Cataluña: lo posible anterior (I)

por Manuel Arias Maldonado

En una entrada de su diario fechada en abril de 1966, Ricardo Piglia dice a través de su álter ego Emilio Renzi que querría a veces «volver a ciertas épocas de mi vida y vivirlas con la conciencia que tengo ahora». Por ejemplo, añade, empezar de nuevo la historia en 1956. Destaca que se trata de un gran tema novelístico: el Lord Jim de Conrad quiere volver al día en que se comportó como un canalla para cambiarlo; en un cuento de Borges («La otra muerte») hay un soldado que hace un pacto fáustico para volver a la batalla en que fue cobarde y morir en ella como un héroe; el Gatsby enriquecido se empeña en cambiar la decisión de una mujer que lo rechazó en el pasado. Y concluye Piglia: «En definitiva, se trata de pensar el pasado con las categorías que usamos para imaginar el futuro. Lo posible anterior».

Si aplicásemos esta peculiar metodología a la relación entre Cataluña y España a la luz de los acontecimientos de las últimas semanas, todos encontraríamos algo que cambiar: para no haber llegado jamás hasta aquí. Qué forma de intervención retrospectiva elegiría cada cual dependerá del modo en que se interprete el problema y, por tanto, de las causas o decisiones a las que uno atribuya mayor impacto. Hay donde elegir: la redacción del Título VIII de la Constitución Española, la rebelión andaluza en demanda del famoso «café para todos», la aclamación popular de Pujol en el marco de su imputación por el caso de Banca Catalana, la política de inmersión lingüística, el viraje catalanista del socialismo, cualquier aspecto relacionado con el Estatut de 2006 (incluida la campaña de firmas organizada por el PP), el viraje soberanista del catalanismo, y así sucesivamente, hasta llegar a la reciente aprobación de la Ley de Transitoriedad en el Parlamento catalán. Nadie sabe qué habría pasado si alguno de esos factores no hubiera existido; ni lo sabremos nunca.

De hecho, no existe acuerdo acerca de cómo hemos de conceptualizar la insurrección en marcha. Para algunos, estamos ante una revolución burguesa en la que los ricos desean emanciparse de los pobres o, cuando menos, disfrutar de todo el poder en un Estado propio de nueva construcción; para otros, nos encontramos ante una reedición etnicista de los nacionalismos antiliberales de los años treinta, que incluye la pretensión ‒propia del separatismo que se dice no nacionalista‒ de construir un paraíso social a orillas del Mediterráneo; finalmente, no faltan quienes inscriben el secesionismo catalán en la más amplia ola populista provocada por la Gran Recesión, entre cuyas consecuencias se cuentan el Brexit o la elección de Donald Trump. Naturalmente, nada molesta más a un separatista catalán que ser incluido en ese dudoso paquete, convencido como está de defender la verdadera democracia frente a sus sepultureros españoles. ¡Abajo el franquismo!

Sucede que esta alucinación colectiva no impide que un observador externo encuentre un parentesco entre la protesta anti-establishment y el separatismo catalán. Entre ellas, una innegable similitud en sus estrategias discursivas: ambos distinguen entre un pueblo y sus enemigos (exteriores y/o interiores), se atribuyen superioridad moral sobre el Otro, invocan la voluntad general del pueblo como único criterio para la toma de decisiones políticas, muestran un escaso respeto por el pluralismo y por los mecanismos institucionales que tratan de preservarlo, recurren con entusiasmo a la movilización callejera y la hipérbole permanente. No estamos en los años treinta y sería sorprendente ‒pese a todo‒ que las protestas desembocasen en la guerra callejera. Por desgracia, eso no impide que concurran una violencia de baja intensidad, formas diversas de intimidación y, por supuesto, una constante violencia simbólica. Es ahí donde se manifiesta con mayor claridad el supremacismo nacionalista, apenas velado tras la fachada democrática e incluso moderna que le prestan sus protagonistas: no todos los separatismos pueden exhibir un comunicado de apoyo por parte del Primavera Sound. Se habla de renegados y traidores, se arenga a los colegiales, se hostiga en calles y redes sociales a quienes disienten. Finalmente, algo hay también de revolución burguesa: clases medias que reclaman todo el poder soberano frente a un poder superior, arengando a los ciudadanos en nombre de un «pueblo» agraviado. De ahí el éxito propagandístico del «derecho a decidir» y las extravagantes comparaciones con Rosa Parks o la Sudáfrica del apartheid. Que un ciudadano adulto pueda sostener en público que Cataluña es un país ocupado desde hace trescientos años es, por lo demás, un homenaje concluyente a los poderes de la ideología, rectamente entendida en su sentido primigenio de falsa conciencia: creer firmemente en una ficción.

