Un mes gafe

por Julio Aramberri

Las últimas apariciones del presidente Obama ante los medios de comunicación han mostrado a una persona cansada. Algunos malpensados lo achacaban a la intensa dedicación al golf en sus días de vacación en Martha’s Vineyard, una isla al sur de Cape Cod en Massachusetts. The Vineyard, como la llaman a secas los habituales, está atestada durante el verano por innumerables aspirantes a convertirse en algo, cuando no lo son ya, en el mundo estadounidense del dinero y, sobre todo, del poder. John Cassidy, un colaborador de The New Yorker que salió en defensa de Obama, le contó ocho partidos de golf en once días, pero también decía que eso no suele ser causa de cansancio. Tenía razón. Lo que reflejaba la cara del presidente, más que cansancio físico, era el desaliento que sigue a la frustración.

Agosto ha sido un mes inclemente para Obama. El presidente inició sus vacaciones con la áspera noticia de que su índice de aprobación en el mes de julio era el más bajo desde que ocupó su cargo en 2009. En la encuesta política bimestral de la cadena NBC y de The Wall Street Journal, sólo un 40% de los entrevistados le era favorable, mientras que la columna negativa subía al 56%.

Desde entonces las cosas no han hecho sino empeorar. Muy rápidamente. En Ucrania, a la anexión de Crimea en marzo pasado, el presidente Putin, que la saldó sin mayores quebrantos, ha sumado continuas injerencias para apoyar y armar a los partidarios de la unión con Rusia. Desde el derribo del vuelo MH17 de Malaysia Airlines el pasado julio hasta la invasión de la zona sudoriental de Ucrania iniciada el 27 de agosto hay un largo rosario intervencionista cuyos misterios no parecen terminar de desgranarse. Las tenues sanciones económicas impuestas a Rusia por Estados Unidos y sus aliados europeos no han frenado a Putin en su sueño de reconstruir el antiguo imperio ruso, así fuera soviético o zarista.

En Oriente Próximo los conflictos han estallado, uno detrás de otro, casi al mismo tiempo. Protective Edge, la operación israelí en la franja de Gaza para controlar los ataques terroristas de Hamás y otras organizaciones contra su territorio, ha durado semanas, a pesar de los esfuerzos de Obama y sus colaboradores por conseguir un alto el fuego cuanto antes, lo que ha generado numerosos roces con Israel. La reciente decisión de aceptar un cese de hostilidades sin fecha fija ha sido, ante todo, un fruto de la diplomacia egipcia. Ni rastro del anteriormente hiperactivo John Kerry, el secretario de Estado estadounidense. Los avances de la organización yihadista Estado Islámico (ISIL en las siglas de la Casa Blanca, por Islamic State of Iraq and the Levant), que, entre junio y agosto, ha ocupado casi la cuarta parte del territorio de Irak (algo así como Andalucía, para hacerse una idea) y la extrema brutalidad de sus componentes en las zonas ocupadas parecen haber pillado por sorpresa a quienes creían que tanta barbarie nunca podría tener cabida en el siglo XXI. Esa guerra contra el Gobierno del exprimer ministro Maliki ha complicado la situación doblemente, porque los éxitos territoriales de ISIL se extienden también a Siria, víctima de un conflicto que el presidente estadounidense relegó extramuros de su córtex cerebral al ignorar que el Gobierno local había traspasado la línea roja que él mismo le había impuesto. En las últimas semanas de agosto, la guerra civil y el vacío de poder se habían extendido también a Libia, amenazando con generalizar aún más los conflictos en la zona. En Afganistán, de donde Obama ha anunciado su decisión de retirar las tropas de ocupación a finales de 2016, la pugna entre los candidatos a la presidencia sigue sin aclararse y los talibanes esperan pacientemente a que suene el pistoletazo de salida para hacer notar su presencia con mayor fuerza aún. Entretanto, pocos recuerdan ya que los mulás iraníes siguen sin tropiezos con su programa de hacerse con la bomba atómica.

Por si faltaba algo en este torvo panorama, la muerte de Michael Brown, un joven negro, por disparos de un policía en Ferguson (Misuri), abrió un nuevo episodio de enfrentamientos raciales en el país. El ciclo de protestas, disturbios y vuelta a una tensa calma que ha caracterizado acontecimientos similares en el pasado reciente se repitió, y hasta las sensatas palabras del presidente sobre el asunto fueron criticadas por algunos sectores de la comunidad negra porque –argüían– en su pretendida ecuanimidad resultaban una nueva coartada para los racistas.

