Un safari inane

por Julio Aramberri

Nunca he ocultado mi escepticismo ante la caza de tigres y moscas, esa aventura cinegética contra la corrupción que lanzó el presidente Xi Jinping tan pronto como ascendió a la cumbre del poder a finales de 2012. Dos años después sus resultados han sido tan espectaculares en número de procesos como ineficaces. La corrupción sigue rampante en el país.

¿Por qué? Podríamos echar mano de la naturaleza humana, que sirve para un roto como para un descosido. En todas partes y en toda época ha habido casos de corrupción. En cuanto que otean una oportunidad, los desaprensivos, hoy conocidos piadosamente como buscadores de rentas, se lucran a costa del común. Hasta en los países de la Europa nórdica donde habitualmente se alcanzan las mejores puntuaciones en el Índice de Corrupción Percibida de Transparency International se registran turbiones. Pero ahogar la especificidad de cada caso en un género más amplio sólo enturbia el análisis. Tampoco sería mejor recurrir a las identidades culturales. ¿Es su adusto luteranismo lo que ha reducido el espacio de la corrupción en Dinamarca (el país menos expuesto a ella, según el PCI), mientras que en Somalia (el más) crece por el islamismo suní de su población o por cualquier otro de los rasgos presuntamente generadores de identidad? De poco valdría, pues, apuntar a la piedad filial, a la buena relación con los amigos o a la deferencia hacia el poder establecido, valores todos ellos bien arraigados en la tradición confuciana, para explicar los rasgos idiosincrásicos de la corrupción en la China actual.

Así lo recuerda con fortuna desigual John Osburg (Anxious Wealth. Money and Morality Among China’s New Rich, Stanford, Stanford University Press, 2013), un antropólogo progresista estadounidense. Digo desigual porque a la postre desperdicia sus materiales etnográficos en aras de ganar credenciales políticamente correctas. Los deconstruccionistas de su escuela han sustituido el progresismo universalista de Saint-Simon o de Macaulay con otro que, pese a su modestia relativista, se esfuerza en proveer otra gran narrativa igualmente improbable, ahora sustentada en categorías identitarias como el «género» en su acepción posmoderna. Para Osburg, la estratificación social en la China actual refleja «el ascenso de redes elitistas compuestas por empresarios que se han hecho ricos súbitamente, gestores de empresas estatales y funcionarios […]. El libro estudia esas redes, mayormente masculinas, como formaciones sociales de género sostenidas en una moral basada en la fraternidad, la lealtad y el clientelismo». Osburg airea una y otra vez las desbocadas hipótesis de Pierre Bourdieu sobre el capital simbólico para explicar el lazo entre esas categorías, pero a su lector le resulta difícil entender cómo cifra él exactamente esa relación. De esta guisa, convierte a la masculinización de la ética pública china en el sostén básico de la corrupción y fuerza los límites del argumento.

Afortunadamente, sus observaciones etnográficas son mucho más interesantes. ¿Cómo se articulan de hecho esas redes elitistas y la corrupción? Buena parte del enriquecimiento súbito de muchos empresarios data de la economía abierta impuesta por Deng Xiaoping a finales de los años setenta. El desmantelamiento de parte del sector público hizo posible para familiares y clientes de los funcionarios encargados de venderlas la adquisición de numerosas empresas estatales por precios inferiores a su valor. Al tiempo, la liberalización del comercio permitió a otros agentes sacar provecho de la disonancia entre el sector planificado de la economía y la demanda de los consumidores. Florecieron así los mercados negros de productos de lujo, de películas, de música, de electrónica o de coches provenientes de Hong Kong, Japón y Occidente. En 2001, Jiang Zemin, el dirigente supremo del país, comenzó a hablar del «socialismo con rasgos chinos», uno de los cuales era la participación de los empresarios en su desarrollo. Los «capitalistas rojos» pudieron afiliarse al Partido Comunista Chino (PCC) y hasta desempeñar funciones en los gobiernos locales. Es decir, lejos de formar un núcleo independiente con sus propias estrategias y medios, el empresariado en su conjunto aceptó un papel subordinado al PCC a cambio de ventajas para sus negocios particulares.

Hubo otras recompensas. «Sobre ver celebradas por el gobierno sus pulidas estrategias de negocio con diplomas de “trabajador modelo” y la entrada en el PCC, los miembros de ese empresariado de nuevos ricos, hombres en su mayoría, se han convertido en los candidatos más apetecibles para contraer matrimonio, en iniciadores de tendencias de consumo y modas, y en los clientes más importantes de los restaurantes, los clubes nocturnos y las tiendas más caras de la China urbana». De ese consumo conspicuo se benefician, por supuesto, otros empresarios con los que traban alianzas y los funcionarios que desde el interior del aparato administrativo cuidan de sus negocios y participan en ellos, estableciéndose así una red de relaciones personales (guanxi) que prima sobre las relaciones formales que pretendidamente impondría la ley. Uno de los soportes de esa elite es la participación conjunta en formas de entretenimiento y ocio mayormente masculinas: banquetes, melopeas, karaoke, partidas de cartas o de mahjong, masajes y saunas. En muchas de esas actividades participan mujeres jóvenes que, a menudo, mantienen relaciones sexuales pasajeras o estables con sus miembros y «tienen un papel mediador en la proyección sobre ellos de una masculinidad idealizada». Estas formaciones en red no sólo son claves para el desarrollo de los negocios, sino parte principal de la corrupción y el crimen organizado en China.

