Un país, dos sistemas (I)

por Julio Aramberri

El pasado 1 de julio Hong Kong fue el escenario de una manifestación multitudinaria convocada por el Frente de Defensa de los Derechos Humanos, una organización que agrupa diferentes asociaciones y ONG que pugnan por ampliar la democracia en el territorio. La participación estimada varió entre los quinientos diez mil manifestantes de los que hablaban los organizadores y los noventa y ocho mil que daba la policía. La Universidad de Hong Kong, por su parte, los calculaba entre ciento cincuenta y cuatro mil y ciento setenta y dos mil y The South China Morning Post, un diario local en inglés, ofrecía una cifra tasada de 140.408, ni más ni menos. La discrepancia numérica es notable y, en buena medida, se debe a diferencias metodológicas en el conteo. No es necesario, empero, entrar a discutir la letra pequeña de las mediciones para saber que, en cualquier caso, los organizadores de la manifestación pueden sentirse satisfechos con el resultado. Todas las estimaciones superan las ofrecidas en ocasiones similares desde 2003. En efecto, la manifestación del 1 de julio es un acontecimiento recurrente en el calendario del territorio desde 1997, cuando pasó de ser una colonia británica a convertirse en una región administrativa especial (SAR por su abreviatura en inglés) de la República Popular China.

Es fama que Deng Xiaoping, el verdadero fundador de la nueva China, era un político archipragmático. Una virtud básica de los políticos pragmáticos es la búsqueda de soluciones perentorias para todo tipo de problemas, sin detenerse demasiado en averiguar si funcionarán más allá del corto plazo. Pero, como nada dura eternamente, a menudo conviene no dejarse paralizar por los principios y salir de un paso embarazoso como mejor se pueda. Ya habrá tiempo de imaginar nuevas soluciones cuando las circunstancias cambien y se haga necesario modificar la decisión inicial, sólo coyunturalmente satisfactoria. Entre tanto, se va tirando. Con la célebre expresión de Bert Lance, el director de presupuestos del presidente Carter, «If it ain’t broke, don’t fix it» («Si no se ha roto, no lo arregle»).

A Deng le acuciaba en los años ochenta aventurar una fórmula estratégica para llegar a la unificación de China y que, al tiempo, hiciese felices a todas las partes a las que pugnaba por integrar en el país o, al menos, no causase mayor desazón entre ellas. Y no era fácil. En aquellos momentos, China sólo estaba formada por lo que, con una expresión no demasiado afortunada, suele llamarse mainland China o China continental. Fuera de ella estaban dos pequeños enclaves administrados por potencias coloniales (Macao por Portugal y Hong Kong por Gran Bretaña), además de Taiwán. En 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial, Japón rindió esta última isla (conocida entonces entre nosotros como Formosa, un nombre que le habían dado los portugueses) a la República de China, a la sazón representada por el gobierno nacionalista del Kuomintang. En Taiwán se refugiaron Chiang Kai-shek y sus aliados tras la victoria comunista en 1949. Con su sola existencia, Taiwán seguía recordando que la guerra civil entre chinos no había terminado. Al tiempo, ninguno de esos territorios podía tener un acomodo fácil en la utopía agraria y colectivista que trataban de imponer los maoístas bajo las etiquetas de economía socialista y dictadura del proletariado. Todos ellos, cada cual a su manera, podían ser definidos como economías capitalistas y como sociedades abiertas, aunque sólo con calzador para lo último en el caso de Macao.

Así que Deng optó por subrayar la común herencia china, olvidarse de imponer a todos la solución triunfante en la China Popular y adoptar la máxima de un país, dos sistemas (en pinyin, yīguóliǎngzhi) con uno de esos lemas que tanta importancia tienen en el uso político del mandarín y que condensan en un simple par de expresiones bisilábicas de ritmo particular (dos por dos en este caso) un significado complejo. [Para los interesados: un excelente libro de Perry Link (An Anatomy of Chinese: Rhythm, Metaphor, Politics. Cambridge, Harvard University Press, 2013) ilustra cumplidamente el tropo y es de lectura obligatoria.] En resumidas cuentas, lo que Deng proponía como la mejor fórmula para la reunificación era el derecho a que cada uno de los invitados mantuviese sus instituciones idiosincrásicas: «Si ustedes quieren seguir adelante con su capitalismo, bienvenidos sean. Nosotros, que creemos que el socialismo es mejor, les vamos a conceder amplio tiempo para que se lo piensen. Entretanto garantizamos la coexistencia pacífica de ambos sistemas».