Algo, con todo, no encaja. Ninguna de estas descripciones parece adecuada, aunque todas ellas tengan mucho sentido. Ante el fenómeno secesionista, es fácil sentirse extrañado; un tipo de extrañamiento que no dista mucho del que experimentamos leyendo un relato de Kafka. No hablo del tema, sino del tono: es como si lo que está sucediendo en Cataluña se encontrase fuera de lugar allí donde está; como si hubiera de estar en otro sitio. La razón, a mi juicio, es clara: el entero proyecto secesionista emplea un lenguaje, unos símbolos y un registro emocional que no se corresponden con el contexto en que se despliega. Un grupo social que habla el lenguaje de los pueblos oprimidos ‒por los poderes imperiales o coloniales‒ se ha contado a sí misma un relato propio de otra época y otras circunstancias. Se ha imaginado a sí mismo como representante de toda Cataluña y a su vez ha caracterizado a esta falsa totalidad como la libertad guiando al pueblo en el cuadro de Delacroix. Pero no estamos en 1830, ni Rajoy es Carlos X. Habrá quien lo crea, porque de otro modo no saldrían los números. Y quizá por el carácter delirante de una creencia semejante ha solido desdeñarse la amenaza secesionista, entendida más bien como una presión retórica ejercida con el fin de obtener nuevas competencias o asignaciones presupuestarias. ¿Cómo podía hacerse realidad una amenaza tan anacrónica en una región tradicionalmente rica en inteligencias?

Tal como ha señalado Fernando Vallespín, la futura República Catalana es una utopía sobre la que cada cual puede proyectar sus anhelos en una época privada de las viejas esperanzas de futuro: unos sueñan con un Ampurdán libre de rastro español y otros con la refundación del socialismo. ¡Hasta hay quien anhela verse libre de las causas penales instruidas en la Audiencia Nacional! Esta polisemia puede intoxicar al más penetrante de los intelectos: no nos extrañaría que un lector de Pútrida patria de W. G. Sebald dejase el libro en la estantería antes de unirse a la Diada. Fuera de lugar, decíamos: porque en una democracia, máxime en una donde el poder se encuentra seriamente descentralizado, la secesión no es un proyecto razonable.

Si nos situamos en la perspectiva de «lo posible anterior», sería ciertamente mucho esperar que la España constitucional hubiera podido librarse de las tensiones territoriales que han encontrado en la crisis catalana su expresión más aguda hasta el momento, con permiso de los ochocientos muertos causados por el terrorismo de ETA. Pero no pueden errar más el tiro quienes ‒empezando por los nacionalistas‒ apuntan hacia un presunto «nacionalismo español» como causa coequivalente de tales tensiones. No puede afirmarse tajantemente que el nacionalismo español no exista; sí puede observarse que ha permanecido en estado de latencia hasta ahora mismo. Dejando a un lado a los proverbiales grupúsculos de la Falange, resulta difícil identificar ese nacionalismo en un país que se parece más a Alemania que a Francia en lo que a los símbolos nacionales se refiere: ver a un particular con una bandera de España pegada en el coche es tal rareza que nos parece ver pasar a un miembro del Cuerpo Diplomático. ¡Insospechadas ventajas del franquismo! Es decir, de un franquismo que, al apropiarse de los símbolos nacionales, dificultó enormemente la asociación afectiva con ellos y reprimió saludablemente su exhibición. Era mucho esperar que España se convirtiese así en la primera nación posnacional, capaz de fundar la legitimidad del Estado sin necesidad de exhibicionismo sentimental alguno. Dado que no se conoce todavía ninguna sociedad tan sofisticada, cabe deducir que los españoles dirigieron sus afectos tribales en otra dirección: ya fueran las nacionalidades históricas (o sobrevenidas), ya aquellas localidades que ‒como Sevilla, un suponer‒ concitan el fervor de sus habitantes. Nuestra aparente identidad posnacional era, pues, una ilusión. O, en otras palabras: el vacío afectivo generado por la contaminación franquista de la idea de España fue rellenado por nuestros nacionalismos interiores, aunque no todos ellos hayan tenido el mismo éxito en su empresa de deslegitimación de los significados comunes. Porque estos últimos existían: recordemos que casi un 92% de los votantes catalanes en el referéndum constitucional de 1978 dio su apoyo a la Carta Magna, desmintiendo la idea de un Volk catalán que atraviesa la historia resistiendo sin interrupción la opresión española.

