La soledad del héroe

por Julio Aramberri

Hace unos días me invitaron a una boda en Jinzhou. Es una ciudad «de tamaño medio», me decían mis amigos. Sólo tres millones de habitantes. La verdad, nunca antes había oído hablar de Jingzhou, pero sólo puedo culpar de ello a mi propia incuria. Hay allí un gigantesco museo dedicado a la campaña de Liaoshen que, durante la guerra civil (1946-1950), hizo posible la toma de Shenyang, hoy capital de la provincia de Liaoning y antes más conocida por su nombre manchú de Mukden. Durante la visita también me enteré de que con la batalla de Jingzhou había culminado la ofensiva de los comunistas en Manchuria y, por ende, se había abierto el camino a la derrota final de los nacionalistas. Pero de esto posiblemente hablemos otro día.

Jingzhou tiene una considerable importancia estratégica, porque custodia el paso de Shanhai, que, durante siglos, ha sido el principal y casi único corredor para cruzar desde Manchuria a la China central. Hoy es la sede del Grupo de Ejércitos número 40 y buena parte de su población tiene ocupaciones ligadas directa o indirectamente al ejército. Como en tantas ciudades castrenses, del casco antiguo efluye un aroma cuartelero, mediocre y gris. Pero desde que en 1992 se estableció en Jinzhou un Polo de Desarrollo Económico y Técnico, han florecido numerosas industrias y la ciudad se ha enriquecido. Junto al distrito antiguo han aparecido nuevos barrios con casas de apartamentos modernos y muy caros y amplias avenidas en cuyos centros comerciales rebrillan los neones y se exhiben las marcas nacionales y extranjeras. La boda, por ser de postín, se celebraba en uno de esos nuevos barrios. Pregunto su nombre a uno de mis amigos. «Manhattan», dice y, al verme la cara de guasa, apunta a una señal de tráfico en la que, efectivamente, así consta. En inglés.

Pero esto es China y ni siquiera esos días de asueto en Jingzhou, tan agradable con sus tardes complacientes de otoño, me sacaban de las mientes que allí, cerca de Manhattan, está la cárcel en que los comunistas tienen preso a Liu Xiaobo. El 8 de diciembre de 2008, la Oficina de Seguridad Pública de Pekín advirtió la publicación en el portal web del PEN Independiente chino de un documento llamado Carta 08 y esa noche detuvo a Liu y lo mantuvo confinado sin revelar su paradero hasta junio de 2009. El 25 de diciembre de ese año, un tribunal de Pekín lo consideró culpable de «aprovechar los rasgos mediáticos de Internet […] para publicar artículos calumniosos e incitar a la subversión del poder estatal y del sistema socialista de nuestro país». En octubre de 2010, como es bien sabido, Liu Xiaobo obtuvo el premio Nobel de la Paz.

La Carta 08, inspirada por la Carta 77 de la antigua Checoslovaquia, exigía una serie de reformas democráticas. No era, pues, más subversiva de lo que lo han sido otros manifiestos por la democracia liberal. Como diría Liu en su alegato ante el tribunal, «mis palabras clave para una reforma política en China son gradual, pacífica, ordenada y controlable […]. Oposición no es lo mismo que subversión». Pero el tribunal, al fin y al cabo una cuadrilla de burócratas a sueldo, lo condenó a once años de cárcel. No era la primera vez.

En 1989, cuando empezaron las protestas en la plaza de Tiananmen, Liu estaba enseñando Ciencia Política en el Barnard College de Columbia. Había ido a Estados Unidos persiguiendo el sueño colectivo de tantos intelectuales transterrados: encontrar en Occidente las respuestas, todas las respuestas. Dice mucho de su buen juicio que pronto cayese en la cuenta de que las respuestas están en el fondo de cada uno de nosotros, doquiera que hayamos nacido, y sólo dependen de nuestra voluntad de buscarlas. Confiar en recetas ajenas equivalía a «ver a un parapléjico reírse de un tetrapléjico». De Nueva York, para unirse a la movilización de los estudiantes, no volvía, pues, un académico posmoderno, sino un luchador.

Tampoco entonces era un subversivo. La huelga de hambre que inició junto con algunos colegas buscaba convencer a ambas partes de la necesidad de diálogo y compromiso. El 4 de junio de 1989, el día de la matanza, su mediación para que los estudiantes no opusiesen una resistencia desesperada salvó cientos de vidas. Pero las fuerzas del orden le habían calado. Era otro perro rabioso, otra mano negra, así que estuvo detenido hasta enero de 1991 y fue expulsado de la Universidad Normal de Pekín, en la que ya sólo cabían los anormales. En 1995 fue nuevamente detenido durante nueve meses. En octubre de 1996 fue enviado durante tres años a un campo de reeducación por el trabajo.

