Barricadas liberales

por Manuel Arias Maldonado

En 1971, siete años antes de quitarse la vida, el filósofo austríaco Jean Améry da a la imprenta una peculiar autobiografía que había anticipado radiofónicamente la Südwestdeutscher Rundfunk de la República Federal Alemana. En ese escrito, Améry, seudónimo adoptado por el judío Hans Meyer cuando decide huir a Bélgica tras la anexión alemana de Austria, desarrolla un proceso de autodemolición biográfica, examinándose críticamente a la luz de lo sucedido en aquellos años negros de la historia europea. Más que hechos, escuetamente presentados, la obra es una desnuda reflexión sobre los hechos y la relación del autor con ellos. Entre otras cosas, Améry medita sobre los cursos históricos y acerca de la imposibilidad de haber anticipado entonces lo que sucedería después, advirtiendo que «la verdad, o lo que por ese nombre se conoce, aparece cuando el acontecimiento ya está enterrado hace tiempo». Sería entonces una verdad destilada por el tiempo, no entregada espontáneamente por los hechos mismos. Pero, al mismo tiempo, Améry alerta sobre la complacencia en que incurre quien permanece al margen de la historia a la espera de que sus sombras se diluyan. Se ve a sí mismo joven, despistado, pasivo. Ignorante de algo que aprenderá después, a saber, que «hay épocas en las que hay que estar presente históricamente para existir moralmente». De ahí la severidad con la que termina por sentenciarse, aludiendo al Libro de Daniel:

Uno no tenía derecho a sobrevivir sin luchar. No se puede tener indulgencia suficiente... Pero solamente puede ejercerla quien está dispuesto a juzgarse a sí mismo sin contemplaciones. Contado, pesado. Hallado demasiado ligero.

Pues bien, las palabras de Améry están adquiriendo una inquietante resonancia contemporánea a medida que se suceden las malas noticias para las democracias liberales y se esperan noticias peores aún. Si al Brexit ha seguido la victoria de Donald Trump y, con menor eco, la victoria de candidatos filoputinistas en Bulgaria y Moldavia, el avance del populismo puede darse por hecho en las próximas elecciones en Holanda y Francia, mientras Theresa May ha fundamentado en la necesidad de «escuchar al pueblo» su deseo de cooperar estrechamente con el nuevo presidente norteamericano. Ante todo ello, uno quiere mantenerse cool y eludir la tentación del catastrofismo, error intelectual o, más bien, psicológico demasiado frecuente; quiere refugiarse en la ironía y esperar a que el sobrecargo anuncie que todo era una falsa alarma ante la que reaccionar precipitadamente los histéricos de turno. Pero uno también teme que la alarma no resulte tan falsa y, cuando llegue el momento de ser contado y pesado, sea hallado demasiado ligero.

Si hay una pregunta en el aire ahora mismo, es la que se interroga por la verdadera naturaleza de este fenómeno y su recorrido futuro. ¿Estamos ante una crisis de las democracias análoga a la que provocó su colapso en los años treinta? ¿O, por el contrario, es un error ponerse las viejas lentes para contemplar nuevas realidades? ¿Es de verdad posible que aquella experiencia histórica no haya dejado la huella suficiente, que hayamos olvidado sus lecciones? ¿Puede creer alguien sinceramente que existe alguna alternativa viable a la mejora de los sistemas políticos que hemos disfrutado desde la segunda posguerra mundial? No es casualidad que estas preguntas sean justamente aquellas que no pueden responderse. Pero eso no significa que podamos esperar a que la historia se despliegue antes de hacernos moralmente presentes. Tal es, al menos, el consenso que parece emerger entre los comentaristas.

«La lucha por la democracia está de nuevo abierta», ha escrito el impetuoso Bernd Ulrich en Die Zeit. Y aunque habrá quien juzgue exagerada esa declaración, visto que los nuevos populistas se mantienen por el momento dentro del sistema democrático, habría que recordar que son ya varios los países −Turquía, Hungría, Polonia− que han experimentado regresiones iliberales. Y es que los nuevos populistas, a izquierda y derecha, aspiran a crear un orden posliberal. De manera que a la última de las preguntas formuladas más arriba habría que responder que sí, que son muchos los que creen que el actual sistema político puede ser reemplazado por otro. Marine Le Pen lo ha dicho en una entrevista concedida a la BBC: «Está claro que la victoria de Trump es una piedra adicional en la construcción de un nuevo mundo, destinado a sustituir al viejo». Para los enemigos del orden liberal, vivimos, por tanto, un momento auroral donde unos dioses empiezan a caer mientras otros van elevándose. Ernst Jünger habría disfrutado intelectualmente una transición así, en la que han recuperado protagonismo dos figuras centrales a su pensamiento: la Máquina y el Trabajador.

