Democracia ocular, ya

por Manuel Arias Maldonado

Después de ocupar las posiciones de retaguardia durante mucho tiempo, los españoles nos hemos convertido inesperadamente en vanguardia política: tras ejemplificar las virtudes y los defectos del sistema democrático representativo desde la recuperación de la democracia y hasta el estallido de la crisis, parecemos ahora empeñados en reproducir algunas de las más significativas transformaciones que aquella ha venido experimentando durante las últimas décadas en las sociedades avanzadas. Hace unas semanas se hablaba aquí de un pluralismo agresivo que desemboca en parálisis vetocrática  cuando el esfuerzo que hacen los distintos actores por diferenciarse entre sí conduce a una indisolubilidad de las identidades que hace imposible el pacto, algo que las interminables negociaciones de investidura no han cambiado hasta ahora en lo más mínimo. También glosamos la estetización de una política convertida en show mediático durante la campaña electoral. Huelga decir que ambas tendencias se refuerzan mutuamente, porque los medios de comunicación –analógicos y digitales– son el instrumento a través del cual los actores políticos exhiben su «diferencia» y se distancian de sus rivales. Pues bien, el vodevil que, sin sujetarse a un guion previo, están protagonizado los principales partidos españoles en torno al elusivo pacto de investidura merece comentario aparte, ya que, si bien es una continuidad de la lógica que gobernó la campaña electoral, introduce elementos nuevos y plantea con ello paradojas dignas de atención.

Si hay un episodio concreto en el que fijarse, es, sin duda, la maniobra ejecutada por Pablo Iglesias, líder de Podemos, el pasado viernes. Después de haber manifestado en más de una ocasión que jamás sería vicepresidente en ningún gobierno ajeno, convocó a la prensa tras consultar con el rey y se presentó ante ella –ante el público– con los miembros más destacados de su equipo para proponer a Pedro Sánchez, líder del PSOE, justamente eso: formar un gobierno de coalición de izquierdas. Y ello sin aclarar de dónde vendrían los votos suplementarios para ello necesarios, pero reservándose para sí la vicepresidencia. Pero lo llamativo es que su oferta no había sido consultada previamente con el beneficiario de la misma, sino que se formulaba directamente a través del cuerpo interpuesto del público o, lo que es igual, por medio de los canales mediáticos y su correspondiente amplificación a través de las redes sociales. De modo que, en lugar de un acuerdo forjado en privado y hecho público después, presenciamos una propuesta pública de pacto privado. Máxime cuando el propio Iglesias ha llegado a demandar una transmisión televisada de las negociaciones. El desconcierto de Sánchez fue evidente, noqueado inicialmente ante el nuevo protocolo táctico del parlamentarismo fragmentario.

Por supuesto, lo que buscaba Iglesias era el efecto sobre el público más que la respuesta de su rival sobre el posible pacto, propuesto, por lo demás, con tal displicencia que parecía ser indeseable aun a sus propios promotores. Ya veremos, estos días, qué sucede. Pero lo que suceda será una consecuencia de una situación singular en la que tres partidos hacen lo contrario de lo que deben: en lugar de reunirse secretamente para sondear las posibilidades de un pacto basado en la aplicación de políticas aceptables para cada uno de ellos sobre la base de su programa, se ofrecen abiertamente al pacto o lo rechazan mediante una escenificación que pone ante los ojos de los ciudadanos un desfile de identidades partidistas refractarias a toda hibridación. No somos tan ingenuos como para pensar que no hay conversaciones privadas entre los líderes; pero incluso muchas de estas son anunciadas por las redes sociales antes y después de producirse. Y parece claro que no está conduciéndose ninguna conversación sistemática entre ninguno de los partidos implicados. De modo que, en última instancia, se trata de que la escenificación resulte convincente para el público y éste no penalice al partido en cuestión si se celebran nuevas elecciones. O que, simplemente, el partido no vea erosionada su popularidad. Al fin y al cabo, la campaña electoral permanente comienza al día siguiente de las elecciones: de nada sirve hacer si no se logra al mismo tiempo parecer.

