Todos al cine

por Julio Aramberri

Según cuenta la prensa local, Ma Yun, un ciudadano chino, ha pasado unos días en California a finales de octubre. Dado el escaso interés de los medios españoles por los asuntos de Asia, pocos serán quienes lo sepan y menos los que reconozcan ese nombre. Pero Ma Yun, como tantos otros chinos, tiene un nombre propio inglés. Según me cuentan mis estudiantes, es costumbre que en la escuela media te lo pongan tus profesores. A veces les endilgan los nombres más comunes, como John o Mary o Jane o Evelyn o Peter; en otras les distinguen con uno más vistoso o con el primero que se les pasa por las mientes. He tenido alumnas que se llamaban Irice (deformación de Iris) o Mina (por Mina Mazzini, la cantante italiana, que tanto le gustaba a su profesora) o January (por el mes en que nació) o Lucy (en este caso, por la tira de los Peanuts) y hasta una Andrómeda (por la serie de televisión, que no por la galaxia, según me contó). Entre los hombres destacaron un Gump (como Forrest), un Snoop (otra vez los Peanuts) y un Raúl Maldini (justo castigo a su desmedida pasión por el fútbol).

Quien rebautizó a Ma Yun no se devanó los sesos y le puso Jack. Y sí, lector, tiene usted razón: ese Ma Yun que ha pasado unos días en California no es otro que Jack Ma, un nombre que ni aun en España pasa inadvertido. Es el presidente del grupo Alibaba, un holding de exitosas empresas chinas; según Wikipedia, Jack Ma se ganó el título de  marqués del Trillón cuando en 2012 el volumen de transacciones de su grupo superó un trillón estadounidense (1012, es decir, un billón o mil millardos españoles) de yuanes, unos ciento cincuenta millardos de dólares, o alrededor de un tercio del presupuesto español de ese año. Como se recordará, la salida a Bolsa de su grupo el pasado mes de septiembre se cifró en veinticinco millardos de dólares y, según Forbes, convirtió a Ma en la mayor fortuna de China, con un patrimonio estimado en 19,5 millardos. 

No parece que la visita de Ma a Los Ángeles fuera un viaje de placer. Fue visto, sí, el 28 de octubre asistiendo en el Staples Center a un partido de los Lakers, pero lo que despertó el interés de los medios especializados fue que iba en compañía de Ari Emanuel, copresidente de William Morris Endeavor, una de las más conocidas agencias de negocios audiovisuales, rematando así una serie de visitas previas a varios estudios de Hollywood. Sony, uno de ellos, hizo saber que habían discutido el interés de Ma por mejorar la calidad de las películas chinas y la posibilidad de emprender producciones conjuntas.

Pese a algunos éxitos ocasionales, el cine chino no se ha distinguido por su excelencia, pero hay algo que, lógicamente, tienta a las productoras estadounidenses. En 2013, la taquilla global ascendió a treinta y seis millardos de dólares, de los que alrededor de un tercio se generaron en Estados Unidos. Pero mientras que allí la industria está saturada –una sala de cine por cada ocho mil personas–, en China no. Sólo hay una sala por cada setenta mil habitantes, se inauguran cien por semana y las audiencias han crecido un treinta por ciento anual durante los últimos diez años. Se estima que, en 2017, China reportará cinco millardos anuales de dólares (2,7 en 2012) a las productoras estadounidenses. Pero no sólo son ellas las interesadas en el negocio. Si Jack Ma y sus colegas chinos hubieran dejado pasar oportunidades como esta sin reaccionar, no estarían donde están.

Hollywood está haciendo todo lo que puede para aumentar su espacio en el mercado chino. Transformers. The Age of Extinction, el penúltimo capítulo –en 3D– de la saga, con más de trescientos millones de dólares recaudados, se ha convertido en el mayor éxito de taquilla de todos los tiempos en China, superando a Avatar (221,9 millones). La película se rodó parcialmente en China; varias escenas se desarrollan con la Gran Muralla al fondo; hay apariciones de estrellas locales (Li Bingbing y Zou Shiming, por ejemplo); los actores utilizan tarjetas de crédito de bancos chinos o beben leche Yili, una marca nacional. Al final de la película, en un gran combate con naves alienígenas, Hong Kong queda casi totalmente destruido. ¿Un barrunto de los guionistas?

