MILF

por Julio Aramberri

«Lo que más me gusta es ir a la playa y tomar el sol desnuda». Me atraganté. La gamba en salsa de nueces que acababa de coger con los palillos a punto estuvo de desviarse en la epiglotis, pasar a la tráquea y causarme una asfixia letal. Entre golpe de tos y golpe de tos, yo miraba a mi vecina de mesa y no daba crédito a lo que había oído. Era una joven profesora de universidad en una ciudad perdida de la provincia de Henan en la que me habían invitado a dar una conferencia. Pese a su rancia historia –durante la dinastía Song (960-1279), Kaifeng, su actual capital, lo fue también del imperio del centro y en su cenit llegó a contar con cuatrocientos mil habitantes–, Henan, partida por el río Amarillo, es hoy poco más que una gran llanura cerealera en el centro de China. No tiene mucho de lo que presumir. Los guardias rojos de Mao se tomaron allí al pie de la letra la admonición del faro que despejaba las tinieblas de sus vidas y remataron a conciencia a los cuatro vejestorios con que el timonel les animaba a acabar de una vez por todas. A saber, viejas ideas, vieja cultura, viejas costumbres, viejas formas de vida. De la Kaifeng histórica casi no queda nada y Henan ya sólo tiene por glorias el monasterio de Shaolin, la cuna del kung fu, y Yuntaishan, la montaña de la que yo me había propuesto escribir antes de que la joven profesora me hiciese tan aleve confidencia. Henan es una provincia más bien gazmoña, algo así como Soria, Albacete o Teruel, y lo último que uno espera encontrarse allí, en la universidad perdida de una ciudad aún más perdida, es a una MILF (el acrónimo de Mom, I Love Fucking) que es como los chicos de hoy llaman a sus compañeras que –decíamos nosotros– «tragan».

La cena de bienvenida de la noche anterior había seguido la falsilla habitual de los fastos universitarios chinos. Me habían sentado al lado, para que me tradujese las nonadas del baranda de turno, a una profesora de unos treinta y cinco años, que vestía algo parecido al hábito de una orden tercera. No era vistoso, como el morado y oro de los nazarenos, sino un traje carente de la menor gracia que lo redimiese, como de teresiana del Padre Poveda. Tenía las mangas largas y cerradas en la muñeca, con unos puños como de camisa de hombre. Era amplio y ajeno a las formas de su cuerpo (lo que seguramente era de agradecer) y le llegaba hasta un poco más arriba de los tobillos, todo él someramente ajustado a la cintura con una tira de plástico color ala de mosca.

Las parrafadas de su decano, todas a mayor gloria propia, de la universidad, de Henan y de los dirigentes del Partido, me las maltraducía al inglés la monjita, al tiempo que, en las pausas y con el ardor de las novicias, entreveraba otras de cosecha propia para mostrar su gran respeto por aquel intelectual incomparable (más tarde me comentaron que sus colegas de la pequeña taifa decanal la conocían como Pelota Primera). Por mí, como si las traducía al swahili. Mi atención, hecha un láser, se concentraba exclusivamente en los pastelillos (dumplings) rellenos de carne picada y en el mero en salsa agridulce que les seguían en la mesa rotatoria. Algo más también contribuía a enturbiarla: el baiju estaba surtiendo efecto.

En todos los banquetes chinos se brinda copiosamente con baiju. No hay que dejarse engañar por la palabra. Baiju suele traducirse por vino, pero eso a lo que los chinos llaman vino es un aguardiente, mayormente de sorgo, con un brutal 40-60% de alcohol y un sabor por completo chocante para los paladares occidentales, al menos, para el mío. Uno de los más conocidos es el maotai y hace dos años, en una subasta, unas botellas de añejo de 1982 ascendieron a cinco mil dólares cada una. Las de maotai reciente suelen estar en torno a los trescientos. Antes pronto que tarde, si no lo ha hecho ya, un enólogo posmoderno subrayará en la sección de gastronomía de algún diario global deseoso de epatar a sus lectores lo bien que da en retronasal.

No era precisamente maotai lo que corría por la mesa aquella noche, porque la botella era de cristal, no de cerámica, pero había que beber. Según me explicaron antes de sentarme, el protocolo local exigía que el anfitrión, en este caso el decano, brindase tres veces en honor del invitado. De pie y levantando su vaso (calculo que tendría unos cuarenta mililitros), decía unas palabras y, a la voz de ganbei, la concurrencia se bebía el mejunje hasta las heces, mostrando luego a los demás el vaso vacío. Acabada esta primera ronda de tres brindis, le llegaba el turno al invitado, que hacía lo mismo. Sólo entonces podía empezarse a comer.

