La geisha, reinventada

por Julio Aramberri

Asahi Shimbun, uno de los grandes diarios japoneses –en 2014, con una tirada de 7,6 millones de ejemplares en su edición de la mañana y 2,7 en la vespertina, era el segundo más popular en el país detrás de Yomiuri Shimbun–, abrió el nuevo año con una serie de cinco artículos dedicados a la vida de las maikos o aprendices de geisha en el Japón actual. Los tiempos están cambiando también para esta profesión femenina, tradicionalmente asociada con lo que en la jerga posmoderna se conoce como la identidad japonesa.

¿Queda acaso en el Japón de hoy alguna mujer joven que sienta la tentación de convertirse en geisha? Esa figura que tanto ha fascinado a algunos expertos en la cultura del país y aún atrae hoy a muchos turistas parece encontrarse en declive. Según datos de Ookini Zaidan, la fundación de artes musicales de Kioto, y de la agrupación de los cinco hanamachi o barrios de geishas que quedan en la ciudad, el total de maikos llegaba en 2014 a sesenta y cinco, por encima de las veintiocho de 1975, pero menos de las cien de 2008. A pesar del refuerzo de popularidad que Internet ha supuesto para la profesión, «para llegar a geisha se necesita un adiestramiento muy duro y eso hace que algunas aprendices decidan abandonar», señalan esas fuentes. Además de dominar las artes de música, danza y declamación, una geisha tiene que hacer gala de lo que tradicionalmente se ha considerado como «feminidad japonesa», es decir, ser modosa y servicial, así como sumisa para con sus clientes; saber vestirse con prendas barrocas, maquillarse meticulosamente y adornarse el pelo con toda clase de dijes y preseas; expresarse con propiedad y donaire en las conversaciones con sus parroquianos y no recordar jamás nada de cuanto en ellas se dijere. A todas estas competencias profesionales se les suman hoy otras exigencias de sus familias para que continúen su educación formal hasta acabar al menos el bachillerato y, en estos tiempos de globalización, las de sus clientes extranjeros para que se manejen con soltura en inglés.

El noviciado, que a eso se parece, incluye además duras pruebas. Mishima Kaho, una de las maikos entrevistadas, llevaba ya tres años de aprendizaje y había tenido que cambiar por el profesional de Katsuna su antiguo nombre en el siglo. Al principio, explicaba, le resultaba imposible seguir el torbellino diario de ozashiki (sesiones con clientes) en ochaya (casas de té) y ryotei (restaurantes de lujo); aprender a hablar en el dialecto de Kioto; tener que residir en una okiya (casa común) en la que les enseñan durante muchas horas al día las artes de su oficio; aprender a sentarse arrodillada sobre sus piernas; pintarse la cara de blanco; acicalarse el pelo con una técnica tan historiada que le obliga a no deshacer el peinado durante más de una semana y a dormir con una almohada especialmente incómoda para mantenerlo. En ese largo camino cuentan con la ayuda de sus «hermanas» mayores y de okami (guardianas) que les imponen una disciplina rigorosa y decididamente puritana. Quienes consigan llegar al final serán presentadas en sociedad como geishas y, desde entonces, podrán contar con sus propios clientes y organizar sus actividades según sus gustos.

«¿No es todo esto un poco demasiado para acabar siendo una puta de lujo? ¿O acaso no lo son?», se lamentaba una colega feminista de estricta observancia.

La prostitución, indudablemente, no es nada nuevo en Asia. El tráfago sexual antes de la llegada del imperialismo occidental está bien documentado, especialmente en el caso de Japón. Aun cuando desde tiempo inmemorial se hable de ella en diversos monumentos literarios, el primero de los «barrios con licencia» para su ejercicio se estableció en Kioto en 1589. En 1679 había ya más de cien por todo el país. Este «mundo de la flor y del sauce» tenía su principal clientela entre algunos empresarios y comerciantes o chonin que empezaron a florecer en las ciudades a medida que el orden feudal de los daimios se disolvía. Los chonin gastaban grandes sumas de dinero en prostitutas. Una noche con una cortesana de alto nivel podía costar unos dos mil ochocientos dólares de 2014 y mantener a una de ellas alrededor de ciento cincuenta mil dólares anuales (actualizando los datos de Ivan Morris en su introducción al libro de Ihara Saikaku, The Life of an Amorous Woman and Other Writings, Nueva York, New Directions, 1969). Por debajo de ese grupo de toju o putas de lujo, que diría mi amiga feminista, había una complicada estratificación de hetairas según el precio que cargaban. Este «mundo flotante» sólo acabó a finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando las autoridades de ocupación estadounidenses decidieron prohibir esas prácticas.

