Agosto 2017
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El comunismo después del comunismo

por Manuel Arias Maldonado

Apenas quedan unos meses para que conmemoremos el golpe de Estado bolchevique que, guerra civil mediante, desembocó en el formidable experimento soviético con el comunismo de Estado. Formidable en ese doble sentido de la palabra que evocaba Cioran: descomunal y temible. Ironías de la historia, el recuerdo se solapa con el revival: la Gran Recesión ha devuelto una cierta popularidad al ideal comunista: Thomas Piketty se convirtió en un superventas, Jeremy Corbyn es jaleado en Glastonbury y Manchester pone una estatua a Friedrich Engels. Para estudiar el fenómeno, un equipo de Der Spiegel ha dedicado dos años a elaborar una historia del comunismo en formato televisivo que, en forma de doce episodios de una hora, proyectará la emisora pública ZDF. Tuvieron la amabilidad de convocarme a una entrevista en su sede de Hamburgo, donde respondí a las preguntas que siguen de un modo parecido al que aquí reproduzco.

¿Por qué el Partido Comunista de España (Santiago Carrillo) favoreció el eurocomunismo tras 1977 (como hizo Enrico Berlinguer) ante la línea oficial de Moscú (como hizo Georges Marchais)?

Seguramente la principal razón no fue otra que la convicción de que era una postura más ventajosa a la hora de retener o incluso aumentar el apoyo popular al partido. Aunque la sociedad española apenas estaba entrando en la democracia, había cambiado ya considerablemente durante los últimos años de la dictadura franquista: gracias al desarrollo económico (el llamado desarrollismo) y a una limitada reforma política (pienso sobre todo en la Ley de Prensa de 1966), España se convertía gradualmente en una sociedad de clase media, e incluso en eso que los anglosajones llaman sociedad «aspiracional». En ese contexto, no podía esperarse que una posición comunista ortodoxa funcionase demasiado bien, o no tanto como antes. Digamos que el país no podía poner fin a una dictadura sólo para apoyar a un partido tutorizado por otra. Por aquel entonces, el Partido Comunista todavía era percibido como el principal partido de la izquierda y una suavización de la marca comunista –por la vía de distanciarse de una Unión Soviética que aún acusaba el desprestigio de la represión en Checoslovaquia– parecía un movimiento inteligente.

¿Por qué perdió el PCE su posición, relativamente buena, en 1982?

En realidad, tampoco defendían un resultado extraordinario en 1982: el PCE había obtenido veinte escaños en 1977 y veintitrés en 1979. Pero es cierto que se desplomó en 1982, cuando sólo obtuvieron cuatro actas de diputado. A primera vista, la razón es sencilla: la fuerza irresistible de los socialdemócratas del PSOE bajo el liderazgo carismático de Felipe González. En poco tiempo, el PSOE pasó a ser visto como el gobierno natural tras la implosión del partido centrista de Adolfo Suárez.

Sin embargo, el desfallecimiento comunista exige explicaciones adicionales. Es también bastante sencilla: un país que trataba de dejar atrás una larga dictadura militar y el recuerdo de una sangrienta guerra civil no podía concebir al PCE como una fuerza modernizadora, ni desde luego ver a Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri como símbolos de lo nuevo. Carecían del suficiente poder afectivo, en buena medida porque suscitaban automáticamente el recuerdo de un pasado que trataba de reprimirse. Por contraste, el PSOE había abjurado formalmente del marxismo en el Congreso de Suresnes de 1974 y procedido a consolidar pacientemente el liderazgo de González, un hombre nacido ya en la posguerra. Su victoria, concentrando el voto de la izquierda, dejó claro que el PCE no gobernaría España.

No es de extrañar: los españoles querían libertades, modernidad, crecimiento, Europa, un Estado del Bienestar: algo que los comunistas españoles, con su severidad característica, no podían representar fácilmente. Se diría que la desaparición de la némesis del PCE, la dictadura franquista o incluso Franco himself, privaron al comunismo español de su razón de ser: como si sólo pudiera conservar sus fuerzas en presencia del enemigo.

