¿Más allá de la izquierda y la derecha?
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Los tiempos interesantes del proverbio suelen ser también tiempos confusos. De hecho, cabe sospechar que son interesantes a fuer de confusos. Y el desafío para un observador contemporáneo consiste en identificar los cambios allí donde se producen, distinguiéndolos de las meras apariencias de cambio. Y es que no pasa día sin que se proclame una nueva época o se den por extinguidos los principios que regían nuestra vida personal o social, pero, como decía el Helicón de Camus, eso no nos impide almorzar. ¿Vivimos momentos históricos o hacemos historia de los momentos? Nadie puede saberlo a ciencia cierta, aunque el tiempo convalide unos análisis y ridiculice otros: todos presentamos aspecto de jugadores de dados.
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Forever Changes
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Se dice con frecuencia que el futuro ha colapsado sobre el presente, porque ya no creemos en el progreso: las teleologías ilustradas que prometían un mundo mejor habrían perdido todo su crédito entre los iracundos ciudadanos occidentales. ¡Fukuyama al paredón! Sin embargo, las noticias sobre su muerte son exageradas. Esos mismos ciudadanos plantean una demanda unánime al sistema político, que es la demanda del cambio. Hay que cambiar, es decir: mejorar. Acabamos de verlo en Francia, donde distintos tipos de cambio han sido propuestos en campaña. La oferta vencedora de Emmanuel Macron, caracterizada por un inesperado optimismo, ha sido descrita por el novelista Michel Houellebecq como «una terapia de grupo» para los franceses. Aunque quizá nadie ha expresado mejor el carácter ineludible de una promesa implícita en la lógica democrática que aquel Felipe González tardío que, tras ganar con apuros las elecciones generales de 1993, entendió que sus votantes le demandaban «un cambio sobre el cambio». 
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Sloboda Narodu!
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Las palabras que dan título a este texto fueron las últimas del partisano croata Stjepan Filipović antes de ser ahorcado por los nazis el 22 de mayo de 1942; la expresión se convirtió, desde entonces, en el eslogan oficioso de la resistencia yugoslava. Desde hace unos meses, es también la primera canción del nuevo álbum de The Radio Dept., banda sueca de synth-pop que ya había utilizado la traducción del viejo lema balcánico en otra de sus canciones. En ambos casos, la banda invoca ese heroico precedente para arremeter contra los Demócratas de Suecia, partido político de ultraderecha al que las últimas encuestas otorgan un escalofriante 23,9% de intención de voto. No es algo nuevo: allá por 1992, el grupo neoyorquino Sonic Youth publicaba «Youth Against Fascism» para denunciar la presunta difusión del fascismo a lo largo de Estados Unidos. Entre nosotros, Los Planetas acaban de cerrar su último álbum con «Guitarra roja», cuya letra corresponde a un poema del cantante argentino Julián Martín Castro en el que una «guitarra libertaria» pide el fin de la tiranía y la implantación del anarquismo.
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Tiempo para la ira (y II)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Para alguien en busca de explicación para las turbulencias de nuestra época, Pankaj Mishra tiene una respuesta: todo empezó ayer. Tal como exponíamos aquí la semana pasada, el intelectual británico sugiere en su último y resonante libro −Age of Anger, recién publicado en España con el título de La edad de la ira (Galaxia Gutenberg)− que las raíces del nihilismo contemporáneo hay que encontrarlas en la mezcla de desorientación y resentimiento que provoca la modernidad. Ahora, la globalización ha expandido el alcance del proceso de modernización y generado nuevas formas de dislocación. Paradójicamente, aduce Mishra, son los propios principios de la modernidad liberal los que provocan reacciones agresivas en su contra: quienes pretenden ser individuos libres y autónomos se desesperan ante la imposibilidad de serlo. Y la razón de que no lo sean está en las desigualdades socioeconómicas globales, consecuencia a su vez del fracaso de las elites liberales a la hora de honrar sus promesas emancipatorias. De ahí el resentimiento, la frustración, la violencia.
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Tiempo para la ira (I)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

En otoño de 1922, la Galleria Pesaro de Milán acogió la primera exposición colectiva del grupo de artistas pronto conocidos como Novecento Italiano, quienes, junto a los pintores romanos reunidos alrededor de la revista Valori Plastici, conforman el grueso de un movimiento significativamente denominado «Vuelta al orden». Durante los primeros meses de este año, hemos podido ver en la Fundación Mapfre de Madrid una exposición a ellos dedicada, jalonada así por la obra de artistas tan notables como Giorgio de Chirico y su hermano Alberto Savinio, Felice Casorati o Giorgio Morandi. Retorno a la belleza es el título elegido por los organizadores, pero merece la pena tomar en consideración el sentido del «orden» al que pretendían regresar los miembros del movimiento y las razones que explican ese deseo de restauración: la Primera Guerra Mundial había dejado Europa llena de cadáveres y se imponía un sentimiento de nostalgia por la armonía perdida. No es casualidad que el mismísimo Benito Mussolini asistiera a esa exposición inicial, cercanos como eran muchos de los novecentistas a una familia política que el 30 de octubre de ese mismo año se había hecho con el poder en la joven Italia. 
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Retrato del sádico adolescente: notas sobre el troll digital
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