De esta forma, el ocio masculinizador refuerza los nexos instrumentales de las actividades de negocio de sus miembros con el valor añadido de relaciones afectivas y particularistas nacidas al calor de la intimidad, la vulnerabilidad y la transgresión que lo acompañan. De ahí que las fiestas casi cotidianas en las que se ven envueltos se desarrollen en la oscuridad y en el secreto. Los restaurantes, karaokes y casas de masajes de postín cuentan siempre con reservados a los que sólo tienen acceso los cofrades del clan y sus invitados. Algunos de esos reservados incluyen sauna y dormitorios propios. Siguiendo la huella de Anne Allison en su experiencia de chica de alterne en Tokio (Nightwork. Sexuality, Pleasure and Corporate Masculinity in a Tokyo Hostess Club , Chicago, The University of Chicago Press, 1994), Osburg mantiene que la función de esas juergas consiste en convertir a los partícipes de clientes en hombres cargados de deseo y en cómplices de actividades poco aceptables socialmente como emborracharse o babear en pos de mujeres jóvenes. Las compañeras que aportaban más capital simbólico a sus informantes eran jóvenes (nunca mayores de treinta años), puras (vírgenes o con poca experiencia sexual), bonitas, interesadas en las artes, bien educadas (ser universitarias era un plus importante) y de buena familia.

A menudo las redes elitistas se prolongan hacia el mundo del crimen. Son redes informales de negociantes y funcionarios que experimentan asiduamente presiones contradictorias y, aunque eviten entrar en relaciones personales o directas con elementos criminales, las redes elitistas necesitan contar con las tríadas mafiosas. Osburg cuenta sus correrías con la organización del Hermano Gordo, que presumía de mantener excelentes relaciones con la policía local. A menudo había policías presentes en sus sesiones estratégicas que, luego, le servían de «paraguas» en las campañas contra el crimen que podían afectarle. El Gordo correspondía con informaciones sobre otras actividades criminales y, aún más importante, empleaba a sus matones en misiones que la policía local no podía asumir con facilidad. Por ejemplo, en la represión brutal de manifestantes en contra de la expropiación de sus tierras. Osburg añade una moraleja propia. Las tríadas son también organizaciones informales cuyos miembros se ven como la encarnación de una masculinidad honesta y guay.

¿Por qué necesitan los funcionarios comunistas participar en estas redes informales, ya de negociantes, ya de mafiosos? Respuesta: el lavado de dinero. A los funcionarios les resulta sencillo generar ingresos ilícitos, pero no transformarlos en un patrimonio (casas, coche, participación en clubes, vacaciones en el exterior, amantes) que no puede derivarse de sus ingresos oficiales. De ahí la necesidad de gastar sus rentas en negro en actividades de lujo pagadas en metálico que se llevan una buena parte del lucro obtenido. Pero, a la vez, necesitan que los empresarios, por medio de expedientes imaginativos, conviertan a ellos o a sus familiares en dueños «legítimos» de ese patrimonio, y los mafiosos les ayuden en sus cometidos. Por su parte, los empresarios saben que sus negocios tampoco gozan de gran seguridad, pues la burocracia cuenta con medios para desposeerles de su patrimonio si hubiere menester: una inspección tributaria, una investigación de su familia, un chantaje a alguna de sus amantes, y están perdidos.

La vulnerabilidad es una amenaza constante en la vida de los individuos, pero en la China actual, por las razones apuntadas, alcanza extremos difícilmente comparables con otras sociedades. Esta es una de las razones más poderosas para que se mantenga la corrupción, porque asegura un cierto grado de omertà entre sus participantes y no por esas bobadas de la masculinización de la moral o su importancia para el capital simbólico. Los únicos símbolos con que el capital se lleva bien son los guarismos que muestran si crece o disminuye.

Por el momento, la corrupción en China se fundamenta en tener enganchados en sus redes a una mayoría de empresarios y de burócratas que no podrían medrar sin ella, pero, sobre ser una rémora para la economía del país, ésa es una cadena que muchos de sus participantes desearían romper. También, por otras razones, lo desea Xi Jinping. Pero para alcanzar su meta tendría que proponerse de verdad someter al PCC y a la sociedad china al imperio de la ley. Y no puede hacerlo sin causar grandes daños al neomandarinato que, a su vez, opondrá cuanta resistencia esté a su alcance.

Ese safari está llamado al fracaso.

12/03/2015

 
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