Después de 1989, se declaró muerto al comunismo. ¿Cómo reaccionaron los comunistas europeos (en Francia, Portugal, España, Alemania, Italia) ante semejante desastre político y financiero?

Este tremendo shock fue gestionado, mejor o peor, de distintas maneras. En términos de discurso político, no había mucho que pudiera decirse, salvo distinguir entre el ideal comunista y la práctica comunista. Es decir: entre el comunismo realmente existente y la posibilidad de otro comunismo futuro. Pero no era un debate fácil, aunque a veces fuera divertido. En las películas de Nanni Moretti, por ejemplo, podían verse el desencanto y la decepción de una generación que había creído en una religión política tan ambiciosa como fallida. Parte de esa conversación, andando el tiempo, versó acerca de aquello que se había hecho mal, de manera que la lucha contra el capitalismo pudiera retomarse con nuevos bríos. Con todo, si el comunismo ha retenido –a pesar de los pesares– un cierto número de votantes, se debe sobre todo a dos razones: a la dificultad psicológica y anímica que comportaba para muchos de ellos aceptar el fracaso de la ideología que había vertebrado su identidad política y, a menudo, su biografía personal; y al hecho de que muchos de ellos no deseaban tanto levantar una nueva Unión Soviética como mantener viva una voz que hablara en nombre de las clases trabajadoras en las democracias liberales europeas.

Orgánicamente, las circunstancias diferían y también lo hicieron los resultados. En Italia, donde el fin del comunismo había sido anunciado por Achille Occhetto en el célebre «giro de Bolonia», el Partido Comunista Italiano llegó a desaparecer (aunque pronto emergió una debilitada versión «refundada» del otrora importante comunismo italiano). También en España el PCE había dejado en 1986 su nombre a Izquierda Unida, una formación paraguas para diversas fuerzas de izquierda bajo el liderazgo de los comunistas. Tras la marcha de Carrillo, Julio Anguita se convirtió en un líder efectivo que supo sacar partido del desgaste de unos socialdemócratas que, tras siete intensos años de gobierno reformista, veían erosionarse sus credenciales izquierdistas. Así que pasaron de cuatro a trece diputados, que mantuvieron hasta 1996: los comunistas se habían convertido en la izquierda romántica, verdadera, a la que votar en conciencia cuando el pragmatismo socialista se hacía insoportable. Por su parte, el Partido Comunista de Portugal, que no había sufrido tanto como el español tras la Revolución de los Claveles que restauró la democracia en 1974, vio cómo sus apoyos se reducían a la mitad en las elecciones de 1991: sus diecisiete escaños de entonces son los mismos que ahora. Su capacidad de resistencia tiene mucho que ver con el relativo subdesarrollo económico de Portugal, que no ha llegado nunca a experimentar el desarrollo exprés que ha caracterizado distintas fases de la historia reciente de España.

Por su parte, el Partido Comunista Francés había salido dañado de su breve experiencia de gobierno con el Partido Socialista a principios de los años ochenta. Tras anunciar una «ruptura con el capitalismo», el presidente Miterrand pronto aplicó políticas económicas y fiscales ortodoxas destinadas a evitar una recesión económica, lo que deslegitimó al comunismo francés y lo dejó inerme ante un socialismo hegemónico durante esa década. La caída de la Unión Soviética aceleró un declive que se deja ver en la circulación del famoso L’Humanité, el periódico oficial del Partido Comunista: si su difusión alcanzaba los quinientos mil ejemplares tras la guerra, descendió a setenta mil después de 1991. ¡Aunque tampoco está tan mal!

