Lengua de buey

por Julio Aramberri

«Demasiados chinos hemos tenido aquí durante más de mil años. No les demos más oportunidades»: así se expresaba en el verano de 2011 la presidenta de la Universidad de Saigón en la que yo trabajaba. El Gobierno vietnamita había denunciado por entonces ataques de patrulleras chinas a uno de sus barcos que realizaba estudios sismográficos en aguas territoriales de Vietnam y su queja se vio seguida de manifestaciones antichinas en diversas ciudades del país. En nuestra universidad se formaron comités de apoyo a las protestas, más que con la pura venia, con el apremio de la presidenta, que cargaba con las  palabras referidas contra la decisión gubernamental de prohibirlas y contra la detención de algunos activistas que la habían ignorado.

Era la presidenta una mujer cultivada e inteligente, pero en este caso no hacía sino ampararse en un cliché. En realidad, China nunca ha dominado Vietnam, porque Vietnam sólo se convirtió en una nación casi igual a la que hoy conocemos a comienzos del siglo XIX bajo la dinastía Nguyễn. Hasta entonces, y durante toda su historia anterior, el Vietnam actual había estado siempre dividido, aun de muy diversas maneras, y la dominación milenaria china (111 a. C.-939 d. C.) mayormente afectó al delta del río Rojo, el área en torno a Hanói que, bajo la colonia, los franceses llamaban Tonkín. En la Cochinchina francesa, la zona del delta del Mekong que, con grandes trazos, podría incluir también a Saigón, no hubo, pues, tal cosa. Pero, para un nacionalista, estos detalles no son más que tiquismiquis históricos. Lo que cuenta es la defensa de los intereses nacionales a la que prestan su empaque los agravios históricos aunque, como en el caso del Saigón actual, nunca hayan existido.

Los incidentes de 2011 entre China y Vietnam se han reproducido, corregidos y aumentados, en estos días. Y también se ha vuelto a echar mano de la historia. Ahora China ha esgrimido un documento antiguo para justificar su pretensión de explotar en exclusiva los recursos económicos del llamado Mar del Sur de China. Esas aguas tienen una extensión de unos tres millones y medio de kilómetros cuadrados y, como lo indica su nombre, se sitúan al sur del país. De hecho, South China Sea es el nombre inglés aceptado por la Organización Hidrográfica Internacional, un organismo intergubernamental que establece las normas para la elaboración de mapas náuticos, pero esa denominación no es unánimemente aceptada. Los chinos, efectivamente, se refieren a la región como Nan Hai (Mar del Sur), pero para los vietnamitas es el Mar del Este (Biển Đông) y los filipinos lo llaman Mar de Luzón (Dagat Luzon) o, desde que en 2012 lo decidiera así Benigno Aquino, el actual presidente del país, Mar del Oeste de Filipinas (Dagat Kanlurang Pilipinas). Esas diferencias muestran la disparidad de las pretensiones que cada uno de esos países tiene sobre la región. Otros, como Malasia o Indonesia, no ponen reparos al nombre, pero reclaman a su vez derechos sobre alguna de sus zonas.

Geográficamente, los espacios en disputa son fundamentalmente cinco: las islas Spratly (Nansha, o Playas del Sur, en chino; Quần đảo Trường Sa en vietnamita); las Pratas (Dōngshā, o Playas del Este, en chino); las Paracel (Xisha, o Playas del Oeste, en chino; Quần đảo Hoàng Sa en vietnamita); el bajío de Scarborough (Huángyán Dǎo en chino; Kulumpol ng Panatag en tagalo) y el banco de Macclesfield (Zhongsha, o Playas del Centro, en chino). También están en litigio las islas Natuna (administradas actualmente por Indonesia). Pero la configuración política de esa parte del Pacífico no había creado problemas hasta hace poco. La forman un conjunto de archipiélagos que no habían sido antes un objeto de deseo, pues se trata de islas, atolones, arrecifes y bajíos de escasas dimensiones, muchos de ellos sólo visibles en las horas de bajamar e inhóspitos para eventuales pobladores. Por eso, hasta hace poco, las aspiraciones a su dominio legítimo no habían pasado de las declaraciones a los hechos. Pero, si se atiende a los legajos  jurídicos, aquello tiene todo el potencial de convertirse en un avispero endemoniado en el que los intereses cruzados de los países citados se complican aún más por el hecho de que tanto la República Popular China, es decir, la China continental, como la República de China (Taiwán) se oponen a todos los demás y, al tiempo, esgrimen ambas un supuesto mejor derecho a quedarse con cuanto pudiese corresponder a la soberanía de China.   

China insiste en lo infundado de las aspiraciones ajenas y en su derecho exclusivo a la mayor parte del mar en cuestión blandiendo la llamada línea de los nueve trazos. La línea proviene de un mapa publicado por el gobierno del Kuomintang en 1947, es decir, dos años antes del final de la guerra civil y del establecimiento de la República Popular China, y Zhou Enlai la reclamó para el nuevo gobierno comunista. Los trazos comienzan más o menos frente a la costa de Da Nang en Vietnam, bajan hasta el paralelo 4N y comienzan su ascenso hacia el nordeste frente a Malasia (Sabah), Brunéi y Filipinas para acabar al Este de Taiwán. La zona así establecida tiene la forma de una U, de una bolsa o, como dicen en Vietnam, de una lengua de buey (Đường lưỡi bò). Llámesela como se quiera, la finalidad de la línea es meridiana: todo ese mar de los mil nombres pertenece en exclusiva a China (ya sea la de Pekín, ya la de Taipéi).

