No es más que el principio

por Julio Aramberri

Las fotos llegadas de Hong Kong no dejaban lugar para la duda. El 10 de diciembre, Queensway, una vía de circulación rápida cercana a la Casa de Gobierno local, estaba aún cerrada al tráfico por los seguidores de Occupy Central, que la habían tomado hacía más de diez semanas. Pero ese mismo día, luego de una decisión judicial que decretaba la ilegalidad de la ocupación, varios cientos de policías armados con cortapernos, motosierras, martinetes y sus defensas reglamentarias se adentraron en la zona y el jueves 11 casi no quedaba rastro de las barricadas y de las tiendas de campaña. Aunque todavía ralo por los trabajos de desalojo y limpieza del improvisado campamento, el tráfico de coches y autobuses empezaba a ser normal. Occupy Central había acabado.

El orden reina en Hong Kong.

El orden, se entiende, al gusto de los jerarcas de Pekín. Tan pronto como la operación policial acabó, por boca de su Agencia para Asuntos de Hong Kong y Macao, el Gobierno central chino (Consejo de Estado es su nombre oficial) remachaba «su total acuerdo y firme apoyo» a sus acólitos de Hong Kong y a la policía local, que habían impuesto el imperio de la ley frente a unos alborotadores resueltos a que se tambalease el orden social, la economía y el progreso democrático del territorio. China Daily, la cara bonita de la diplomacia pública china, animaba a sus lectores con una particular salida a los medios: «La derrota de la “Revolución de los Paraguas”», titulaba exultante su editorial. «Ahora los habitantes de Hong Kong finalmente saben que […] “el gobierno de Hong Kong por el pueblo de Hong Kong” no puede colisionar con la legítima autoridad del Gobierno central».

A lo largo del proceso, el Gobierno chino se ha envuelto en la doctrina Deng –«un país, dos sistemas»– como si de algo más que de una ficción de conveniencia se tratase. Tras un desconcertante nerviosismo inicial, que hizo temer a algunos por una repetición en Hong Kong de la matanza de 1989 en Tiananmen, sus medios de comunicación han mezclado la denuncia de los agitadores con la confianza en que el gobierno local sabría hacer frente a los acontecimientos. Aunque seguramente en su fuero interno los dirigentes de Pekín culpaban a Leung Chun-yi, su procónsul local (los medios de Hong Kong suelen llamarlo CY a secas), por haber permitido que el movimiento prodemocracia llegase tan lejos, Xi Jinping le dio su espaldarazo en la cumbre de la APEC (Pekín, 10-12 de noviembre pasado) y lo animó a defender el mecanismo de elección de su eventual reemplazo en 2017, a despecho de las protestas de los demócratas. Pekín ha prometido que esas elecciones se harán bajo el sistema de sufragio universal (todos los habitantes del territorio tendrán derecho al voto), pero será un sufragio restringido a la elección entre candidatos seleccionados por comités de notables enfeudados con el Gobierno central chino. Justamente lo contrario de lo que exigían los participantes en las ocupaciones: que los candidatos pudiesen presentarse sin trabas burocráticas ni tener que demostrar su «patriotismo», es decir, su fidelidad a lo que quieran imponer los jerarcas chinos.

A primera vista, la apuesta de Pekín por la paciencia parece haber dado fruto. Pese a movilizar a decenas de miles de seguidores en sus momentos críticos, y pese a contar con la comprensión, o incluso con la simpatía, de otros muchos más, Occupy Central ha sido un movimiento espontáneo cuyo éxito ha pillado de improviso a las personas y organizaciones que lo formaron. Su fuerza radicaba en la claridad del objetivo –elecciones libres–, pero en esa apuesta contra la banca se escondía también una debilidad. Pekín no estaba dispuesto a ceder y los demócratas carecían de la fuerza suficiente para imponerse, de modo que, a medida que pasaba el tiempo, su impotencia se manifestaba de forma cada vez más palmaria.

De la exigencia radical de partida, sus dirigentes se vieron empujados a reducir progresivamente sus demandas. Primero, pidieron la dimisión de CY Leung por haber respondido con una brutal represión a los ocupantes (29 de septiembre); cuando CY aclaró que no pensaba dimitir (30 de septiembre), aceptaron su propuesta de parlamentar con Carrie Lam, la segunda autoridad del gobierno local (2 de octubre). Tras muchos tiras y aflojas, las conversaciones finalmente se celebraron y se emitieron por televisión (21 de octubre) pero, como cabía prever, terminaron sin resultados tangibles.. Ante el bloqueo de la situación, los líderes del movimiento respondieron (2-5 de noviembre) con propuestas dispares. Algunos sectores reclamaban un referéndum; otros proponían la disolución del órgano legislativo local para dar paso a una elección en la que los votantes mostrasen sus preferencias; otros, en fin, querían entenderse directamente con Li Keqiang, el primer ministro chino. Sueños.

