Una belleza rusa

por Julio Aramberri

«Este año tienes tres estudiantes internacionales», me dice un colega que trabaja en la oficina del departamento donde enseño, al darme la lista de mi clase. «Y una es una rusa preciosa», remacha con un guiño cómplice. Dos días más tarde, en la primera clase, miro en derredor para localizar a esa belleza rusa que, así lo creo, se distinguirá fácilmente de las estudiantes chinas por su melena rubia casi albina, unos ojos claros y transparentes como un remanso inesperado en el río, y una piel blanquísima que mueva a la contemplación. Nunca he estado en Rusia, pero a veces miro la televisión de allí y veo mujeres como ésas. Aquí, en China, estoy escudriñando la clase en vano. No hay nadie así. Y empiezo a pasar lista dando por supuesto que Vera, que así se hace llamar la rusa en inglés, estará lamentablemente enferma o habrá tenido mejores cosas que hacer. Otro día será. Su nombre es el último de la lista y lo llamo por pura inercia, aunque sé que no responderá.

Omigooooood. Al fondo de la clase contesta la llamarada roja de una camiseta tan esplendorosamente ajustada como los Levi’s que luego vería que llevaba puestos. Nada de melena rubia platino; la suya era negra, tan negra como las niñas de sus ojos rasgados y acentuaba unos pómulos altos que continuamente amagaban con salírsele de la cara. ¿Por qué no era Vera rubia platino y no tenía los ojos claros ni una piel blanca como la nieve? Más tarde supe de su familia norcoreana que en los años setenta, cuando ella ni siquiera era aún un proyecto, había conseguido escapar de las delicias del reino ermitaño para establecerse en Vladivostok. Con China aún postrada en el atraso, hasta la Rusia de Brézhnev resultaba un paraíso vista desde Corea del Norte. Hoy los rusos de ese Wild Far East, como suele decírsele a Vladi, pasan el verano en Dalian (el agua del mar aquí es fría pero no gélida), o llegan en fin de semana a comprar lo que aún sigue faltando en casa. Otros, como Vera, vienen a estudiar.

No era la suya una belleza tan serena como la de Anna Petrovna Kern, pero yo recordaba que Pushkin la había celebrado con un «mi corazón volvía a palpitar en éxtasis /y todo se encendía otra vez en mí / Mi vieja fe, mi inspiración / Y las lágrimas, y la vida, y la dulzura de amar». Bueno, no nos dejemos engatusar por la lírica. Lo que Vera alborotaba no eran mis lágrimas, ni la vida, ni la dulzura de amar, sino una ancestral estrategia reproductiva: ese deseo de esparcir la propia simiente que, de seguro, su madre o sus amigas, sin haber oído jamás hablar de evolucionismo, le habrían dicho certeramente que es lo único que interesa al macho de la especie. Y Vera era, ay, turbulentamente sexy. A mí esta Veruschka (para algo habría de servirle ser rusa) me traía a las mientes a otra más mítica, a aquella Veruschka, Gräfin (condesa) von Lehndorff-Steinort, que aparecía en los Playboy de los setenta fotografiada por Franco Rubartelli. Y, por asociación, fantaseaba si podría convencerla para que, como la condesa, ella se apareciese como un desnudo canto rodado en un canchal, o cual pantera acechante en la jungla, o envuelta en la piel de una osa polar y deliciosamente agresiva. Como resulta evidente para cualquier observador, nada de eso iba a suceder fuera de mi imaginación. Y no sólo por el juramento hipocrático, no. Pese a la comezón de la estrategia reproductiva, que no afloja ni con los años, Veruschka sabía instintivamente que los hombres de mi edad hemos llegado hace ya tiempo a ese estadio en el que las mujeres jóvenes se convierten en la garota de Ipanema, y nos miran pero no nos ven. Vamos, que les inspiramos el mismo interés que otras piezas del mobiliario urbano: un banco en el parque, un macetero, la estatua de un prócer desconocido. Porca miseria.

Pero volvamos a la terca estrategia reproductiva de forma menos elegíaca y más general. China, a caballo entre Confucio, Lao Tse, Stalin y Mao –dice algún cuento de hadas orientalista–, es una sociedad muy conservadora en punto a familia y sexualidad. Desde siempre, ambas cosas han girado en torno al mantenimiento de los linajes, dando toda clase de facilidades a los hombres para tener abundante descendencia. En el pasado eso se conseguía con matrimonios arreglados, con el apoyo de la poligamia y con el concubinato. La Ciudad Prohibida de Pekín lo era porque, salvo el Hijo del Cielo, ningún hombre cabal podía entrar en su gineceo, que llegó a contar con más de tres mil mujeres. Algo similar, aunque en tono menor, sucedía a medida que se descendía por la escala social, como puede verse en Sueños de la Mansión Roja. Las esposas y las concubinas estaban, sobre todo, para procrear. Pero el sexo reproductivo y la vida conyugal no eran necesariamente una opción apasionante, así que, junto a las mujeres de bien, las malas, como en Japón las geishas, ofrecían compañía, conversación inteligente, canto y danza y, eventualmente, sexo. Una de las más famosas óperas chinas (La cortesana Yu Tangchun), permite hacerse una idea de esos talentos, que no se limitaban al ars amandi.

Este arreglo secular trataron de romperlo definitivamente los comunistas cuando se hicieron con el poder. Mao prohibió los matrimonios arreglados y el concubinato; los pies de loto (vendados) y la prostitución. Más tarde se impuso la política de un solo hijo por familia. En un libro reciente (Behind the Red Door. Sex in China, Hong Kong, Earnshaw Books, 2012), Richard Burger, un periodista norteamericano que, entre otras cosas, ha sido editor del periódico oficialista pequinés The Global Times, se hace lenguas de ello. Sin duda, esas reformas mejoraron la situación de muchas mujeres, pero también reforzaban el poder totalitario del partido. La vida de familia pasó a ser asunto del gobierno, que así podía husmear en el lecho ajeno y servirse de esa información para controlar a los chinos y hasta para liquidar a sus opositores reales o presuntos cuando lo creía menester. Que la prostitución dejó de existir en tiempos de Mao no es más que un cuento… tan comunista como chino. Los años del Gran Timonel obligaron a muchos millones a preocuparse, ante todo, de las necesidades más elementales en la pirámide masloviana: comer y dormir. Sin duda no se acabó el sexo porque seguían naciendo niños. Pero tampoco hizo mutis el amor venal, que sólo cambió sus formas para convertirse en un privilegio de la elite, como lo contó hace ya años Li Zhisui, el médico privado de Mao. Para los cuadros medios, los menestrales y el resto del perraje, el gran salto sexual adelante consistió en sustituir a la compraventa por el trueque, otro de esos impresionantes avances económicos que suelen caracterizar a los regímenes comunistas. No sorprende, pues, que tan pronto como China se entregó a este capitalismo sucio que tan buenos resultados le ha reportado, el comercio corporal haya vuelto por sus fueros. La inclinación a la autocopia del gen egoísta se resiste a desaparecer. Pero de eso hablaremos otro día.

30/11/2012

 
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