Si bien se mira, lo que está sucediendo puede interpretarse alternativamente como una ruptura del consenso socioliberal surgido en la posguerra mundial, o como un repudio de la fase hegemónica del liberalismo que sigue al desmoronamiento de la Unión Soviética en 1989. La diferencia parece un matiz sin importancia, pero no lo es. De una parte, sentimos una nostalgia generalizada por las irrepetibles décadas de los años cincuenta y sesenta, cuando Occidente experimenta un fuerte crecimiento económico y desarrolla sus Estados del bienestar. De otra, en cambio, la intensificación de las políticas liberalizadoras en los años ochenta, canonizada en el Consenso de Washington, que subrayaba las bondades de la globalización, es vista a menudo como una «traición neoliberal» al pacto social keynesiano. Por eso, cuando The Economist alertaba esta semana contra la amenaza que padece el «liberalismo internacionalista», no todos entendemos lo mismo. El mismísimo Francis Fukuyama, para muchos enterrador prematuro de la gran historia, trataba de aclararlo este fin de semana:

Cuando hablamos de un orden mundial liberal, hablamos de un sistema reglado de comercio e inversión internacional que ha impulsado el crecimiento global en los últimos años. [...] El sistema ha funcionado: entre 1970 y la crisis financiera norteamericana de 2008, la producción global de bienes y servicios se ha cuadruplicado, sacando a cientos de millones de personas de la pobreza.

Fukuyama admite que este sistema, sobre todo en su fase globalista, ha creado también perdedores: sobre todo, las clases trabajadoras occidentales. Aquellas que en tantos países han ido abandonando a los partidos socialdemócratas para depositar sus esperanzas en los nuevos populismos. Al tiempo, la misma globalización −decisivamente impulsada, recordémoslo, por la incorporación al sistema económico internacional de los regímenes exsoviéticos− ha provocado movimientos migratorios sentidos como una amenaza cultural o identitaria por muchos ciudadanos. Para Fukuyama, es esta apelación nacionalista la que diluye el componente de clase del nuevo populismo: «La nación casi siempre sobrepuja a la clase social, porque remite a una poderosa fuente de identidad, que es el deseo de conectar con una comunidad cultural orgánica». Igualdad social e identidad son, así, los ingredientes principales de este cóctel explosivo. Pero tampoco Fukuyama plantea una solución clara para abordar esas ansiedades.

Obsérvese, en cualquier caso, que hablamos de una igualdad social y una identidad cultural nacionales. Si los votantes populistas tratan, por una parte, de proteger eso que Branko Milanović ha llamado «renta de ciudadanía» (o beneficios derivados de ser nacional de un Estado en particular), sienten inquietud, por otro, ante el desdibujamiento de los contornos de su cultura tradicional y, por tanto, ante el debilitamiento de sus comunidades imaginadas. El nuevo populismo constituye, de este modo, la venganza de las naciones: el momento en que esta vieja unidad política dijo basta ante las políticas de integración supranacionales y la hibridación económica y cultural derivadas de la globalización. Pero esto supone, asimismo, y por decirlo todo, un ejercicio de etnocentrismo: las naciones también están fijando con ello los límites de toda solidaridad internacional. Ya que el balance del orden liberal en términos de desigualdad es muy diferente cuando uno se fija no en el interior de las naciones, sino en la relación entre naciones: la brecha entre países ricos y países emergentes no ha dejado de reducirse en los últimos treinta años, igual que la pobreza no ha dejado de disminuir, a una velocidad incluso superior a la prevista. Occidente vive, pues, un peculiar momento introspectivo, un ejercicio imposible de autismo confirmado por unos anhelos intervencionistas que también expresan nostalgia por el milagro económico de la posguerra. Ése es el mundo nuevo que desea fundar Marine Le Pen: una réplica del viejo.

Ante semejante desafío, los liberales de todos los partidos han reaccionado haciendo un llamamiento a las barricadas: a la resistencia política y al rearme ideológico. ¡No pasarán! Aunque, de hecho, ya estén pasando. Timothy Garton Ash ve imprescindible el contraataque a fin de rescatar al electorado populista más coyuntural:

Debemos buscar −no sólo la izquierda, también los liberales, conservadores moderados y creadores de opinión de todo tipo− un nuevo lenguaje que atraiga, en contenido y en emociones, a ese amplio sector del electorado populista que no es irremediablemente xenófobo, racista y misógino.

Por su parte, Bernd Ulrich cree que esa tarea corresponde ahora a Europa, única entidad política capaz de encarnar la democracia y la razón tras la victoria de Trump, achacando al liberalismo el pecado de haber pactado con el gran dinero olvidando sus orígenes antiabsolutistas y emancipadores; algo, esto último, que también ha reclamado entre nosotros Luis Garicano. De manera que una parte de la tarea consistiría en prestar más atención a la igualdad y la justicia, mientras que la defensa del mercado debe prevalecer ante las inercias oligopólicas. La otra parte de la tarea, empero, es más ardua: consiste en encontrar un lenguaje capaz de comunicar las virtudes del orden liberal de forma emocionalmente persuasiva. Simon Schama ha lamentado que la campaña de Hillary Clinton sustituyera una defensa apasionada de la modernidad por un «árido menú de propuestas programáticas» y propone hacer justamente lo contrario:

Las decencias de la vida moderna deben ser defendidas con pasión militante y transmitidas a lugares donde puedan ser oídas por la gente que no lee periódicos.

