Democracy Blues

por Manuel Arias Maldonado

¿Sabían los contemporáneos, durante el primer tercio del siglo XX, que las democracias liberales iban camino de su colapso? No todas, naturalmente, ni de la misma manera. Pero es claro que una trayectoria social de ininterrumpido progreso económico y social –que arrojaba sombras tan inquietantes como el colonialismo europeo– iba a frenarse en seco con el ascenso de los totalitarismos comunista y fascista. Ahora lo sabemos, pero, ¿lo sabían ellos? La pregunta es pertinente porque encontramos dificultades, ahora mismo, para saber lo que nos pasa. Es decir, para determinar si estamos atravesando turbulencias coyunturales o asistimos a todo un cambio de época. Los signos –acontecimientos, fenómenos, procesos– son ambiguos. Y aunque hoy sabemos lo que no sabían nuestros antepasados, entre otras cosas que las utopías políticas están condenadas al fracaso, esta conciencia histórica no es garantía suficiente. Si conocer los propios errores nos impidiese repetirlos, la humanidad avanzaría a una velocidad fulgurante y no estaríamos padeciendo ahora el retorno del populismo o el reforzamiento del nacionalismo. Es su siniestro regreso lo que provoca la pregunta sobre un futurible desmoronamiento de las sociedades liberales.

En el marco de este autoexamen colectivo, está desarrollándose una conversación especialmente interesante sobre el presente y el futuro de la democracia. También aquí nos preguntamos si su actual crisis es real o un producto de nuestros temores, y, de ser lo primero, si estamos presenciando el inicio de su decadencia. Hay momentos en que este diagnóstico parece más justificado que en otros, aunque, como es natural dada la polisemia del concepto, las razones que lo sostengan difieran entre sí: el populista que añora al hombre fuerte y el participativista que abjura de las elites deploran por igual el modelo representativo de democracia. Sea como fuere, son muchos los comentaristas que andan preguntándose si la democracia, a la vista de sus actuales disfunciones, no tendrá sus días contados.

«Brexit Blues» es el título de un ensayo de John Lanchester, publicado originariamente en The London Review of Books y traducido ahora al español en el último número de Letras LibresJohn Lanchester, «Brexit Blues», Letras Libres, núm. 180 (septiembre de 2016), pp. 4-10., que aborda con lucidez las causas de la salida del Reino Unido de la Unión Europea. No es una salida cualquiera, sino una decidida en referéndum. Y de ahí que sus consecuencias para la teoría de la democracia no se hayan hecho esperar, como se deduce de la lectura del artículo en que el politólogo norteamericano Jason Brennan resume el contenido de su próximo libro, titulado Against Democracy. Aunque el libro está escrito antes del referéndum y, de hecho, actualiza argumentos de los que ya nos hemos ocupado aquí hace tiempo, el Brexit –aunque, como ahora veremos, ningún Brexit ha tenido lugar todavía en sentido propio– proporciona a sus argumentos una rara fuerza. Si se añaden a ello Donald Trump y los populismos de izquierda y derecha europeos, la deriva autoritaria turca o la admiración que cosecha Vladímir Putin entre no pocos movimientos y partidos occidentales, encontraremos motivos para tomarnos en serio la diatriba del teórico norteamericano.

Antes de ocuparnos de ella, empero, veamos por qué el Brexit es tan significativo: qué rasgos del mismo lo convierten en eso que los anglosajones llaman un cautionary tale, o historia que contiene un aviso a navegantes. Aunque los navegantes mismos hagan oídos sordos, a la vista de un calendario político europeo que incluye en los próximos meses el referéndum convocado por Matteo Renzi sobre la reforma constitucional italiana. En este sentido, las virtudes pedagógicas del Brexit, que, por descontado, muchos se resistirán a admitir, tienen que ver ante todo con la distancia fatal que media entre el ideal democrático y su realidad práctica, eje permanente de conflicto a lo largo de su historia. Porque una cosa es aquello que la democracia deba ser con arreglo a una concepción normativa, y otra bien distinta lo que la democracia sea o pueda ser en cada momento histórico. Giovanni Sartori lo tiene claro: «En ningún caso la democracia tal y como es (definida de modo descriptivo) coincide, ni coincidirá jamás con la democracia tal y como quisiésemos que fuera (definida de modo prescriptivo)»Giovanni Sartori, Elementos de teoría política, trad. de María Luz Morán, Madrid, Alianza, 2005.. Así que el ideal democrático, en sus versiones más igualitarias y participativas, incorpora un componente utópico que alimenta la insatisfacción con la democracia realmente existente, promoviendo así una permanente disputa acerca de su buena o mala salud, sus limitaciones y posibilidades. En este caso, lo que el Brexit muestra es el brutal contraste entre el referéndum soñado por los participativistas y el referéndum vivido por sus protagonistas. Resumamos esas diferencias:

1. Referéndum ideal. La consulta directa a los ciudadanos aparece como una solución para resolver aquellos conflictos políticos  que requieren una solución inmediata. Sólo se convocarán referendos cuando no hay otra forma de solucionar el problema y exista una amplia demanda social al efecto. Una vez convocado el referéndum, ha de desarrollarse un debate plural y racional sobre el asunto en cuestión: toda la información disponible será puesta a disposición de los ciudadanos y analizada imparcialmente por los medios de comunicación. Todos los votantes habrán de ponderar los intereses generales a la hora de decidir su voto. La participación será amplia e igualitaria. Y el resultado reflejará la voluntad general del cuerpo social, zanjando el conflicto sin dejar secuelas en su interior.

2. Referéndum real. El referéndum británico es convocado por el primer ministro con objeto de calmar la guerra interna de su partido y neutralizar el peligro representado por un nuevo partido populista de derechas: no existía una demanda social apreciable. Aunque tiene por objeto decidir la permanencia del Reino Unido en una estructura a la que pertenece desde hace cuarenta años, el referéndum tiene lugar en un momento de insatisfacción ciudadana generalizada con el establishment. El debate público está lleno de distorsiones, falsas promesas, exageraciones. Aunque su partido es favorable a la permanencia, el líder de la oposición apenas hace campaña, debido a su oposición personal a la Unión Europea y su deseo de dañar al partido rival. Los jóvenes, favorables a la permanencia, salen a votar en proporción mucho menor que sus mayores, partidarios del Brexit. Estos, ante una oportunidad única, poseen una motivación especial para movilizarse. La victoria del Leave! provoca manifestaciones de rechazo, recursos judiciales y dimisiones en cadena. Muchos ciudadanos admiten que sólo habían emitido un voto de protesta, ignorando las consecuencias que traería consigo la salida o habiendo esperado que su opción no prosperase. Meses después del referéndum, el nuevo Gobierno británico apenas añade nada a la afirmación de que «Brexit es Brexit», porque no existe una definición unívoca de éste, y el resultado del referéndum –no digamos los términos del debate previo– carece de toda concreción. Nadie sabe qué negociar exactamente con Europa, ni cuándo empezar a hacerlo.

Huelga decir que los participativistas de todo el mundo celebrarán el Brexit, o deberían celebrarlo, incluso estando en desacuerdo con el resultado: referéndum es referéndum. O, dicho de otro modo, la voz del pueblo habrá de ser respetada por sus defensores –o creyentes–, sean cuales sean sus enunciados; lo contrario sería una notable hipocresía. O quizá la ingenuidad de pensar que cualquier expresión democrática ha de ser necesariamente progresista. Y no es el caso. De hecho, el descontento con las democracias de estos últimos años responde exclusivamente al deterioro de la situación económica y la consiguiente frustración de las expectativas ciudadanas; responde, en fin, a sus malos resultados, o lo que se perciben como malos resultados. De donde resulta una conclusión de extraordinaria importancia, que nuestras instituciones ya saben, pero muchos ciudadanos ignoran: que los placeres del autogobierno se ven fácilmente truncados por las malas decisiones así adoptadas. No hay, así, democracia que pueda sobrevivir a un rendimiento negativo constante. Y cuando digo que eso las instituciones «ya lo saben» aludo a aquellas reformas en el andamiaje democrático que han tenido por objeto, justamente, limitar el gobierno popular. Por ejemplo, excluyendo la política monetaria del juego electoral, atribuyéndosela a los bancos centrales, o dejando en manos de los altos tribunales las altas decisiones constitucionales. Esto no garantiza el funcionamiento inmaculado de las democracias representativas. Pero sólo un perfeccionista espera que sea el caso; el realista aspira más bien a no crear más problemas de los que evita.

