Filosofía y tuberculosis

por Manuel Arias Maldonado

Sabido es que basta leer un texto dos veces para leerlo de otra manera. ¡Aunque sea exactamente el mismo texto! O precisamente por eso. Y es que esa sencilla operación inicial ha cambiado ya el contexto de conocimiento en el que se produce la segunda lectura, equipándonos así para el hallazgo de nuevos significados: los que puso ahí el autor o los que ponemos nosotros.

Nadie ha sido más consciente de esto en nuestras letras que Jorge Luis Borges, quien entregara a la hermenéutica del siglo pasado esa joya irónica que es Pierre Menard, autor del Quijote, celebérrimo relato sobre una reescritura literal de la obra de Cervantes que sólo el desplazamiento temporal de los lectores hace posible. Aunque casi prefiero la concisa síntesis contenida en su afirmación de que Kafka crea sus precursores. En definitiva: hoy leemos distinto de ayer.

Ahora bien, los matices de la segunda lectura pueden también provenir de aquella rama de la interpretación que toma en consideración la realidad que está fuera del texto. Puede tratarse de la realidad social de la época en que se escribe, o del momento de la cultura del que sería fruto; indagando en ambas, el texto, literario o filosófico, revelaría nuevos significados. A menudo, claro, el mecanismo iluminador es la propia vida del autor: conocerla ayudaría a desentrañar lo que, a través de su obra, juzgamos que habría querido decir.

No vamos a ocuparnos aquí de arbitrar la insoluble controversia que acompaña a estas distintas alternativas. Para unos, la biografía y el momento social son decisivos; para otros, una molestia. Y no hay que olvidar que esas realidades extratextuales pueden invocarse al modo de pruebas de cargo en la contienda por el significado: la lucha entre quienes creen que un texto dice una cosa y quienes creen que dice otra distinta. No tanto que el texto diga como que se le haga decir. De lo que no cabe duda es de que, en ocasiones, conocemos datos extraliterarios que nos obligan a leer un texto de otra manera; aunque no queramos. Y eso es lo que me ha pasado esta semana.

A John Stuart Mill, uno de los más importantes teóricos del liberalismo político y filosófico, sigue citándosele con frecuencia. En España, dicho sea de paso, lo hacemos a menudo torpemente: decimos Stuart Mill, como si esos fueran sus dos apellidos, cuando Stuart no es más que su middle name, de manera que llamarlo Stuart Mill equivale a un que anglosajón dijera Luis Borges o Carlos Onetti. Bien es verdad que, siendo su padre un economista relevante llamado James Mill, decir «Mill» podría ser confuso, mientras que apelar a un Mill junior no deja de sonar irreverente. No obstante, los propios anglosajones han decidido que el hijo es más importante que el padre y llaman Mill a John Stuart y James Mill a su progenitor. Eso haremos aquí.

Sea como fuere, tiene Mill un ensayo titulado Nature que se ha convertido en una referencia habitual en los estudios contemporáneos sobre el concepto de naturaleza, las relaciones entre lo natural y lo artificial, y las lecciones morales que el mundo natural tendría –o no– que ofrecernos. Sobre él he vuelto últimamente, por razones profesionales. Mill no puede ser más contundente:

La Naturaleza empala a los seres humanos, los destruye como si giraran en una rueda, los empuja a ser devorados por animales salvajes, los quema hasta la muerte, los rompe a pedradas como al primer mártir cristiano, los mata de hambre con el rápido o el lento veneno de su hálito, y aún esconde cientos de espantosas muertes más, como si poseyera la ingeniosa crueldad de un Nabis o un Domiciano. Todo esto, la Naturaleza lo hace con el más desdeñoso desprecio de la piedad y la justicia, vaciando sus cartuchos sobre los mejores y los más nobles, indiferente hacia los peores y más malvados; sobre aquellos que están ocupados en las empresas más elevadas y dignas, a menudo como consecuencia directa de sus más nobles actos; y casi podría concebirse como un castigo contra ellos. Se lleva por delante a aquellos de quienes depende el bienestar de muchos, quizás el destino de la raza humana durante generaciones, con tan poco reparo como obran aquellos para quienes su propia muerte representa un alivio, o es una bendición para quienes están sometidos a su pérfida influencia. Así son los tratos que la Naturaleza entabla con la vida... Todo, en suma, lo que hacen los peores hombres contra la vida o la propiedad es perpetrado a gran escala por los agentes naturalesJohn Stuart Mill, «Nature», en Three Essays on Religion, Amherst, Prometheus Books, 1998 (la traducción es mía). Nabis fue un rey espartano que da su nombre a un instrumento de tortura por él empleado para el cobro de impuestos a sus ciudadanos; Domiciano, un emperador romano, último de la dinastía flavia, descrito en las fuentes clásicas como un tirano inclinado a la crueldad..

A partir de esas premisas, Mill añade que sólo en el marco de una condición humana fuertemente «artificializada» puede haberse desarrollado la idea de que la bondad es natural, o la naturaleza bondadosa. Y reflejando una concepción típicamente ilustrada, se pregunta para qué, si lo artificial no fuera mejor que lo natural, servirían todas nuestras artes: «Cavar, arar, edificar, vestirse, son infracciones directas de los llamamientos a seguir la naturaleza».