Dicho esto, conviene estar vigilante ante los propios sesgos: el tribalismo moral nos afecta a todos. Pocos dudan de que nuestro texto constitucional admite mejoras en una dirección federalizante y que, incluso en el terreno simbólico, puede avanzarse hacia formas más sustantivas de reconocimiento; un reconocimiento que, recordemos a Hegel, acaso mueva el mundo. ¡Nos guste o no! Por desgracia, eso exige voluntad de cooperación y lealtad democrática, condiciones que los sucesos de estas últimas semanas autorizan a poner en duda. En todo caso, las sociedades democráticas tienen todavía trabajo por hacer en todo el mundo: recordemos las críticas que recibió Emmanuel Macron cuando cuestionó, al condenar sin paliativos la colonización de Argelia, el relato heroico de la nación francesa. Tal como me decía una colega hace unos días, todas las asignaturas de Historia que se imparten en colegios e institutos podrían entenderse como asignaturas de Formación del Espíritu Nacional: procesos de socialización en una determinada identidad colectiva. Siendo esto cierto, el demonio está en los detalles, pues no todas las identidades nacionales son iguales o se articulan de la misma forma. Y si la célebre asignatura franquista trataba (no siempre con éxito) de crear directamente un sentimiento de adhesión al régimen dictatorial, la enseñanza de la historia en una democracia persigue ‒o debería perseguir‒ la enseñanza de una historia común a todos los españoles, incluyendo la historia de sus distintas partes componentes: una instrucción básica que indirectamente nos socializa en una comunidad política. Y si no es así, así debería ser: mostrando tanto respeto por la diferencia como por la totalidad.

Pero no estamos todavía en ese momento. Contamos las horas hasta el 1-O, fecha marcada en rojo en la agenda separatista. No me parece necesario explicar por qué este referéndum no puede celebrarse: es inconstitucional y, por lo tanto, ilegal. Hará bien el Estado en impedir su celebración por los medios que se hagan necesarios; medios, hasta el momento en que escribo estas líneas, aplicados con la máxima prudencia. Más interesante es, en cambio, discutir la conveniencia de celebrar un referéndum después del 1-O: como solución pactada al conflicto. Según las encuestas, muchos ciudadanos creen que sería lo deseable. Son también muchas las figuras públicas, dentro y fuera de Cataluña, que se han manifestado contrarias al referéndum ilegal precisamente por ser ilegal, pero que al tiempo apuestan por otro realizado con plenas garantías. Así no, viene a decirse: hagámoslo bien. Desde luego, sería interesante comparar el número de respuestas afirmativas así obtenido con el que resultaría de un distinto «enmarcado» de la cuestión. ¿Qué pasaría si se preguntase al encuestado si está a favor de conceder a Cataluña el derecho de autodeterminación? Ya que podría darse la paradoja de que la vulneración de las normas tuviese premio: el referéndum pactado podría terminar siendo el resultado de la convocatoria de un referéndum ilegal. Estaríamos entonces ante un razonamiento similar al que me hacía un periodista anglosajón, para quien el único problema del referéndum sería su cualidad «ilegal», una cualidad que podría modificarse fácilmente: cambiar la ley. ¡Todo fuera eso!