Durante varios siglos, Japón ofrece la mejor y mayor documentación del papel social de la prostitución en la región, pero no era un caso único. Prácticas semejantes estaban muy extendidas en China hasta la llegada del régimen comunista en 1949. En el Shanghái de comienzos del siglo XX, Gail Hershatter (Dangerous Pleasures. Prostitution and Modernity in Twentieth-Century Shanghai, Berkeley, University of California Press, 1999) mostraba un panorama similar al japonés anterior a 1945. El «mundo de las flores» también tenía allí una compleja estructura interna que iba desde las cortesanas más caras que ofrecían a sus clientes compañía, canto, baile, recitales de poesía, conversación educada, y eventualmente sexo, hasta las más baratas, que se limitaban a lo último. Los clientes de Shanghái pertenecían a todas las clases sociales, desde intelectuales conocidos, actores de óperas chinas, y diversos artistas, pasando por mercaderes ricos y altos burócratas, hasta llegar a marineros y demás pelaje. Las relaciones entre las prostitutas y sus clientes estaban reguladas por un complejo ritual; las profesionales más caras tenían gran libertad a la hora de elegir a sus clientes favoritos; por supuesto, sólo se entregaban a los más ricos y famosos. Los escalones inferiores cargaban con el peor destino, tanto social como financiero.

En Japón, China, Vietnam y otros países de la región, esta bien desarrollada industria sexual servía de complemento estructural a la familia tradicional. Con independencia de sus rasgos culturales específicos, en la mayoría de las sociedades de Asia oriental, el sexo reproductivo y el recreativo estaban claramente diferenciados. El matrimonio, especialmente en los estratos sociales más altos, era ante todo una alianza política y la poligamia, una práctica común, seguramente para mantener los linajes familiares en un mundo de alta mortalidad infantil y total supremacía masculina. Contribuir con herederos varones para su supervivencia era el papel principal del gineceo, compuesto por la primera esposa y las demás, amén de las concubinas que compartían la casa, mientras que el placer y, en general, la amistad heterosexual se buscaban fuera del hogar en burdeles y casas de lenocinio. Esta estructura dual parece haber sido igual de rígida y general en todo el arco que va de Corea a Indonesia.

Entre otros factores, las nuevas estructuras familiares en Asia (aumento de las familias nucleares), la creciente ósmosis entre sexo reproductivo y recreativo, el relativo declive de los matrimonios arreglados y, de forma aún embrionaria, las críticas del movimiento feminista, han empezado a pasar factura al «mundo flotante» desde el último tercio del siglo pasado. La industria había estado operativa durante muchos siglos, pero necesitaba retoques para responder al cambio de los tiempos. Nuevas formas de relación y nuevas técnicas de mercadotecnia han facilitado la transición desde las antiguas zonas rojas y los «barrios licenciados» a los bares, karaokes, casas de masajes y discotecas de hoy, donde las relaciones sexuales bien no se intercambian por dinero bien, cuando se retribuyen, se cargan a precios bastante menos onerosos que los de una sesión con geishas. Al cabo, en estas últimas el cliente tiene que pagar el valor añadido de esas habilidades no directamente eróticas, cuyo aprendizaje cuesta tanto tiempo y dinero a las maikos y a sus patrocinadores. La antigua industria sexual ha adaptado así sus viejas prácticas preindustriales a las nuevas formas de la demanda y de los contactos (Internet, móviles, redes sociales, etc.).

De esta forma, pese a que las lindes no estén meridianamente claras, el mundo de las geishas va perdiendo su anterior vínculo con el amor venal y adaptándose a los nuevos estilos de vida y también a diferentes demandas. Aunque aún se documenten algunos casos, parece, por ejemplo, que las subastas por ver cuál de sus admiradores se encargaría de desvirgar a las maikos que cumplían quince años, una práctica tradicionalmente conocida como mizuage, van extinguiéndose. Los escándalos y la mala prensa en que se han visto envueltos políticos y empresarios por mantener relaciones sexuales con geishas han impuesto un cortafuegos añadido en una sociedad que cada vez tiene menos paciencia para disculparlos.

La demanda, pues, ha disminuido, y la oferta con ella, porque, aunque todavía queden parroquianos con posibles para pagarse una juerga, los precios se han tornado imposibles para los simples mortales. Las geishas que quedan necesitan encontrar otras fuentes de ingresos. Una de ellas ha sido ofrecer sus artes escénicas a públicos más amplios y en espacios más abiertos. Ya en 1872, en el teatro Kobu Kaburengo del barrio de Gion, se ofreció una primera representación de Miyako Odori, o Danzas de la Capital, es decir, de Kioto, que, para los tradicionalistas, será siempre la verdadera y única capital de Japón. Las funciones han ido extendiéndose y hoy se suceden todos los días de abril en cuatro sesiones diarias. A este acontecimiento anual se han sumado otros teatros en Pontocho o junto al río Kamo, y en la llamada Esquina de Gion hay funciones todos los días del año. con lo que las audiencias han crecido enormemente. La mayoría de los espectadores son japoneses, pero con el aumento de visitantes extranjeros a Japón, entre el público aparecen cada vez más turistas internacionales que sólo aspiran a ilustrarse, así sea ocasionalmente, en algunas de las más bellas artes de Japón. Las geishas, pues, están reinventándose como danzarinas y actrices profesionales cuyos lazos con el ars amandi se han tornado cada vez más esquivos. Pese a mi colega feminista, quien busque frecuentar a putas de lujo en el Japón actual no debería buscarlas entre las geishas.

A menos que pertenezca al uno por ciento.

29/01/2015

 
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