Forever Changes

por Manuel Arias Maldonado

Se dice con frecuencia que el futuro ha colapsado sobre el presente, porque ya no creemos en el progreso: las teleologías ilustradas que prometían un mundo mejor habrían perdido todo su crédito entre los iracundos ciudadanos occidentales. ¡Fukuyama al paredón! Sin embargo, las noticias sobre su muerte son exageradas. Esos mismos ciudadanos plantean una demanda unánime al sistema político, que es la demanda del cambio. Hay que cambiar, es decir: mejorar. Acabamos de verlo en Francia, donde distintos tipos de cambio han sido propuestos en campaña. La oferta vencedora de Emmanuel Macron, caracterizada por un inesperado optimismo, ha sido descrita por el novelista Michel Houellebecq como «una terapia de grupo» para los franceses. Aunque quizá nadie ha expresado mejor el carácter ineludible de una promesa implícita en la lógica democrática que aquel Felipe González tardío que, tras ganar con apuros las elecciones generales de 1993, entendió que sus votantes le demandaban «un cambio sobre el cambio». Un arabesco casi paródico que, sin embargo, deja clara la naturaleza taumatúrgica de la palabra.

Si bien se mira, el cambio social está lleno de paradojas. Quizá la principal tenga que ver con su misma ocurrencia: nos parece que el cambio es imposible, cuando, en realidad, es constante. Se produce en distintos niveles, desde el demográfico al cultural, sin que nada pueda detenerlo. Aunque un Estado autoritario cuyo propósito sea prevenir el cambio tendrá más éxito que una sociedad democrática en la que los principales factores que explican el mismo, o al menos algunos de ellos, puedan activarse sin obstáculos: Cuba no es Canadá. Y no sería exagerado afirmar que en los dos últimos siglos y medio el mundo ha cambiado de forma dramática, con especial mención para los períodos que se abren a final de los años cuarenta (cuando da comienzo la conocida como Gran Aceleración que trae progreso material, aumento de la población mundial e impulso democrático) y a comienzo de los noventa (momento en que el desplome del comunismo da pie a una potente oleada de globalización y, otra vez, democratización). Huelga decir que no todo cambio es, por el hecho de serlo, positivo: ni el cambio climático ni el estancamiento de los salarios de la clase media y trabajadora, por mencionar dos fenómenos de muy distinto carácter, pueden ser bienvenidos. De hecho, podría aducirse que el retorno del populismo refleja el malestar de amplias capas de la población con el curso adoptado por la modernización liberal: se demanda, pues, el cambio sobre el cambio.

Y pareciera que el cambio social es imposible: cuando los gobiernos democráticos proponen una agenda reformista, la intensidad de las protestas desencadenadas tras su anuncio suele impedir su aplicación. De hecho, hay aspectos de la realidad social que nos parecen genuinamente inmodificables: la economía sumergida en el sur de España, la presencia de la Mafia en el sur de Italia, el desempleo juvenil en buena parte de Europa, la brecha racial en Estados Unidos, el endeudamiento público, la escasa productividad laboral. You name it. Cunde la impresión de que la política es impotente ante una realidad que no se deja transformar. Pero nuestras sociedades no han dejado de cambiar, sin que a menudo podamos emitir un juicio unívoco acerca de la deseabilidad de ese cambio: porque beneficia a unos y perjudica a otros; porque con él ganamos algo, pero perdemos otra cosa; porque a menudo tenemos una visión parcial de sus consecuencias. Y porque evaluamos un cambio social siempre imperfecto con la imagen casi teológica de una transformación armónica que satisface todos los intereses al mismo tiempo.