Han pasado muchas cosas desde la formulación que enunciara Deng en 1984. La más importante es que, en punto a economía, la China continental, Hong Kong y Macao han dejado de ser dos sistemas para fundirse en uno solo. Al colectivismo maoísta le ha sustituido el capitalismo. Por supuesto, con matices. La China continental controla férreamente los sectores estratégicos de la economía y, al tiempo, deja en manos de pequeñas y medianas empresas competitivas alrededor del 60% del PIB y el 80% del empleo urbano. Hong Kong se ha adaptado casi inconsútilmente al cambio, sirviendo de vehículo para transacciones financieras que la banca china no puede hacer directamente; ofreciendo refugio a los capitales que no encuentran suficientes beneficios en las bolsas de Shanghái y de Shénzhen; lavando miles de millones de dólares llegados como consecuencia de la corrupción en China continental; ofreciendo servicios sanitarios de calidad a los chinos acomodados que prefieren operarse o hacerse la cirugía estética en Hong Kong; otorgando estatus de residentes permanentes a los ciudadanos de madre china que nazcan en el territorio, lo que ha llevado a muchas mujeres ricas del continente a dar a luz en los hospitales locales; convirtiéndose en una meca turística y en un paraíso para el consumo de sus compatriotas chinos. En 2013, Hong Kong recibió 54,3 millones de visitantes y turistas, de los cuales un 75% provenía del continente y se dejaba allí alrededor de treinta y tres millardos de dólares [para hacerse una idea, en 2013, España, con una extensión quinientas veces superior, recibió 60,6 millones de turistas de todo el mundo con unos ingresos de 60,4 millardos de dólares]. En resumidas cuentas, la economía de la China continental no podría haber seguido su curso ascendente sin contar con el Hong Kong capitalista.

Pero la creciente interdependencia económica de China y Hong Kong no deja de crear fricciones culturales y políticas. La prensa de la China continental se ha hecho eco recientemente de roces entre la población local y los turistas chinos. Son, en general, pequeñas cosas, pero que no dejan de sentirse como irritantes cuando las dos comunidades tienen que codearse en espacios reducidos. Los de Hong Kong se quejan a menudo de la mala educación de los chinos. Es difícil pasear por las calles de las ciudades chinas y no escuchar a menudo el desagradable sonido gutural que precede a la emisión de un gargajo. O no escuchar en los restaurantes el sorbeteo con que en China suele acompañarse la ingestión de sopa. O la altanería en el trato con el servicio en restaurantes y hoteles. O el tono gritón con que tantos chinos suelen comunicarse. O el colarse en las colas de los autobuses, de los cines, de los aeropuertos. Cada vez más habitantes de Hong Kong encuentran desagradables esas conductas. A mediados de abril pasado, se difundieron como un virus un par de vídeos en YouTube. El primero mostraba a un pasajero chino maltratando de palabra a una tripulante de cabina en un transbordador. En el segundo se veía a un preadolescente (no el niño de dos años del que hablaron luego los diarios chinos) ciscarse en medio de una avenida en la zona de Causeway Bay, que alberga las tiendas más caras de Hong Kong. En una poco afortunada muestra de disgusto por el segundo incidente, un pequeño grupo de habitantes locales depositó días más tarde en la misma calle excrementos de cartón.

Son incidentes menores a los que no debería darse mayor importancia, pero la reacción de los diarios controlados por el Gobierno chino ha exagerado su habitual prepotencia para con las minorías. Tras insistir en no exacerbar la importancia de pequeños grupos empeñados en «dañar la integridad de la nación», Global Times (22 de mayo) se complacía en señalar la disminución del número de turistas chinos a Hong Kong durante la semana festiva del 1 de mayo (el número de grupos turísticos chinos en esas fechas bajó de cuatrocientos cincuenta en 2013 a doscientos ochenta en 2014) y el aumento –por cierto, muy escaso– en las visitas a Taiwán, como si eso fuera un merecido castigo para Hong Kong y sus habitantes. El diario recordaba que, en el argot local, a los chinos continentales se les ha empezado a conocer como «langostas», y no precisamente de las marinas. Más aún, recordaba, una reciente encuesta de opinión había concluido que una mayoría de habitantes de Hong Kong se sentían más identificados con su ciudad que con la comunidad nacional. Lo que nos devuelve a la importancia de la manifestación del 1 de julio y a sus eventuales consecuencias.

¿Podrá China, ahora ya convertida en un solo sistema económico, acomodar en su sistema político autoritario a la sociedad abierta que prefieren los habitantes de Hong Kong?

08/07/2014

 
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