Congreso de futurología

por Manuel Arias Maldonado

Entre las figuras de la mitología griega, quizá ninguna posea la fuerza irónica que distingue a Casandra, toda ella un comentario tragicómico sobre la relación de los seres humanos con su propio conocimiento. Ya que es precisamente al clarividente a quien no se presta atención, incapaces como somos de distinguir con precisión los contornos del futuro inmediato. Podríamos hablar de los árboles del presente, cuya acumulación dificulta que nos hagamos una imagen certera del conjunto de sus relaciones y la consiguiente fuerza causal por ellos acumulada. Huelga decir que la densidad de nuestras sociedades globales hace aún más difícil todo ejercicio de predicción, no digamos ya distinguir entre el coro de Casandras que ejerce a diario sus dotes de adivinación en las tribunas públicas. Tampoco es necesario abundar en la fuerza performativa que tienen las aseveraciones sobre el futuro: según esperemos del mañana una u otra cosa, actuaremos hoy de maneras distintas. De hecho, podríamos definir la contemporaneidad como el espacio en que se desarrolla la contienda sobre la definición del futuro, algo que nos convierte en una especie paradójica, que se ocupa sin pausa de un tiempo venidero que nunca viene.

Pensaba en todo esto tras ser invitado recientemente a reflexionar sobre las ideologías llamadas a protagonizar el futuro próximo. En lugar de atenerme estrictamente a la letra del encargo, preferí pararme a pensar en los principales ejes del conflicto ideológico –o del debate de ideas sobre cómo organizar la sociedad– que se dibujan en el horizonte, con todas las cautelas que demanda cualquier ejercicio de futurología. A partir de aquí, puede considerarse el modo en que cada ideología política (de la socialdemocracia al conservadurismo) se ubica en relación con esos problemas o conflictos. La idea es trabajar con tipos ideales, en el sentido weberiano: constructos derivados de la realidad observable, que no se corresponden con ésta al detalle debido a la simplificación o exageración de algunos de sus rasgos, pero sirven para describirla. Inevitablemente, se dan múltiples solapamientos y concomitancias entre las contraposiciones resultantes. Asimismo, podrá apreciarse cómo la tradicional distinción entre izquierda y derecha sólo nos ayuda parcialmente a comprender el mapa del futuro sociopolítico. Por lo demás, se trata de un futuro próximo, ya que de otro modo no podría siquiera bosquejarse, y abierto a acontecimientos disruptivos capaces de arruinar la más certera de las clasificaciones.

Se me ocurre que las oposiciones o antinomias que se dibujan en nuestro presente como definitorias de la forma futura de la sociedad son, aproximadamente, las siguientes:

1. Fin de la historia versus insurreccionismo antiliberal

Se trata del conflicto entre quienes aceptan –informada o intuitivamente– la tesis de Francis Fukuyama sobre la cualidad definitiva de la forma sociopolítica dominante (consistente en la combinación de democracia liberal-representativa, economía de mercado y Estado del bienestar) y quienes anhelan otro orden social sustancialmente distinto. Fracasado el socialismo de Estado en el siglo XX, no se avizora esta alternativa completa, pero son muchas las voces que reclaman su formulación. Esto es especialmente cierto en el caso de la Teoría Crítica, que ve en el capitalismo global una ideología que da forma al sujeto contemporáneo tanto como a sus relaciones sociales y demanda un futuro poscapitalista capaz de asegurar su verdadera emancipación. Las tesis que combinan decrecentismo económico y comunitarismo organizativo son quizá las que más claramente dibujan esa alternativa. En el plano geopolítico, ésta vendría representada por China, cuya modernización económica es impulsada por un sistema político autocrático, sin que podamos adivinar todavía nada parecido a una transición hacia la democracia pluralista.