A diferencia de Martin Luther King Jr., que tanto le ha inspirado, Obama tiene más de predicador que de estadista. El presidente sabe componer sermones solemnes y amonestar a diversos actores sobre su comportamiento ideal y… ahí se queda. En su discurso de política internacional de junio pasado ante los cadetes de West Point, el presidente recordó que Estados Unidos «es y seguirá siendo la nación indispensable». Indispensable, en el diccionario presidencial, no parece un sinónimo de imprescindible. Al contrario. Estados Unidos debe prescindir de verse envuelto en conflictos internacionales. Las armas sólo deben utilizarse si los intereses clave del país o sus ciudadanos se ven en peligro inminente. En lo demás, bastará con mejorar la colaboración con los países amenazados por el terrorismo y con las instituciones internacionales, especialmente OTAN y Naciones Unidas, en la defensa de la democracia y de los derechos humanos. Propósitos todos ellos tan loables como endosados con la letra escarlata I (de indefinición, indiferencia, ineficacia) que persigue a los predicadores. Para defenderse, el presidente remachaba su plática con un argumento jesuítico. «Que tengamos interés en defender la paz y la libertad allende nuestras fronteras no quiere decir que todo problema tenga una solución militar […]. Tener el mejor martillo no significa que cualquier problema sea un clavo».

Tras la macabra decapitación del periodista Jim Foley, coreografiada especialmente para YouTube, agosto ha traído el desasosiego a muchos estadounidenses que anteriormente solían coincidir con Obama y hoy se preguntan si el presidente no debería elegir algunos clavos que remachar. La confusión creada en el Washington presidencial se ha apoderado hasta de sus colaboradores más directos. Mientras que, tras la última invasión de Ucrania, la embajadora en Naciones Unidas denunciaba que los rusos «están quitándose la máscara», para el presidente el suceso «en realidad no refleja cambios». Si su secretario de Estado, John Kerry, clamaba que «el mundo debe saber que Estados Unidos nunca retrocederá ante el mal [representado por ISIL]», Obama dejaba claro que en este asunto su prioridad se limitaba a «asegurar que los avances de ISIL en Irak serán repelidos». Hace pocos días, el fiscal general, Eric Holder, afirmaba que ISIL era «la amenaza más aterradora que yo haya visto en mis días en este puesto». Sin embargo, en su conferencia de prensa del 28 de agosto, el presidente, para estupefacción de los periodistas presentes, dejaba caer que «Ucrania nos es miembro de la OTAN […]. Con Ucrania no tenemos las obligaciones [derivadas] de ese tratado»; que si Irak es incapaz de formar un gobierno aceptable, sería «poco realista» pensar que Estados Unidos pueda derrotar a ISIL; que «aún no tenemos una estrategia» para Siria. Obviamente, a Obama se le ha venido abajo el castillo de naipes que había construido con la simpatía o, al menos, la inatención de buena parte del electorado, y no sabe por dónde empezar. The Washington Post concluía que la «desconcertante» intervención del presidente refleja una resistencia suya a aceptar la realidad tal como es. Cuando eso sucede, «los aliados naturalmente se preguntan si también rehusará enfrentarse a ella».

No son sólo los aliados quienes se lo preguntan. Los dirigentes chinos han tomado buena nota. Tiempo atrás, Obama hablaba de pivotar hacia Asia una vez cerrada la ocupación estadounidense en Irak y en Afganistán, y en Zhongnanhai, la sede del Gobierno chino, lo veían como una nueva expresión del deseo de aislar y mantener a China en una situación de inferioridad. Hoy, los editoriales de Global Times, un diario en inglés que pertenece al Diario del Pueblo, el portavoz del Gobierno chino, describen el desmadejamiento de la política exterior de Obama con evidente satisfacción. En su relación con Rusia, dicen, Estados Unidos ha empujado a su adversario hasta un punto en que éste ha tenido que reaccionar. En Oriente Próximo, a Obama «no le darán una medalla por haber creado la situación presente». Y, a continuación, añaden lo que a Pekín verdaderamente le importa. Esas tensiones «van a costar muchos recursos a Estados Unidos y van a recabar mucha de su atención» (5 de agosto). Es decir, ha llegado la hora de dar pasos adelante.

Pekín no ha perdido tiempo en demostrarlo, imponiendo aún más tercamente su control en las aguas del Mar de la China, tanto las del Este como las del Sur. Hace unos días, el Pentágono informaba de que un reactor chino J-11 había realizado una «peligrosa» maniobra de intercepción volando a menos de diez metros de distancia de un Poseidón P-8 estadounidense. El suceso se produjo cerca de la costa china, pero en aguas internacionales. La respuesta china no sólo seguía el ritual de denegar los hechos; también hacía un llamamiento a Estados Unidos para que redujese sus actividades de vigilancia sobre China.

Agosto ha sido ciertamente aciago.

01/09/2014

 
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