Poca fe

por Julio Aramberri

Hace unos meses, la presidenta de mi universidad en Saigón, seguramente por quitarse ella de en medio, me pidió que atendiese a un personaje interesado en discutir un proyecto que, según él, podría ser de interés mutuo. Estos embolados son parte habitual del trabajo, así que me puse manos a la obra. Él iba alcanzado de tiempo y no podía acercarse hasta el campus, por lo que concertamos una cita en uno de los cafés más concurridos de la ciudad, el Highlands Coffee, justo detrás de la Ópera, para evitar extraviarnos, pues no nos conocíamos. Un par de días después me encontraba allí con un hombre relativamente joven, de unos cuarenta años, de nacionalidad canadiense. Le ofrecí tomar algo. «No, gracias. Nada aquí», vino, severa, la respuesta. «No quiero contribuir a las ganancias de una compañía que explota a los trabajadores locales. Hombres y mujeres». El encuentro prometía.

Yo no suelo frecuentar la cadena Highlands Coffee, pero por otras razones. Una es que son una copia local de los aborrecibles Starbucks, pero la principal es que prefiero el delicioso café filtre de los bares locales, con su leche condensada, que me trae recuerdos de infancia y de tardes de verano en San Juan de Luz, cuando en los cafés de la Place Louis XIV el filtro francés no se había rendido aún a la cafetera exprés italiana, ni el coronel De Castries al general Giap en Dien Bien Phu. Con buen acuerdo, los vietnamitas no obligaron a los franceses a llevarse a casa el cà phê phin, como le dicen por aquí para amoldarlo a esta lengua monosilábica, ni el phở, pese a su origen en el pot-au-feu de la metrópoli, y ambos se han convertido hoy en parte principal de eso que los cursis suelen llamar identidad nacional.

Una flexibilidad que se echaba a faltar en el pétreo imperativo categórico del canadiense. El tipo irradiaba una confianza preternatural. Si todos nos negásemos a participar, aun de forma infinitesimal, en las estructuras de explotación que subyacen a la vida cotidiana, pronto empezarían a tañer las campanas por su final. Eso me recordaba otro argumento igualmente inconsecuente, el de mi abuela con los niños hambrientos del Congo (el mejor Otro que tenía entonces a mano la gente) para que, a mi tierna edad, me sintiese responsable de acabar un plato de pérfidas acelgas o culpable si me resistía a una insulsa purrusalda. «Si me comía las malditas verduras, el hambre de los congoleños iba a seguir intacta y, si no, la comida se iría a la basura con los mismos resultados», traté de argüir, mas todo en vano. El canadiense iba a lo suyo y lo suyo era una ampliación de su apunte inicial: acabar, de un certero tajo y para siempre, con la explotación. Así que tenía el proyecto de crear una universidad, genuinamente marxista, genuinamente revolucionaria, genuinamente libertaria y genuinamente muchas otras cosas. Lo decisivo era el adverbio, que no se le caía de la boca, porque iba a ser el santo y seña de esa nueva empresa, perdón, institución de empoderamiento cognitivo y de agencia radical. Tras varios minutos conseguí hacerme con esa jerga posmoderna. Lo que el pollo genuinamente quería era amargarnos la vida. «Y eso, ¿dónde empieza?», inquirí. «Pues aquí mismo, en Vietnam, que buena falta hace. Llevo nueve años viviendo en el país y tengo el proyecto muy adelantado».

Para entonces habíamos abandonado el café de los explotadores y estábamos instalados, bastante más incómodos, en uno de los puestos de comida callejera que hay por doquier en Saigón. En esos sitios uno come sentado en unas sillitas que malamente levantan un palmo del suelo, así que si, con el genuino estupor provocado por tan alta enunciación de propósitos, me hubiera caído del asiento, como a pique de suceder estuvo, no me hubiese producido más daño que una ligera luxación. Durante un nanosegundo pensé en recordarle que algunos de nosotros compartimos por un tiempo esa misma genuina afición de meternos a redentores, sin que nos luciese demasiado el pelo; pero mi córtex abortó ese innecesario rebrote redentorista tras verle ahuyentar sin miramientos a una mendiga que, al parecer, no pertenecía a la famélica legión de sus sueños. Aquella entrevista no llevaba a ninguna parte y, cuanto antes acabase, más saldríamos ganando ambos.

Cuando, después de desgranar su misión durante unos tediosos minutos, el canadiense se embalaba hacia las grandes líneas organizativas del proyecto, le interrumpí. «Pero, bueno, imagino que después de nueve años estás perfectamente familiarizado con el sistema académico de este país. ¿No sabes que, para licenciarse, los estudiantes vietnamitas, todos ellos, sean de universidades públicas o privadas, sea cual fuere su especialidad, tienen que ganar créditos en marxismo-leninismo (5), el pensamiento de Ho Chi Minh (2), la línea del Partido Comunista de Vietnam (3), y otras materias igual de revolucionarias (3), hasta un quince por ciento del total? ¿Qué más marxismo, qué más revolución necesitan?». «He estado en muchas de esas clases para observar», repuso. «A los estudiantes les obligan a estar presentes, pero pasan el trago pensando en otras cosas, o intercambian teletextos con sus amigos, o juegan a los marcianitos en sus móviles. Nadie atiende al profesor ni éste piensa en otra cosa que en descontar el reloj. Pero eso puede cambiar si se les enseña a pensar genuinamente». Y me envuelve en la mirada fría y severa de alguien acostumbrado a despreciar a los ignorantes, a los tibios y a la gente de poca fe, haciendo ostensible que él también tiene ganas de acabar esta conversación.

Pero no voy a darle ese gusto sin antes revolver un poco el cuchillo en la herida. «Mira a tu alrededor. Esto es el Distrito 1 de Saigón. Aquí están los centros del poder económico y político, las constructoras, los bancos, las grandes galerías comerciales, las líneas aéreas, los negocios de telecomunicación, los hoteles de lujo que no sólo tienen clientes extranjeros, los buenos restaurantes, los medios de comunicación. El capitalismo moderno, y millones de consumidores. Este tinglado se parece en mucho a los de Taiwán, Corea del Sur, Singapur, Tailandia y demás, con la diferencia de que aquí, como en China, los empresarios tienen que permitir que los dirija una burocracia comunista que recoge los frutos de la resistencia nacional en el pasado y comparten con ella buena parte de sus beneficios. La economía crece, mucha gente vive mejor y la mayoría no tiene más interés, muy legítimo por cierto, que el de mejorar su suerte. Si los estadounidenses no se hubieran empeñado en meterse en camisa de once varas; si hubieran dejado que culminase, como está sucediendo ahora, la cascada de las fichas del dominó capitalista; si hubieran tenido más fe en el sistema que decían defender, posiblemente habríamos llegado mucho antes aquí sin necesidad de una guerra estéril y criminal, aunque muy genuina. En cualquier caso, buena suerte con ese proyecto. Vas a necesitarla».

Y pronto el canadiense caló el chapeo, miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

17/01/2013

 
COMENTARIOS

Javier 18/01/13 17:46
¡Extraordinario relato! El canadiense es una especie de cura decimonónico decidido a hacer que el mundo retorne a su prístina moralidad católica. ¿Todavía circulan por ahí beatones así de ofuscados? Muchas gracias por alegrarnos el día con una historia tan bien traída. Un saludo.

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