Es la suya una ya larga vida de cárcel, aceptada por Liu como el desenlace necesario de proclamar la verdad en un país que vive en la mentira. Pero ni la prisión, ni las vejaciones constantes que sufre su familia, parecen hacer mella en su determinación. En 1993 algunos amigos que le aconsejaban aprovechar un viaje a Estados Unidos para pedir asilo político, se encontraron con una firme negativa. Al tiempo que escribo estas líneas, aparece la información de que Liu se propone recurrir de nuevo su condena. ¿No han prometido el presidente Xi y el Comité Central reformas para «garantizar que el poder judicial y la fiscalía actúen de acuerdo con la ley, de forma independiente e imparcial»? Liu quiere darles la oportunidad de mostrar si sus palabras se corresponden con sus actos o no son más que farfolla.

Liu Xiaobo tiene el temple de los héroes. Es indudable. Pero los héroes a menudo están solos y esa soledad les anima a perderse por derroteros inciertos. Algo así como el síndrome Solzhenitsyn. Cuando se tiene la fuerza moral de sufrir cuanto sea necesario y más para asegurar el triunfo pacífico de los propios ideales o, lo que es aún más duro, para estar dispuesto a morir sin verlo, uno siente la tentación de condenar a todos aquellos que no muestran igual firmeza moral, es decir, a la mayoría. Y Liu Xiaobo no escapa a esa maldición en No tengo enemigos. No conozco el odio, una colección de ensayos y poemas suyos.

Liu había razonado antes que su pasajero amorío con la cultura occidental acabó al comprobar que Occidente, con su propia mano, había matado los valores sagrados que se albergaban en su seno. Lo mismo sentía ahora, tras salir del campo de trabajo, para con la generación pos-Tiananmen y su indolencia ante el pensamiento crítico, la nobleza de carácter y los valores morales. En su apego por una vida práctica y oportunista, uno querría ver en ella un renacer de la autonomía individual pero, de cerca, no se veía otra cosa que afán de placer y consumismo. Cuando el héroe pierde pie, acaba por dar en profeta y, lo que es aún más serio, por volver la espalda a la realidad. Sólo unos pocos pueden llegar a verdaderos héroes, lo que excluye que una mayoría pueda serlo y eso es algo que a Liu le resulta difícil de entender. En Occidente, desde hace siglos, las respuestas que él esperaba encontrar nunca han sido unánimes y los epicúreos no creían tener una moral menos coherente que los estoicos. Disfrutar de la vida, porque no hay otra y ésta se va deprisa, es y ha sido una opción razonable para infinitos millones de personas a lo largo de la historia. Que el gobierno chino aproveche esa lógica inclinación de la gente para mantener su dominación despótica no significa que el único camino de resistencia, o el más eficaz, sea la autoinmolación. Es, sin duda, una opción respetabilísima, pero sólo una. Lejos de una crisis política inesperada, aunque no imposible, lo mejor que podemos esperar que suceda en China es un cambio de actitudes a favor de la libertad individual, que significaría una bienvenida ruptura con la cultura colectivista tradicional, y a eso, entre otras muchas cosas, contribuyen notablemente el deseo de vivir mejor y de consumir más y mejores productos.

Es cierto que las profundas convicciones rigoristas de Liu no pueden confundirse con la uniformidad totalitaria de los maoístas, pero no lo es menos que, en caso de crisis del sistema, podrían servir de coartada para un renacer de su moralina. En eso último anda la llamada Nueva Izquierda china. Sin duda, la China de hoy empieza a mostrar una mayor tolerancia pública hacia la expresión y la práctica del amor carnal y del venal, pero es una abierta exageración decir, como lo hace Liu, que a los dislates políticos del pasado los ha sustituido la locura del dinero y del sexo. Sus ataques al llamado movimiento literario de las chicas guapas son difíciles de compartir. Sólo he leído Shanghai Girl de Wei Hui, y Candy de Mian Mian, pero, a mi ver, ambas autoras están muy lejos de la sexualidad banal de Pauline Réage o de E. L. James. Especialmente en Mian Mian, el sexo no es más que otra frustración que añadir a un mundo que carece de sentido.

Hace un par de años, con motivo de la ausencia forzada de Liu en la ceremonia de entrega de su merecido premio Nobel en Oslo, Simon Leys se hacía una pregunta: «Los líderes chinos seguramente se hacen una idea muy cabal de su propio poder. Si es así, ¿por qué temen tanto a un poeta y ensayista frágil y carente de poder, encerrado en una cárcel, privado de todo contacto humano? ¿Por qué la mera imagen de esa silla vacante al otro lado del continente euroasiático les provoca semejante pánico?»

La pregunta de Leys, como casi todo en sus inteligentes trabajos, corta por ambos lados. Gracias a Liu Xiaobo y a otros resistentes como él, gracias a los chinos que no comulgan con ruedas de molino o que simplemente desean vivir mejor, estamos llegando a saber que esos gobernantes no son tan poderosos.

Ellos también lo saben.

22/11/2013

 
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