Nosotros, que somos tan felices

por Julio Aramberri

Hace unos días me tocó desplazarme a Bangkok desde Phnom Penh. Cuando se trata de vuelos cortos como éste, suelo confiar mi destino a Air Asia. Lo hago con reticencia, porque hacer una reserva con ellos por Internet es una pejiguera importante. Hay que andarse con ojo, pues en cada nueva pantalla, como si se tratase de las revueltas de un camino solitario, puede saltar de la nada un bandolero. «No, no quiero elegir un asiento por cinco dólares más; decídanlo ustedes por mí, que no me cuesta; no, no, paso de ese imprescindible seguro de viaje; voy ligero de equipaje, así que ahórrense ofrecerme un suplemento de peso: con los kilos que incluya el billete me basta; maldita sea, ¿así que me cuesta un tres por ciento extra pagar con tarjeta de crédito y, encima de que estoy yo haciendo todo el trabajo, van ustedes a cargarme un pico por mandar la reserva a mi correo electrónico?». Pero no hay escapatoria. A pesar de todas las precauciones, el coste final suele ser bastante mayor que el ofertado inicialmente. Sin embargo, a la postre, siempre acabo viajando con ellos. Es la mejor aerolínea de esta parte del mundo, con aviones nuevos, excelente puntualidad y unas tripulaciones jóvenes, amables y deseosas de ayudar al viajero. No hay mucho espacio entre asientos, pero, total, si el vuelo dura menos de tres horas, la tortura es soportable. Así que me fui a Bangkok con Air Asia.

Como en todas las líneas de bajo coste, sus gestores tratan de reducir al máximo los costes de operación. Por eso, desde hace dos o tres años, Air Asia se mudó de Suvarnabhumi, el nuevo aeropuerto de Bangkok, resplandeciente pero caro, al antiguo, en Dong Mueang, con costes adicionales a los del pasaje. Mientras que en Suvarnabhumi hace tiempo que metieron en cintura a los taxistas, en Dong Mueang, entre otras deficiencias, el servicio de taxis presentaba un serio problema de oferta. En una ocasión en que llegaba alrededor de las doce de la noche y mi vuelo había coincidido con varios más, la parada de taxis hacía recordar a Hobbes. El desbarajuste era canallesco y brutal, aunque lamentablemente no corto, y nos empujaba –éramos más de trescientos– a no pensar más que en subirnos a uno a toda costa. Mientras, los escasos taxistas se negaban a usar el taxímetro y sólo cargaban al mejor postor y los precios subían cada minuto, como en la Alemania de Weimar.

La gran promesa del Gobierno golpista del general Prayuth, un resuelto partidario de Bentham, ha sido devolver la felicidad a los tailandeses. Si uno sigue las encuestas que publican los diarios locales en lengua inglesa, Prayuth parece estar en el buen camino. Un 78% de quienes respondieron a una encuesta reciente de The Nation piensan que la corrupción disminuirá durante su mandato y, hace sólo unos días, The Bangkok Post informaba de que la confianza de los consumidores estaba en el punto más alto de los últimos trece meses, es decir, desde que empezaran los disturbios contra el Gobierno de Yinluck Shinawatra. No es de extrañar. Esta vez, en la puerta de los taxis del aeropuerto de Dong Mueang, había un orden sorprendente, con colas relativamente organizadas y numerosos taxistas que bajaban la bandera sin rechistar. Si a mí o a otros turistas nos preguntaran por nuestro grado de felicidad tras esta última llegada, de seguro que contestaríamos algo parecido. Al fin y al cabo, según cuentan, también con Mussolini los trenes italianos salían y llegaban con gran puntualidad, aunque durara poco la racha. La felicidad es a menudo la primera víctima de la luna de miel.

Los militares tailandeses parecen decididos a defender su felicidad. Su agenda está desarrollándose con puntualidad castrense. Dejaron que el clima político en el país se deteriorase sin cumplir con su deber de defender al Gobierno legítimo y, cuando sus aliados civiles consiguieron paralizarlo, el general Prayuth y sus colegas dieron un paso adelante para salvar a la patria: la suya. En sus declaraciones iniciales, los golpistas hablaban de un paréntesis de unos quince meses de reformas, tras de los cuales se restablecería un Gobierno civil. Aunque no se sabe bien qué entienden por un Gobierno civil, las etapas iniciales del recorrido han quedado claras. Tras del golpe, y sin renunciar a la ley marcial, se trataba de establecer un Estado de leyes, aunque no de derecho. Es decir, el régimen se ha dado una apariencia de legalidad con la que poder afrontar la prometida reforma del país. Así que los junteros han comenzado a institucionalizar el nuevo régimen.