Pues bien, este ensayo fue escrito al tiempo que los primeros compases de su Autobiografía, durante un período de tiempo en el que Mill temía por la vida de su esposaSobre esto, James E. Adams, «Philosophical Forgetfulness: John Stuart Mill’s “Nature”», Journal of the History of Ideas, vol. 53, núm. 3 (julio-septiembre de 1992), pp. 437-454. Las citas del diario de Mill provienen también de este trabajo.. El filósofo había esperado veinte años para casarse con Harriet Taylor, pensadora de escasa obra publicada y activista en defensa de los derechos de la mujer. Aunque se habían conocido en el otoño de 1830, cuando ella contaba veintitrés años, ya llevaba casada cuatro y era madre de dos hijos. De ahí que hubieran de esperar hasta 1851 –dos años después de la muerte de John Taylor, esposo de Harriet– para desposarse: él con cuarenta y cinco años, ella con cuarenta y cuatro. Pero apenas dos años después los problemas pulmonares de Harriet se habían agravado tanto que, mientras él completaba el ensayo sobre la naturaleza, ella convalecía en Francia. En la entrada de su diario correspondiente al 14 de febrero de 1854, Mill, temeroso de un desenlace fatal, se expresa así:

Si la vida humana es gobernada por seres superiores, en qué extraordinaria medida no ha de superar el poder de las inteligencias malvadas al de las benignas, cuando un alma y un intelecto como el suyo [hers: de su esposa Harriet], tales que quizá nunca antes habían sido creados – que parecen destinados a habitar algún cielo distante, que no desea más que el poder que permita hacer un cielo de esta estúpida y miserable tierra – cuando un ser así debe perecer, como el resto de nosotros, dentro de algunos años, y puede hacerlo en unos pocos meses debido a una mera alteración en la estructura de unas cuantas fibras o membranas cuyos exactos equivalentes se encuentran también en cualquier cuadrúpedo.

Harriet Mill fallece de tuberculosis en un sanatorio de Avignon el 3 de noviembre 1858, después de apenas siete años de matrimonio; un matrimonio al que habían precedido veinte años de espera y casta amistad. Es conmovedor imaginar esas dos décadas de colaboración intelectual y amor insatisfecho, ambos a la espera del fallecimiento de quien se interponía entre ellos con su sola existencia. Poco puede sorprendernos que ambos escribieran juntos unos Primeros ensayos sobre matrimonio y divorcio en 1832. De alguna manera, Mill se pasó la vida esperando: la libertad de Harriet primero, la muerte de Harriet después. ¿No son los grandes amores aquellos que no terminan de realizarse? En su autobiografía, Mill, ya viudo, escribe: «Su recuerdo es para mí una religión». Allí mismo, Mill señala a Harriet como la coautora de la mayoría de sus libros, señalando que «cuando dos personas tienen hasta tal punto en común sus pensamientos y especulaciones, poca importancia tiene, en relación con la originalidad, quién maneja la pluma»John Stuart Mill, Autobiography, Londres, Penguin, 1989.. ¡He ahí un amor que sobrepuja incluso la vanidad literaria!

Quiere la casualidad que Friedrich Hayek publicara en 1951 un libro titulado John Stuart Mill y Harriet Taylor, donde se ocupa, como dice el subtítulo, de su correspondencia y subsiguiente matrimonioFriedrich Hayek, John Stuart Mill and Harriet Taylor. Their Correspondence and Subsequent Marriage, Chicago, The University of Chicago Press, 1951.. En el prólogo, con acaso involuntaria y suave ironía, el economista austríaco dice que «si Harriet Taylor fue tal como Mill desea que la veamos, tendríamos que considerarla como una de las mujeres más extraordinarias que jamás hayan vivido». Pero Hayek es el primero en confirmar las palabras de Mill, subrayando en su estudio la notable influencia de Harriet sobre la obra de su esposo, y enfatizando que, en contra de lo que suele pensarse, esa influencia tendió antes a reforzar la dimensión racional de la obra de Mill que su vertiente más romántica o sentimental.

Pues bien, una vez que sabemos de la profunda admiración que Mill sentía por su esposa y del dolor que le causa su muerte prematura, ¿cómo leer del mismo modo su alegato contra la naturaleza? Volvemos al texto, pero el texto no es el mismo:

Todo esto, la Naturaleza lo hace con el más desdeñoso desprecio de la piedad y la justicia, vaciando sus cartuchos sobre los mejores y los más nobles, indiferente hacia los peores y más malvados; sobre aquellos que están ocupados en las empresas más elevadas y dignas, a menudo como consecuencia directa de sus más nobles actos; y casi podría concebirse como un castigo contra ellos. Se lleva por delante a aquellos de quienes depende el bienestar de muchos, quizás el destino de la raza humana durante generaciones, con tan poco reparo como obran aquellos para quienes su propia muerte representa un alivio, o es una bendición para quienes están sometidos a su pérfida influencia. Así son los tratos que la Naturaleza entabla con la vida.

Inesperadamente, la reflexión filosófica es ahora –también– autobiografía. Y lo que nos parecía retórica puesta al servicio de la elocuencia argumentativa se convierte en la apasionada imprecación de un hombre privado de aquello que más quería.

20/05/2014

 
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