2. Cosmopolitismo universalizante versus nacionalismo particularista

Es evidente que ya en nuestros días –ahora mismo– está produciéndose un choque frontal entre las concepciones abiertas (universalizantes o globalizadoras) y las cerradas (nacionalistas o particularistas) de la organización social. Éstas últimas pueden entenderse como una reacción defensiva contra las primeras, debido a la incertidumbre que produce carecer de un suelo firme bajo los pies. Huelga decir que no es preciso tener una tal «concepción» para encarnarla en actitudes, opiniones y votos concretos. Esta antinomia lleva implícita la oposición entre el Estado contenedor y el Estado membrana: heroico el primero a ojos de sus ciudadanos por su capacidad de ordenación, posheroico el segundo al aceptar el debilitamiento de facto de su soberanía. Además de la dimensión puramente cultural, entran aquí en escena los problemas de migración y terrorismo. Ahí está el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea para demostrar la dolorosa paradoja de la soberanía declinante: los partidarios de la salida defienden ante todo la recuperación de la soberanía, mientras los defensores de la permanencia subrayan que una soberanía privativa no implica en nuestros días mayor capacidad de control, sino, en todo caso, apenas una mayor sensación de control.

3. Razón administrativa versus razón populista

Es decir, la tensión entre el racionalismo político y su impugnación sentimental: entre los imperativos de la eficacia en la era de la complejidad y las simplificaciones que apelan a la base irracional de la sociedad. Esta simplificación puede tener como fundamento el conservadurismo cultural de base nacionalista o la apelación a una democracia radical capaz de atacar los problemas en su raíz: en ambos casos, la autodeterminación se pone por delante de la gestión tecnocrática. Esta antinomia puede formularse también como tensión entre el dato del tecnócrata y la abstracción del demagogo: entre el detalle contable y la apelación al pueblo. Es evidente que una democracia oscila de manera perpetua entre ambos: precisamente por ser un régimen de opinión y un régimen afectivo, no puede eliminar el fantasma populista ni descansar únicamente –a la manera platónica– sobre el gobierno técnico del saber. Pero se trata de un equilibrio difícil de mantener y la tensión entre ambos polos posee aristas cada vez más afiladas.

4. Experimentalismo estatal versus bienestarismo defensivo

Si las sociedades cambian, ¿no habrían de hacerlo también los Estados? Esta pregunta tiene especial pertinencia ahora que la crisis ha pues de manifiesto otra vez la fragilidad del Estado de bienestar. Y ello a la vista de los patológicos niveles de endeudamiento estatal y del peligro que supone el doble proceso de envejecimiento y robotización: cada vez menos cotizantes para cada trabajador jubilado con derecho a pensión. Pero la reconfiguración de las sociedades avanzadas trae consigo otros problemas que demandan respuesta estatal, como la integración en la red de protección social del creciente número de autoempleados o la modernización de los servicios públicos. Por eso se dibuja desde hace ya un tiempo un enfrentamiento entre los partidarios de experimentar con las formas y los procedimientos estatales –incluyendo la introducción de mecanismos de competencia entre proveedores de servicios públicos– y aquellos que se limitan a defender las formas existentes de estatalismo de esas agresiones sobrevenidas.

5. Experimentalismo democrático versus representativismo defensivo

También en el plano de la organización democrática podemos encontrar una clara tensión entre experimentalismo y conservadurismo. En este caso, habría que diferenciar entre quienes sostienen que la representación política basta para articular democráticamente la sociedad, aun aceptando su ensanchamiento progresivo (visible, por ejemplo, en la normalización de la movilización colectiva como medio de expresión de demandas), y quienes apuestan por un mayor grado de innovación política: minipúblicos deliberativos, referendos, empleo de las redes digitales con fines participativos, etc. Tanto la polarización del debate público como la intensificación del pluralismo social parecen requerir nuevas soluciones institucionales, mientras que la demanda emocional de participación como ingrediente de la legitimidad del sistema presiona en la dirección de un mayor autogobierno. ¡Voluntad general! El problema, claro, es la escala: las ventajas que presenta el municipalismo para la experimentación democrática no pueden ser reproducidas en la esfera nacional, no digamos ya en la multinacional. Análogamente, la dificultad para distinguir entre las esferas formales de decisión y los espacios informales de producción de opinión (esto es, de influencia sobre esa decisión) aumenta la presión sobre las instituciones representativas.