El panorama de las productoras, empero, pasa del rosa al amarillo cuando topan con el cordón sanitario del Gobierno chino. Aunque le resulte cada vez más complicado, el neomandarinato necesita mantener a una mayoría de chinos en la máxima ignorancia posible del mundo exterior. En esta era de pretendidas reformas que iba a capitanear Xi Jinping, el control burocrático y policial se ha recrudecido. En junio de este año, los censores prohibieron a empresas como Youku, Sohu e iQiji, proveedoras de acceso a canales cerrados, ofrecer series y películas extranjeras que hubieran sido pirateadas o tuvieran contenidos incorrectos o pornográficos. Qué entendían las autoridades con esos adjetivos nunca quedaba claro, como es habitual en China. Entre las series afectadas estaban The Big Bang Theory, The Good Wife, NCIS y The Practice, bien conocidas en España.

En ese mismo mes las autoridades anunciaron que iniciaban una investigación de cincuenta y dos populares sitios web, como Sina.com y Qvod.com, por las mismas razones. Según la Administración General del Estado para Prensa, Publicaciones, Radio y Televisión (SGAPPRT por sus siglas en inglés), una de las series ofensoras eran los cuentos de hadas de los hermanos Grimm realizada por Nippon Animation, fácilmente accesible para los niños en Internet. Si es usted amante de la pornografía japonesa y se va a la serie (un ejemplo en YouTube) en busca de emociones fuertes, no reclame a los censores chinos si se siente defraudado. La pornografía depende del ojo que mira.

Durante todo 2014 la prensa china se ha hecho eco de lo que considera escándalos sexuales o consumo de drogas por parte de algunos artistas y escritores y ha recordado que «los artistas profesionales en China están sujetos a reglas de moralidad más exigentes que las de sus colegas occidentales». La SGAPPRT ha ordenado hace unos días a canales de televisión, medios en red, productores cinematográficos y editores que dejen de emitir programas en que aparezcan actores que hayan infringido la ley. Y, de pasada, las denuncias y amenazas se han extendido a otros transgresores que nada tienen que ver con las drogas o el amor venal. «En Hong Kong, muchas celebridades (cantantes, actores y directores) que han participado en Occupy Central han sido condenadas por los medios estatales y boicoteadas por los internautas», argüía el diario estatal Global Times, mientras recordaba que, aunque allí y en Taiwán no exista la censura, «las celebridades locales que adopten posiciones políticas se arriesgan a perder el mercado continental».

Es indudable que a los comunistas chinos les encantaría crear su propia alternativa a Hollywood y servirse de ella para mejorar su posición en la diplomacia pública global, pero eso, por el momento,  es una quimera. Así que los burócratas tienen que jugar otras cartas además de las expectativas financieras para contar, mientras no cambien a mejor los tiempos, con la colaboración de las productoras estadounidenses. Tal vez podrían ampliar la cuota de películas extranjeras que permiten exhibir en el país, que es de sólo treinta y cuatro anuales, pero así tendrían que resignarse a ser menos inflexibles en su aislacionismo. En 2 de noviembre de 2014,  la SGAPPRT ya mencionada anunciaba que todas la series televisivas y las películas extranjeras necesitarán pasar censura previa a su exhibición.

Aquí entra Jack Ma. Por mucho que su inteligencia profesional y empresarial sea admirable, Ma no ha podido llegar a ser el hombre más rico de China tirando sólo de los cordones de sus zapatos. Nadie sube en esa sociedad sin tener amplios contactos y deber enormes favores a burócratas y políticos. Sus días californianos, pues, parecen un globo sonda del Gobierno chino. Probablemente sus dirigentes traten de explorar a través de él un mecanismo de coproducciones chino-hollywoodenses.

Las realizadas hasta el momento no han tenido resultados alentadores por las condiciones draconianas que China ha tratado de imponer. No sólo la censura, cuyas reglas son siempre vagas y ponen a la contraparte al albur de los últimos caprichos de los políticos, sino, también, la rigidez burocrática de la Administración Estatal para la Radio, Películas y Televisión (SARFT, por sus siglas inglesas), que tiene que aprobar hasta los más mínimos detalles de una eventual colaboración. Colocar entre ella y los extranjeros a compañías como el grupo Alibaba, depositario de la confianza gubernamental china y, al tiempo, capaz de ofrecer serias garantías financieras, podría rebajar las tensiones que necesariamente se producirán entre las partes. Si son capaces de encontrar puntos de acuerdo, todos pueden ganar en el envite.

Hollywood apretará entonces aún más el acelerador de sus megaproducciones descerebradas, ahora con rasgos chinos.

04/11/2014

 
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