A lo que se apunta aquí es a lo que en otro lugar he llamado «la desventaja propagandística» del liberalismo político, desarmado ante aquellas fuerzas políticas que se le oponen con un lenguaje afectivo más eficaz. En un trabajo reciente, Paloma de la Nuez e Isabel Wences han subrayado que el liberalismo no ha sido, históricamente hablando, una ideología carente de pasiones: la defensa de la libertad ha incorporado su propio repertorio emocional. Ocurre que no es lo mismo defender la libertad ante quienes la reprimen que defenderla de quienes buscan una seguridad que la libertad no les proporciona. No en vano, el orden liberal fue construido primero contra los absolutismos, luego en nombre de la nación contra los imperios, más tarde en la resistencia contra los totalitarismos y, finalmente, en la larga disputa contra el modelo soviético. Es entonces cuando se forja el liberalismo de la Guerra Fría, que consigue unificar a fuerzas políticas diversas bajo un mismo objetivo: la victoria de las democracias occidentales. Pero tras la caída del Muro, el liberalismo se quedó solo, convirtiéndose en saco de los golpes universal. Era por ello imposible que pudiera conservarse ese consenso, que la izquierda radical ha hecho mucho por resquebrajar: ahí estaba Slavoj Žižek apostando por una victoria de Trump, ahí estaban las reticencias de Jeremy Corbyn ante la Europa de los Mercaderes. Y ahí está un tremendismo que ha hecho buena parte del trabajo previo al populismo de derechas ahora triunfante.

Estos movimientos de fondo demuestran una cosa y sugieren otra, ambas por igual desasosegantes. Por un lado, que, como pudo verse con claridad en los años treinta evocados por Améry, los movimientos sociales negativos siempre llevan las de ganar ante aquellos puramente defensivos. El reclamo de lo nuevo y el ímpetu destructivo hacia lo viejo forman una combinación arrolladora, dada la superior motivación psicológica y anímica de quienes se adhieren a ella, ante la pasiva estupefacción de quienes querrían defender lo existente, pero no encuentran manera ni arrestos para hacerlo. Tampoco ayuda que ese frente defensivo no se encuentra en modo alguno unificado, como puede comprobarse cada vez que se habla de un «orden liberal» que para tantos observadores no es más que un neoliberalismo rampante. Por eso se hace cada vez más necesaria una definición de mínimos acerca de lo que en un sentido amplio debamos entender por «orden liberal».

Por otro lado, se dibuja una posibilidad de verdad amenazante y, en realidad, no del todo sorprendente. A saber: que el apoyo popular a la democracia liberal-pluralista fuese tan solo un apoyo condicionado a sus resultados más que una adhesión, meditada y sentida por igual, a sus principios. En cuanto los rendimientos socioeconómicos se han visto comprometidos en el interior de las naciones desarrolladas, su legitimidad ha pasado a cuestionarse y se multiplican los llamamientos a crear un mundo nuevo: desde el populismo de derechas, desde el nacionalismo, desde la izquierda radical. Se demanda ante todo una combinación de bienestar material, igualdad social y tradicionalismo cultural: en una palabra, seguridad. ¡Nadie protesta en Singapur! Porque nadie puede protestar: sólo las democracias pluralistas permiten la expresión del disenso. Pero sería mucho esperar que a los ciudadanos les preocupase más el disenso que la seguridad. Se admiten apuestas.

A largo plazo, seguiremos globalizándonos en sociedades pluralistas y digitalizadas, bienestaristas y políticamente correctas, con creciente base tecnológica. Así será, porque no hay alternativa viable a ese modelo organizativo; por viable entiendo a la vez legítima y eficaz. Es decir: capaz por igual de proporcionar suficiente riqueza y suficiente igualdad. Ya lo ha demostrado la historia y volverá a hacerlo si se hace necesario: el progreso no es un espejismo moderno, sino una realidad cuyo fundamento no es otro que los rasgos propios de la especie. Esto es: la ultrasocialidad, la complejidad tecnológica, la disposición comunicativa. Distinto es que otros rasgos humanos −desde la peligrosidad recíproca al anhelo comunitario− provoquen periódicamente regresos históricos que parecen desmentir todo progreso. Pero ése es, por el contrario, el verdadero espejismo. Y ahí es donde deben encontrar consuelo los defensores del orden liberal. También, sin embargo, alguna lección valiosa sobre la necesidad de reaccionar; o, por decirlo con Améry, sobre la obligación moral de sobrevivir luchando. Porque el largo plazo queda muy lejos y nada garantiza que en los próximos años no atravesemos turbulencias considerables e incluso presenciemos el ensayo general del posliberalismo populista. El problema es que ningún discurso, por inspirado que sea, puede mitigar el malestar que los populismos, simultáneamente, fomentan y capitalizan. Hay que producir un nuevo lenguaje, dar forma a nuevas herramientas públicas, encontrar nuevos reclamos afectivos: naturalmente. Pero mientras discutimos en las barricadas, el enemigo no pierde el tiempo. Buena suerte a todos.

16/11/2016

 
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