A medida que pasaba el tiempo sin lograr que el gobierno local se moviese y sin poder formular una alternativa propia, el movimiento de ocupación iba perdiendo fuerza, aunque su popularidad se recuperase ocasionalmente cada vez que sufría un ataque violento, ya fuera el de unos gángsteres en Mong Kok (3-4 de octubre), ya nuevas cargas policiales (18-19 de noviembre). Pero el cansancio entre la población y entre los ocupantes crecía. El 17 de noviembre aparecían los resultados de un sondeo realizado por la Universidad China de Hong Kong entre el 5 y el 10 de noviembre. Aunque variaban notablemente según la edad de los encuestados, dos tercios del total pensaban que se debía poner punto final a las ocupaciones. Dos días después, la Universidad de Hong Kong publicaba otro sondeo. Ahora el número de quienes querían su fin ascendía al 83%. Ambas encuestas reflejaban, además, un descenso de los apoyos para Occupy Central. En la realizada por la Universidad China, quienes negaban su apoyo al movimiento eran el 43% (sobre el 35% de otro sondeo realizado el mes anterior); en la de la Universidad de Hong Kong representaban un 55%.

En estas condiciones, el resultado final estaba cantado. Por un lado, las divisiones entre los demócratas se desataron el 19 de noviembre, cuando un grupo de enmascarados que decían formar parte del movimiento prodemocracia, al parecer radicales descontentos con la indecisión de sus líderes, trató de ocupar violentamente la sede de la asamblea legislativa local. Por otro, a petición de instituciones y particulares, los tribunales comenzaron a fallar que las ocupaciones eran ilegales, abriendo así el camino a los desalojos. El primero iba a producirse (26 de noviembre) en Mong Kok, una barriada popular considerada por el poder local como la más difícil de las tres zonas ocupadas. Luego vendría el área de Admiralty (11 de diciembre) y, finalmente, la de Causeway Bay (15 de diciembre).

El orden, por fin, reina en Hong Kong sin que los jerarcas chinos hayan tenido que dar su brazo a torcer.

¿De verdad?

Pekín no ha seguido con los demócratas de Hong Kong el despiadado catón represivo que acostumbra a imponer en el resto de la República Popular. Los amigos del Gobierno chino mantendrán que su mañosa paciencia en este lance es una nueva muestra de su sabiduría. No hay que creerlos. No ha sido la virtud, sino el cálculo lo que ha decidido la conducta gubernamental. Su instinto inicial era el del Diario del Pueblo, su periódico oficial, que al comienzo de las ocupaciones advertía de que si las protestas continuaban «las consecuencias serán inimaginables». Pero Pekín sabía que no podía darle gusto al cuerpo, porque Hong Kong es un centro económico y financiero vital para su país y las consecuencias de una represión al estilo de Tiananmen resultaban perfectamente predecibles para el neomandarinato. Global Times podía farfullar que «los radicales de Hong Kong son un tigre de papel», pero ese predicado se ajusta mejor a su propio Gobierno.

La suya ha sido una victoria pírrica. Por más que haya castigos para quienes se han atrevido a reclamar libertad para Hong Kong, el todavía existente respeto por la ley en el territorio impedirá que sean tan ejemplares como los que se suelen imponer en el continente. El movimiento prodemocracia podrá pasar por una fase recesiva, pero no está acabado. Al contrario, los miles de ocupantes que han tenido con él su primera experiencia política han aprendido mucho y, reflexionando sobre sus errores, aprenderán aún más. Tienen, sin duda, que entender que la libertad no puede asegurarse sólo en el estuario del río de las Perlas y que el futuro de la democracia en Hong Kong sólo se asegurará si se lucha por ella en toda China. Pero la gran mayoría de los ocupantes son muy jóvenes, es decir, tienen tiempo suficiente para instruirse. Y tienen muchas cosas a su favor. Han perdido el miedo; han experimentado la importancia de una buena organización; se han esmerado en no practicar la violencia; no se han dejado embrollar por las trapacerías de sus adversarios.

A la entrada del campamento de ocupantes de Queensway había un dintel adornado con la inscripción «It’s just the beginning». La policía lo derribó en uno de sus primeros envites.

Sus jefes sabían que no era una fanfarronada.

16/12/2014

 
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