Filosofía y adulterio

por Manuel Arias Maldonado

¿Debemos tomar en consideración la vida de filósofos y artistas a la hora de juzgar su obra? ¿O sólo ha de importarnos esta última? No es una pregunta nueva, pero cuesta pensar que pueda envejecer.

Desde luego, pocos filósofos tan controvertidos como Martin Heidegger, cuya colaboración inicial con el nazismo ha sido debatida hasta la saciedad. Ahora, esta polémica, que es también la polémica sobre el antisemitismo del pensador alemán, se reaviva con motivo de la aparición en Alemania del ejemplar perdido de sus Cuadernos negros: aquel que contiene las anotaciones correspondientes al año 1945. Se trata de un año importante: fin de la guerra, caída del nacionalsocialismo, desnazificación del propio autor. ¿Qué tiene que decir Heidegger al respecto, qué escribió en esos cuadernos?

En realidad, parece que nada. En estas notas, según los contados periodistas que han tenido ocasión de leerlas, el filósofo se ocupa principalmente de reflexionar sobre arte y literatura, además de refinar algún concepto propio. Quizá lo más interesante, de hecho, sea la historia del propio cuaderno y lo que nos dice sobre su autor. No sobre el Heidegger filonazi, sino sobre el Heidegger privado.

El cuaderno pertenece a Silvio Vietta, profesor emérito de Literatura en la Universidad de Hildesheim, que cuenta ahora con setenta y dos años. Su padre, Egon Vietta, fue un pensador descubierto por Heidegger ya en los años de la República de Weimar. Desde 1931, ambos mantuvieron una relación epistolar todavía inédita, si bien Silvio Vietta la describe en términos inequívocos: Martin Heidegger era para su padre un mentor espiritual. Los años del nacionalsocialismo son difíciles para Egon Vietta, quien apenas logra ocuparse como redactor en Italia, una revista cultural sin acentos ideológicos. A cambio, es entonces cuando conoce a su mujer, Dorothea Feldhaus, que había estudiado Derecho en Italia y trabajaba como abogada para Fiat. Posteriormente, al unirse ésta a los círculos de la resistencia en Hamburgo, la vida de la pareja se complica. Huidos a Italia en 1944, Egon Vietta es capturado por los aliados.

Tras la guerra, libres ambos, Egon Vietta se convierte en una conocida figura del mundo cultural alemán. Es entonces cuando los Vietta conocen personalmente, al fin, a los Heidegger. Silvio Vietta recuerda las visitas de éstos a la casa familiar de Darmstadt, los paseos que el viejo Martin Heidegger daba con él, sus observaciones sobre las ciencias naturales. Pero en el curso de esas visitas sucede otra cosa: Martin Heidegger empieza un affaire con Dorothea, la esposa de su amigo Egon, una mujer culta y hermosa, veinticuatro años más joven que el viejo profesor. Ambos viajan a Aix-en-Provence, donde él, Heidegger, había celebrado un año antes, en compañía de su esposa, su sexagésimo octavo cumpleaños.

Silvio Vietta recuerda la conmoción sufrida por su padre, el sentimiento de haber sido traicionado, el dolor por la marcha de la esposa. En 1958, los Vietta se separan; Heidegger rompe también su matrimonio. Su romance, sin embargo, acaba abruptamente cuando a ella, en junio de 1959, a los cuarenta y seis años, se le diagnostica un tumor cerebral que la lleva rápidamente a la tumba. Apenas unos meses después, fallece también su exmarido, Egon, padre de Silvio. Este se convierte así en heredero del cuaderno que el filósofo había regalado a su madre.

Martin Heidegger era un profesor de Metafísica, pero también, según parece, un consumado seductor. Es bien conocida la relación amorosa que mantuvo con su alumna judía Hannah Arendt, quien, durante el proceso de desnazificación sufrido por Heidegger tras la guerra, habló en su favor con el mismo ímpetu con que otro importante filósofo, Karl Jaspers, habló en contra. Sabemos de otros romances heideggerianos a través de una fuente inesperada, a saber, las cartas que enviaba el filósofo a su mujer, Elfriede. Los nombres poco importan, aunque componen una hermosa sinfonía pretérita: Elisabeth Blochmann, la princesa Margot von Sachsen-Meiningen, Sophie Dorothee von Podewils, Andrea von Harbou, Marielene Putscher. De hecho, la apoplejía que acaba con Heidegger a los ochenta y un años le sobreviene en plena escapada amorosa. Su mujer, Elfriede, sufría por todo ello y reprochaba a su marido no meditar sobre sus «palabras vacías, palabras huecas». Acaso Heidegger justificaba su conducta por ser su segundo hijo con Elfriede, Hermann, el fruto de un desliz extramarital de su esposa con un antiguo novio.

A mí esta crónica en rosa me trae a la cabeza las imágenes de La piel suave, segunda película de François Truffaut, que relata el adulterio de un reconocido escritor con una azafata a la que conoce en un hotel de Lisboa, ciudad a la que había viajado para dar una conferencia –si no recuerdo mal– sobre el dinero en Balzac. Para Pierre Lachenay, el personaje de Truffaut, la aventura amorosa es un acontecimiento vital que a punto está de acabar con su matrimonio; para Martin Heidegger, los adulterios parecen haber sido más bien una costumbre.

