¿Todo quedó en el olvido?

por Julio Aramberri

La Gran Muralla digital está particularmente impenetrable desde hace unos días. Y eso que hace ya tiempo que me hice con un VPN, uno de esos artilugios que le cuentan a quien corresponda que estás en Buenos Aires cuando realmente te encuentras en el barrio de Argüelles. Generalmente el truco funciona. Cuando estoy en Camboya mi VPN le dice a Netflix que he conectado desde Boise, en Idaho, y así puedo ver películas sólo accesibles en territorio estadounidense. En China es más complicado, no en balde el neomandarinato se gasta más dinero en seguridad interior que en sus fuerzas armadas, y eso que a éstas últimas las tiene hechas un San Luis. Me llevó un tiempo hacer funcionar el VPN, con continuos mensajes a los proveedores y complicadísimas instrucciones suyas de vuelta para ayudarme en el intento de saltar la muralla digital que, al principio, eran detectadas al punto aunque, así que mis mentores se avivaron y las hicieron aún más complejas, pude finalmente dársela con queso a los censores. Además del efímero placer de sentirme superior a ellos, me permitía también el de hacerme con casi todas las páginas web que me interesaban.

Hasta finales de mayo. En el último fin de semana de ese mes –en China cualquier mes es más cruel que el anterior, así sea éste abril, que, según opinión extendida, es el más cruel de todos–, volví a morder el polvo. Mientras escribo este blog, igual que desde hace días, la prensa estadounidense que solía leer ha desaparecido de la pantalla; también Facebook, aunque eso no deje de ser un consuelo; un intento de que Wikipedia me confirme alguna eventualidad nimia resulta estéril; y el buscador de Google se estrella con cansina monotonía en el aviso de que «This webpage is not available». El vigesimoquinto aniversario de la matanza de Tiananmen (4 de junio de 1989) ha desatado la histeria de los mandarines comunistas y la ha elevado hasta otro de sus exaltados cenits periódicos. Si conseguían que nadie recordase públicamente que en esa fecha el Ejército Popular chino había disparado sobre el pueblo al que decía y dice defender, tal vez, por fin, lo entonces sucedido –el «incidente», que le dice la prensa oficial cuando no le queda más remedio que nombrarlo– quedaría borrado para siempre de la historia. Al menos, de la que el Ministerio de la Verdad del Partido Comunista quiere que los chinos de casa conozcan. De los otros, de quienes protestaron en la región administrativa especial de Hong Kong, o en la provincia traidora de Taiwán, ya habrá tiempo de ocuparse cuando llegue la ocasión.

Es lógico que a los comunistas chinos les ataque la histeria. Ya he apuntado una de las razones: la obvia falacia de que quienes disparan contra una parte de su pueblo puedan garantizar mejor que nadie el bienestar del conjunto. Salta tanto a la vista, que recientemente se la tomaba a broma hasta la propia feligresía. Pero ver a Xi Jinping, el actual secretario general del Partido y presidente de la República, tomar el relevo de su padre –uno de los Ocho Inmortales de los comunistas chinos–, siguiendo la línea dinástica como cuando un nuevo Hijo del Cielo tomaba el del anterior, o descubrir el ahínco con que la censura ahoga que su familia apalea millones de dólares de oscura procedencia, mientras él ejerce de porfiado matachín de tigres y moscas corruptos carece de la singularidad que anima al chiste. Ahora ya sólo genera cinismo.

A las almas bellas, ese cinismo les desazona. Baste un repaso al reciente libro de Louisa Lim (The People’s Republic of Amnesia: Tiananmen Revisited, Oxford y Nueva York, Oxford University Press, 2014). Lim ha sido corresponsal de la radio pública estadounidense (NPR) en China. Pese a estar financiada en parte por el presupuesto federal, la NPR tiende a hablar con una sola voz: la del progresismo estadounidense. Cuando cesan de avergonzarse del comportamiento de los gobiernos anteriores al de Obama, en especial si eran republicanos, sus colaboradores se crecen en la crítica a la sociedad actual, que, a su entender, ha infectado sin mesura usos y costumbres. Un día sin que NPR arremeta contra el consumismo, denuncie la guerra contra las mujeres, achaque cualquier horror cotidiano al cambio climático, exalte la comida orgánica o haga cualquier otro archisabido guiño a los progresistas que la siguen sería lo más próximo a un eclipse total del sol.