Llevábamos, pues, cerca de un cuarto de litro antes de sentarnos a la mesa. Luego, cada uno de los comensales se vendría hacia mí y, para mostrarme respeto, volvería a llenar mi vaso, a decir ganbei y a pulirse el suyo al mismo tiempo que yo el mío. Con inquietud conté seis hombres. Otro cuarto de litro. Había también siete mujeres, pero en el norte del país, que es donde más asisto a más cuchipandas académicas, las mujeres no suelen beber alcohol y, por tanto, no brindan. Vana ilusión. Las de Henan eran igual de trompetillas que sus colegas masculinos. A mitad de la cena sólo deseaba que los que faltaban por mostrar respeto me lo hubiesen perdido y se parase la rueda infernal, pero no habría de pasar de mí ese cáliz. Con casi un litro de agua-que-quema corriendo por mis venas: así le hubieran clonado al decano a partir de una célula madre del mismísimo Juan Crisóstomo, y así me hubieran enardecido sus patrióticas vivas a Cartagena, no estaba yo a esas alturas del simposio en condiciones de apreciarle como merecía. La monjita… a decir misa.

Pero estábamos en la noche siguiente. La presunta MILF que a pique estuvo de hacerme hocicar para los restos con su afición a tomar el sol au naturel, algo que para una profesora universitaria, joven y china, no dejaba de ser una inesperada enormidad, venía calentando motores desde un poco antes. Acababa de volver de Estados Unidos, decía, donde había pasado cinco años estupendos. Ella no era, seguía, una china corriente. A ella le gustaba la libertad y ganar experiencias de toda clase, insistía. Allí a nadie le preocupaba si (¡glup!) era virgen o no. Pero, de vuelta a casa, sus padres andaban desesperados porque sentase la cabeza y se casase cuanto antes. Ya tenía veintiocho años. «Mala suerte, guapa. No podría ayudarte en lo de la experiencia», bromeé al calor del baiju que también corría abundantemente esa noche. «A mí sólo me gustan las mujeres jóvenes». Por lo bajini, mi cerebro reptiliano pugnaba por que me animase a proponerle ayuda y quería creer en un milagro posterior a la cena, pero pronto se impuso la paranoia del neocórtex. «No te creas nada. En China no hay mujeres MILF. Eso son bobadas de los orientalistas como tú. ¿Acaso no has leído a Said? Esta es otra espía. Ayer te soltaron a la monjita, que es una inútil. Hoy te tientan con esta chica para que, encelado, sueltes cualquier cosa por esa boca. No, no tienen interés especial en saber si eres de la cáscara amarga. Sólo lo que quiere todo burócrata que se precie: saber tu número, tenerte controlado. En cualquier caso, la MILF va a desaparecer, largues o no largues, a contarle al secretario del Partido lo que te haya sacado en cuanto se acabe la cena. Así que ni una palabra ni otra gracieta. No les des ese gusto». Tal vez mi intuición fuera cierta; tal vez se había ofendido con la broma; tal vez –y seguramente eso era lo más cierto– a ella le daba igual lo que pudiese decir un señor tan mayor; o sólo quería matar el tiempo o hacerse notar; tal vez la esperaba el secretario del Partido. ¿Quién sabe? Dejamos de hablar y, tan pronto acabó la cena, miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

En mi habitación del hotel luego, a punto de dejar que el baiju me abandonase en brazos de Morfeo, recordé que el día anterior había visto la foto de una protesta en la Universidad de Cantón. Seis chicas exigían igualdad de derechos con sus colegas masculinos y, como si fueran de Femen, se habían quitado camisetas y sostenes para hacerse notar más. China Daily, que había publicado la foto (22 abril 2014), la bajó a las pocas horas. Al día siguiente apareció otra de cuatro muchachas, sólo una de ellas china, que se habían subido al metro de Harbin sin pantalones. El diario no decía si también estaban de protesta.

¿Será verdad que las mujeres jóvenes chinas ya no son lo que eran? ¿Habría perdido yo una oportunidad de esas que, a mi edad, ya sólo existen en sueños, por no querer sentar plaza de orientalista?

Maldito seas, Edward W. Said.

06/05/2014

 
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