Paradójicamente, no hay prisa por formar gobierno, ya que en ese momento comenzarán las decepciones: mejor prolongar la función preparatoria, igual que en las comedias clásicas de Hollywood la excitación es causada por el antagonismo verbal de los protagonistas y desaparece cuando el matrimonio final los convierte en protagonistas de una película más aburrida. Huelga decir que la filtración a la prensa es una herramienta clásica de la política parlamentaria. Pero con ella se trata por lo general de forzar la solución a un conflicto interno, alterando su naturaleza por medio de la publicidad; en el caso que nos ocupa, la publicidad es previa a toda negociación y sirve más bien para crear las condiciones que empujen hacia ella o la hagan indeseable. Es natural, pero llamativo, cómo, en ambos casos, el contacto con el público cambia radicalmente la situación preexistente: como si éste fuese un elemento radioactivo que alterara la sustancia de las cosas. Y lo es. Para bien y para mal.

En definitiva, estamos ante una lucha por el poder cuya característica principal es que se desarrolla bajo la mirada del público, en el espacio construido por los medios de comunicación y con unos actores obligados a maniobrar bajo las constricciones del procedimiento parlamentario. Y se trata de una situación política que pone de relieve la medida en que la democracia 1) es un régimen de opiniones y afectos que 2) ha ido otorgando cada vez mayor protagonismo a la mirada del ciudadano/espectador en detrimento de su voz, lo que 3) añade a las dimensiones de la representación política una irónica dimensión actoral que, paradójicamente, 4) refuerza la concepción minimalista de la democracia por encima de otras alternativas más sustantivas. Pero vamos por partes.

Es sabido que la democracia es un régimen de opinión precisamente porque se asienta sobre el juicio político de los ciudadanos, llamados a votar de forma periódica mientras expresan de manera constante sus opiniones sobre la acción de gobierno a través de los mecanismos informales de la esfera pública. Dado que los ciudadanos carecen en su mayoría de fuertes competencias políticas, por razones que no corresponde explorar aquí, sus preferencias se expresan justamente como opiniones de fuerte contenido emocional. De ahí que el ciudadano de una democracia sea un ciudadano susceptible de influencia. De manera que, si la virtud de la democracia es que está reservada a los ciudadanos la última palabra (siendo «los ciudadanos» una categoría mucho más realista y, por ello, razonable que la de «pueblo»), su defecto es que nada garantiza que la decisión de esos ciudadanos será la menos mala de las posibles. Han bastado una crisis y el ascenso del populismo para comprobarlo.

Ahora bien, el protagonismo adquirido por los medios de comunicación durante las últimas décadas a la hora de articular la relación entre representantes y representados, que ha aumentado el poder informal de éstos sobre aquéllos, ha acentuado la tendencia que nos convierte en algo distinto: en espectadores. Jeffrey Green, autor de un notable libro sobre este fenómeno, lo resume así:

Es un hecho que, para la mayoría, nuestra voz política es algo que raramente usamos, si es que lo hacemos: las votaciones periódicas, una encuesta ocasional, quizás apoyando una causa particular que nos afecta especialmente. [...] En cualquier caso, la vasta mayoría de nuestra experiencia política, sea como votantes o como no votantes, no consiste en tomar decisiones y ejecutar acciones políticas, sino más bien en observar y escuchar a otros que se encuentran activamente comprometidos en esas tareas. [...] La mayor parte de los ciudadanos durante la mayor parte del tiempo no son decisores que se relacionan con la política con sus voces, sino espectadores que se relacionan con la política con sus ojosJeffrey E. Green, The Eyes of the People. Democracy in an Age of Spectatorship, Oxford, Oxford University Press, 2010, p. 4..

De ahí que, a su juicio, no tenga demasiado sentido seguir hablando de la «oz del pueblo»: lo relevante son sus ojos. Pasaríamos así de una democracia vocal a una democracia ocular, en consonancia con el signo de los tiempos. Si, como nos enseña Lucian Hölscher en su exploración del concepto de opinión pública, el teólogo Johann Michaelis podía escribir allá por 1759 que «la lengua es una democracia» para expresar con ello la importancia de la conversación pública como mecanismo de construcción política, ahora sería la vista la que habría de operar democráticamenteLucian Hölscher, «Öffentlichkeit», en Otto Brunner, Werner Conze y Reinhart Koselleck (eds.), Geschichtliche Grundbegriffe. Historisches Lexikon zur politisch-sozialen Sprache in Deutschland, vol. 4, Stuttgart, Klett-Cotta, 1978, pp. 413-468.. Este ciudadano ocular no decide por sí mismo (como el ciudadano lleno de interés en una democracia directa) ni se inhibe de decidir (como el abstencionista carente de interés alguno), sino que posee plenos derechos políticos, pero se relaciona con la política primariamente como espectador: psicológicamente implicado, no lleva una vida política activa. Es decir, que sólo una minoría sale a manifestarse, aunque sean muchos quienes comentan la actualidad política a través de las redes sociales. Sin embargo, ese ciudadano ocular decide. Sobre todo, mediante el voto que pone y quita gobiernos. Pero también mediante el apoyo que presta o retira a gobiernos y políticas públicas concretas durante las legislaturas, circunstancia que los gobiernos tienen en cuenta debido a su natural deseo de ser reelegidos (que contrasta con la fácil creencia popular de que los gobiernos ignoran a los electores durante los años que median entre elecciones). El ciudadano ocular, podríamos decir, es un voyeur que participa periódicamente en la creación de su objeto de atención.

