1960, su visita transcurrió por cauces adultos; para Flanagan, la línea se cruza cuando Bill Clinton toca el saxofón en el show de Arsenio Hall en 1992, apenas unos días después de haber ratificado la condena de Ricky Rector, un discapacitado que esperaba en el corredor de la muerte en Arkansas. A su modo de ver, la integración de la figura presidencial en la maquinaria del entertainment tiene una clara implicación: «No serás elegible hasta que no hagas el payaso para nosotros en televisión a esa hora en la que estamos medio dormidos». ¡Qué lejos queda De Gaulle!

Llegamos así al problema de la frontera entre realidad y sátira cuando la realidad satirizada ya contiene potentes elementos humorísticos. Si el propio objeto de la sátira es ya un personaje como Trump, primer presidente norteamericano que es también un tuitero compulsivo y que parece salido de una ficción hollywoodense, ¿qué efecto tiene el cómico cuando actúa contra él? Frank Rich ha establecido una plausible genealogía que vincula a Trump con el tipo de candidato que ha figurado en las películas norteamericanas desde la guerra de Vietnam hasta ahora: desde Nashville a Ciudadano Bob Roberts. Pero recordemos además que el populista se caracteriza por sus malas maneras, o eso que Margaret Canovan ha llamado «estilo tabloide»: provocador, desafiante, políticamente incorrecto. Tres adjetivos −más un adverbio− que luciría orgullosamente en la solapa cualquier cómico progresista contemporáneo. ¿De qué manera actuar eficazmente contra una realidad que se anticipa a su satirización?

Se plantea aquí, primero, una cuestión formal. ¿De qué tipo de tratamiento humorístico estamos hablando? Baldwin hace unas divertidas imitaciones, pero no dejan de ser divertidas imitaciones: replican una realidad grotesca, sólo que guiñándonos el ojo. En la mayor parte de las ocasiones, estamos ante variaciones de la misma estrategia representativa, que el cómico Paulos Feerow considera una oportunidad perdida: «Se emplean una y otra vez los mismos recursos −pelo estrafalario, bronceado artificial, imitación de la voz, “you're fired”− y el público lo compra; resulta algo decepcionante». Hay otras posibilidades, claro, como muestra el español Pablo Ríos en su cómic Presidente Trump jugando al minimal understatement. Pero la cuestión sigue, en todo caso, abierta: ¿qué función cumple el humor antitrumpiano? Aparte, dicho sea de paso, de proporcionar pingües beneficios a las cadenas norteamericanas que producen los talk shows y de alienar al público conservador.

Habría que empezar por cuestionar que nos encontremos ante sátiras propiamente dichas. Recordemos la comparación de Nabokov: «La sátira es una lección, la parodia es un juego». ¿Acaso no estamos ante una parodia, que a menudo es apenas una imitación? La parodia es una imitación burlesca; aunque la sátira contiene también una ridiculización, parece contener una intención moralizante de la que puede prescindir la parodia. En cualquier caso, dejando las categorías a un lado, lo que conviene preguntarse es qué función cumple el humor en la conversación pública democrática. En un régimen dictatorial que aspira a legitimarse a sí mismo mediante la propaganda, la cosa está más clara: el humor es una forma más de desmantelar la red de mentiras estatales. Otra cosa es que sea el humor el que derriba a esos regímenes, pero, sin necesidad de hacer el elogio del humorista, es verdad que su labor ayuda a desacralizar al poderoso y a poner en ridículo el lenguaje oficialista. En una democracia, ¿de verdad necesitamos al humorista para comprender que el rey está desnudo? Eso no significa que el humorista sobre, ni que el tipo de comentario que realiza sobre la realidad sociopolítica o la acción del gobierno carezca de valor: significa que no es el único baluarte de la democracia, ni quizá tampoco el más importante. Y si el humor en cuestión no tiene matices y se limita a componer un ejercicio de tribalismo moral que nos hace sentir bien entre nosotros cuando nos reímos de ellos, entonces su aportación al debate democrático es aún más discutible. Cuando así actúa, el humorista es un soldado de trinchera en la democracia sentimental, un hincha airado que grita a los dos púgiles que se debaten en el ring.

Máxime cuando el humor se ha convertido en el principal código de comunicación de la época contemporánea. Nos reímos de todo, nada nos tomamos en serio, salvo aquello que pasamos a tomarnos demasiado en serio. En ese contexto de general descreimiento, ni la sátira ni la parodia nos enseñan que el gobierno nos miente. De hecho, puede habernos acostumbrado a pensar que siempre nos miente, alimentando así un cinismo sobre la vida pública que dificulta la construcción de consensos y alimenta el conspiracionismo más craso. A esto se refería David Foster Wallace cuando lamentaba los efectos corrosivos de la ironía en las últimas décadas; entre nosotros, Ricardo Dudda también ha expresado su descontento con esa actitud desesperante. Se trata de una acepción posible de la ironía, que admite una conceptualización menos dañina cuando se la entiende como capacidad para distanciarse de las propias creencias (Richard Rorty) o para manejar la inevitable distancia entre lo real y lo ideal (Mark Lilla). La paradoja es que la mayor parte del humor antitrumpiano es extraordinariamente literal y cumple, sobre todo, una función tribal; en ese sentido, no tiene demasiado interés.

Trump es una broma; pero una broma con serias consecuencias. Por eso, un humor que no sirva para persuadir a sus propios votantes de que se han equivocado −y se limite a hacer sentir mejor a quienes ya se oponían a él, sin tampoco proporcionarles claves explicativas que vayan más allá de la indignación contra un mundo rural contemplado con espanto− servirá de muy poco, sea cual sea el talento que desplieguen sus ejecutantes. Será un humor estéril, autorreferencial, autosatisfecho. Bien está; pero tampoco está tan bien. En última instancia, prueba que Trump es un objeto tan peculiar que el humor no puede deglutirlo. No es que la realidad supere a la ficción: es que la ficción se ha convertido en realidad. Y eso no siempre tiene gracia.

28/06/2017

 
COMENTARIOS

Jorge Isusi 03/07/17 15:39
Muy interesante. Se me ocurre que, una vez más, RSF ("Vendrán más años malos y nos harán más ciegos") tiene cosas que aportar a la reflexión: "Cuando el humor se constituye en género es que ha resuelto apartarse respetuosamente de las cosas serias, a fin de que éstas puedan ejercer sin embarazo su petulante tiranía. Así, la pretendida rebeldía del humorismo contra las cosas serias resulta un pacto secreto de complicidad".

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