Nunca hacer mudanza

por Julio Aramberri

En esta parte de Asia por la que me muevo, las elites locales siguen los consejos ignacianos como si estuvieran de ejercicios espirituales. En tiempos difíciles como los que corren, nada de cambios por más que los ansiosos se alboroten. «No hay problemas urgentes, sólo gente con prisas», dicen de consuno los capitostes del lugar con sabiduría burocrática. Pero si la conclusión es la misma para todos, los caminos que a ella conducen se bifurcan según las necesidades locales, que son diferentes, como también lo son las audiencias, que distan mucho de tener las mismas expectativas en todas partes. Iremos hablando de todo ello, pero, por el momento, lo que requiere nuestra atención es la ópera bufa representada con gran éxito en Pyonyang hace unos días.

Los comunistas de Corea del Norte son los más coherentes en ajustar los medios y los fines. El desenmascaramiento y la congrua rectificación de errores se ejecutan allí, en toda la extensión de la palabra, con la misma eficacia con la que el régimen ha conseguido mantener a su pueblo en la Edad del Bronce, justo un paso detrás, pero sólo uno, de la de la abundancia. Los mandamases locales parecen ser asiduos lectores de Marshall Sahlins y concuerdan con él en que la verdadera se dio en la Edad de Piedra, así que se han propuesto volver a ella. Pero como eso les obligaría a sacrificar su arsenal nuclear, prefieren vivaquear por ahora en la de Bronce para que puedan acompañarles en ese tránsito, cada vez menos futuro, algunos países vecinos, como Japón, Corea del Sur o Taiwán.

A Kim Jong-un, el nuevo y joven dirigente supremo de Corea del Norte, no se le conocían hasta hace poco otros rasgos de personalidad que los de su audaz peinado, una desmedida afición por el sushi y el hecho de provenir de la mejor familia del tout Pyongyang. Su corte de pelo, con rapado total y circular hasta unos tres centímetros por encima de las orejas, crecido luego en mata abundante y partido con raya en medio, hizo furor no sólo entre los jóvenes del norte, lo que no sería de extrañar, porque Rodong Sinmun, el diario oficial, lo encontraba «cautivador», sino que también rivalizó en popularidad con el de Psy, el creador de Gangnam Style, entre los jóvenes de Seúl. En cuanto a su gusto por el sushi, contaba hace poco Adam Johnson en la revista GQ que había conseguido traerse de Japón a Fujimoto Kenji, que fuera cocinero y confidente de su padre, a pesar de que Fujimoto había huido del paraíso boreal hacía años. Jong-un echaba de menos sus pastelillos de arroz. Las promesas de dejarle abrir un restaurante en el mejor hotel de Pyongyang y de que una mujer joven lo cuidaría en sus años menos briosos tuvieron un efecto embriagador sobre el sushi shokunin, que se trasladó allí al punto. La familia de Jong-un, en fin, no podía ser mejor. Su abuelo era Kim Il-sung, el fundador de la República Democrática y Popular de Corea, al que sus conciudadanos, velis nolis, tenían que llamar el Gran Líder. Tras su muerte fue declarado Presidente Eterno del país. Lamentablemente, falleció antes de que los médicos pudieran cumplir su mandato de hacerlo vivir hasta los ciento veinte años. Kim Jong-il, su padre, nunca presumió de ser un genio del golf, pero en su primera salida se marcó un par 34 y también 11 albatros (un albatros son tres golpes menos del par de un hoyo). Tiger Woods sólo ha conseguido 18 albatros a lo largo de toda su carrera y su par, creo, andaba en los 55. Fue su modestia lo que, sin duda, le valió a Kim Jong-il el título de Querido Líder. A Jong-un aún no le han designado el adjetivo apropiado para ese título de líder que ya tiene, pero no va a ser fácil para los magos de la tribu superar lo de Grande y Querido. Por el momento tiene que contentarse con Supremo, que no significa gran cosa.