Para Green, el problema es qué hacer con esto: cómo dar forma institucional a algún tipo de democracia ocular que traslade el foco de la voz popular a la mirada del ciudadano. Su respuesta es interesante, porque de alguna manera sirve para constatar la lógica implacable del modelo vigente y la dificultad de encontrarle sustituto. Green apuesta por una recuperación del modelo plebiscitario de democracia, debidamente corregido. Porque cuando la política concierne al espectador, el objeto principal de atención son los líderes así observados, no las leyes por ellos aprobadas. Análogamente, la voz del ciudadano cuenta menos que su mirada, una «mirada del pueblo» orientada al control y la vigilancia de los líderes. Para Green, éstos han de aparecer en la esfera ocular, mostrarse ante los ciudadanos, antes que deliberar y negociar en la esfera vocal parlamentaria. Por todo ello, la autonomía del ciudadano no es el ideal de una democracia ocular, sino que lo será la franqueza de los representantes en sus apariciones ante el público.

Nuestro autor no confía en la sinceridad bienintencionada de los líderes, sino que apuesta por impedir legalmente que controlen las condiciones de sus propias apariciones públicas. Buen ejemplo de ello sería el question time en el Parlamento británico, donde el intercambio de preguntas y respuestas entre el presidente y la oposición se hace sin papeles y alcanza una indiscutible ferocidad. Algo ingenuamente, Green cree que los líderes estarán obligados a ser francos cuando no estén escenificando; y no escenificarán cuando dejen de controlar los medios de la publicidad política. Es entonces cuando podrá producirse algo parecido a la acción política defendida por Hannah Arendt, siempre ante la mirada sancionadora del público: una revelación del sujeto a través del discurso, un segundo nacimiento que surge en la esfera pública y en contienda con otros sujetosSobre esto, Hannah Arendt, La condición humana, trad. de Ramón Gil Novales, Barcelona, Paidós, 1993.. ¡De vuelta a Atenas! Para Green, la clave consiste en obligar a los líderes políticos a contender entre sí ante los ciudadanos y a que lo hagan de una determinada manera: sin corsés, trucos, ni mentiras.

A su juicio, este modelo de democracia es posrepresentativo, ya que los representantes no actuarían sobre la base de preferencias ciudadanas preexistentes, sino que estas preferencias emergen en el marco de la relación ocular que liga a los ciudadanos con sus líderes. Desde este punto de vista, el votante habría de actuar como un lector de literatura modernista: cocreando la obra en el acto de su recepción. Si el problema de una democracia convertida en espectáculo es la calidad del espectáculo, más manipulativo que genuino, la solución de Green es mejorar las condiciones de producción: si estamos en Broadway, pasemos al off-Broadway. Pero acaso olvida que Corín Tellado tiene más lectores que Juan Carlos Onetti.

Irónicamente, Green acaba descubriendo el Mediterráneo, a saber, explorando la concepción minimalista de la democracia defendida por Joseph Schumpeter. Es sabido que el pensador austríaco definía la democracia como aquel mecanismo institucional para llegar a decisiones políticas en el que algunas personas o grupos adquieren el poder de decidir mediante una lucha competitiva por el voto popularJoseph Schumpeter, Capitalismo, socialismo y democracia, vol. 2, trad. de Roberto Ramos, Barcelona, Página Indómita, 2015.. Es una concepción minimalista porque en ella lo importante, junto al aparato constitucional que protege los derechos y libertades individuales, es la existencia de un procedimiento para la elección competitiva de los gobernantes. ¡Punto! Y esto, decisivamente, implica que los gobernados retienen la capacidad para decidir sobre aquéllos, que a su vez serán responsables y habrán de rendir cuentas ante los ciudadanos. En este contexto, anota Green, el significado fundamental del mandato popular es la aprobación de leyes coherentes con las opiniones, preferencias y valores de los ciudadanos.

