El varón rampante

por Manuel Arias Maldonado

Hace poco más de una semana, José Ignacio Torreblanca sostenía en El País que los seres humanos no son violentos, sino que más bien lo es la mitad masculina de la especie: un varón al que comparaba con un arma de destrucción masiva. Poco antes, la controvertida feminista norteamericana Camille Paglia había declarado, en una entrevista concedida a The Wall Street Journal, que la neutralización de los valores masculinos es un error con graves consecuencias para la sociedad occidental y que se encuentra, de hecho, relacionada con su decadencia. Tenemos así a un hombre que acusa a los hombres y a una mujer que los defiende.

Quod veritas?

Se trata de una cuestión endiablada, un campo de minas donde se mezclan la biología con la antropología, las percepciones sociales con la corrección política, los buenos deseos con las tristes realidades. Antes de indagar en ella conviene, sin embargo, atender a los argumentos de uno y otro.

Para Torreblanca, la violencia es, ante todo, violencia masculina. La historia militar, los datos policiales y la identidad de la población reclusa le dan la razón: son los hombres quienes se desempeñan violentamente. A menudo, esa violencia se dirige contra las mujeres. Escribe Torreblanca:

Los efectos de una cultura patriarcal dominada por varones son tan demoledores que pareciera que en el mundo se libra una guerra (invisible, pero guerra) de varones contra mujeres. Según Naciones Unidas, el 70% de las mujeres han experimentado alguna forma de violencia a lo largo de su vida, una de cada cinco de tipo sexual.

De todo lo cual se deduce que las varones son –somos– «el mayor arma de destrucción masiva que ha visto la historia de la humanidad, y hay unos tres mil quinientos millones de ellos por ahí sueltos». Para nuestro autor, ni las explicaciones ni las soluciones son sencillas, pero el debate público debiera, a su juicio, ocuparse del problema que estos hechos ponen de manifiesto. Ese debate, concluye, requiere ante todo una pregunta: ¿son los varones armas de destrucción masiva? Aunque, a decir verdad, ya había quedado establecido que sí.

Camille Paglia, discípula de Harold Bloom y feminista heterodoxa, apunta en una dirección bien distinta. Para Paglia, hay una conexión entre los intentos por diluir las diferencias de género y la decadencia de la civilización occidental: «Si la civilización se hubiera dejado en manos de los hombres, seguiríamos viviendo en cabañas de hierba». A su modo de ver, el fin de la conscripción militar obligatoria es uno de los signos de la neutralización de la masculinidad, que tiene continuidad en el sistema educativo. Primero, en los colegios, donde «valores femeninos» como la sensibilidad, la socialización y la cooperación priman tácitamente sobre los demás; después, en las universidades, donde la corrección política «es muy antimasculina, se orienta toda ella a la neutralización de la masculinidad». De donde resulta una sociedad sin modelos aceptables para los varones, que no sabrían –sabríamos– cómo conducirse.

¿Cómo remediarlo? Paglia llama a una revalorización de ocupaciones tradicionalmente varoniles, que son, dice irónicamente, aquellas que permiten a una profesora de estudios feministas ir a trabajar (carreteras), coger un ascensor a su despacho (ascensores), leer en la biblioteca (electricidad) e ir a cuartos de baño unisex (fontanería). Esto último no es una broma, hasta el punto de que los hoteles que alojan congresos académicos en Norteamérica suelen habilitar algunos de sus baños como gender-neutral para reproducir una práctica ya común en los campus universitarios.

Dicho esto, habría que empezar por cuestionar el fundamento de muchas de estas afirmaciones; de estas en particular, pero también de otras que, sobre este mismo tema, hacemos tan a menudo. No cabe duda de que los hechos –datos como los que Torreblanca expone– son más o menos irrefutables. Pero la maraña de causaciones y correlaciones con que nos topamos a la hora de buscarles explicación sugieren que se trata de asuntos indecidibles, es decir, asuntos para los que carecemos todavía de respuestas definitivas. En cierta ocasión, en una reunión cuyos circunstantes éramos profesores de ciencias sociales, un geólogo británico nos preguntó cómo hacíamos en nuestro campo –sumemos a las humanidades– para comprobar la relevancia de las aportaciones de cada uno, si la refutación no podía aplicarse en los mismos términos que en las ciencias naturales. Y nadie supo bien qué contestar. En este caso, sucede algo parecido. Porque ya me dirán cómo puede falsarse, por decirlo en términos popperianos, el aserto de que la neutralización de los valores masculinos está asociado a la decadencia de la sociedad occidental… Hay preguntas, en fin, que han de responderse con prudencia.