Alemania es un caso distinto: la existencia de la República Democrática Alemana que dividió al país durante décadas ha marcado al comunismo alemán contemporáneo. Privados de legitimidad, se integraron en la política parlamentaria de la República Federal con otro nombre (Die Linke) sin haber sido aceptados todavía por los demás partidos como un socio aceptable en un hipotético gobierno de coalición. Y ni siquiera la crisis económica, que ciertamente no ha golpeado Alemania con demasiada fuerza, les ha reportado un aumento de votantes. Pese a ello, el hartazgo de la normalidad −es decir, el agotamiento del modelo de la Gran Coalición– puede abrir la posibilidad de que a medio plazo los excomunistas alemanes formen gobierno junto a socialdemócratas y verdes.

Tras la caída de la Unión Soviética y el bloque de sus satélites del Este de Europa, el capitalismo salió fortalecido. ¿Cómo reaccionaron la izquierda radical y los comunistas en Europa a esta victoria del enemigo?

Fue entonces cuando empezó a tomar forma una marcada separación entre dos esferas distintas de actividad: una intensa discusión intelectual, sobre todo académica, y una lucha política que la mutación de China y la caída de la Unión Soviética habían debilitado por falta de ejemplos reconfortantes. Ni Corea del Norte ni Cuba pueden invocarse con garantías de éxito en las esferas públicas occidentales. De manera que la lucha contra el capitalismo pasó a ser teóricamente sofisticada y orgánicamente fragmentaria. Se inclinó, cada vez más, del lado de los movimientos sociales, que retomaron su papel como incordios del capitalismo global con el desarrollo de las movilizaciones antiglobalización de finales de los años noventa. Al mismo tiempo, el ecologismo radical se convirtió en un nuevo nicho para la reconversión de la izquierda radical, al proporcionar un nuevo argumento contra el capitalismo (pese a que los verdes decían en sus orígenes estar «más allá de la izquierda y la derecha», dado el deprimente balance medioambiental de los regímenes del socialismo real). El neoliberalismo y el llamado «consenso de Washington» se convirtieron en los nuevos enemigos de la izquierda marxista, que empezó a hablar menos de construir un nuevo socialismo que de ejercer una «resistencia» que ahora se expresa también –herencia de los años sesenta– en el estilo de vida y la lucha cultural. Aunque, naturalmente, la izquierda libertaria difícilmente casa con el viejo comunismo. La defensa de un orden social científicamente diseñado y la producción del «hombre nuevo» han dejado de ser parte aceptable de un programa de izquierda. Tanto el comunismo como la izquierda radical en general, hoy, presentan una crítica frontal al capitalismo sin ofrecer, a cambio, una alternativa totalizadora; ese papel, en todo caso, corresponde al islam político. Fukuyama, en fin, no andaba tan desencaminado.

Después de la crisis económica de 2008, las ideas marxistas vuelven a ser populares. ¿Estamos ante un nuevo amanecer del comunismo en Europa?

Recordemos que la idea del comunismo se remonta, en la historia del pensamiento occidental, al menos hasta Platón. La abolición de la propiedad privada y la búsqueda de algún tipo de sociedad igualitaria, que emancipe a los seres humanos de toda dominación y necesidad, seguramente no pueda desaparecer jamás. Es una esperanza de orden cuasirreligioso, sólo que llamada a realizarse en este mundo. Al tiempo, sin embargo, a medida que las sociedades se hacen más complejas, el comunismo es cada vez menos realizable: lo que podía llevarse a término en comunidades pequeñas y aisladas no puede ya constituir el modo organizativo de sociedades hiperconectadas e hiperpobladas, donde la individualización y la libertad son consideradas parte de la buena vida. Si el siglo XX deja a este respecto una lección, es que el comunismo no puede instaurarse sin un alto grado de coerción estatal. Por eso, en el escenario poscrisis, quizá sería más apropiado decir que ha aumentado la demanda de una mayor justicia social (definamos como definamos ese resbaladizo concepto), pero no el deseo del comunismo: la palabra misma se encuentra todavía emocionalmente contaminada. Más aún, ¿quieren los jóvenes una revolución comunista o poder comprarse un iPhone? Si una queja se oye con frecuencia, es la de que no viviremos mejor que nuestros padres: es la promesa material de la democracia liberal la que se tiene por traicionada.