Esto último es decisivo. La dinámica de la competición democrática, que enfrenta al gobierno con la oposición y a los partidos entre sí, se alimenta de la propensión humana a representarse el futuro como un espacio simbólico libre de imperfecciones: así los paraísos ultraterrenos y las utopías terrenales. Pero también el día siguiente de nuestras vidas privadas, donde los problemas que hoy nos preocupan aparecen diluidos gracias al carácter de las figuraciones mentales: abstracciones fuera del tiempo donde proyectamos nuestros anhelos y encontramos redención. ¡Mañana, mañana! Es verdad que el pasado también se beneficia, por el camino de la nostalgia, de aquello que permanece ausente. Pero la fe sólo puede ser fe en el futuro, circunscripción única de la política democrática. Por desgracia, el cambio imaginado se parece tan poco al cambio vivido que la contaminación de la vida pública es incesante: queremos una transformación mágica que en nada nos afecte y, cuando esa absurda expectativa es defraudada, nos revolvemos contra quien nos prometió aquello que esperábamos oír. De ahí la saturnina velocidad a que se deterioran los índices de aprobación de los dirigentes contemporáneos, que viajan del balcón fervoroso a la sima demoscópica en menos de cien días.

Determinar los factores del cambio social y la importancia relativa de cada una de ellos no es tarea fácil. Se han escrito miles de páginas al respecto, incluyendo decenas de teorías que combinan la explicación con la sistematización con objeto de hallar la clave del cambio social universal. No es mi intención recurrir a ellas en esta breve entrada, sino tan solo identificar brevemente los principales factores del mismo y señalar sus ambivalencias y entrecruzamientos, a fin de arrojar algo de luz sobre la paradoja formulada más arriba: que demandamos un cambio que nunca parece llegar, pese a que nuestras sociedades se transforman sin pausa. Además, nunca han dejado de hacerlo, aunque sea la modernidad la que consagre definitivamente el cambio social como ideal emancipatorio, que da lugar a esa peculiar «cinética» cuya metáfora más apta encuentra Peter Sloterdijk en la célebre escena final de La vuelta al mundo en ochenta días: allí donde Phileas Fogg, en lucha contra el reloj para ganar su apuesta, alimenta la caldera del barco que lo lleva a Londres arrojando al fuego piezas de la propia embarcación.

A bote pronto, el cambio social en las sociedades contemporáneas parece depender de los siguientes factores: las innovaciones tecnológicas; los cambios demográficos; la acción de los movimientos sociales; el cambio cultural; el proceso de mercado; la acción política planificada; la influencia de los actantes o actores no humanos. Es decir, brevemente:

1) La importancia de las innovaciones tecnológicas ya fue subrayada por Karl Marx: nada transforma tanto las sociedades como los cambios en su base material. Desde la fregona al smartphone, aunque podamos discutir cuál es más importante. Eso no quiere decir que estemos ante novedades materiales «en bruto»: la mayor parte de las innovaciones nacen de ideas y su aplicación es modulada por las sociedades correspondientes.

2) La demografía es un factor al que rara vez se presta atención, pero la composición de las poblaciones es un factor sostenido de cambio. No es lo mismo tener una población mayoritariamente joven que una avejentada: hay economistas que explican la ralentización de economías como la japonesa en razón de su evolución demográfica. Pero tampoco la demografía puede explicarse sin recurrir a factores ideacionales: tenemos menos hijos porque vivimos vidas más individualistas y dedicadas al autodesarrollo personal.

3) Los movimientos sociales son «agentes de persuasión», como los definió Alberto Melucci, que introducen nuevas ideas en la vida pública y demandan cambios sociales específicos: el cuidado del medio ambiente, la igualdad de los sexos, el fin de la discriminación racial, la expulsión de los musulmanes. Su éxito no está escrito, pues depende del acierto en la escenificación de sus demandas y de su capacidad organizativa.

4) No hace falta explicar la relevancia que tiene el cambio cultural para el cambio social. Por cambio cultural hay que entender el cambio en las ideas dominantes, que se traduce a su vez en una modificación de percepciones y hábitos sociales. El debate público y la acción de los movimientos sociales son poderosos motores de cambio social, pero no los únicos: también las transformaciones materiales modelan la cultura. Recordemos el impacto del cine, o la suprema influencia de esa tecnología insuperable que es el libro. A su vez, el papel de la esfera pública y los medios de comunicación es aquí esencial, pues ambos sirven para la difusión de nuevas ideas y mandatos morales; o, mejor dicho, son el espacio donde se desarrolla el conflicto entre valores.

