Acotaciones a la figura del intelectual público en su fase digital (I)

por Manuel Arias Maldonado

Fue el 10 de noviembre de 1979. En los estudios de Televisión Española, José Luis Balbín organizó la tertulia de su legendario programa La clave en torno a la cuestión del marxismo, por entonces aún candente. Reunió a Roger Garaudy, pensador expulsado del Partido Comunista Francés, al líder socialista catalán Raimon Obiols, y a Enrique Tierno Galván en su condición de profesor universitario. Pero, sobre todo, puso frente a frente a las dos personas que protagonizaron aquella velada madrileña: Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista de España y destacada figura del comunismo orgánico europeo, y el joven Bernard-Henri Lévy, fundador de los «nuevos filósofos franceses» junto a Alain Finkielkraut y el ya desaparecido André Glucksmann. Durante todo el programa, BHL, como ha llegado a conocérselo, dominó la conversación con un estilo agresivo y desenfadado, que combinaba la gravedad del fondo con la irreverencia en las formas: su ataque sin concesiones al marxismo como forma coercitiva de organización de la vida social logró arrinconar al flemático Carrillo, a quien la Historia, con mayúsculas, privaría de razones apenas diez años más tarde. Todavía hoy, el debate es digno de verse. Pero no sólo por la entretenida disputa ideológica que contiene, sino por la vívida manera en que documenta el ambiguo estatuto del intelectual público en un momento que también para esa figura se auguraba ya una transición.

Transición, quiere decirse, entre el protagonismo del homme de lettres consagrado por la Ilustración de la mano de su concepción aristocrática de la opinión pública, que sólo a duras penas sobrevive a la llegada de la televisión, y su difuminada presencia en la era digital, cuya autocomunicación de masas se caracteriza por un pluralismo cacofónico de orden estrictamente democrático. Naturalmente, no conviene exagerar: sigue habiendo periódicos, radios, televisiones. Y en estos medios verticales, el intelectual de siempre aparece de cuando en cuando invocando su vieja autoridad. Entre ellos, el propio Bernard-Henri Lévy, que no ha dejado de explotar el estilo desplegado en aquella Clave de finales de los años setenta para seguir llamando la atención a su manera, siguiendo el modelo del Sartre combativo que agarraba un megáfono a la menor ocasión. ¡Francia! Hoy, sin embargo, esa disposición juvenil parece un requisito sine qua non para quien se presenta como intelectual en la plaza pública, dada la necesidad de hacerse oír en un contexto caracterizado por una lucha feroz por la atención del público. Así las cosas, los viejos problemas asociados a esta controvertida figura no han terminado de desaparecer cuando ya han surgido otros nuevos, que atañen tanto a la naturaleza de su tarea como a los medios que le permiten desarrollarla.

Se ha aducido con frecuencia que la imposibilidad de que un programa como La clave se emita en nuestros días resume las mutaciones experimentadas por la esfera pública y su sociedad desde aquellos años. Hablamos de una tertulia larga y pausada, que quería servir como foro para el intercambio de ideas y puntos de vista ante la mirada de un público más politizado e interesado que el contemporáneo. Es verdad que, como advierten Manuel Palacio y Carmen Ciller en un estudio académico sobre el programa, no pueden conocerse con exactitud los datos de audiencia de La clave, si bien los indicios apuntan hacia un pico de entre dos y cuatro millones en sus mejores etapas, y, en todo caso, una formidable repercusión social. En la actualidad, la esfera pública se habría fragmentado irremediablemente −proceso que, como explicó Tim Wu, comienza ya con la televisión por cable− y la propia noción de un público homogéneo o estable ha quedado obsoleta. Si las tertulias conducidas por José Luis Balbín volvieran a emitirse, no carecerían de audiencia. Pero parece difícil imaginar que pudieran concitar la expectación de entonces. Entre otras razones, por la propia decadencia de esa figura fascinante que es el intelectual público.