Son preguntas como estas: ¿es la violencia masculina un instinto irreprimible, un resto de ese instinto, el producto de una decisión, o las dos cosas? ¿Tiene esa violencia una función evolutiva? ¿Puede esa violencia suprimirse del todo a través de la cultura? ¿Qué papel desempeña la sexualidad en este terreno? ¿Tiene sentido elevar una acusación contra el género masculino en su conjunto? ¿Qué diferencia hay, a este respecto, entre sociedades democráticas y no democráticas?

Respondamos con prudencia. Si la violencia masculina se ejerciese exclusivamente contra las mujeres, respondería acaso principalmente al hecho de que los hombres suelen ser más fuertes que ellas; lo que no debe oscurecer el hecho de que muchos hombres no ejercen violencia contra las mujeres. Pero es el caso que la violencia masculina se dirige frecuentemente contra otros hombres, en multitud de formas y con motivaciones diversas. Es un medio primordial, que ya estaba ahí antes de que comenzara su disciplinamiento a través de instrumentos jurídicos y culturales; antes, en fin, de que pudiera aplicarse técnica alguna de domesticación.

Ni que decir tiene que la violencia expresa la animalidad residual del ser humano, que Mary Midgley recordara gráficamente: «No somos como animales; somos animales»Mary Midgley, Beast and Man: the Roots of Human Nature, Londres, Routledge, 1995.. Esta tesis fue célebremente expuesta hace décadas en películas como Perros de paja (Sam Peckinpah, 1972) o Deliverance (John Boorman, 1972), angustiosas exploraciones de la delgada línea que separa la civilización de la animalidad. Si los hombres, quiere decirse, ejercen la violencia, es porque algo en su naturaleza les impele a ello, antes de que se les enseñe a no hacerlo. Esta narrativa puede sonar elemental, pero, a la vista del recorrido que va de la horda paleolítica al embotellamiento de agua mineral, no deja de ser verosímil.

En un ensayo donde reflexionaba sobre la súbita erupción de violencia que asoló varios barrios de Londres en el verano de 2011, cuando bandas de jóvenes airados asaltaron los comercios para robar gadgets y zapatillas de marca, el pensador alemán Dieter Thomä ponía sobre la mesa la figura del puer robustus al que se refiriera Thomas Hobbes en un prólogo a su obra De cive, publicada en 1647. El pensador inglés sostenía allí que el «hombre malo» [wicked man] es la misma cosa que «un niño que se ha hecho fuerte y obstinado, o un hombre de infantil disposición». Quiere decirse: no domesticado. Para Thomä, la filosofía política no se ha ocupado de sistematizar este puer robustus, que, si en Hobbes simboliza el mal, es para Rousseau el bien, es decir, el bien justo antes de su corrupción a manos de la sociedad. Probablemente, el puer robustus no sea ni una cosa ni la otra, sino ambas: un empuje a la vez destructor e inocente, propio de la juventud, entendida aquí como indisciplinamiento.

Subyace aquí un tema clásico de la filosofía política, que es también un dato de la experiencia: la peligrosidad de los seres humanos para con los seres humanos. Torreblanca nos diría: la peligrosidad de los hombres para con los demás seres humanos. Y así es, principalmente, aunque eso no priva a las mujeres de haber jugado un papel variable en la instigación de la violencia, desde Clitemnestra o Lady Macbeth a Puerto Hurraco. La violencia es un elemento constitutivo de la especie, contemplada como un todo; señalar a los hombres como ejecutores de la misma es antes una descripción que un argumento moral, porque supone refutar el reparto de unas capacidades biológicas sobre las que la cultura ejerce su influencia sólo lentamente. Dicho de otro modo: la violencia es ante todo masculina, sí, pero eso ya lo sabíamos. Distinto es que explicitarlo públicamente pueda tener alguna virtud educativa.

Esa peligrosidad de los hombres, de hecho, no se deja suprimir con facilidad. Es necesario que el Estado y el Derecho reclamen para sí el monopolio de la violencia legítima, porque sólo la amenaza del castigo logra sofocar las violencias privadas. Se crea así el marco adecuado para la propagación de técnicas eficaces de domesticación y para la interiorización de normas sociales que convierten la violencia en un recurso inaceptable. Es decir, que la violencia es también fundadora de orden. Pero aquí, claro, abundan los claroscuros. A menudo, esas normas culturales conocen excepciones, en forma de discursos justificadores de la violencia ejercida contra grupos o individuos específicos: negros, judíos, musulmanes de bosnia, guardias civiles españoles, estadounidenses imperialistas, tutsis. En todos estos casos, es la cultura la que aprieta el gatillo, al deshumanizar a individuos sobre los que el uso de la violencia se percibe como legítimo; no se mata a una persona: se mata a un símbolo. De donde se deduce que la violencia –evidentemente– es una parte de la cultura.