5) Dado que los mercados detectan necesidades, contribuyen a crearlas, y transmiten información sobre las preferencias individuales, su influencia sobre la vida social es indudable. Si la competencia es su mecanismo de selección, la innovación constituye la estrategia adaptativa desarrollada por sus actores: el resultado es una sobresaliente capacidad disruptiva que, para bien y para mal, ha ganado protagonismo con la revolución tecnológica: de Internet a los robots.

6) El cambio político planificado es el que resulta de la acción de los poderes públicos, conforme a una intención particular que se refleja en un plan de acción. Puede tratarse de la acción de un gobierno nacional o de un acuerdo internacional. Y su impacto transformador dependerá a su vez del grado de aplicación de la norma (recordemos Kioto) y del acierto de su diseño. Pero sería absurdo negar que el Estado carece de influencia transformadora; la tiene, al menos en potencia, y mucha. Las instituciones, a menudo creando incentivos individuales y colectivos, encarnan de manera permanente la posibilidad del cambio social de orden político.

7) No todas las causas del cambio social son humanas: eso que la teoría del Actor-Red de Bruno Latour llama «actantes» también tienen algo que decir. Es algo que la historia medioambiental ya había apuntado: la llamada gripe española que diezmó la población europea, el virus del Ébola en Congo o el aumento global de las temperaturas son también factores transformadores, pues impactan de manera significativa –aunque dispar– sobre sus sociedades, obligadas a reaccionar para adaptarse a las nuevas circunstancias.

Todos estos factores, por supuesto, se hallan entrelazados entre sí de manera compleja y a veces sorprendente. Pensemos en el auge de la comunicación escrita provocada por el empleo, masivo e inesperado, de los mensajes de texto en los primeros teléfonos que incorporaron la función; en los incipientes efectos económicos y migratorios del cambio climático; en la relación entre protestantismo e imprenta; en los efectos desestabilizadores de la nueva moral sexual, que, además de efectos demográficos, los tiene culturales y económicos. Pero quizás el mejor ejemplo que tenemos a mano ahora mismo sea el que nos proporciona la llamada gig economy, o economía basada en las plataformas digitales que, de la mano de aplicaciones como Uber, AirBnb o TaskRabbit, están cambiando sustancialmente sectores completos de la economía y generando con ello una nueva cultura laboral. Un buen resumen de sus ambivalencias puede encontrarse en el artículo de Nathan Heller publicado la semana pasada por The New Yorker.

Estos nuevos mercados tienen su origen en la tecnología que los hace posible: las aplicaciones digitales que permiten a los usuarios contratar directamente a los proveedores de servicios, que a su vez forman parte de una tecnología que media entre unos y otros, procesando los pagos y publicando el resultado de las evaluaciones de los clientes. Pero esas aplicaciones son un desarrollo imprevisto de la digitalización, cuya evolución misma no responde a un plan calculado, sino que contiene importantes dosis de eso que los anglosajones llaman «serendipia». Por añadidura, sin la invención –¿tardía?−del smartphone, la gig economy jamás habría despegado. Dicho esto, aunque la innovación tecnológica no estaba planificada, surge en un contexto institucional orientado a la innovación: parques tecnológicos, sistemas de patentes, derechos de propiedad, tribunales de arbitraje. Inversión y competencia impulsan a continuación el desarrollo de estas aplicaciones, que inicialmente operan en un vacío regulatorio que facilita su crecimiento. Simultáneamente, se ponen en circulación las ideas que terminarán por componer la ideología colaborativa que inscribe el empleo de estas aplicaciones –y otras como Wallapop, Tinder o TripAdvisor– en el centro de su tiempo: participar de ellas es moderno, hip, avanzado. En buena medida, porque es conveniente. Muchas de las personas que hacen uso de las mismas encuentran ahí la posibilidad de modular su propia carrera laboral; otras dan un uso lucrativo a un recurso disponible, como una casa; el resto actúa por pura necesidad. Encontramos así a propietarios que alquilan su casa por AirBnb, aspirantes a actores que pasean perros por Manhattan, conductores que antes eran marinos mercantes (doy fe), individuos que no desean tener jefe, madres que quieren compatibilizar el cuidado de sus niños pequeños con un trabajo a tiempo parcial.