Jang Sung-taek, el traidor desenmascarado y ejecutado hace unos días junto con otros de su calaña, también formaba parte del círculo familiar. Era tío político de Jong-un por su matrimonio con Kim Kyong-hui, la hermana menor del Querido Líder. Según la versión de KCNA, la agencia oficial de noticias de Corea del Norte, al ser conocida la vileza de Jang, el pueblo norcoreano estalló en un clamor, exigiendo castigo ejemplar para el felón cuya infamia recordarán los siglos [transcripción mayormente literal aquí y en lo que sigue del firmante]. Jang había caído en la tentación de formar una facción para apoderarse del poder supremo en el Partido y en el Estado. A pesar de la confianza que habían depositado en él los tres Kim, Jang no supo responder con la lealtad que suelen y deben albergar los seres humanos. En realidad, era una escoria, peor que un perro y capaz de mil traiciones. [Otro inciso. Estas cosas, leídas, impresionan, pero cuando se ve anunciarlas con una agresividad despiadada a las presentadoras de la televisión norcoreana (casi siempre esta tarea recae sobre mujeres), a uno se le hiela la sangre.] Un ejemplo de abyección. Cuando Kim Jong-un fue nombrado vicepresidente de la Comisión Militar Central y los participantes en la reunión prorrumpieron en gritos de júbilo que resonaban por toda la sala, Jang «se comportó de forma arrogante e insolente, levantándose de mala gana de su asiento y aplaudiendo a medias, con lo que se ganó la sañuda ira de todos». Otro. Jang impidió que se erigiesen murales para celebrar a Kim Il-sung y Kim Jong-il, y cuando una unidad de la milicia de seguridad pidió que se grabase en granito una carta autógrafa de Kim Jong-un para exhibirla frente a su cuartel, «tuvo la desvergüenza de dar instrucciones para que se expusiese en un rincón oscuro». Si alguien es capaz de tales crímenes, otros como tratar de apoderarse de toda la administración, emponzoñar al ejército, corromper la organización de las juventudes o disponer un ignominioso culto de su personalidad vienen de suyo. No quedaban en el tintero ni su interés en forrarse los bolsillos ni su vida disoluta. En 2009, Jang inundó de pornografía su departamento administrativo. También compró metales preciosos en contra de lo dispuesto por las leyes e instaló un fabuloso fondo secreto del que sacó 4,6 millones de euros para ventilárselos en el casino de un país extranjero.

Entre tanta infamia, es un consuelo saber que su mujer se había unido de todo corazón a las denuncias tan pronto como supo de ellas. La propia agencia oficial de noticias tranquilizó más tarde a sus lectores haciéndoles saber que la tía preferida del joven Kim seguía en sus funciones. Pero nadie ha reparado en su sufrimiento. Tras cuarenta y un años de matrimonio, debe remorder mucho en la conciencia no haber sido capaz de calar al propio cónyuge. Tal vez se lo hagan pagar.

La representación operística y el castigo del traidor al que recordarán los siglos han estado a la altura de otros montajes anteriores de la casa, e incluso los han superado. Lo digo porque los críticos del espectáculo se han quedado boquiabiertos y aún dudan entre prorrumpir también ellos en aplausos para el nuevo líder o mostrarse reservones. El espectáculo ha sido, sí, sorprendente pero, como en los éxitos de Hollywood, queda por venir the segue, las segundas y terceras partes, y nadie sabe hacia dónde va a tirar el guionista, ni si piensan cambiar de director. La verdad es que el interés de los medios y de los estudiosos por el Estado Ermitaño, tan orgulloso de su Juche nacional (para entendernos, algo así como la autarquía del protofranquismo), es muy escaso y cuando suceden estas cosas, tan difíciles de prever, a todo el mundo les cogen con el pie cambiado. Así que las primeras explicaciones se refugian en tautologías. El nuevo dirigente se afianza, dicen, sin añadir que, de lo contrario, no sería ya sino el anterior dirigente, o tal vez el penúltimo traidor al que recordarán los siglos. Kim Jong-un quiere llevar el terror a las mientes de sus oponentes para paralizarlos, repiten. Sin duda. ¿Podrá? Bueno, eso es precisamente lo que está por ver.

Hajime Izume, un observador japonés, aventura que se trata de un relevo generacional. Jong-un quiere tener en torno suyo a gente de su edad. El día en que enterró a su padre iba acompañado de siete carcamales, el más joven de los cuales, precisamente su recién victimado tío, contaba sesenta y siete años. No precisamente la gente que uno se encuentra en los parques temáticos que, según dicen, le pirran al nuevo capo. De entre las carrozas, ha purgado ya a cuatro. Deng Yuwen, un comentarista chino, apunta que el joven líder trata de poner en su sitio a los militares. Los chinos, en general, parecen ser los más preocupados por el imprevisto. Jang había sido uno de sus principales interlocutores en Corea del Norte y lo conocían bien. No puede dejar de inquietarles que, de entre la maraña de acusaciones imprecisas de que Jang ha sido objeto, haya una bastante detallada: «No tuvo escrúpulos a la hora de cometer traiciones», decía la requisitoria oficial. «En mayo pasado vendió la tierra de la zona económica y comercial de Rason a un país extranjero por un período de cinco décadas bajo el pretexto de pagarle las deudas contraídas». La capital de ese país extranjero es Pekín y, no en balde, Global Times, uno de sus órganos oficiales en inglés, titulaba así su editorial sobre el asunto (13 de diciembre de 2013): «La estabilidad política en Corea del Norte beneficia a todos». Una advertencia.

No tengo capacidad para explicar los muchos vericuetos de tan complicada trama. Lo más razonable, como precisa Andrei Lankov, es esperar. Lankov conoce bien la política y la vida cotidiana en Corea del Norte y las ha analizado con precisión y con pulcritud (su último libro, The Real North Korea. Life and Politics in the Failed Stalinist Utopia, se lee de corrido). Así que resume: «Estamos en un territorio para el que no hay mapas».

Ya, pero también sabemos que en algún lugar de ese Tártaro hay silos nucleares.

20/12/2013

 
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