6. Digitalismo poshumanista versus humanismo conservador

Esta antinomia presenta la oposición entre dos grandes actitudes hacia el cambio sociotecnológico: una favorable prima facie a los frutos de la innovación técnica y otra recelosa de sus consecuencias disolventes. Es claro que este continuo admite muchas gradaciones: del early adopter al tecnófobo amish. Así, es posible ver con buenos ojos el desarrollo de los coches sin conductor, pero mostrarse contrario al mejoramiento del cuerpo humano por medio tecnológicos. No obstante, sí pueden dibujarse dos tomas de posición principales, según uno abrace la ruptura con el modelo cultural heredado o lo defienda frente a la disrupción tecnológica; según, en fin, uno sea futurista o nostálgico. A su vez, el nostálgico puede ser ilustrado o conservador: precaverse contra la aceptación irreflexiva de la novedad o defender irreflexivamente la tradición. Se trata de una línea divisoria relevante, dada la extraordinaria influencia que la tecnología del futuro próximo tendrá –tiene ya– sobre las formas sociales. Y aunque nada detendrá, a largo plazo, un cambio tecnológico cada vez más acelerado, las reacciones al mismo podrán frenarlo o modularlo: pensemos en los transgénicos o en el debate sobre el uso de los datos personales derivados de la interacción digital.

7. Fragmentarismo postradicional versus tradicionalismo cohesivo

Son muchos los factores que pueden ayudarnos a explicar la alteración de los patrones sociológicos modernos, pero todos ellos pueden resumirse en uno: el aumento de la libertad individual, que produce más desorden social. O lo que es igual: la mayor capacidad de decisión individual, que trae consigo la revolución de la mujer, desemboca en el debilitamiento de la unidad familiar tradicional, aumenta el número de hogares y singletons, propicia un mayor aventurerismo biográfico y el florecimiento de nuevas formas de vida, que hacen nuestras sociedades aún más plurales. Aunque, evidentemente, Londres es más mestiza que Worcester: hay distintos niveles, a menudo superpuestos, de fragmentación. En contra de ésta se sitúan quienes afirman la capacidad cohesionadora de la tradición, ya sea cultural o religiosa. Su fuerza reside en gran medida en el deseo de significado que caracteriza a los seres humanos. La persistencia de las religiones, tras los repetidos vaticinios de su crepúsculo, apunta en esa misma dirección.

8. Continuismo antropocentrista versus ilustración ecológica

En la esfera de las relaciones socionaturales, transformada desde hace varias décadas en objeto de controversia pública y acción política, hay que distinguir entre continuismo y reforma: la continuidad de la apropiación típicamente moderna de la naturaleza (que da lugar al surgimiento de un entramado socionatural caracterizado por la hibridación), frente a una reorganización consistente en el refinamiento del dominio humano sobre aquella (lo que incluye el aumento sustancial de la protección del mundo natural). En este marco, el antimodernismo romántico representado por el ecologismo radical será menos protagonista directo de ese debate que una fuerza maximalista que empuja involuntariamente hacia el reformismo. Y ello porque resulta impensable que una sociedad compleja de fuerte base tecnológica pueda emprender una regresión arcádica a gran escala. Al mismo tiempo, empero, la moralización de las relaciones socionaturales propugnada por el ecologismo ejerce, en conjunción con las noticias que nos trae la ciencia sobre la capacidad sintiente de los animales, una notable influencia sobre las percepciones públicas.

Puede así decirse que la forma del futuro, ese momento siempre aplazado que nunca llegamos a vivir, vendrá determinada por el juego entre estas antinomias. A ello habrá que añadir, como se ha dicho, el dominio de lo impredecible, si bien los acontecimientos imprevistos que puedan producirse empujarán a las sociedades en un sentido o en otro, pero no alterarán significativamente este catálogo. Claro que, como demuestra el mito de Casandra, en la relación con el futuro sólo podemos equivocarnos.

06/04/2016

 
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