Ya se ha insinuado que el intelectual aparece con la propia esfera pública llamada a producir opinión sobre los asuntos colectivos, cuyo modelo inicial es el salón parisiense y, en general, aquellos espacios donde la burguesía ilustrada cultivaba su gusto e intercambiaba impresiones. En ese marco, el hombre de letras adquirirá un valor especial por su superior criterio, llamado conforme a la metáfora central de la época a iluminar a los demás mediante el uso de la razón. De modo que el protagonismo del intelectual tiene como premisa el protagonismo de la razón misma, que ahora pasa a primar sobre la fe o la costumbre y a erigirse −al menos formalmente− en fundamento de la nueva sociedad. Podríamos definir al intelectual entonces como un representante terrenal de la razón, si no fuera porque la fe en la razón −o en una razón unívoca− terminará por resquebrajarse, momento en el cual el intelectual pasa a convertirse en algo más modesto: un productor de significados que nos ayudan a comprender al ser humano y su realidad social. Pero obsérvese que es algo distinto al erudito o el académico, que operan respectivamente en la soledad de su gabinete o en los márgenes de la esfera pública con un lenguaje menos accesible para el ciudadano.

Quizás, entonces, el intelectual es un pensador que habla para el público, una circunstancia que no deja de resultar problemática para el propio pensamiento. Porque no piensa igual quien no aspira al reconocimiento ni la influencia que quien piensa sólo en eso; ni puede tampoco pensar del mismo modo quien aspira a conservar la estima de sus lectores, o se gana la vida con ella, que quien puede desentenderse de su reputación pública. Inversamente, no obstante, la naturaleza del pensamiento de quien vive en sociedad parece reclamar la comunicación, si no escrita, sí al menos oral, con otros seres humanos; cabría preguntarse, por tanto, si piensa mejor quien piensa sólo para sí mismo. Estas aporías las encarna inmejorablemente Hannah Arendt, quien, en una conocida entrevista con la televisión alemana allá por 1964, no decía preocuparse mientras trabajaba de la influencia que pudiera ejercer, apuntando hacia la «comprensión» como su objetivo fundamental:

Lo que quiero es comprender. Para mí, escribir forma parte del proceso de comprensión [...]. ¿Me veo como alguien influyente? No, lo que quiero es comprender. Y si los demás comprenden de la misma manera en que yo lo he hecho, eso supone para mí una gran satisfacción, un sentimiento de pertenencia similar al de estar entre los tuyos.

Claro que, para que los demás puedan comprender como tú comprendes, es necesario dar los propios pensamientos a la imprenta, y la propia Arendt no dejó de hacerlo durante toda su vida, incluidos sus reportajes sobre el juicio a Adolf Eichmann para The New Yorker. Pero la propia Arendt explica que el pensamiento no se hace claro hasta que no se escribe, pues el proceso de escritura añade novedades al puro pensamiento. Si el intelectual es genuino, entonces habrá pensamiento antes de que haya público, a pesar de que existen riesgos en un pensamiento cuyo destinatario final es el público. Aunque a qué público se dirija un intelectual, qué público aspire a crear por sí mismo, sea cuestión distinta: no es lo mismo dirigirse a una comunidad reducida con altos índices de lectura que a los suscriptores de Cuore. Volveremos sobre esto.

Que el intelectual sea un pensador que se dirige al público, sin embargo, abre la posibilidad de que tengamos un intelectual con público, pero sin pensamiento: ya se trate de un farsante o de alguien que da a la audiencia lo que quiere. Resultaba difícil medirse con Goethe o Mill sin una trastienda suficiente; hablar en televisión o escribir en las redes sociales es menos exigente. En otras palabras, la ascendencia pública del intelectual plantea la pregunta de la naturaleza de lo que éste comunica: de la procedencia y solidez de sus afirmaciones. Si el paradigma ilustrado lo constituía el philosophe, cuyo prestigio se mantiene más o menos intacto, su antónimo es el mero opinador generalista que, con una formación variable, habla sobre cualquier cosa en cualquier contexto. A ellos habría que añadir la figura del académico cuya función es traducir al lenguaje público los hallazgos de una tarea científica especializada.