¿Importa eso? En principio, no. Ya nos hemos hecho a la idea de que la vida de un autor nada tiene que decir sobre la calidad de su obra, que podemos disfrutar sin molestas interferencias morales. Seguimos leyendo a Céline, a pesar de su declarado antisemitismo; nos conciernen las meditaciones de Ernst Jünger, aunque vistiese el uniforme nazi en la Francia ocupada; no dejaremos de ver las películas de Woody Allen, a pesar de las acusaciones que su hija dirige contra él. Tal como dice el rabino Benjamin Murmelstein, en el curso de sus conversaciones con Claude Lanzmann sobre el gueto de Theresienstadt, en relación con los judíos allí recluidos: «Eran mártires, pero no santos»En El último de los injustos, el formidable documental de Lanzmann estrenado en España el mes pasado.. ¡Aunque Heidegger coqueteara con los verdugos! Los demás, en fin, ni siquiera somos mártires.

Ahora bien, ¿importa la vida privada si corresponde a un moralista o a un filósofo con ambiciones prescriptivas? Es célebre el caso de Rousseau, que entregó a sus hijos a un orfelinato a fin de poder dedicarse con menos cargas a predicar la nueva de la natural bondad del hombre. En cambio, las obras de Céline, Jünger y Allen tienen por tema la condición tumultuosa y contradictoria del ser humano, en lugar de descansar sobre su intachabilidad. Por su parte, aunque la obra de Heidegger está abierta a múltiples lecturas, la suya no deja de ser una filosofía severa, crítica con la modernidad e inclinada, especialmente en su última etapa, al elogio del orden comunitario. De ahí que Thomas Bernhard, con su inimitable talento para la imprecación, lo llamara «nacionalsocialista con babuchas». Bien podría decirse, en definitiva, que Heidegger es un moralista emboscado.

Sin embargo, lo que llama la atención aquí no es tanto la presunta hipocresía o la contradicción existente entre la obra y la vida, cuanto la falta de reflejo de la una sobre la otra. Hasta donde yo sé, la costumbre del adulterio no ha dejado huella en la obra filosófica de Heidegger. ¿No debería decepcionarnos que algo así no haya influido en su reflexión, que Heidegger no haya relajado sus estándares morales a la luz de sus propias flaquezas, que su pensamiento no registre este rasgo de su biografía? Este es, precisamente, el problema, aunque se nos aparezca con perfiles aún más claros en el caso de Rousseau: la insuficiente reflexión filosófica sobre la propia experiencia vital, o, si se quiere, la falta de integración de la experiencia en la obra. Esto atañe también a la imagen pública del filósofo, porque nada podía hacer pensar que die Hütte, la legendaria cabaña de Heidegger en la Selva Negra, podía estar desocupada un viernes por la noche mientras su ocupante habitual se escapaba con alguna dama a la ciudad más cercana.

Pero quizá sí haya, después de todo, una conexión entre la vida y la obra. Recordemos que Heidegger desarrolló la más acabada reflexión filosófica existente sobre el aburrimientoEstas reflexiones corresponden a un curso impartido por Heidegger en 1929-1930. Por azares de la vida, poseo la traducción inglesa: The Fundamental Concepts of Metaphyisics. World, Finitude, Solitude (Bloomington, Indiana University Press, 1995). Hay, sin embargo, edición española: Los conceptos fundamentales de la metafísica: mundo, finitud, soledad, trad. de Joaquín Alberto Ciria, Madrid, Alianza, 2009.. Se encuentra éste inextricablemente ligado, a su juicio, a la enigmática esencia del tiempo, al problema del tiempo. El aburrimiento, sostiene Heidegger, nos deja vacíos. Su ejemplo principal es la espera de un tren en una remota estación alpina, cuando tenemos cuatro horas por delante y, aunque tenemos un libro, somos incapaces de abrirlo, como somos incapaces de entretenernos en cualquier otra cosa. ¡Pero esa misma estación no nos aburre cinco minutos antes de la salida del tren! Más que las cosas en sí mismas, el aburrimiento emerge, así, de una concreta relación con ellas, de situaciones de aburrimiento. Pero aburrirse de algo es solamente una de las formas del tedio. Heidegger añade otras dos: aburrirse con las cosas y un aburrimiento anónimo, general, para el que no existe fundamento reconocible. Este aburrimiento metafísico tiene que ver con el horizonte temporal del ser, con su esencia, y se manifiesta en todas las formas del tedio, si bien nos reconoceremos en unas o en otras según cuál sea la profundidad de nuestra visión, de nuestra conciencia.

Dicho esto, ¿no será el adulterio habitual, que supone una ruptura del orden lineal de las cosas, un remedio para el aburrimiento? ¿No es esa aventura repetida una forma de ganar riqueza de mundo, por emplear otro sintagma heideggeriano? ¿Acaso los tiempos de la aventura amorosa no son a la vez una aceleración del tiempo ordinario, cuando estamos junto al amante, y una ralentización angustiosa del mismo, cuando contamos los días o las horas que faltan para el próximo encuentro? ¿No hay, en estas búsquedas hacia el exterior, un propósito distractivo, un intento por dejar de estar a solas con nosotros mismos para sacudirnos las terribles preguntas sobre el ser, la nada, la finitud? ¿Quería Heidegger escapar de sus propias preguntas decisivas, conjurar el abismo de su aburrimiento, dar forma a su propio mundo penetrando en el mundo de Dorothea Vietta, Andrea von Harbou o Marielene Putscher?

18/02/2014

 
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