A finales de julio, la junta (Consejo Nacional para la Paz y el Orden, o NCPO, por sus siglas en inglés) adoptó, con la aprobación real, una constitución transitoria para dotar de legalidad procedimental a sus decisiones. Aunque la constitución reconoce que la soberanía radica en el pueblo tailandés, a los militares y a sus partidarios no se les pasó por las mientes que el pueblo pudiese permitirse articular su propia idea de felicidad. La Constitución reserva el ejercicio supremo del poder soberano a la propia junta, a la que se le permite también hacer toda clase de enmiendas al texto constitucional si se presentan «situaciones incontrolables». Los redactores de la nueva Constitución, dos profesores de Derecho, al parecer menos entusiastas de Bentham que de Carl Schmitt, también se ocuparon de que el texto recogiese una amnistía total por acciones pasadas y futuras para los golpistas del NCPO, por si en algún momento a alguien se le ocurría pedirles cuentas.

El poder legislativo se confiaba a una asamblea nacional de doscientos miembros nombrados directamente por el NCPO, que los designó en 31 de julio. Con una feliz decisión, su mayoría estaba compuesta por mandos militares y policiales en activo o retirados, entre ellos un hermano del general Prayuth. El resto se reservaba a juristas, funcionarios, académicos y tecnócratas representantes de la elite política tradicional. En suma, la cámara no es más que la estampilla con la que la Junta y el Gobierno tapan sus vergüenzas. Una de sus muy limitadas competencias es la de elegir al primer ministro y, sin mayores sobresaltos, días después (21 de agosto), en una decisión a la búlgara (ciento noventa y un votos favorables, ninguno en contra y tres abstenciones), la asamblea eligió como primer ministro al general Prayuth, quien procedió a formar un nuevo Gobierno con treinta y dos ministros, un tercio de los cuales son militares o miembros de la policía. El puesto de viceprimer ministro recayó en Pridiyathorn Devakula, un importante banquero, a quien parecen gustarle los regímenes de excepción (ya fue miembro del gabinete golpista de 2006). Pridiyathorn se encargará de dirigir la estrategia económica junto con el ministro de Finanzas, otro economista también exconsejero de los golpistas de antaño. Una de sus primeras tareas será encarrilar a la economía tai por la vía del crecimiento. El PIB cayó un 0,5% en el primer trimestre de 2014 y registró sólo un aumento del 0,4% en el segundo, aunque los junteros esperan que en la segunda parte del año el crecimiento adopte la forma de una V, es decir, aumente con rapidez y llegue al 2% anual.

Pero, en definitiva, esta primera parte de la agenda política de la Junta es un aperitivo. Lo verdaderamente decisivo vendrá en los próximos meses. La Constitución interina prevé un procedimiento sumamente tortuoso para imponer la felicidad en el país. Ante todo, promete diseñar un programa de reforma de todas las instituciones para que a Tailandia, con una frase bien conocida entre nosotros, no la reconozca ni la madre que la parió. Una vez finalizado en sus detalles, el plan de reforma se incluirá en una nueva Constitución. Los detalles de este proceso, que no tiene fecha de culminación, son enormemente complejos, pero exponen a las claras la concepción elitista y tecnocrática del país que los golpistas tienen en la cabeza. Idealmente tratarán de, primero, poner de acuerdo a todos los sectores de la elite tradicional, algo que no va a ser sencillo. Aunque todos ellos estuvieron de acuerdo en acabar con el régimen de los Shinawatra, sus intereses son muy divergentes, como lo son también las estrategias para asegurarlos. Luego tratarán de atraer a los grupos posibilistas dentro de la previsible oposición y de meter en cintura a los irreductibles, aunque ya se han visto las dificultades que entraña esta estrategia. En cualquier caso, tanta felicidad parece tan poco posible como un círculo cuadrado.

Para cuando lleguen esas calendas griegas, probablemente los taxistas de Dong Mueang habrán vuelto por sus fueros.

09/09/2014

 
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