Por supuesto, el filósofo puede tener procedencia académica, ¡e incluso el opinador! Pero se ha hecho frecuente la figura del académico que entra en la esfera pública reclamando una especial autoridad de orden científico, que por su misma lógica priva de autoridad a quienes carecen de esas credenciales: a sus ojos, el filósofo no es más que un opinador lleno de ínfulas. «Show me the data» es la divisa del especialista, razonable si no fuese porque muchas preguntas −y muchas de ellas importantes− no pueden responderse con datos objetivos ni de manera «científica». Aunque justo es reconocer que el filósofo se ha ganado el reproche al prescindir a menudo de la realidad para dedicarse a hacer literatura de espaldas a ella. Pero es una «literatura» que pasa a formar parte de esa realidad, incidiendo así sobre el objeto de sus especulaciones, con más o menos éxito según el impacto del concepto o idea así introducida. ¿Acaso no es el marxismo una idea extraordinariamente influyente, que resultó carecer de la base «científica» que se atribuía orgullosamente? Esta cualidad performativa nos obliga a tomar en consideración hasta el ejercicio filosófico menos riguroso, pues su exposición pública lo introduce en la vida social. Toda la obra del filósofo francés Clément Rosset gira en torno a esa idea central: en sí misma, la realidad es idiota y no nos dice nada sobre sí misma, siendo nosotros los que le hacemos «decir» cosas con los desdoblamientos que imaginamos para ella.

En todo caso, el especialista que se mantenga fiel a sus principios y jamás se aventure fuera de los férreos límites de su especialidad no podrá aspirar −ni seguramente lo pretenda− a formar parte de la nómina de los intelectuales en sentido clásico, salvo que su especialidad resulte ser una de gran interés público que ocupe a menudo la conversación ciudadana. Pero puede también suceder que las credenciales científicas sean una herramienta para la legitimación propia en la disputa entre familias intelectuales que compiten por la atención del público y la influencia sobre las elites políticas y económicas. Y es que la esfera pública es un ecosistema cuya misma diversidad genera una feroz competencia por los recursos. Algo de eso se traslucía en La desfachatez intelectual, el controvertido libro de Ignacio Sánchez-Cuenca en que se acusa a los intelectuales españoles clásicos de hacer, justamente, literatura, a la vez que se compone un índice onomástico que remite a las tesis contrahegemónicas de la nueva izquierda española. No cabe duda de que Sánchez-Cuenca acierta cuando afea a algunos intelectuales el vicio de la simple opinión, pero lo encuentra con sospechosa facilidad en quienes se sitúan al otro lado de su trinchera ideológica. Por lo demás, recordemos que el intelectual es un pensador que produce significados para el público: no todos ellos pueden presentarse ante los ciudadanos con un lenguaje especializado, a riesgo de caer todos a la vez en el agujero negro de la irrelevancia.

Sucede que la competencia por la atención en la esfera pública adopta una tonalidad melancólica en tiempos de decadencia del intelectual. Aunque sea una decadencia relativa, claro, en comparación con un esplendor que inmortalizó el general De Gaulle al rehusar toda acción penal contra Sartre tras llamar éste a la insumisión contra el Gobierno en plena guerra de Argelia: «No se encarcela a Voltaire». ¡Y mira que Voltaire hizo méritos con sus dudosas operaciones financieras! Pero, ¿a qué se debe esa decadencia? Dejaremos a un lado la oleada coyuntural de antiintelectualismo que recorre el mundo occidental de la mano del populismo, ligada, no obstante, al segundo de los factores que se identificarán como determinantes para entender el debilitamiento del intelectual público: por un lado, el declive de la filosofía de la historia como teleología racional que dirige el destino de las sociedades; por otro, la digitalización de la conversación pública. Pero de eso nos ocuparemos ya la semana que viene.

15/03/2017

 
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