Mini-Kim desaparecido

por Julio Aramberri

Aunque pueda desorientar el título, no me propongo evocar a Marcel Proust, sino ceder a la pasión low-brow que me provoca Mini-Me, el clon del Doctor Evil en la serie de Austin Powers. Todos tenemos gustos inconfesables. Y, quizá por eso, Kim Jong-un me atrae tanto, porque me recuerda a Mini-Me cada vez que lo veo. Al fin y al cabo, a Mini-Me lo clonaron (a escala de un octavo) del mismísimo Doctor Evil, al igual que a Kim Jong-un lo han clonado de su padre y de su abuelo. Tanto como Mini-Me, Mini-Kim es un producto genuino e inadulterado, algo así como el ginseng de su tierra natal. Y, como Mini-Me, Mini-Kim parece un concentrado de maldad sin mezcla de bien alguno. Eso me hace gracia.

Han estado los medios de comunicación revueltos en estos días porque Mini-Kim había desaparecido y se preguntaban qué estaría pasando, como si su falta fuera la causa y no el efecto de algo que, en cualquier caso, no sabemos. A pesar de la inanidad de la empresa, pocos se han resistido a hacer de kremlinólogos, aquella fauna que escrutaba los puestos de los jerarcas soviéticos en el desfile anual del Primero de Mayo con una adicción digna de mejor causa. Con errónea y pertinaz contumacia, como luego se vio, los kremlinólogos se equivocaban de medio a medio.

A Mini-Kim le llevan una cuenta muy rigurosa. El joven mariscal, o generalísimo, o lo que quiera que sea, estuvo fuera de juego desde el 3 de septiembre, el día en que apareció con su mujer en un concierto. Desde entonces faltó a citas tan importantes como la del pasado 25 de septiembre en la Suprema Asamblea del Pueblo, que en Pyonyang dicen que es el parlamento del país, o la celebración del sexagesimonono aniversario de la fundación del Partido de los Trabajadores de Corea el 10 de octubre. Ese es un día grande, en el que la plana mayor de los dirigentes comunistas peregrina hasta el Palacio del Sol de Kumsusan, en tiempos residencia oficial de Kim Il-sung y hoy un mausoleo donde yacen embalsamados él y Kim Jong-il, y hace ofrendas florales ante las gigantescas estatuas de ambos en el Gran Monumento de Mansudae. Cada una de ellas mide veintidós metros para subrayar la parigual importancia de ambos líderes. ¿Estarían los escultores de cámara tallando ya una tercera?

No era la primera vez que el nuevo Querido Líder (un título heredado de su padre) se ha alejado de las candilejas. En 2012 desapareció durante veinticuatro días para finalmente aparecer de visita en un acuario (le gustan mucho los delfines y presume de hablar con ellos) y se le conocen otro par de ausencias no explicadas. Su padre, Kim Jong-il, también desapareció inesperadamente durante un par de meses pero, en su caso, se supo después que se había debido a un ataque al corazón. Y se especula con que a Mini-Kim pueda haberle sucedido lo mismo. Al cabo, la televisión norcoreana lo mostró renqueando de una pierna durante la visita a una fábrica hace unas semanas y justificaba su ausencia del 25 de septiembre por una «dolencia».

La kremlinología mediática, siempre alerta, se disparó. La mayor parte de los comentaristas se apuntaba a la hipótesis de la enfermedad. Mini-Kim ha engordado mucho y eso podría haberle provocado gota o una fractura de los tobillos. Y nos explicaban su súbito aumento de peso. Mini-Kim se educó en Suiza, en un colegio de elite, bajo el seudónimo de Chol-pak, o Pak-chol, entre 1993 y 1998, y de allí pasó durante otros dos años al internado de lujo Liebefeld Steinhölzli, cerca de Berna. Aquí se hacía llamar Pak-un, o Un-pak, y pasaba por ser el hijo de un diplomático de la misión norcoreana. En el internado, cuentan, desarrolló una pasión desmedida por los quesos locales. El emmental, el gruyère, el appenzeller, la raclette y demás tienen un alto poder calórico: de ahí sus kilos de más. Otros, menos comedidos, apuntaban que su verdadera «dolencia» podría ser una fuerte migraña debida a una bala 9x19mm Parabellum. La hipótesis del golpe de Estado, era, sin embargo, una opción minoritaria, descartada por Corea del Sur y por la Casa Blanca.

