El misterio del poder

por Julio Aramberri

Cuando en 1959 empecé a estudiar Derecho –el lector puede ahorrarse la mueca sarcástica: ¿quién no lo hizo?–, la cátedra de Derecho Político que correspondía a mi apellido estaba vacante y la desempeñaba Antonio Carro Martínez, quien, según veo en Wikipedia, sigue aún en vida. En esta faceta de sus ocupaciones (tenía otras en las cumbres de la Administración franquista, pero no vienen a cuento aquí), Carro había ejecutado, en toda la extensión del verbo y en concepto de autor, coautor y cómplice, un tratado de la materia de su especialidad que, a mis escasos años, me reveló no ya la colosal complejidad del comportamiento político, sino también la incapacidad radical del ser humano para entenderlo. No sólo por los latines que trufaban el texto al albur de su memoria, no, sino porque –el latín siempre se me había dado bien– yo sabía que sus concordancias eran imposibles (pactum sum servanda rezaba la que siempre me viene a la cabeza). También porque el propio profesor se rendía ante el enigma de la conducta social. En un larguísimo capítulo sobre el poder, repasaba y descartaba una a una todas las teorías imaginables –subjetivas, objetivas, eclécticas, homogéneas, heterogéneas, organicistas, inorgánicas, suborgámicas, supraorgánicas, pretererogatorias, totalitarias, colectivistas, pluralistas, individualistas y otro largo etcétera– para llegar a un interrogante decisivo:  «¿Qué es, pues, el poder?» Y concluía no menos categórico:  «Ah, misterio».

Nunca he sentido una cabal pulsión por entender el poder –he preferido siempre criticarlo– y he de confesar que durante años la solución de Carro parecía un buen puerto de refugio para mi apatía intelectual hasta que, años más tarde, me topé un día con La carrera del siglo, aquel portento de Blake Edwards, que enfrentaba al Gran Leslie (Tony Curtis) con el profesor Fate (Jack Lemmon). En una de las secuencias, los rivales caen en la corte de Pottsdorf, un miniestado de la Europa austrohúngara y participan en un sarao al que les invita Hapnick, su príncipe heredero y un sosias de Fate (el papel, pues, lo hace también Lemmon). Hapnick es un golfete y un borrachín cuya pasión son los chistes. Así que cuenta uno, la corte entera tiene que reír y reír hasta que él chasca los dedos; en ese momento, callan hasta el nuevo chiste, seguido de un nuevo pito y un nuevo silencio. Se hizo la luz. Eso es el poder: que los demás hagan lo que uno quiere y del modo en que uno lo quiere y durante el tiempo que uno lo quiere.

Kim Jong-il, el segundo miembro de la dinastía comunista norcoreana de los Kim, posiblemente viera La carrera del siglo: al fin y al cabo, era un cinéfilo. A su muerte en 2011, sus archivos contaban con unas veinte mil películas de muy diversas procedencias. Al menos, así lo cuenta Paul Fischer (A Kim Jong-Il Production. The Extraordinary True Story of a Kidnapped Filmmaker, His Star Actress, and a Young Dictator’s Rise to Power, Nueva York, Flatiron Books, 2015). En cualquier caso, la hubiese visto o no, a él le venía de casta el ejercicio del poder y sabía lo importante que puede ser chascar los dedos a tiempo.

El libro de Fischer, aunque a veces abrume al lector con excesivos detalles, es divertido y se lee con facilidad. Tiene la técnica de los buenos thrillers y, de no haber sabido que se trata, según el autor, de una historia por completo real, uno lo hubiera tomado por una novela. Imagínense a Woody Allen y a Mia Farrow al principio de los años ochenta cuando comenzaron su larga relación. Algo así representaban Shin Sang-ok y Choi Eun-hee en el cine de Corea del Sur un poco antes. Shin era el director más famoso y comercial y Choi su esposa y la actriz favorita del público local. Se habían conocido en 1953, al final de la Guerra de Corea. Ella estaba ya casada, pero, tras un complicado divorcio, se fue a vivir con Shin. A lo largo de los años sesenta hicieron juntos una serie de películas que les llevaron a la cumbre de la fama. «Shin Sang-ok lo tenía todo. Hacía películas que encantaban a millones, la crítica lo reverenciaba; su compañía era la de mayor éxito en la historia del país; era rico y tenía buena salud; y tenía dos hijos con la mujer más bella y más famosa de toda Corea, una mujer a la que había deseado y amado desde su primera conversación. Sí, Shin Sang-ok tenía absolutamente todo lo que un hombre desearía», escribe Fischer (p. 65).

En su mundo, Shin y Choi se codeaban con el tout Seúl, que tampoco era gran cosa entonces, y a menudo se les veía en la Casa Azul, el palacio presidencial de Corea del Sur, que ocupaba a la sazón el general Park Chung-hee. La dictadura de Park dirigió con mano de hierro al país entre 1961 y 1979, cuando fue asesinado. Pero en ese tiempo, con una generosa ayuda de Estados Unidos y la determinación de sus ciudadanos, su economía capitalista que, a finales de los años cincuenta era aún la mitad de la del Norte, generó un nuevo milagro económico. Shin prosperó y, como conocía al dedillo las interioridades del negocio, se hizo millonario.

Con el tiempo, las relaciones de la pareja se enfriaron. En agosto de 1974, Choi supo por una revista que Shin había tenido un hijo con Oh Su-mi, una actriz joven que había debutado en una de sus películas y le puso las maletas en la calle. Los negocios tampoco marchaban. Shin hubo de afrontar una serie de pleitos por sus maniobras para zafarse de la censura y sus películas ya no imantaban al público, que prefería quedarse en casa junto a la tele. En 1975 se declaró en bancarrota. Su estudio, que tenía trescientos empleados en los años sesenta, no pasaba ahora de diez.