La novedad es que Pekín ha decidido tomar la delantera y pasar a la acción. El pasado 8 de mayo se informaba de que China había establecido temporalmente una plataforma petrolífera perteneciente a CNOOC, una compañía estatal de petróleo, en aguas de las Paracel que Hanói considera suyas. En el incidente se produjeron choques entre barcos de ambos países y hubo seis heridos entre los vietnamitas. Desde entonces la tensión no se ha disipado en el mar, en tanto que en Vietnam se han producido manifestaciones, disturbios y saqueos de numerosas empresas extranjeras, todas ellas asiáticas, sin que los activistas distinguiesen entre las propiamente chinas y las pertenecientes a empresas de Taiwán, Japón o Corea.

¿Cómo explicar la actitud del Gobierno chino?

Hay una respuesta inmediata y coincide ampliamente con lo que formulaba Robert Kaplan en un libro reciente pero anterior al desafío actual de China a Vietnam (Asia’s Cauldron. The South China Sea and the End of a Stable Pacific, Nueva York, Random House, 2014). Kaplan mira la arena internacional con los aires de un realista puro y duro. Lo suyo es la geopolítica, es decir, el estudio de los conflictos de poder provocados por intereses materiales y condicionados por la geografía. Es esta última la que ha convertido al Mar del Sur de China en la clave del mundo actual y China responde en consecuencia. Sobre el sesenta por ciento de la energía consumida por Corea, Japón y Taiwán y un ochenta por ciento de la de China pasa por esa ruta. Además, China, que sólo cuenta con un 1,1% de las reservas mundiales de petróleo, consume un 10% de la producción mundial. Según estimaciones, que Kaplan comparte, en el Mar del Sur hay unas reservas de siete millardos de barriles de petróleo y veinticinco billones de metros cúbicos de gas natural. No es necesario discurrir mucho más sobre la cuestión.

Kaplan, empero, no para ahí. El aumento del poder militar chino, especialmente el de su flota, le promete hacerse con ese mar, convertirlo en su Caribe particular y, desde ahí, saltar al control del Océano Índico. Und morgen die ganze Welt…      

Tal vez Kaplan llegue a tener razón a largo plazo, quién lo sabe. Pero el primer peldaño en la escalada sería, en su opinión, el control de los recursos energéticos y no está claro que los del Mar del Sur sean los que puedan resolverle a China sus problemas. Las cifras de Kaplan son demasiado optimistas. La Agencia de Información Energética de Estados Unidos consideraba en 2013 que las reservas probadas de petróleo y gas en la zona son mucho menores. Más aún, su aprovechamiento sería poco rentable, porque el coste de las explotaciones petroleras en aguas profundas (como lo serían las del Mar del Sur) es cinco veces mayor que en las de aguas superficiales. Adicionalmente, la incertidumbre política en la zona no parece la mejor recomendación para que las multinacionales del petróleo se decidan a emplear muchos recursos en explotarlas cuando hay otros lugares del mundo en que pueden hacerlo más fácilmente.

¿Por qué, pues, ha adoptado el Gobierno chino esa política de confrontación justamente ahora?

En vez de un desafío a largo plazo, lo que China parece querer probar es la resolución de Obama. El encontronazo con Vietnam se ha producido a los pocos días de su regreso de un viaje por Asia en el que el presidente reafirmó la estabilidad de las relaciones estadounidenses con Japón, Corea y Filipinas, países todos ellos con contenciosos pendientes con China y preocupados por la firmeza de ese compromiso. Con Obama nunca se sabe… Hoy traza una línea roja y mañana dice que era verde. Y eso no sólo inquieta a sus aliados. Pekín necesita saber a qué atenerse hasta 2017 y parece dispuesto a correr los riesgos imprescindibles para lograrlo. 

«El poder creciente de China se encuentra en un momento delicado», recordaba un editorial de Global Times. «Por un lado, ese creciente poderío empuja a tomar iniciativas en la arena global; pero, por otro, la incertidumbre resultante se discute y hasta se exagera en el exterior. Estados Unidos, al igual que otros países vecinos, muestra una ambición sin precedentes por contener a China en el uso de su creciente influencia […]. China también tiene que responder a una presión interior que clama por una postura firme frente a las provocaciones […]. El Gobierno chino necesita sopesar las diferentes opciones con una visión de conjunto».

A buen entendedor…

20/05/2014

 
COMENTARIOS

Alejo 21/05/14 06:20
Una zona de influencia (la de los EEUU sobre el Caribe) no es lo mismo que una zona de soberanía. Uno mira a un mapa del Sur de Asia y sobrepone "la línea de los nueve trazos" (o de los nueve puntos) y ve el dislate que la RPC afirma.

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