Un misterio, o dos

por Julio Aramberri

Había sido uno de esos malditos vuelos transpacíficos que duran veintiséis y más horas y cuando llegué a mi hotel en Hanoi, sólo podía pensar en dejarme caer sobre la cama y cerrar los ojos y descansar, así fuera para siempre. Me acerqué a la ventana del dormitorio para echar las cortinas y, en la insegura luz de la noche, me pareció ver allá abajo, en un patio, un artefacto siniestro. Una guillotina.

«Sí, sí. Ya sé que no has bebido y que aún confías en esas bobadas de que abstenerse de alcohol y ponerse pinflo de melatonina en los vuelos largos hacen más llevadero el cambio de huso horario, pero tienes todos los síntomas de un delirium tremens inducido por el cansancio. Pronto verás salir del escusado a una viuda negra gigantesca, una de esas hembras de la familia de las Theridiíadas que te morderá, insistirá en hacer el amor a pesar de la hinchazón producida en todo tu cuerpo por la latrotoxina del mordisco y así, más gordito y apetitoso, te devorará tras la cópula. Como a Yves Montand en la película aquella de Melville… Venga, venga, hombre, menos bobadas y a la cama. Mañana, a lo mejor, será otro día y todo volverá al predecible orden cotidiano. O no».

Más bien lo último. A la mañana siguiente, ahora ya inconfundible, la guillotina seguía en su sitio: «¿Puede usted explicarme por qué demonios en una casa de buena reputación como ésta (era el Somerset Grand de la avenida Hai Bà Trưng, entonces pegado a otro rascacielos más pequeño al que, con idiosincrásica prosopopeya, las autoridades locales habían bautizado como World Trade Center; hoy, el WTC se ha mudado a otro edificio de mayor cuantía, pero infinitamente peor situado), una casa, digo, como ésta, exhiben ustedes en el jardín trasero una guillotina? ¿Un aviso para los niños revoltosos? ¿Acaso una atracción turística? Hay autores en este último género literario que piensan que cualquier cosa, hasta una pequeña piedra del camino o un honrado limpiabotas en Union Station de Washington DC representarían dignamente ese papel. Cuánto mejor una guillotina», le espeto a la bonita muchacha parapetada en el mostrador de recepción que luce un ao dai celestialmente blanco; como tienen que ser, y no de ese batiburrillo de colores y estampados con que los adornan hoy.

Yo atendía sobre todo a los movimientos, rápidos y expresivos, de sus ojazos negros y rasgados como una mandorla gótica al través y a las modulaciones de aquellos labios sápidos, atrapados en una lengua ajena y refractaria a los monosílabos de la suya, lo que le obligaba a fruncirlos en un mohín sensual, como pidiendo a gritos que se los emplease en algo mejor que ser escuchados… Perdón, estoy divagando. Quiero decir que a duras penas pude concentrarme en su explicación. «Nuestro hotel y el WTC se levantan sobre un terreno que antaño albergaba la prisión colonial francesa, a la que nuestro indomable pueblo conocía como la cárcel de Hóa Lò y los franceses ocultaban bajo el eufemismo de Maison Centrale, como si de una fonda se tratase. Cuando el gobierno nacional decidió dar un mejor uso al trapezoide delimitado por la avenida Hai Bà Trưng y las calles Quán Sứ, Thợ Nhuộm ̣y Trần Hưng Đạo, reservó la zona que da sobre esta última para un museo que recordase, al tiempo, las atrocidades de la dominación colonial y la lucha antiimperialista durante la Guerra Americana y tal y tal». Aun sin esperanzas, mi cerebro reptiliano seguía a lo suyo, ponderando si la bonita muchacha accedería, primero, a la propuesta de que despojase de propaganda comunista su soliloquio de guía turística y, luego, eventualmente, a la de consentir en despojarse también del ao dai y así, tan ricamente, permitirnos a ambos otros pasatiempos que reportarían menor gloria, pero tal vez mayor deleite… Perdón, estoy divagando de nuevo. Quiero decir que, como un gallina, salí del hotel sin proponer nada y, rechiflao en mi tristeza, me conformé con dar una vuelta en solitario por la Maison Centrale de allí al lado.

Tampoco conseguí satisfacer otra pequeña curiosidad. Hubiera querido saber los nombres de los jerarcas del Partido que habían decidido ese cambio de uso para el suelo de la antigua prisión y si el de alguno de ellos, o de sus allegados, coincidía con la lista de compradores de esas espléndidas villas que han brotado como hongos sobre la bahía de Da Nang y cuyo precio mínimo está por encima del millón de dólares. Gentes de lengua bífida dicen que todos ellos vienen del norte y se comportan como mandarines. Pero la bonita muchacha de recepción se acogió al secreto del sumario. No puede tenerse todo en este bajo mundo.

Verdad es que los franceses, como todas las potencias imperiales, no eran precisamente cariñosos con sus súbditos de las colonias, especialmente si se mostraban díscolos y se metían en política. No lo es menos que no hacían nada muy distinto de lo hecho por los mandamases locales que les precedieron. Igual que Budapest no es más que una imitación para personas de escasos recursos de la Viena tan odiada en los tiempos de la monarquía dual; igual que la ciudadela imperial de Hué es tan solo un pálido trasunto de la Ciudad Prohibida de Pekín; igual de cierto es que los aborrecidos invasores chinos con que los vietnamitas se las tuvieron tiesas durante más de mil años les transfirieron la tecnología especial de su peculiar Malleus Maleficarum y fue ésta hábilmente copiada por los coloniales. Si hacemos caso de las estadísticas locales, Hóa Lò acogía a unos setecientos treinta internos en 1916, mil quinientos en 1933 y más de dos mil en 1954, cuando lo de Điện Biên Phủ.

Como todo el mundo sabe, a Hóa Ló la conocían como el Hanoi Hilton los prisioneros estadounidenses encerrados allí durante la desventurada intervención de Estados Unidos en la guerra civil vietnamita. Por ejemplo, John McCain, el candidato republicano en las elecciones presidenciales de 2008, se alojó allí durante cinco años y medio. Las fotos de la cárcel lo muestran a él y a otros en buena salud y hasta lustrosos, pero muchos de ellos se empecinaron tras su liberación en recordar que sus anfitriones comunistas no se habían mostrado especialmente escrupulosos con la Convención de Ginebra y habían recurrido a torturas que no desmerecían de las de los franceses para quebrar sus voluntades y así se uniesen a las denuncias de Barbarella, quiero decir Jane Fonda, pero a los vencidos no les es dado escribir la historia.

Fue poca la brutalidad de unos y otros que me resultó desconocida en mi paseo carcelario. La vileza suele ser cansinamente similar allí donde se le permite arraigar. Y hasta la guillotina parecía revelarme el secreto de su utilidad. Muchos luchadores por la independencia de Vietnam fueron allí decapitados. Sin embargo, seguí y sigo sin entender que hubiese una segunda en el interior de la prisión. Descartadas hipótesis descabelladas, como su uso alternativo en la estación seca (en el exterior) y en la de las lluvias (en el interior); o como la prevención de eventuales resfriados para los verdugos; o como la necesidad de que éstos cobrasen al destajo, no es fácil despejar el enigma de su duplicidad. A mi aún sigue intrigándome, especialmente porque al día siguiente de mi visita, la bonita muchacha de recepción desapareció para nunca más tornar.

¿Habré conseguido escapar al delirium tremens o sigue siendo éste un sueño del que aún no he logrado despertar?

20/06/2013

 
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