Sin embargo, no lo logra del todo, ya que la limitación representativa del autogobierno directo engendra problemas propios, especialmente visibles durante las crisis. Y es que, como se ha comentado aquí alguna vez, las democracias se encuentran escindidas entre sus dimensiones popular y oligárquica: la primera remite al «pueblo», la segunda a los representantes y técnicos que deciden en nombre del pueblo. En una crisis, se entiende que el establishment ha fracasado –¡mentido!– y se exige la recuperación del poder popular, que encuentra su máxima expresión en el auge del populismo. Pero es discutible que los problemas de la democracia contemporánea tengan que ver con un déficit popular. Para Jason Brennan, de quien ahora nos ocupamos, es justamente lo contrario. Su punto de partida es diáfano:

Una vasta investigación empírica nos muestra que los votantes son sistemáticamente ignorantes, desinformados e irracionales. Esto es algo más que una mala cosa. Podría ser una injusticia.

Podría serlo, en la medida en que –como él mismo dice– la democracia otorga el poder a la mayoría sin por ello dar más poder a ninguno de los individuos que forman parte de la misma. Aunque el argumento, como ha señalado Nassim Taleb, puede complicarse aún más si nos fijamos en el papel de las minorías organizadas y su influencia sobre el proceso político; minorías que, por ser o sentirse discriminadas, tienen más incentivos para organizarse que el ciudadano ordinario. Brennan ve también una injusticia en el hecho de que la ignorancia general del público de masas esconde fuertes variaciones: hay quien sabe mucho, quien no sabe nada, y quien sabe menos que nada. Hablamos de información política, que es un tipo específico de información; podemos saber mucho de cualquier otra cosa e ignorarlo todo sobre la realidad sociopolítica. A eso hay que sumar las distintas patologías de la racionalidad y la afectividad que debilitan, sobre todo sin un esfuerzo consciente por nuestra parte, la autonomía e imparcialidad decisora del votante. Sabemos mucho menos de lo que creemos saber.

Para Brennan, es lógico que así suceda, ya que, como es bien sabido, el voto individual no tiene ninguna influencia sobre el resultado final. Los resultados electorales, además, están dispersos socialmente, diluyéndose así toda responsabilidad individual. De manera que importará cómo vote el conjunto, pero no como lo haga cada individuo: «En política, ser inteligente no compensa y ser tonto no daña». Aunque sí que daña, claro, al conjunto. Porque:

La información cuenta. Qué políticas prefiera la gente depende en parte de cuán informada esté. Incluso descontando la influencia del sexo, la raza y los ingresos, los ciudadanos muy informados muestran de manera sistemática distintas preferencias políticas respecto a los votantes ignorantes o desinformados.

Si los votantes muy informados tienden a favorecer el libre comercio, la globalización, la inmigración y el libertarismo moral, los votantes desinformados suelen decantarse por lo contrario. Algo que resulta visible en los movimientos de protesta contemporáneos, brexiteers incluidos, cuyos miembros carecen de una visión informada o coherente del mundo y se limitan a reaccionar ante un cambio social que les hace sentir perjudicados o abandonados. De ahí también el fenómeno del posfactualismo y la fe en la capacidad redentora de líderes populistas y ensoñaciones nacionalistas. El matiz que sugiere Brennan es que el sujeto carece de los incentivos para comportarse de otra manera, pues entiende el voto como una insignia metafórica que le confiere dignidad e igualdad. Ya que el voto individual no es eficaz, invocamos su dimensión simbólica del voto para sacralizarlo.

Para Brennan, aunque de esto ya se habló con detalle en una ocasión anterior, estos últimos años están demostrando la necesidad de apostar por una alternativa: la epistocracia. Esto es, un régimen político que mantiene las estructuras de la democracia liberal-representativa, pero concede más valor a unos votos que a otros, de acuerdo con el conocimiento demostrado por el ciudadano, e incluso puede privar del derecho a ejercerlo a quienes no superen un examen básico de competencia política. A ello se suman dos medidas institucionales peculiares: 1) la existencia de un cuerpo epistocrático formado por expertos que ostenta la capacidad de vetar las leyes aprobadas por el parlamento democrático, por ejemplo para evitar aquellas normas que violan los principios económicos básicos; y 2) un análisis estadístico de la relación entre competencia política y contenido del voto que haría posible estimar qué querría el público si estuviera informado, lo que habría de influir sobre las políticas públicas: «La epistocracia hace lo que el público informado querría, no lo que el público no informado de hecho quiere». Razones, dice Brennan, para atrevernos a experimentar con una epistocracia liberal-republicana: quizá funcione mejor que su contraparte democrática.