«To know, know, know him is to love, love, love him / And I do (and I do, and I do)»: así reza el estribillo del primer éxito compuesto por un Phil Spector que todavía no era el todopoderoso productor Phil Spector, sino el líder de una banda efímera llamada The Teddy Bears. Inspirada por la inscripción que figuraba en la tumba de su padre, la canción se mantuvo durante tres semanas como número 1 de las listas de Billboard en 1958 y ha conocido numerosas versiones desde entonces. Su idea central es clara: conocer a algunas personas es amarlas. Pero resulta que lo contrario también es cierto: conocer a otras es odiarlas. Y eso es exactamente lo que sucede con los trolls digitales. Sólo que, en sentido estricto, nadie conoce a un troll. Sí podemos, en cambio, intentar retratarlos como especie.
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Acotaciones a la figura del intelectual público en su fase digital (y III)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

En el curso de estas acotaciones al papel de los intelectuales en la era digital −es decir, en una esfera pública transformada por las nuevas tecnologías de la información− se ha sugerido que estos, aun contando menos de lo que contaban, algo siguen contando. Y, si cuentan menos, es porque la idea de que la razón se encuentra inscrita en el devenir histórico posee menos crédito que antaño: el fracaso del comunismo ejerció un demoledor efecto retrospectivo sobre todos aquellos pensadores que se arrogaron la competencia de interpretar dogmáticamente el sentido de los tiempos. Pero también ocurre que la fragmentación de la conversación pública les obliga a competir más duramente y con nuevos instrumentos por la atención de los ciudadanos, complicación que se agrava por la vulgarización que experimenta ahora ese mismo debate. El intelectual, decíamos con Corey Robin, tiene que crear su público en vez de limitarse a encontrar el que ya existe.
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Acotaciones a la figura del intelectual público en su fase digital (II)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

¿Dónde están los intelectuales? ¿Qué se hizo de ellos?

Para quien esté leyendo este blog, la respuesta será tan obvia que la propia pregunta parecerá absurda: los intelectuales están donde siempre han estado. Es decir, publicando libros, dando entrevistas, firmando manifiestos. Business as usual! Sin embargo, la supervivencia del intelectual público es compatible con su decadencia relativa: están lejanos los tiempos en que salían a la calle, megáfono en mano, a liderar a las masas. Y dos son las principales razones que explican el debilitamiento de su figura.
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Acotaciones a la figura del intelectual público en su fase digital (I)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Fue el 10 de noviembre de 1979. En los estudios de Televisión Española, José Luis Balbín organizó la tertulia de su legendario programa La clave en torno a la cuestión del marxismo, por entonces aún candente. Reunió a Roger Garaudy, pensador expulsado del Partido Comunista Francés, al líder socialista catalán Raimon Obiols, y a Enrique Tierno Galván en su condición de profesor universitario. Pero, sobre todo, puso frente a frente a las dos personas que protagonizaron aquella velada madrileña: Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista de España y destacada figura del comunismo orgánico europeo, y el joven Bernard-Henri Lévy, fundador de los «nuevos filósofos franceses» junto a Alain Finkielkraut y el ya desaparecido André Glucksmann. Durante todo el programa, BHL, como ha llegado a conocérselo, dominó la conversación con un estilo agresivo y desenfadado, que combinaba la gravedad del fondo con la irreverencia en las formas: su ataque sin concesiones al marxismo como forma coercitiva de organización de la vida social logró arrinconar al flemático Carrillo.
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Arriba y abajo
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

En una entrevista publicada en Letras Libres, el novelista español Manuel Vilas sostiene que el único tema universal de la literatura es la fricción entre ricos y pobres, cuya lucha constituye el momento de la historia. Lo que hay en el mundo es eso y no otra cosa, razón por la cual no puede dejarse de lado: «Ahí sí que me puedo poner un poco estupendo desde el punto de vista ideológico: el escritor que no esté dando cuenta de esto es un escritor absolutamente reaccionario». ¡Oído cocina! No obstante, el propio Vilas alerta contra los análisis políticos sencillos que pasan por alto la «enorme complejidad» del capitalismo, cuya omnipresencia convierte de hecho al anticapitalista en un nihilista. Salvo, podríamos añadir, que escoja vivir a la sombra del sistema, como propone la más importante banda de pop español en activo, Los Planetas, en su nuevo álbum: la construcción de zonas temporalmente autónomas que, siguiendo las tesis del neoyorquino Hakim Bey, escapan al control social hasta que son descubiertas por el Estado y han de reconstruirse en otro lugar.
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