Pero, si no había habido golpe, alguien debía de estar llevando las riendas del poder durante la ausencia, debiérase a lo que se debiere, del Sol del Siglo XXI (otro título heredado de papá). Geoffrey Cain, de la agencia Globalpost, empezó a hablar de su hermana menor, Kim Yo-jong. Poco se sabe de ella. Parece que nació en 1987 o 1988 y que es hija de la misma madre de Jong-un. Se habría educado con él en Suiza, pero de vuelta a Pionyang se había mantenido en la oscuridad hasta que en marzo pasado la televisión local destacó su participación en los trabajos de la Asamblea Legislativa. Cain recogía el rumor de la Solidaridad de Intelectuales Norcoreanos, una organización con sede en Seúl, que agrupa a profesores exiliados. Según esa fuente, Yo-jong se había convertido en la principal confidente de Mini-Kim y controlaba todas sus comunicaciones con el exterior.

Aunque no sepamos por qué, el reino ermitaño había empezado a mover fichas en las últimas semanas. El pasado 3 de octubre, inopinadamente, se presentó en Inchón, una ciudad surcoreana en la que iban a clausurarse los Juegos Asiáticos, una delegación de los vecinos del norte. En el avión estatal, escoltado por un grupo de guardaespaldas reconocibles por sus gafas de sol y sus audífonos, viajaba el vicemariscal Hwang Pyong-so, a quien se tiene por el segundo personaje de la república boreal. A Hwang lo acompañaba Choe Ryong-hae, quien inicialmente había sustituido a Jang Song-thaek, el tío de Mini-Kim caído en desgracia y ejecutado el pasado mes de diciembre. Desde entonces, Choe había descendido varios escalones en la jerarquía y ahora era nada más que ministro de Deportes. Al parecer, a Mini-Kim le habían llegado noticias de que tenía una voluminosa cuenta en dólares en un banco chino.

Hwang hizo su carrera en el Departamento de Organización y Guía que se encarga de formar, promocionar y, eventualmente, depurar a los altos cuadros del Partido. Con la llegada al poder de Mini-Kim, Hwang pasó a ocuparse del ejército y, en septiembre de 2014, fue nombrado vicepresidente de la Comisión de la Defensa Nacional que preside el joven dictador. Hwang no es ninguna paloma. El pasado mes de julio, en una parada militar, animaba a las tropas a que se preparasen para la batalla final con Estados Unidos.

Durante su visita, Hwang mantuvo conversaciones con funcionarios de Corea del Sur y les hizo llegar que Kim Jong-un gozaba de buena salud. Este y otros gestos recientes, como las declaraciones de su ministro de Exteriores sobre una distensión de las relaciones con el sur, o haber reconocido ante la ONU la existencia de campos de trabajo en el país, posiblemente no pasaban de ser fintas de diplomacia pública de cara a la galería. Al cabo, el canciller norcoreano insistía al poco en que el programa nuclear de su Gobierno no sería nunca objeto de negociación y sus jefes negaban la existencia de los campos de trabajo.

Pero tal vez había algo más. Los días 8 y 9 de octubre, Global Times, un diario en inglés filial del Diario del Pueblo de Pekín, publicaba dos editoriales llamativos sobre la situación en Corea del Norte. Tras defender que el país «necesita valor y sabiduría políticas para cambiar considerablemente» y que «existe una modesta posibilidad de que Corea del Norte acabe por abrazar la apertura», el diario advertía que había quien especulaba con que Corea del Norte «está buscando acercarse a Corea del Sur, Japón e incluso Estados Unidos […]. Pero China es aún el más importante y el más positivo de los vecinos de Corea del Norte y su importancia estratégica para Pionyang es irreemplazable». Y remataba: «Si hay cambios subversivos en Pionyang, cada una de esas naciones tendrá que enfrentarse con serios riesgos». Eso da que pensar.

Pero, al fin, Mini-Kim terminó de hablar con los delfines, reapareció con un bastón y hundió a los kremlinólogos.

21/10/2014

 
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