¿Cómo reaccionó la «clase obrera» a la caída de la Unión Soviética?

Diría que con cierta indiferencia. La clase obrera es, en primer término, una construcción teórica, un modo de clasificar a los grupos sociales de acuerdo con un criterio ante todo económico (tipo de empleo, salario). Para que la clase obrera adquiera valencia política, se requiere una conciencia grupal que a su vez exige de una cierta organización colectiva: un partido que crea conciencia, lugares de encuentro y socialización, defensa de los intereses compartidos, etc. No en vano, la transición de los estados o castas premodernas a las clases modernas es también el paso de las relaciones de dependencia a las relaciones de conflicto. pero este conflicto ha sido canalizado y atenuado por las políticas bienestaristas y los acuerdos sociales neocorporatistas (al menos en Europa). Junto con el aumento en el nivel de vida, las nuevas circunstancias provocaron un resultado inesperado: la clase obrera, cuyo tamaño, por lo demás, ha ido disminuyendo, dejó de ser comunista. Este desplazamiento obedece igualmente a la irrupción del multiculturalismo y la política de la identidad, que ha alejado a la clase trabajadora aún existente de los partidos de izquierda, aproximándola, en cambio, en los últimos tiempos al populismo nativista de derecha. En definitiva, la idea de que la clase obrera es revolucionaria se ha revelado como un espejismo: lo que un Homer Simpson quiere es conservar lo que tiene, en lugar de arriesgarlo. Siempre y cuando, claro, su condición mejore en lugar de empeorar. En otro orden de cosas, los intentos por reformular la noción de proletariado alrededor de un nuevo precariado no han acabado de cuajar, en la medida al menos en que otros clivajes (jóvenes/mayores, campo/ciudad, cosmopolitas/nacionalistas) parecen tener más éxito a la hora de articular la imaginación política contemporánea.

¿Por qué tienen más éxito en los últimos años los populistas nacionalistas o de derecha, especialmente entre los votantes con menores ingresos?

La principal razón es que la política de clase social ha sido reemplazada por la política de la identidad. Nativismo, populismo y nacionalismo compiten en el terreno de la identidad y la cultura, definiendo de manera exitosa un nosotros que combina el sentido local de pertenencia con una posición anti-establishment. La izquierda radical es hoy políticamente correcta, se inclina a dar la bienvenida a los inmigrantes, es protectora de las minorías, además de feminista y ecologista: valores que un trabajador industrial blanco no comparte necesariamente. Cuando los populistas de derecha hablan de los problemas de los votantes con menores ingresos, éstos se sienten interpelados y reconocidos.

¿Puede la revolución ser todavía un concepto con vida política?

Puede serlo y lo es. Pero retiene su fuerza sobre todo como revolución democrática contra gobiernos autoritarios, e incluso como revuelta fundamentalista en sociedades potencialmente teocráticas. La revolución en el sentido marxista sigue viva en la discusión teórica, como testimonia el éxito de Slavoj Žižek, pero incluso el populismo de izquierda busca una legitimidad democrática cuando trata de obtener apoyo popular. Por otro lado, el concepto de revolución ha sido canibalizado por el lenguaje político: las revoluciones forman parte de la oferta rutinaria de los partidos en vísperas de las elecciones. Se ha convertido en un significante vacío, como diría Ernesto Laclau. Así que ahora las revoluciones son electorales y democráticas, y, por tanto, banales, o se inscriben en el terreno de la cultura, cuando no de la fantasía. En este último sentido, la revolución expresa el deseo de disfrutar de una realidad diferente, sin conflictos ni privaciones. Es una promesa que solían ofrecer las religiones y apela, por tanto, a una estructura psíquica típicamente humana, como criatura que vive con conciencia temporal, proyectándose hacia el futuro.

