Tet

por Julio Aramberri

La mayoría de la gente de mi edad oyó por primera vez la palabra Tet en 1968. Si 1963 fue un annus mirabilis, al menos para Philip Larkin («El acceso carnal empezó / en mil novecientos sesenta y tres / (un poco tarde para mí) / cuando el veto a Chatterley se acabó / y los Beatles sacaron su primer elepé»), para quienes a la sazón nos sentíamos tentados por el radicalismo los primeros meses del 68 fueron preternaturales. Estallaban los événements de París y la Primavera de Praga; crecía la oposición a la guerra de Vietnam en las universidades estadounidenses; Lyndon Johnson se veía obligado a retirarse de la carrera presidencial de ese año; las movilizaciones universitarias en Madrid, aunque fueron de menor cuantía, nos parecían –oh wishful thinking!– el prólogo de un enfrentamiento generalizado con el franquismo. Y Elvis Presley volvía a dar conciertos con su ’68 Comeback Special. Y el vuelo de Bob Beamon en los Juegos Olímpicos de México. ¿Quién podría negarnos que el momento que esperábamos, nuestro kairós particular, estaba al caer, aunque no supiéramos muy bien en qué consistía? El 68 trajo también noticias funestas –la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia; las matanzas de My Lai y de Tlatelolco; que, con la Humanae Vitae, Pablo VI demostrase no haber leído a Larkin; el La la lá de Massiel–, pero, con un hegelianismo insensato, tendíamos a verlas como astucias de la razón que confirmaban las ilusiones de un acelerón histórico.

Con la perspectiva que da el tiempo, la ofensiva del Tet fue posiblemente el episodio más significativo de todos. Los comunistas de Vietnam del Norte demostraron que podían derrotar al régimen de Saigón y, de paso, zarandear a sus aliados norteamericanos. No en un sentido militar, porque no alcanzaron a consolidar ninguno de sus objetivos, pero sí en el de la propaganda. Después de Tet 68, la imagen de omnipotencia de Estados Unidos quedó tan maltrecha como su apoyo a la dictadura de Nguyen Van Thieu, quien, a todas luces, se revelaba incapaz de ganar aquella guerra civil. Así se minó cualquier apariencia de legitimidad para la intervención norteamericana y la oposición a la guerra en Estados Unidos se multiplicó. Se abría el camino hacia la evacuación de la embajada en Saigón y la reunificación del país bajo el régimen comunista.

Hubieron de pasar muchos años hasta que me enterase de que Tet era algo más que una brillante acción militar y política, y fueron mis estudiantes de Vietnam quienes me lo enseñaron. Para esta segunda generación, tras el final de la Guerra Americana, como la conocen allí, Tet es, sobre todo, lo que ha sido siempre en Vietnam: una fiesta para celebrar la llegada de la primavera, igual que lo es en China lo que en Occidente conocemos como su Año Nuevo. Sin duda, mis estudiantes saben de la importancia del Tet 68, pero para ellos es ya historia, algo no vivido, tal vez más cercano por los recuerdos de sus padres y abuelos que otros episodios del pasado nacional, pero igualmente intangible. Como el busto dorado de Ho Chi Minh que preside todas las celebraciones académicas, para quedar arrumbado, de cara a la pared en un pasillo oscuro, tan pronto como se terminan.

El Tet (Tết Nguyên Đán) es el tiempo más importante del año para los vietnamitas. Hay otro gran festival anual, el de Otoño (Tết Trung Thu), hacia mediados de Septiembre, pero no tiene el mismo empaque. Es el inicio de la primavera la fiesta nacional por excelencia. Tet marca la llegada del nuevo año en la medianoche de la primera luna tras la entrada del Sol en Acuario (entre finales de enero y mediados de febrero, según el variable calendario lunar). En la semana anterior a su llegada, se limpian a fondo las casas y se adornan con plantas, se pagan las deudas, se compra ropa nueva, se adecentan las tumbas de los antepasados y, sobre todo, se preparan los banquetes que marcarán los primeros días del nuevo año. En la lengua local, Tet no se celebra: se come (ăn mừng Tết). Copiosamente. Y, de paso, se hacen ofrendas de esa misma comida en el altar familiar para que disfruten también los antepasados.

Las primeras horas de Tet están marcadas por un intenso repique de campanas en los templos budistas y en las escasas iglesias católicas, la quema de incienso, los bailes de leones y la algarabía en la calle donde antes se hacían estallar petardos para ahuyentar a los malos espíritus. A menudo, los petardos eran defectuosos o demasiado potentes y causaban tan serios daños colaterales entre la población civil que, en 1996, tras más de setenta muertes, las autoridades decidieron prohibirlos y reemplazarlos por unos fuegos artificiales que en las grandes ciudades, especialmente en Saigón y en Hanoi, rivalizan en esplendor. Como la noche de San Silvestre, los tres días de Tet son una fiesta eufórica, de satisfacción por estar vivos y a la espera de un próspero nuevo año.

Los días anteriores al Tet los aprovechan también los dioses del hogar (Ông Táo), algo así como los lares romanos, para darse una vuelta por los cielos e informar al emperador de Jade del comportamiento durante el año anterior de la familia que tienen a su cargo y mediar con él para que el entrante le sea propicio. Un momento crucial para saberlo es la llegada a la casa familiar del primer visitante del año. «En el pasado, si llegaba un gafe, estábamos apañados», me comenta un amigo. «Hoy, con los móviles, podemos evitar la incertidumbre y asegurarnos buenos auspicios. Basta con llamar a una familia amiga para que nos envíe a una persona joven y agradable, que son rasgos promisorios. Cuando llega a la puerta nos da una llamada y abrimos. Hasta entonces, la mantenemos cerrada a cal y canto».

Me gusta la fiesta de Tet por ese carácter profano. Últimamente, se habla en algunos medios intelectuales de que la decadencia de la religión y el declive de las burocracias clericales, eso que solemos llamar secularización, no es inexorable como se había llegado a creer y se arguye que la disminución de la práctica religiosa es un fenómeno limitado a algunas zonas de Europa occidental; que tiene mucha menos fuerza en Estados Unidos y que lo desmiente el crecimiento de los creyentes en África, en Latinoamérica y en algunas zonas de Asia. La religión, se dice, está echando brotes verdes.

Tal vez, pero tengo mis dudas. No hay nada de raro en que haya más creyentes en una población mundial que ha crecido exponencialmente en las últimas décadas. Pero cuando hablamos de un eventual retorno de las creencias, lo hacemos dando por supuesto que, en algún tiempo pasado, la fe florecía por igual y en todas partes. Es decir, pensamos, sobre todo, en la Europa medieval y en la cristiandad posterior. Lo que llamamos secularización no tiene demasiado sentido fuera de ella.
China y su área de influencia cultural han sido tradicionalmente sociedades en las que la religión organizada bien no ha existido, bien ha tenido muy escasa relevancia en la vida colectiva. Confucianismo y taoísmo no han sido religiones en el mismo sentido en que lo es la cristiana y la divinidad no ha desempeñado allí el papel central que en Occidente y en su área cultural. El ateísmo oficial defendido por los comunistas en China o en Vietnam no tuvo que vencer las mismas resistencias para imponerse que las que encontró en Rusia. Llovía sobre mojado. Ni Japón ni Corea necesitaron del marxismo para que buena parte de sus ciudadanos vivan al margen de las religiones universalistas, de sus creencias y de sus ritos.

El Tet recién acabado se encargó de recordármelo una vez más.

20/02/2013

 
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