Por otro lado, Paglia tiene razón cuando alude a la utilidad social de la fuerza masculina. Ninguna reconstrucción feminista de la historia puede obviar el hecho de que la mayor potencia física del hombre determinó durante siglos la división del trabajo, que en no pocas ocasiones conducía –todavía conduce– a los hombres a tareas tan ingratas como la construcción, el drenaje o la minería. En cuanto a la violencia ejercida por esos mismos hombres sobre las mujeres, tiene mucho que ver con la tensión sexual de la que depende la continuidad de la especie: el matrimonio bien puede verse como una institución cuya función pretérita era la ordenación social de unos impulsos masculinos demasiado a menudo satisfechos mediante el uso de la violencia. Estas tristes realidades no dejan de serlo por el hecho de no reconocerlas. Si bien se mira, es un triunfo de la domesticación cultural que la hipersexualización de la vida contemporánea vaya acompañada de un sostenido descenso de los niveles de violencia.

Esta es precisamente la tesis del último libro de Steven Pinker, cuyo objetivo es demostrar que el progreso humano no es, como suele decirse, sólo material, sino que posee también una dimensión moral que se expresa primeramente en la paulatina reducción del papel social de la violenciaSteven Pinker, Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones, trad. de Juan Soler, Barcelona, Paidós, 2012.. Aunque la industrialización de los conflictos bélicos y la mayor abundancia de información sobre sus estallidos pueda hacernos pensar lo contrario, lo cierto es que la violencia no es lo que era, sobre todo en las sociedades democráticas. Esto no significa que la violencia haya desaparecido o que sea un fenómeno irrelevante; pero sería absurdo negar su –sostenida, lenta, ambigua– decadencia.

En este punto, nos encontramos con el viejo choque entre las abstracciones y las particularidades. Dicho de otro modo: entre los trazos gruesos de la historia y sus detalles. La violencia decrece, pero eso no sirve de consuelo a sus víctimas pasadas, presentes, ni futuras: cada violencia es una desgracia y el discurso sobre sus causas no consuela a quien la sufre. A esto se refería Sánchez Ferlosio, con su habitual potencia expresiva, cuando contrastaba la pretensión compensatoria del derecho penal (castigar al criminal en proporción a la gravedad de sus penas) con el «dolor clavado en la eternidad» que había provocado su acción, dolor de tal naturaleza que convertía en inaplicable cualquier cálculo de proporcionalidadRafael Sánchez Ferlosio, «La señal de Caín», Claves de la razón práctica, núm. 64 (julio-agosto de 1996), pp. 2-15.. Porque si me torturan, no me sirve de nada saber que ya no se tortura.

¿Quién tiene razón, por tanto? Probablemente, los dos. Torreblanca y Paglia hablan desde perspectivas distintas y exponen argumentos compatibles entre sí. La violencia ha sido y es mayormente masculina, sin que eso pueda hacernos olvidar que las mujeres no han sido las únicas víctimas de esa violencia. Si echamos la vista atrás, abrazando una narrativa à la Pinker, según la cual el uso de la violencia decrece con el paso del tiempo, vemos que, entre los factores que ayudan a ese desprestigio, se cuenta el señalamiento de los grupos humanos tenidos por menos que humanos y contra lo que el uso de la violencia ha estado históricamente justificado: mujeres, aborígenes, esclavos, extranjeros. No puede negarse que estos discursos críticos –desde fray Bartolomé de las Casas a Montaigne, desde Beauvoir a Foucault– han modificado nuestra percepción del mundo y restringido el recurso a la violencia. Cuando menos, han interpuesto un dique de contención cultural entre el instinto violento y su ejecución. Si poner de manifiesto la titularidad masculina de la violencia puede ayudar a reforzar ese dique, bienvenida sea esa llamada de atención. Pero sin olvidar que el crecimiento económico y la elevación de los estándares de vida en sociedades democráticas han demostrado ser inmejorables espacios para la resolución pacífica de conflictos y la igualación de los sexos; sin olvidar, tampoco, que la violencia decrece en lugar de crecer.

Más que violencia de género, existe una violencia de especie. Separar la especie en dos géneros distintos, en guerra uno contra el otro, no deja de ser artificial. Porque es la especie la que trabaja para sofocar esa violencia, en una tarea inacabable que, si bien se mira, es la tarea humana por excelencia. Seamos, pues, piadosos con nosotros mismos, para poder ser firmes: una mirada retrospectiva nos permite ver la historia como un teatro de horrores, pero también como el lugar de donde surge un impulso civilizatorio que intenta restringir el papel de esa violencia. A duras penas, pero no sin éxito.

04/02/2014

 
COMENTARIOS

drxray 03/07/16 01:26
Por todas esas armas de destrucción masivas, que aunque necesiten mucha tecnología para tenerlas,
la tienen los países menos desarrollados y mas densamente poblados, como Pakistán, India, Iran, Sudáfrica, etc. (Política de Control Poblacional?)

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