Como es sabido, aquellos mercados que se ven afectados por las plataformas se ponen patas arriba, con los correspondientes conflictos sectoriales: los taxistas contra Uber, los hoteleros contra AirBnb, los críticos gastronómicos contra TripAdvisor. ¿No es la quema de los coches de Cabify en Sevilla una reedición del ataque ludita a la maquinaria industrial? Pero si los hoteles van mal, los primeros perdedores son los trabajadores no cualificados que están en sus plantillas. Al mismo tiempo, la proliferación de alquileres turísticos en el centro de las ciudades amenaza con expulsar a los vecinos ante la disminución de la oferta de alquiler, afectando de paso a la vida pública de esos espacios urbanos. A ello hay que añadir la falta de beneficios públicos que reciben los trabajadores de esas compañías, que rara vez reciben la consideración de empleados ordinarios de la misma, o la mayor soledad en que viven unos trabajadores que carecen de compañeros de trabajo. Pero, por otro lado, quienes pueden alquilar su casa vía AirBnb son quienes ya tienen una casa que alquilar: no es un potencial que pueda generalizarse. En el otro lado de la balanza están los beneficios para los consumidores, que son considerables, así como el empleo de recursos antes ociosos. Para algunos promotores progresistas de esta nueva economía, además, las plataformas hacen posible una mayor democratización: un hombre, una start-up.

Son conflictos que pueden reconducirse, pero que conocerán forzosamente ganadores y perdedores. En el modo en que se dirimen esos enfrentamientos se pone de manifiesto aquella idea de la política como disputa en torno a «quién consigue qué, cómo y cuándo» (Harold Laswell). Manifestaciones, grupos de presión, debate público, proyectos legislativos: acciones que producirán un nuevo y precario equilibrio en torno a esta formidable disrupción. Pero el origen de todo ello seguirá estando en un cambio tecnológico no sometido a control democrático, con arreglo a un sistema que legitima –razonablemente– la innovación por entender que sus frutos proporcionan a largo plazo más ventajas que inconvenientes para un mayor número. La tecnología es, pues, la encarnación de una concepción de la vida social. Aunque los rasgos propios de la especie –conciencia, lenguaje, cultura, ultrasocialidad– parecen predisponerla en esa dirección.

Sea como fuere, asoma aquí una distinción decisiva para explicar la paradoja del cambio social: la que podemos trazar entre el cambio social no planificado y el cambio social planificado. El primero es implícito, orgánico y no dirigido; el segundo es explícito, intencional y dirigido. Para entendernos, es la distancia que media entre el cambio en la percepción social del papel de la mujer y la reforma del mercado de trabajo. Evidentemente, el problema al que se enfrenta cualquier intento explícito por transformar la sociedad a través de la acción de gobierno es que resulta más fácil organizar la resistencia de los intereses creados, esto es, la de quienes obtienen beneficios de la situación vigente. A veces, como pasa con los jóvenes desempleados que se oponen a la flexibilización del mercado de trabajo, son los propios perdedores quienes nutren las filas de esa oposición. Pero nadie ha votado la creación de la gig economy, ni podría haberlo hecho anticipando sus efectos; lo mismo vale para el surgimiento de la contracultura de los años sesenta y sus consecuencias morales, demográficas y económicas. Así que las sociedades están condenadas a moverse de manera desordenada e impredecible con arreglo a esta peculiar dialéctica entre cambio espontáneo y cambio planificado. Son las dificultades para llevar a término este último las que crean en nosotros la impresión de que nada se mueve: porque nada es más difícil que cambiar una sociedad anunciando antes a bombo y platillo la intención de hacerlo.

17/05/2017

 
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