Esa misma lógica progresista es la que sume a Lim en el desaliento. Sólo quince de entre cien estudiantes de prestigiosas universidades de Pekín reconocieron una de las fotografías más famosas de la historia reciente que ella les enseñaba: la del homérico desconocido que, plantado ante una columna de tanques con rumbo a Tiananmen, les obligó a detenerse, siquiera por unos instantes. A mí, con la venia de Lim, el porcentaje me sorprende. No tengo dudas de que se hubiera revelado más alto de tratarse del baloncestista Yao Ming, o de Li Na, la tenista, o de Fan Bingbing, una actriz. Pero, según mis luces, que haya un quince por ciento de estudiantes chinos dispuestos a reconocer esa fotografía explica razonablemente la preocupación de su Gobierno. Muchos de ellos no habían nacido en 1989, así que Tiananmen no ha formado parte de sus vidas. Es historia y, por lo que sé de mis estudiantes chinos, su interés por la historia del país es inconstante. Aunque se sientan orgullosos de muchas de sus etapas y hasta se entreguen a veces al chovinismo, saben por experiencia propia, o por consejo de sus padres, que del pasado reciente más vale no acordarse. Apostaría fuerte a que muchos de quienes dijeron desconocer la fotografía lo hicieron tras una clara restricción mental. En justicia, Lim no lo oculta. Zhang Ming, uno de los líderes del movimiento estudiantil del 89, está casado con una mujer bastante más joven y nunca hablan de aquellos tiempos. Ni a ella ni a sus amigos les interesan, le cuentan a Lim: y eso le nubla la vista.

Que sea «la gente misma la que se ha hecho cómplice de la amnesia y la que se ha abrazado a ella», como lo quiere Louisa Lim, es una conclusión arriesgada, especialmente cuando se vive fuera del país y puede uno usar Google cuando le venga en gana. No es sólo arriesgada; también es injusta y es, aún peor, miope. En la China de hoy hay pocas opciones entre resistir al estilo de los héroes, como Liu Xiaobo y otros pocos, o ajustarse a los incentivos, no escasos, que ofrece el poder. La experiencia repetida de las dictaduras es que los primeros no abundan, en especial cuando la represión adquiere el grado de brutalidad sin miramientos con que la ejercen los comunistas chinos. Si, al tiempo, va acompañada de logros indudables en bienestar material y de mejoras en su nivel de vida, la mayoría, lógicamente, se concentrará en las últimas.

Si el neomandarinato comunista parece, pues, haber alcanzado sus últimos objetivos de dominio y olvido, ¿cómo explicar la histeria de sus representantes ante el menor intento de recordar Tiananmen? ¿Será exceso de prudencia? ¿Será, tal vez, el temor a que los logros económicos no basten para tapar las vergüenzas del sistema aunque, por el momento, para la gran mayoría, la mejor respuesta se resuma en el ensimismamiento en la vida privada, en el consumo de bienes y servicios prestigiosos y en el cinismo? ¿Podrá mantenerse indefinidamente esa doble realidad de que «nada es cierto hasta que el partido lo desmiente»?

Doy por sabido que mi argumento se apoya en adverbios tan ingratos como «indefinidamente», o en inciertas cláusulas de estilo como «acabar por» y otras de similar ralea. También que nunca nadie llegará a una tierra «que mane leche y miel», porque ya sabemos que ese cuento, él sí, esta definitivamente amortizado. Pero, aun con esas precauciones, no puedo por menos de creer que, a veces, el cinismo anuncia portentos.

Aunque así desazone a los progresistas como Louisa Lim.

10/06/2014

 
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