Ahora bien, ¿cómo sabremos si eso ha sucedido, si ese mandato ha sido obedecido o no? La respuesta es tan lógica como insatisfactoria: lo sabremos cuando los ciudadanos renueven su confianza en el gobierno. Pero si no lo hacen, también lo sabremos: porque se castigará precisamente a aquel gobierno que no ha respetado esa necesaria coherencia. De manera que la democracia no puede equivocarse, porque las elecciones reflejarán siempre la medida en que los gobernantes han satisfecho las preferencias de los ciudadanos. Es una respuesta insatisfactoria por varios motivos. Recordemos que el ciudadano castiga la incoherencia programática que se traduce en una subida de impuestos, pero aplaude a quien preveía subirlos y los bajó; del mismo modo, la mayor parte de las reformas económicas de carácter liberalizador son rechazadas inicialmente y sólo aceptadas una vez que demuestran su eficacia. Es decir, que las preferencias (como las opiniones y las emociones) son cambiantes. Y lo son porque no son independientes de la acción del gobierno, ni del más general proceso de competencia entre los partidos que se disputan el voto popular. Preferencias, valores y sentimientos son cocreados mediante un proceso en el que intervienen diversas fuerzas: el discurso político de gobierno y oposición, las movilizaciones colectivas, la generación espontánea de opiniones y valores en el seno de la sociedad civil, la reproducción de esos distintos discursos en los medios de comunicación, los propios acontecimientos. Pero hay una jerarquía de fuerzas; no todas esas instancias poseen la misma influencia. Y es obvio que gobiernos y líderes de la oposición tienen más influencia que el resto. Aunque, a su vez, no puedan controlar el efecto de sus mensajes: porque los hay mejores o peores, más o menos eficaces.

En cualquier caso, volviendo a la maniobra de Iglesias que nos ha servido como ejemplo, su movimiento puede entenderse en términos de lucha por el poder en una democracia ocular. Es un gesto que se ofrece casi exclusivamente a la mirada de los espectadores. Y al poner la publicidad por delante de la deliberación y la negociación, el líder de Podemos parece adherirse a una concepción plebiscitaria de la democracia donde lo que cuenta es el efecto sobre el público –creado con el auxilio de técnicas escenográficas y medios de comunicación– antes que la calidad de los resultados o la construcción del consenso. Esto implica que la primera cualidad del representante político será la capacidad para la representación dramática. Haciendo uso de ella, el representante intentará establecer una relación directa con los ciudadanos a través de los medios de comunicación, apoyándose en las redes sociales y en su efecto de proximidad emocional: una relación visual que opera en el nivel «sensacional» de las impresiones preconscientes e influye sobre la formación de emociones políticas de adhesión o rechazo. De donde se sigue que, cuanto más se apoya la práctica de la democracia en su aspecto visual, más plebiscitario es también de facto su funcionamiento. No en vano, el voyeur es presa de quien se ofrece a su mirada, y no al revés.

27/01/2016

 
COMENTARIOS

Juanmari 04/02/16 18:14
Interesantísimo y excelente post. Me gustaría añadir una hipótesis por elevación. El descrédito de la democracia representativa y el auge de la democracia directa (la nostalgia del ágora) son una muestra de la nostalgia del Absoluto sólo que con el "pueblo" o la "voluntad popular" como fundamento en lugar de dios, el rey, la razón, etc. Sin embargo la voluntad popular no es más que una ficción necesaria, un momento congelado de lo que en realidad es un océano de afectos, voluntades, deseos, razones... siempre cambiantes y volubles. Por eso su ontologización produce (al menos) dos efectos, por un lado la pérdida de pluralidad y por otro, la deslegitimación de las instituciones que ponen pausa, reflexión, deliberación, inteligencia, conocimiento técnico... (no necesariamente acierto) en el proceso de toma de decisiones. Me refiero a parlamento, tribunales, etc. La aclamación frente a la deliberación, la ocupación del todo social (la gente) frente a la gestión del pluralismo, lo correcto frente a lo aceptable. El problema es que la democracia funciona muy bien si esperamos poco de ella y la exigimos aún menos pero chirría y cruje cuando se tienen altas expectativas.

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