¡Ahí queda eso! Naturalmente, la reacción generalizada ante la propuesta de Brennan es un rechazo indignado: la igualdad política no se toca. O, en otras palabras: el principio de igualdad no se sacrifica en el altar del buen gobierno. Y por eso se buscan otras soluciones, principalmente limitar la fuerza distorsionadora de la desinformación actuando no sobre las urnas, sino sobre la conversación pública. Sumantra Maitra, tras leer el ensayo de Brennan, aboga por «combatir la explosión [digital] de información con controles de calidad». Salta a la vista que decir eso y no decir nada es lo mismo: expresar un pío deseo sin poseer los medios para realizarlo. Y es que Brennan pone el acento en una de las tensiones más agudas del pensamiento y la práctica democráticas: la general desinformación del electorado. ¿Acaso no es esa desinformación la que convierte en inútil todo control de calidad, al tenerse por seductor el discurso populista o sentimental? He aquí el malestar en la democracia.

Ante esa evidencia, la epistocracia es sólo una de las respuestas posibles. Otras son afirmar que el público mutaría de naturaleza si tuviese la oportunidad de decidir directamente (cosa que el Brexit ha puesto en entredicho) o negar la mayor, sosteniendo que el público democrático decide bien aunque no esté informado, ya que aplica heurísticas o atajos cognitivos que le permiten intuir quiénes son el candidato o la política correctos (ídem). En todos estos casos, nos fijamos en la calidad epistémica de la democracia, es decir, en su capacidad para producir buenos resultados. Si concluimos, como, por ejemplo, hace David Estlund, que las democracias son mejores porque producen mejores resultadosDavid Estlund, Democratic Authority. A Philosophical Framework, Princeton, Princeton University Press, 2008., nada debería impedir que sus decisiones se centralicen en el grupo de los más educados o en instituciones tecnocráticas. Pero, y aquí tenemos otra posible salida para la aporía del gobierno de los ignorantes, quizás el objetivo de la democracia no sea producir las mejores decisiones posibles con arreglo a un estándar objetivo, sino canalizar el conflicto o garantizar el autogobierno al margen de sus resultados. En este caso, el sentimiento de inclusión sería más importante que el acierto de las políticas: las soluciones epistocráticas –sugeridas ya por John Stuart Mill en su época– no tendrían cabida.  El problema, ya sugerido, es que quizás una democracia no pueda sobrevivir a la producción continuada de malos resultados y tarde o temprano haga su aparición el fantasma de su autodestrucción. Atender a la calidad de sus decisiones –a su faceta epistémica– es imprescindible.

Eso no quiere decir que la epistocracia de Brennan sea una solución adecuada. Ya analizamos en este blog sus deficiencias, que conciernen principalmente a la imposibilidad de garantizar que los más educados persigan los intereses de los no educados (en lugar de discriminarlos). Es más, se diría que Brennan minusvalora las dificultades políticas que comportaría el intento por llevar su modelo a la práctica mientras sobrevalora la facilidad con la que podría funcionar. ¿O es que quien disponga de un solo voto no mirará con recelo en la cola del supermercado a quien tenga tres? ¿Y serían los vetos del parlamento epistocrático a las leyes del parlamento democrático aceptados alegremente por la opinión pública? Si el referéndum real se parece poco al soñado, en fin, hay razones para pensar que lo mismo sucedería con una epistocracia liberal. Se da aquí una paradoja: el desarrollo pacífico de la epistocracia requiere de una ciudadanía –educada, informada, cívica– cuya existencia haría innecesaria toda epistocracia. No obstante, en el mundo real de las democracias imperfectas, hay aspectos del pensamiento epistocrático que merecen atención; sobre todo, la conveniencia de mejorar las competencias políticas de los ciudadanos. Obsérvese que esto admite una justificación republicana: el deber de tomarse los derechos políticos, el voto incluido, en serio. Pero no parece que una simple recomendación –«¡Informáos!»– vaya a llevarnos muy lejos.

En realidad, la democracia tiende de manera natural al desequilibrio, porque nada garantiza que la deliberación ciudadana conduzca a la decisión correcta o a un consenso duradero; máxime cuando a menudo no hay una decisión correcta, sino distintas decisiones posibles. No se olvide que es imposible realizar simultáneamente todos los valores prometidos por el ideal democrático: igualdad, autonomía, inclusión, deliberación, calidad de los resultados, legitimidad. En último término, la democracia no puede escapar de la política, esa actividad humana multidimensional y contradictoria  que tiene como protagonistas a individuos cuya autonomía racional es tan frágil como su compromiso cívico. De manera que, sí, la democracia está en crisis. Y siempre lo estará.

21/09/2016

 
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