La tuerca

por Julio Aramberri

Hace un par de años, en un vuelo hacia China, leí en China Daily un artículo que me sorprendió. Las autoridades nacionales estaban preocupadas por un posible aumento del SIDA entre la población universitaria. Al parecer, muchos y muchas estudiantes iniciaban o completaban su educación sexual con el consumo de pornografía en Internet y es sabido que en ese tipo de entretenimiento los intérpretes no suelen usar protección alguna en su liberal intercambio de fluidos corporales. De la misma guisa, en China, las imitadoras universitarias de Maria Ozawa o de Alexis Texas no imponían el uso del condón a sus contrapartes, arriesgándose a contraer una inmunodeficiencia de otra forma prescindible. Uno nunca sabe a qué diana apuntan las informaciones de China Daily, el portavoz en inglés del Gobierno chino, así que remití la información al fichero de noticias dudosas que mantengo en el hipocampo: «Una andanada más a favor de la férrea censura de Internet», pensé. Pero el gambito informativo dejaba al descubierto un flanco inesperado: más allá de la propaganda oficial, las/-os universitarias/-os chinas/-os consumían pornografía con ostensible descomedimiento.

La asimetría entre la verdad oficial y los usos y costumbres locales se me hacía de nuevo evidente hace unas semanas. Este año, en la universidad que me acoge como profesor visitante, se celebraba la tradicional fiesta de bienvenida para los estudiantes de primer curso. Era un acto claramente oficial, porque la invitación de asistencia venía extendida por un comité ad hoc y avalada por la firma del secretario del Partido Comunista del departamento. En China, en cada escalón de la gran pirámide social, del más alto al más bajo, hay un comisario político sin cuya aquiescencia no se mueve una hoja. Me pareció descortés ignorar la invitación, así que me dispuse a perder varias horas de aquella tarde en menesteres que podría haber sustituido por otros más placenteros. No me arrepiento.

El acto no era muy distinto de otros en los que he participado en diversas ocasiones universitarias. Una sucesión de discursos y de escenas costumbristas sobre la nueva vida universitaria compuestas e interpretadas por los estudiantes y salpicadas de canciones, concursos y grupos de baile, con el colofón de Peng You, un himno a la amistad (Si te llamo amigo, sabrás / que, por más que recibas heridas y sufras penas, / tú podrás seguir adelante / porque siempre me tendrás a tu lado), que está sustituyendo al canto del antiguo Auld Lang Syne como final de las celebraciones de confraternización en China, y que los asistentes coreaban a cappella y con fervor. Hasta aquí, pocas novedades. Pero había, sí, una que llamó mi atención. La tuerca.

Lo de tuerca es una onomatopeya para el sonido inglés de twerking. El Diccionario de Oxford define la palabra como «un baile sexualmente provocativo, a ritmo de música pop, que incluye bruscos movimientos de las caderas», y que es habitualmente ejecutado por mujeres. Nada nuevo para los aficionados a los videoclips, pero ha causado un gran escándalo en Estados Unidos cuando, hace poco, Miley Cyrus le daba un toque personal. Una parte del público estadounidense es enormemente pacata y se llevó un susto de muerte al ver que Miss Cyrus había pasado sin solución de continuidad de protagonizar la serie Hannah Montana y ser un espejo para adolescentes seriecitas y de buen conformar a sufrir un calambrillo que le empujaba a audaces giros de las nalgas y saltos mortales de la pelvis en la fiesta de premios VMA de la cadena de televisión MTV.

Al principio y al final de la función en China hizo su aparición un grupo de ocho chicas del curso en un uniforme de camiseta amarilla con la inscripción Love en letras rojas sobre el pecho y pantaloncitos rosa fucsia que les llegaban a medio muslo: no precisamente la idea de uniforme que hubiera favorecido Madame Jiang Qing, la Gran Timonela consorte, para su Destacamento Rojo de Mujeres, mitad monjas, mitad soldados. Pero no dejemos que se desboque la imaginación. Las chicas de la fiesta no desconocían los límites propios del lugar ni la presencia del secretario del Partido Comunista, así que se tapaban las piernas con unas medias gruesas de color carne para evitar que la audiencia masculina se sofocase. Pero, al tiempo, la enardecían con inequívocos y contundentes bamboleos de las caderas entre los gritos de ánimo que les llegaban desde la sala cuando las chicas amagaban con bajarse los tirantes que les sujetaban los shorts. La tuerca triunfaba.

La homosexualidad ha sido delito en China hasta su descriminalización en 1997. Aún hoy es objeto de una clara desaprobación social. Li Yinhe, una investigadora de la Academia de Ciencias Sociales, cree que, por esa razón, un ochenta por ciento de homosexuales chinos de ambos sexos se ven obligados a contraer matrimonios heterosexuales. No se sabe muy bien cómo llega a esos números, pero la prevención social en contra de la homosexualidad parece indiscutible. Que a los hombres sólo les gustan las mujeres es una conclusión tan necesaria como que el teñido de pelo de color negro que se imponen los dirigentes del Partido es una promesa de eterna juventud. Pocos homosexuales se atreven a salir del armario. Las lesbianas son, por el momento, incomprensibles. Pero los estudiantes de primer curso en esta fiesta celebraban con risas aprobatorias la aparición de un muchacho que, con sus modales y su forma de hablar, se presentaba como un gay orgulloso de sí mismo, aunque sólo lo hiciera por exigencias del guión que interpretaba.

Tengo tan pocos elementos como la socióloga recién citada para sostener que hay un cambio creciente en las actitudes ante la sexualidad de los universitarios chinos. La literatura en inglés (por ejemplo, Behind the Red Door: Sex in China, de Richard Burger) tampoco aporta grandes descubrimientos. Además de los límites para la comunicación que imponen el desconocimiento de la lengua y la distancia en edad y posición entre estudiantes y profesores, uno no puede desconocer la presión de las familias para que las mujeres se casen pronto y lleguen vírgenes a la noche de bodas, ni las dificultades para las relaciones extramatrimoniales que se derivan de la vida en los campus. «Comparto mi habitación con otras tres mujeres. ¿Crees que en esas condiciones yo podría acostarme con un chico sin que se enterase todo el mundo? ¿Cómo pedir a mis compañeras que me dejen la habitación por un rato cuando ellas necesitan salir y entrar constantemente?», me confiaba una estudiante más decidida a hablar. Algunas parejas se libran de ese control buscándose un apartamento para convivir fuera de la universidad, pero sobre la base de un compromiso que descarta los encuentros casuales.

Y sin embargo… Igual que sucede con otros aspectos de la vida china, uno tiene la sensación de que algo se mueve allí. Con lentitud, pero con no menor terquedad. No es fácil hacer pronósticos pero, al tiempo, sería ridículo ignorar cómo el viento hace revolotear algunas pajas que la censura parece ya incapaz de controlar. Como el consumo de pornografía entre los y las estudiantes de que hablaba China Daily.

Como la tuerca.

07/11/2013

 
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