En Pyongyang, mientras tanto, Kim Jong-il también había subido, pero él no había parado. En 1967, Kim Il-sung, su padre y Gran Líder del pueblo norcoreano, había sometido al Partido Comunista a una de sus periódicas purgas. En este caso, el viceprimer ministro, Pak Kum-chol, fue acusado de traición y faccionalismo y él y muchos de sus seguidores fueron «enviados al monte», es decir, a un campo de trabajo. El Estudio Coreano de Cine, el centro cinematográfico oficial y único en el país, se quedó en cuadro porque sus dirigentes cayeron en la purga. En una reunión de autocrítica de los que se libraron, Kim Il-sung les largó un sermón acusatorio: «¿Tiene alguien aquí el coraje de ofrecerse voluntario para devolver a este estudio al camino correcto?», concluía. «Estoy dispuesto a hacerme cargo de esa responsabilidad», respondía una voz desde el fondo de la sala. Era la de Kim Jong-il, su hijo, que lo había acompañado y en el acto quedó nombrado Director de Artes Culturales del Departamento de Agitprop, responsable del cine, el teatro y las publicaciones del partido. Tenía veintinueve años.

A Jong-il le encantaba su nuevo trabajo. El cine era un instrumento perfecto para amoldar la conciencia de las masas. Su primer gran éxito fue La florista, la historia de una niña vendedora de flores y sometida, junto con su familia, a toda clase de atrocidades bajo la ocupación japonesa. Finalmente, cuando está a punto de ceder a los invasores, llega al rescate su hermano junto con el Séptimo de Caballería, quiero decir el Ejército Coreano de Liberación de Kim Il-sung. El Gran Líder hizo saber su complacencia con la película, que fue de visionado obligatorio para todos los norcoreanos. Seguida de una sesión de emulación comunista.

En su fondo más íntimo, a Kim Jong-il no se le escapaba que ese tipo de cine era un gran arma de propaganda, pero carecía de calidad artística. Y a él le hubiera gustado competir con los grandes directores de Hollywood. Así que urdió un ambicioso plan. Tenía que traer  al norte a cineastas de calidad. Ya se había hecho con gentes de otras profesiones. ¿Por qué no con Choi Eun-hee y Shin Sang-ok? Serían huéspedes del Gran Líder. Quisieran o no. A Choi la raptaron en Hong Kong en enero de 1978, tras atraerla con el cuento de apoyar una escuela de actores que dirigía. Shin cayó unos meses después en la misma ciudad mientras trataba de encontrar el paradero de Choi. Llevaban separados varios años y ahora, involuntariamente, iban a reunirse en un país al que nunca hubieran querido ir.

No fue de forma inmediata. Cada uno de ellos por separado hubo de pasar por un proceso de aculturación en el que las discusiones sobre su futuro trabajo iban acompañadas con sesiones de adoctrinamiento. Primero fue la seducción. A Choi la colocaron en un conjunto de villas lujosas y bajo vigilancia. A menudo, la invitaban a participar en las veladas nocturnas de Jong-il. Por lo general, se trataba de cenas con los más altos jerarcas del Partido, a las que él llegaba una vez estaban reunidos y ya cargados de alcohol. A su entrada, los invitados aplaudían hasta que les mandaba parar. Como en La carrera del siglo. Kim dirigía la orquesta y, de repente, mandaba cantar a alguno de los presentes, que cumplía su misión con la boca llena. Al final de la cena, entre juegos de mesa y cháchara, aparecía la brigada de la alegría, compuesta por muchachas jóvenes y guapas, obedientes y sumisas. La brigada era un cuerpo militar en el que las chicas ostentaban el título de «teniente guardaespaldas» y estaba dividida en tres secciones: «canto y baile», «felicidad» (masajistas) y «satisfacción» (servicios sexuales). Kim nunca tenía relaciones con ellas y no bailaba ni cantaba. Se limitaba a observar desde su asiento, beber y fumar sus Rothman Royals mientras dirigía las actividades de su cuadrilla y a chascar los dedos cuando le petaba.

Con Shin, la seducción vino seguida de una dura disciplina cuando, por dos veces, trató de huir sin lograrlo. Pasó por la terrible Prisión número 6 y creyó a menudo que iba a ser ejecutado. Una vez doblegada su voluntad, sin embargo, Kim Jong-il volvió a tentarlo con nuevas ofertas de trabajo. Poco a poco, su vida fue más fácil y pronto lo reunieron con Choi. En ese tiempo, ambos aceptaron participar en festivales cinematográficos internacionales y dar conferencias de prensa en las que explicaban las razones de su paso al paraíso del Gran Líder.

Esto, según Fischer, era el primer paso de un plan encaminado a escapar del país. Poco a poco convencieron a Kim de la necesidad de tener una productora radicada en el oeste si quería que las películas norcoreanas se codearan con las del mejor cine internacional. Halagado en su vanidad y finalmente convencido de que la pareja actuaba de buena fe, Kim cedió. En 1986, Choi y Shin consiguieron ser enviados a Viena para buscar un lugar para el negocio. A los pocos días abandonaron su hotel y se refugiaron en el consulado de Estados Unidos, donde pidieron asilo político. Lo obtuvieron. A veces al poder no le basta con chascar los dedos.

El libro de Fischer está basado en la historia que el matrimonio escribió para contar su aventura una vez asentados en Estados Unidos. No fue un éxito de ventas, pero sobre ella Fischer ha trabado una narración muy eficaz. Queda por saber si realmente las cosas sucedieron como las cuenta y eso, seguramente, nunca lo sabremos. A veces, sin embargo, la realidad supera a la ficción.

Pero su fábula, se non è vera, è ben trovata.

05/03/2015

 
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