No estoy seguro de que todos los que apoyan la celebración del referéndum pactado conozcan las implicaciones del mismo. Una singular característica de las democracias representativas es que son sistemas más complejos y sofisticados que sus actores individuales: basta comprobar la alegría con que identificamos la democracia con las urnas. Y no puede exagerarse la necesidad de discutir a fondo la conveniencia de que ese referéndum se realice, sea cual sea el grado de apoyo que reciba en las encuestas. Volviendo a «lo posible anterior» de que nos habla Piglia, sería deseable que no cometiésemos ahora un error del que hayamos de lamentarnos dentro de diez o veinte años, hasta el punto de que deseemos volver del futuro para corregirlo. Traer lo posible anterior a la conciencia reflexiva del presente se parece así al eterno retorno de Nietzsche, según el cual aquello que hacemos volverá a suceder una y otra vez en un bucle sin final: más nos vale hacerlo bien. Es, por tanto, preciso vivir con plena conciencia; lo que significa pensar con plena conciencia. En el caso que nos ocupa, sopesar cuidadosamente la oportunidad de un referéndum que no debería celebrarse sólo porque empezamos a estar todos muy cansados: por agotamiento. De las razones que así lo aconsejan nos ocuparemos la semana que viene. De momento, crucemos los dedos.

27/09/2017

 
COMENTARIOS

Juanjo 27/09/17 17:41
No sirve de nada votar para decidir, porque ellos ya lo tienen todo decidido, y si cometemos la impertinencia de votar en contra de sus deseos, ¡pues otro referéndum! ¡Y otro! ¡Y los que hagan falta! ¡Igual que en Quebec!
Mirad lo que pasa con el fútbol: el presidente de la liga española, Javier Tebas, ha sido claro desde el principio: "El Barça y los otros clubes catalanes no tendrían cabida en la Liga española". ¡Ningún problema! Hoy miércoles 27, "El economista saca la noticia de que el Barsa celebrará su propio referéndum para decidir en que liga jugar; la española o la francesa o la de otro país.
Según el presidente del Comité Olímpico de Cataluña (COC), Gerard Esteva: "La ventaja es que todo está inventado y por ejemplo, tenemos ejemplos de clubs de fuera que disputan la liga francesa. Hay tres países que tienen acuerdos semejantes (...) El Barça tiene la suerte de poder escoger en qué liga jugar".
Por su parte Gerard Figueras, secretario de Deporte de la Generalitat, asegura que: "Los clubes tendrían que decidir en que liga quieren jugar".
No es una ideología nacionalista; es una mentalidad de señoritos, de propietarios, de aristócratas. Sencillamente no se acepta que el "NO" pueda existir. Ellos decidirán lo que les de la puñetera gana y los demás aceptaremos mansamente su soberana decisión, como si fuésemos sirvientes.

Miguel Pantoja 27/09/17 23:09
Juanjo supone que en el referéndum legal votaríamos todos los españoles. Sería lo justo pero no me parece lo más probable. Ya veremos cómo se nos orilla. La tradición y la violencia serán premiadas, como en el caso del nacionalismo vasco.

J. Salavert 28/09/17 00:32
Sr. Pantoja, por si usted olvida que, si hay algo o alguien que haya visto en la triste (niéguemelo si tiene algún argumento válido, venga - TRISTE HISTORIA) historia del Estado español que "La tradición y la violencia serán premiadas", quisiera uno no tener que recordarle lo que sucedió en 1936. Un premio que duró 40 años, con prórroga incluida, por cierto, y ya que hay tanta referencia al fútbol en el sesgado y cegado comentario anterior. Que en diversos puntos del resto del Estado español se jalee a los cuerpos de seguridad enviados ex-profeso para reprimir un perfectamente legítimo intento del pueblo de una nación absorbida por un Estado mono-lingüista por expresarse, dice mucho sobre lo que está ocurriendo. Hemos llegado a esto porque ningún representante del Estado ha querido buscar una solución política, buscando siempre réditos electoralistas entre la burda ignorancia y la majadería imperante en el discurso conservador e inmovilista que caracteriza Castilla. Catalunya ya se ha ido, y TRISTEMENTE, lo ha hecho tras recibir empujones, patadas y zancadillas. No sé de qué premio habla usted, ni de qué niño muerto.