¿Tiene todavía el comunismo (ahí está la CDU de Jerónimo de Sousa en Portugal) la oportunidad de triunfar como tal o necesita siempre disfrazarse de otra cosa (Die Linke, Syriza, Podemos, etc.)?

Parece necesitar la máscara, el disfraz que suaviza un término afectivamente recargado como el de comunismo. De hecho, el giro populista –del tipo latinoamericano de izquierda– tiene que ver con la erosión del ideal comunista y la búsqueda de nuevos marcos ideológicos que hagan posible la conquista del poder. De la clase trabajadora al pueblo: el éxito moderado de este nuevo sujeto colectivo, más abarcador que su precedente, muestra la obsolescencia del comunismo como proyecto político explícito.

¿Considera usted el Manifiesto Comunista completamente desfasado?

Jain, como dicen ustedes los alemanes: sí y no, ja und nein. Por un lado, ha envejecido como instrumento de análisis de nuestras sociedades. Recordemos que poco después de la muerte de Marx empezó a resquebrajarse una premisa fundamental de su idea de la revolución: la clase obrera empezó a ver mejoradas sensiblemente sus condiciones de vida. Nuestras sociedades son más diversas, más heterogéneas, más pluralistas. Y, decisivamente, sabemos ahora adónde conduce una revolución leninista: la utopía ha perdido fuerza de arrastre después de su materialización histórica.

Ahora bien, ¿acaso la visión articulada en el Manifiesto, o al menos partes de la misma, no pertenecen ahora al acervo común, por muy cuestionables que sean? Si preguntamos a cualquier viandante si la historia es una lucha de clases, probablemente responderá que sí. Si le preguntamos si el Estado sigue siendo el comité de negocios de la burguesía –hoy «élite»–, nos dirá que por supuesto. Y lo mismo vale para el sentido original de «ideología» como falsa conciencia: está muy extendida la creencia de que no vemos la realidad sino un Matrix que nos oculta la realidad, en beneficio de las clases dirigentes. El programa negativo del marxismo, pues, conserva su vigencia. Cuestión distinta es el modo en que los ciudadanos se comprometen con sus creencias: por lo general, no están dispuestos a echarse a la calle adoquín en mano. Véase la facilidad con que los españoles pasaron de «ser» franquistas a ser demócratas. En ese sentido, pocos creen hoy que el comunismo de Estado pueda ofrecer una vida mejor. Así que la victoria póstuma del Manifiesto comunista no deja de ser agridulce.

19/07/2017

 
COMENTARIOS

Ricardo 22/07/17 08:09
La gran contradicción de la revolución comunista fue su apego eterno a un dogma que contradecía su propia esencia de revolución. En Cuba un férreo viejo de más de 80 años resulta ser actualmente un revolucionario, cuando realmente es un retrógrado dictador. Y ese fenómeno lo vimos en la misma Unión Soviética hasta que llegó Gorvachov, un miembro del Partido Comunista más joven que intentó renovarlo, actualizarlo, sin percatarse de que un dogma de fe no puede revolucionar sin desquebrajarse. Era natural que un país como Rusia pasara del feudalismo al comunismo porque en el fondo no era un salto en la abolición del autoritarismo zarista. Razón han tenido los que vieron al comunismo como una segunda Edad Media en la historia de la humanidad. La revolución comunista murió de parálisis intestinal. Nunca tuvo la posibilidad de evolucionar, como lo haría el capitalismo.

JoséAsenjo Díaz 19/07/17 13:16
El abandono del maxismo se aprobó en el congreso extraordinario del PSOE de 1979, celebrado tras La dimisión de Felipe González en el XXVIII congreso en el mismo año. Por lo demás estoy muy de acuerdo con su análisis.

Manuel Arias Maldonado 19/07/17 16:27
Evidentemente, tiene usted toda la razón; gracias por la enmienda.

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