vasili hernando 28/09/17 13:43
Sr. Salavert: en 1936 ocurrió una Guerra Civil y después ocurrieron muchas cosas. No es necesario, espero, aclarar que, sin perjuicio de que sintetizar en una frase lo ocurrido sea a veces necesario y que lo ocurrido en España en 1936 se explique mejor con unas frases que con otras, en millones de historias y contextos particulares cabe de todo. Sin ánimo de simplificar y sólo como ejemplo parcial, también la violencia partisana en Cataluña y su dudosa lealtad, por ejemplo, al gobierno republicano en el sostenimiento de la guerra mientras la violencia de la represión franquista masacraba Castilla. ¿Se imagina el filón que supondría este discurso en manos de una izquierda nacionalista castellana? Los historiadores siguen y seguirán discutiendo los detalles e intentando, unos investigar lo ocurrido, otros demostrar que ocurrió aquello de lo que están convencidos que ocurrió, y los peores de ellos, intentando legitimar a posteriori las ideas prefabricadas que tienen hoy sobre hechos ocurridos en contextos y situaciones ya enterradas. Mientras tanto, en cualquier caso, la realidad será siempre mucho más compleja y matizable. Citar a los ruidosos y escasos jaleadores de guardias civiles legitimará a sus contrarios a citar innumerables agravios, de los que podría valer como ejemplo sin ir más lejos la entrada “Caspaña” en un blog de esta misma web, o recurrir a hemerotecas que presentan a la totalidad de españoles como una tribu de paletos-vagos-trogloditas-cejijuntos. Simplificar hasta la mezquindad la “la majadería imperante en el discurso conservador e inmovilista que caracteriza Castilla” legitimará a aquellos que simplifican igualmente los actuales anhelos nacionalistas catalanes como réplicas del populismo fácil y simplón que explica todos sus males como el resultado de la ocupación de un malvado Estado opresor y totalitario durante tres siglos (y su epílogo de una masiva aprobación de la Carta Magna en Cataluña, por encima de la media española, y 40 años de un autogobierno creciente y aplastantemente superior al de cualquier momento de esos tres siglos). De eso se trata. Aquí estamos. Es casi irrelevante ya cómo hemos llegado aquí, incluso contraponer discursos perfectamente racionales que llegan a conclusiones perfectamente opuestas. Hay una realidad social y política que abordar y todos podemos hacerlo desde la furia del adolescente a quien las hormonas y su paranoia de que el mundo está contra él llevan al grito y al portazo fácil, o desde el reposo que sigue al grito y al portazo

J.Salavert 28/09/17 22:52
Sr. Hernando: Rara vez me molesto en responder, pero voy a hacer una excepción. Suponer que lo sucedido durante tres siglos pueda ser "casi irrelevante" es de chiste. Que hay que abordar la realidad es innegable. Es, en efecto, lo que tratan de hacer cientos de miles de ciudadanos en una nación con identidad y lengua propias. O fíjese usted - y sin "simplificar hasta la mezquindad" - que lo tratan de hacer en paz y sin buscar violencias que sean premiadas a posteriori. Veremos qué "premio" tiene para Caspaña el 1-O. Buena suerte para todos, porque la vamos a necesitar.

Manuel Dominguez Marques 01/10/17 12:19
Sr. Salavert dejese de absurdos victimismos y de falsas historias habilmente manipuladas, Cataluña es una region autonoma con un gobierno legal donde se respetaban las libertades, sino fuera asi no estariamos donde estamos, puestos a criticar seria al gobierno autonomo, los ayuntamientos y en general los independentistas, cuyo respeto a las libertades individuales es nulo, por que el famoso derecho a decidir no se aplica a la educacion, a la rotulacion de los negocios, a la medios publicos, en fin los unicos que recuerdan al infausto franquismo son ustedes, utilizando las mismas armas que ellos.
Le puedo asegurar que en Madrid disfrutamos unas mayores libertades que en Cataluña, podemos decir lo que pensamos sin miedo al radical de turno.

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